Los ensayadores  eran los responsables de comprobar la “ley” o contenido intrínseco de las barras de plata o tejos de oro que llevaban los mineros o comerciantes a las cajas reales, anexas por lo común a cada real de minas, para pagar los debidos derechos fiscales. El ensayador realizaba las operaciones y cálculos, y marcaba con un punzón el peso y ley de cada una (por esta razón, a veces también se le llamaba “marcador”).

En la Casa de Moneda hubo asimismo uno o más ensayadores, que volvían a “ensayar” el metal traído para su acuñación, daban las instrucciones necesarias al fundidor sobre la “liga” o mezcla adecuada de los metales, y certificaban posteriormente que las monedas  tuvieran la ley prevista.

Era una labor que requería personas, como mencionaba la ordenanza de 1750 de la ceca mexicana, “de buena opinión, celo y desinterés, por lo que conviene que estos sujetos sean no solo de suficiencia, sino de acreditada legalidad y honrados procederes”. Era considerado como un oficio, pero también como un “arte”,

Portada de Juan Fernández del Castillo, "Tratado de ensayadores"

Portada de Juan Fernández del Castillo, "Tratado de ensayadores"

que incluso tuvo su nombre erudito: la docimasia (del griego δοκιμάζειν, probar, ensayar, según la Real Academia).

Antes de la creación del Real Colegio de Minería, en 1792, no existía ninguna escuela ni establecimiento formal para aprender el oficio. Más bien, las personas iban adquiriendo los conocimientos en la práctica. En muchos casos eran oficiales de platero, un arte que tenía estrecha afinidad y cercanía con las operaciones del ensaye. En otros los aspirantes se formaban en las cajas reales o en la casa de moneda trabajando como “meritorios” de los ensayadores, esto es, como aprendices sin paga.

El aspirante a ensayador podía auxiliarse con algunos libros, porque el ensaye siempre fue una disciplina que atrajo a los autores de espíritu científico. El manual más antiguo y acreditado era el de Juan de Arfe, El quilatador de oro y plata (Valladolid, 1572), platero y ensayador de la ceca segoviana. Posteriormente aparecieron el Tratado de ensayadores (1623), de Juan Fernández del Castillo, y el Arte de ensayar oro, y plata, con breves reglas para la teórica y la práctica, en el qual se explica también el oficio de ensayador, y marcador mayor de los reynos (1755), de

Portada del "Arte de ensayar oro y plata", de Muñoz de Amador

Portada del "Arte de ensayar oro y plata", de Muñoz de Amador

Bernardo Muñoz de Amador.

La Corona española también se interesó en el asunto, y consta que se ocupó de remitir a México la traducción

española de la obra de Balthasar Georges Sage, profesor de mineralogía docimástica de la Maison des Monnaies de París, titulada El arte de ensayar oro y plata, bosquejo o descripción comparativa de la copelación de las substancias metálicas (1785).

Los aspirantes debían ser examinados por el ensayador mayor del reino, adscrito a la Real Caja de México, en presencia de sinodales de reconocida experiencia. El viajero italiano Gemelli Careri dejó una buena descripción en  1694:

Después de comer, fui invitado por don Felipe de Rivas, ensayador de la Caja Real, para ver la operación y examen que debía hacer en su casa un platero, discípulo suyo, para la mina de Zacatecas, con la asistencia de los oficiales de la Caja Real. Habiendo ido allí, encontré a éstos sentados bajo un dosel real, de la misma manera que suelen estar en el tribunal. El factor, el más antiguo de los mismos, dio al platero un pedazo de plata que tenía mucho oro mezclado, para investigar su liga o calidad, y cuántos gramos otro,  de plomo o de otra liga había en él. Hecha la operación en un hornillo que estaba encendido afuera, y con la boca dentro de la misma cámara, supo dar a los oficiales razón de la pregunta; y lo mismo hizo con un pedazo de oro que luego le dieron para saber sus quilates, de tal manera que lo aprobaron como hábil para el ejercicio mencionado de ensayador. Hubo luego aguas dulces (para refrescar los cuerpos, acalorados por la hornaza), chocolate y variedad de cosas azucaradas” (Viaje la Nueva España, UNAM, 1976, p. 71)

no de los oficios de la Real Casa de Moneda de la ciudad de México era el de ensayador, quien se ocupaba de “ensayar” o comprobar con varios procesos técnicos la ley o porcentaje de plata y oro del metal que traían los productores, así como certificar la moneda posteriormente acuñada.

La labor era importante tanto para el introductor de la plata como para el gobierno y el público, que requerían de una moneda confiable, con una ley siempre uniforme. Por esta razón, todas las monedas debían incluir la inicial o signo del ensayador, para que en todo momento pudiera comprobarse el buen desempeño de su oficio. El cargo implicaba conocimientos técnicos (requería el equivalente de un examen profesional para recibir el título) y conllevaba una gran responsabilidad, porque un error podía tener

Portada de la Casa de Moneda (hoy Museo Nacional de las Culturas)

Portada de la Casa de Moneda (hoy Museo Nacional de las Culturas)

gravísimas consecuencias fiscales y comerciales. Por esta razón, aunque técnicamente era un trabajador manual, era considerado como persona de alta jerarquía. Es por tanto un caso muy inusual, en una cultura que colocaba por encima de todo el trabajo puramente intelectual.

Antes de 1732, el ensayador no fue un funcionario asalariado del rey. Por el contrario, el  oficio era parte de los cargos “vendibles y renunciables”, que cualquier persona podía adquirir en remate público. El provecho consistía en un porcentaje de los derechos de “braceaje” o procesamiento de la moneda que debía pagar el introductor. Las sumas necesarias para adquirir el oficio podían ser muy elevadas, pero también lo eran los beneficios que, además, bajo ciertas condiciones podían heredarse o aun venderse a terceros.

Un caso muy claro es el de Melchor de Cuéllar, un oriundo de Cádiz que casó con una acaudalada sevillana, Mariana de Aguilar Niño. En México se dedicó al comercio de la grana y otros productos en Veracruz, prosperó y llegó a participar en el lucrativo tráfico de la “Nao” o Galeón de Manila, que llevaba mercancías a Filipinas y, por vía de esta colonia española, a los distintos mercados del Lejano Oriente. Adquirió un cargo de regidor en el ayuntamiento de Puebla y en 1610 compró los oficios de ensayador y fundidor de la Casa de Moneda (que por entonces iban juntos) en 140 000 pesos. De aquí obtuvo ingresos que iban de los 10 a los 14000 pesos anuales, de manera que podría decirse que había sido una buena inversión. En 1622, el conjunto de su fortuna ascendía a 400.300 pesos, lo cual lo colocaba en el selecto grupo de la oligarquía novohispana.

Junto con su esposa, Cuéllar fue patrono del Colegio Seminario de Nuestra Señora de Santa Ana, de la Compañía de Jesús, en la ciudad de México, con un fondo de 100 000 pesos. Era muy devoto de los carmelitas, lo cual lo llevó a ser asimismo el patrono de la fundación del convento de esta orden en el Santo Desierto de los Leones, cerca de la capital virreinal. Con el fin de dejarles una renta segura, en 1636 les hizo cesión de los oficios de ensayador y fundidor. Los carmelitas los tuvieron en posesión, ejerciéndolo mediante “tenientes” o sustitutos con lo cuales hacían arreglos particulares, hasta 1732.

En justo agradecimiento, los religiosos dieron sepultura a Cuéllar en su convento. Cuando en 1801 decidieron trasladarse a Tenancingo, se llevaron los restos fúnebres de su fundador. Una escultura de madera estofada que lo representa, en actitud orante, se encuentra en el frontón de una capilla lateral. Esto permite conocer que llevaba coraza y gorguera de encaje, además de un gran bigote y barbita, muy a la moda de la época. El mismo agradecimiento puede apreciarse en la obra de  fray Juan de Jesús María, Epistolario espiritual para personas de diferentes estados, compuesto por el padre prior del sagrado yermo de Nuestra Señora del Carmen de los descalzos de la Nueva España (Uclés, 1623), dedicada a Cuéllar.

Don Melchor tampoco se olvidó de Cádiz, su tierra natal, donde fundó un patronato para jóvenes doncellas.  Fue este patronato el que financió la construcción de una suntuosa custodia de plata destinada a la catedral, que se sacaba solo una vez al año, en la procesión de Corpus Christi.

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Referencias:

Nicolás León. El Santo Desierto de Cuajimalpa o Desierto de los Leones, México, Imp. Manuel León Sánchez, 1922

Manuel Toussaint, “La escultura funeraria en la Nueva ESpaña”, en Anales, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 1944.

Manuel Bustos Rodríguez, Cádiz en el sistema atlántico: la ciudad, sus comerciantes y su actividad mercantil (1650-1830), Cádiz, Universidad de Cádiz, Silex Ediciones, 2005.

Louisa Hoberman Schell, Mexico’s Merchant Elite, 1590-1660: Silver, State, and Society, Durham, Duke University, 1991.

La historiografía mexicana ha dado una merecida atención a Jerónimo Antonio Gil como creador y director de la Academia de San Carlos; sin embargo, poco se ha escrito sobre su labor como responsable de la acuñación de la Casa de Moneda.

Gil fue el alumno más aventajado de Tomás Francisco Prieto, el renombrado  tallador de la ceca madrileña y luego director de estudios de grabado en hueco de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1778, cuando en la Corte existía mucho interés en mejorar la calidad y belleza de las monedas, Gil  fue enviado a México  como tallador mayor (esto es, encargado de preparar los punzones y cuños necesarios para la impresión de la moneda). Tuvo asimismo el encargo adicional de establecer una escuela para adiestrar grabadores que trabajaran en la ceca local y que, en algún momento, pasaran a mejorar las monedas de las demás cecas indianas.

La nueva institución atrajo varios alumnos y fue bien vista por las autoridades virreinales, lo cual llevó a Gil a proponer la creación de una academia a semejanza de las existentes en Europa. La idea pareció bien y el 4 de noviembre de 1781 abrió sus puertas la Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos, en el mismo edificio de la ceca, recibiendo la real aprobación cuatro años después. En 1791 la Academia obtuvo un local propio, en lo que había sido el Hospital del Amor de Dios. Su papel fue muy relevante en la introducción de nuevas corrientes estéticas neoclásicas y en la formación de artistas mexicanos.

A pesar de estas responsabilidades, Gil continuó sirviendo su puesto de tallador en la Casa de Moneda, e incluso en 1789 fue promovido al de fiel administrador. Con esto, tuvo bajo su dirección los procesos de fundición y afinación de metales, así como la acuñación de la moneda, sin dejar de ocuparse de la talla, hasta su fallecimiento, el 18 de abril de 1798.

Fue Gil un hombre de poca paciencia, palabras cortantes y trato brusco, que por ejemplo suprimió la antigua costumbre de los operarios de tomar su almuerzo en el mismo lugar de trabajo y se ocupó con particular celo de castigar severamente los robos de pequeñas cantidades de plata que extraían escondidas en la ropa o los zapatos. Los trabajadores le llamaban “el amo”;  lo respetaban y lo temían. Dirigió las labores en la época de mayor producción en la historia de la Casa de Moneda, lo cual en no poco se debió a su dedicación, minuciosidad y voluntad renovadora.

Una de las constantes que aparecen al estudiar las casas de moneda hispánicas en el siglo XVIII es la influencia

Hôtel des Monnaies, en 11 quai Conti, Paris

Hôtel des Monnaies, en 11 quai Conti, Paris

francesa. Es algo que podría atribuirse al inicio de la dinastía borbónica, pero que también se debe a que las cecas galas pasaron por una importante renovación desde la centuria antecedente.  El rasgo más notable es la incorporación  de las prensas mecánicas de volante, introducidas en la Maison des Monnaies de París por  Jean Varin para producir los renombrados “luises de oro”, en 1640 (que pudieron ser admirados en España porque  corrieron en gran número en la época de la Guerra de Sucesión española, hasta su prohibición por Felipe V).

En 1733 se construyeron varios volantes en la ceca mexicana y al año siguiente se utilizaron para comenzar a acuñar la nueva y bien afamada moneda circular, con “cordoncillo” o “cerrilla”, esto es con los cantos labrados. Además del aspecto estético, y de que permitía por su borde resaltado el conveniente apilado de las monedas, el cordoncillo hacía prácticamente imposible la labor de los “cercenadores”, que anteriormente limaban las monedas para apoderarse del metal precioso. Para hacer posible este último elemento se adoptó la máquina “cerrilladora”, inventada por el ingeniero del rey de Francia, Jean de Castaign, en 1679.

Además de las máquinas, diversas obras de referencia sobre los procedimientos galos para la producción de monedas arribaron por distintas vías a México. En 1785 Casimiro Gómez de Ortega, considerado uno de los mejores científicos de España, tradujo al español la obra de Balthasar Georges Sage,  fundador de l´École des Mines con el título de El arte de ensayar oro y plata. La obra tuvo una gran influencia y el rey decidió enviarla a México, para que se aplicara en los ensayes practicados en la Casa de Moneda para determinar la “ley” o contenido intrínseco de las barras de plata. Vale la pena señalar, con todo, que el catedrático de física del Real Colegio de Minas, Francisco Antonio de Bataller, dictaminó que las operaciones de ensaye aquí practicadas, por su exactitud y ec0nomía no tenían nada que pedirles a las que se realizaban en Francia o Alemania.

Otros libros que consta existían y fueron consultados en México  son el Traité de mécanique: ou l’on explique tout ce qui est nécessaire dans la pratique des arts (1695), de Philippe de la Hire; y desde luego la obra que el ilustrado José Antonio de Alzate citaba como Diccionario de oficios y artes, que no es otra que la que conocemos como “Enciclopedia francesa”, que describe y presenta ilustraciones de los nuevos métodos de acuñación.

No sólo llegaron libros, sino también expertos franceses. En 1754 arribó Jean Luis de Roche Jean, quien había inventado y aplicado en Sevilla un procedimiento para el mejor aprovechamiento de las  escobillas o “tierras ricas”, es decir de los fragmentos de plata que caían al suelo, se adherían a las herramientas o se quedaban pegados al piso y paredes de los hornos al momento de la fundición. El inventor, sin embargo, no pudo adaptarse a las condiciones particulares de México y enfrentó algo de mala voluntad de los expertos locales, que resentían que un extraño viniera a decirles cómo debían hacer sus tareas. Al final, después de muchos años y frustrados intentos,  Roche Jean tuvo que volverse a su país sin éxito alguno.

Referencias: Esta nota es un avance de una investigación en proceso. El interesado en la tecnología hispánica de las antiguas casas de moneda debe consultar la obra fundamental de Guillermo Céspedes del Castillo, Las casas de moneda en los reinos de Indias (Museo Casa de Moneda, 1996); sobre los inventores y las invenciones mecánicas mexicanas, es de particular valor el libro de Ramón Sánchez Flores, Historia de la tecnología y la invención en México (Fomento Cultural Banamex, 1980).

Este es un libro que resulta de una minuciosa investigación, cuidadoso en el manejo de los documentos, atento a las continuidades y a las rupturas, que reconstruye los sucesos de forma atractiva y se adentra con inteligencia en muchas de las discusiones sobre la organización social y política de la Nueva España.

Su asunto es la historia de un grupo que hablaba nahuatl, recibió la fe de los misioneros, se regía por las leyes previstas para las “repúblicas” indígenas y tenía en sus pueblos a personas apellidadas Xicotencatl, Aquiahualcatecuhtli o Cacahuatzin. El tema parecería ser, como señala el título, de historia india, y habría que leerlo en el contexto de la vasta producción etnohistórica de tema mexicano.

Sin embargo, es posible que pueda ser considerado de otra manera. En realidad, la existencia de una historia indígena en el México colonial es algo que, aunque parezca paradójico, no puede darse como obvio y evidente…

(véase el texto completo de esta reseña en la revista virtual Nuevo Mundo – Mundos Nuevos, haciendo click aquí )

La conocida revista National Geographic ha publicado una nota sobre el  muy interesante proyecto dirigido por el arqueólogo Christopher Fisher ( Colorado State University), en Apupato, actualmente un cerro a medio camino entre Pátzcuaro y Tzintzuntzan.

La página web The Lake Pátzcuaro Basin Archaelogical Project  explica con más

Terrazas en Apupato

Terrazas en Apupato

detalle y abundancia de ilustraciones que en la época prehispánica Apupato fue una isla, describe las excavaciones, el sistema de terrazas existente (que indicarían una ocupación continua, de varios siglos) y presenta los diagramas hipotéticos de una modesta edificación (que probablemente es el sitio donde, según la Relación de Michoacán, el cazonci guardada parte de sus tesoros) y una pequeña pirámide, de uso ritual.

La nota no menciona si los arqueólogos se apoyaron en los textos coloniales (más allá de la Relación...), porque desde luego la historia de Apupato no concluye con la conquista. Hay buenas razones para prestar atención a estos testimonios, no solo por su interés en sí, sino porque pueden arrojar datos sobre los pobladores que construyeron y dieron  mantenimiento a edificios y templos. Como es sabido, las civilizaciones caen en el olvido, los reinos se desploman, pero los campesinos suelen permanecer allí donde han estado sus padres y sus abuelos desde tiempo inmemorial.

Los documentos coloniales mencionan un San Juan Apupato (conocido asimismo informalmente como “el Vado”), que en 1612 fue trasladado junto con San Joseph, San Pedro Cheranx o Cherantxen, San Francisco Echuen y San Hipólito para fundar Zurumútaro. La historia de estas pequeñas poblaciones ubicadas al sur del cerro es bastante obscura, pero afortunadamente tenemos algunas valiosas referencias sobre Cherantxen. Este era un asentamiento de arrendatarios (que los españoles llamaron “terrazgueros”) establecidos  en tierras que pertenecían al patrimonio personal de los descendientes del cazonci. Es algo que resulta coherente con el hecho de que en la época prehispánica hubiera templos y probablemente un “tesoro” del señorío  tarasco en Apupato. Luego de varias sucesiones y apropiaciones de legalidad bastante dudosa, las tierras abandonadas debido a la fundación de Zurumútaro acabaron por formar parte de la hacienda de La Tareta, de los jesuitas de Pátzcuaro

Al otro lado del cerro, hacia el norte,  estuvieron Santo Tomás la Palma, San Lorenzo, Santo Tomás Apupato y Santiago.  Vale la pena señalar que San Lorenzo era un poblado de “tecos”, esto es, de hablantes de nahuatl. Estas poblaciones fueron congregadas en Tzintzuntzan en 1595. Las tierras remanentes  fueron vendidas poco a poco, y finalmente vinieron a  manos de los agustinos de Pátzcuaro, quienes fundaron aquí la hacienda de Sanabria. El pueblo de Tzintzuntzan, sin embargo, siempre reclamó estas tierras, argumentando que sus antiguos habitantes habían pasado a formar parte de su población.

El carácter confuso de estas múltiples transacciones motivó un largo pleito entre agustinos y jesuitas. Aunque los discípulos de San Ignacio se mostraron muy dispuestos a ocupar tierras sin título, había acuerdo entre los testigos que la división entre unos y otros pasaba por la mitad del cerro. Es muy posible que este fuera el lindero entre San Juan y Santo Tomás, los dos Apupato de los que hay constancia documental.

Los viejos papeles donde consta esta historia, en el caso de que a alguien le interese, están en el Archivo General de la Nación, Tierras, vol. 3448, exp 1; Archivo Parroquial de Pátzcuaro, legajo 155 (“Autos de tierras y bienes…hospital de Santa Martha”) y el Archivo Histórico Municipal de Pátzcuaro, caja 19, exp. 4.

Una buena reconstrucción de la historia colonial de las haciendas de la región puede leerse en Luise Enkerlin Pauwells, “La conformación de las haciendas en la ribera sur del lago de Pátzcuaro”, Estudios michoacanos, vol. 9, Zamora, El Colegio de Michoacán – Instituto Michoacano de Cultura, 2001, p. 17-50.

AHAP,19B-4,

Navegando en la red en ratos ociosos (los que rondan la medianoche son muy a propósito) a veces doy con un blog que no había descubierto. En este caso es Bibliofilia novohispana, de Marco Fabrizio Ramírez Padilla. Está activo desde diciembre de 2007, lo cual (en México y en este contexto) lo ubica entre los blogueros “veteranos”. También se cuenta Bibliofiliaentre los más persistentes, porque desde entonces ha mantenido una presentación continua de notas.

El autor dedica este blog a la noble afición (que fácilmente, como me consta, puede volverse obsesión) por los libros raros y antiguos. Esto le da materia para comentarios originales, derivados de sus investigaciones, sobre  ediciones, editores, encuadernaciones y marcas de agua. Aprovecha adecuadamente, con oportunidad y sin excesos, las posibilidades de representación gráfica que el medio ofrece, lo cual lo hace visualmente muy interesante. Este blog es asimismo  una puerta abierta a los espacios bibliofílicos, a través de su blogroll o lista de blogs favoritos del menú lateral.

El autor colabora también con Palabra de Clío, una asociación civil de historiadores mexicanos que publicó en 2007 dos revistas “virtuales”, Palabra de Clío y Diacronías.

La blogosfera de historia es como vasto mar: hay navegaciones, barcos que zarpan alegremente en su primer viaje, y también algunos de los que nunca vuelve a saberse.
Por algo es que la mejor equivalencia para “blog” en español es “bitácora”.
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Los que acaban de echarse a la mar:

Historia, crítica, política, de Alfredo AvilaBlogAvila

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Los que llevaban algún tiempo navegando, pero que no había descubierto
(siempre hay alguno)

Maya Mythos (“a forum to share and exchange ideas about Ancient Maya
Mythology”),
por Carl D. Callaway

Blog that Glyph
An impromptu blog on Maya hieroglyphic writing
por Christian Prager, Carl D. Callaway, Elisabeth Wagner y otros autoresBlogElBable

El bable, de Benja Xocoyotl

Patrimonio Huichapan
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Los que mantienen su navegación, a pesar de calmas y tormentas.

Aculco, lo que fue y lo que es, de Javier Lara Bayón

Ancient Mesoamerica News Updates, de Erik Boot

Arqueología militar, de Marco Cervera

Ayer y hoy de la Iglesia Católica en México, de David Carbajal López
http://historiareligiosademexico.blogspot.com/

La batalla de Monterrey, 1846, de Pablo Ramos

BlogBicentenario, varios autores

Calixtlahuaca Archeological Project, de varios autores

Clionáutica, de Arno Burkholder de la Rosa

Clíotropos, de Felipe Castro Gutiérrez
(“Crónicas del amor (y el desamor) de los historiadores con el mundo
virtual”)

Comisión Bicentenario

Crónica de Torreón, de Sergio Antonio Corona Páez

Difundiendo la Historia, de Raúl Rojas Silva

Fotógrafos de la revolución, de Arturo Guevara Escobar

Imágenes volantes, de Helia Bonilla

Leo gente muerta, de Pamela Romero Pereyra

Maya News Update, de Erik Boot
http://mayanewsupdates.blogspot.com/

Mexique Ancien (varios autores)
Information archéologique sur la Mésoamerique

Mayistas, de Rocío García Valgañón

Monedas de México, de Silectes

La nao va. Una invitación abierta para conocer la historia del Galeón deManila, su cultura y su impacto en Filipinas y en América, de Cuauhtemoc

Publishing Archaeology, de Michael E. Smith

Relajados, reprimidos, barrocos o modernos. letras de la vida cotidiana deMéxico, por Mariel Rodríguez Sánchez.

Una de las buenas cosas de los blogs es que resulta posible enterarse de situaciones y discusiones que difícilmente aparecerían en los periódicos, o que tardarían meses, o incluso años, para encontrar su lugar en artículos o libros. Es el caso, por ejemplo, de la polémica actualmente en desarrollo en Perú acerca de la conveniencia o inconveniencia de fundar un colegio de historiadores, que puede consultarse aquí y aquí.

No es mi asunto opinar sobre el tema, pero la polémica  me ha recordado una de las peculiaridades de la profesión del historiador en México: no existe una sociedad, gremio, colegio o institución que hable y represente al conjunto de los historiadores. Y no es que seamos pocos: según las cifras del Observatorio Laboral de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social había en México en 2008  un total de 17000 personas que se consideraban como historiadores, con independencia de que ejercieran o no su profesión. Y la STPS no considera a los desempleados…

Esta ausencia de representación gremial ha provocado situaciones complicadas cuando la sociedad demanda la opinión de los historiadores sobre algún asunto (como los contenidos de los libros de texto, la situación de un archivo o fondo bibli0tecario en riesgo, la conmemoración de eventos notables, etc.). Los funcionarios, representantes populares o periodistas suelen en estos casos acudir a la Academia Mexicana de la Historia (que es una asociación de “notables”, muy a la manera decimonónica)  o al Comité Mexicano de Ciencias Históricas (una asociación de instituciones, no de comunidades académicas).

En México (y en otros países hispanoamericanos, según creo) las asociaciones profesionales son de dos tipos: los colegios, que son entidades previstas por la ley, que requieren un título profesional de sus miembros, se rigen por una Ley de Profesiones (con variaciones estatales, derivado que el país es teóricamente una “federación”) y dependen de la Dirección General de Profesiones de cada Estado; y las sociedades científicas, que son asociaciones como cualquier otra que pueden formar libremente los ciudadanos, y que pueden presentarse ante un notario público para obtener una personalidad jurídica. No existen colegios de historiadores mexicanos, aunque sí algunas sociedades que agrupan alguna rama del conocimiento, como la Asociación Mexicana de Historia Económica, la Asociación de Historiadores de la Frontera Norte, la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología o la sección mexicana de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe. Algunas de estas asociaciones han prosperado mientras otras tienen dificultades o se encuentran siempre al borde de la extinción. Pero con independencia de estas situaciones, su principal objetivo ha sido fomentar un área de conocimiento, más que el de dar voz o realizar gestiones a nombre de sus asociados. Hay, sin embargo, algunas iniciativas interesantes, como el reciente comunicado de la AMHE sobre la desaparición de la versión en línea de la hemerografía histórica mexicana, a raíz de su adquisición por Google.

La inexistencia de un colegio o asociación que reúna (o más bien, que pretenda reunir) a todos los historiadores es llamativa, porque no es lo que sucede con otras profesiones afines. Existe (hasta donde llega mi c0nocimiento) una Sociedad Mexicana de Antropología, un Colegio Mexicano de Antropólogos y un Colegio de Antropólogos y Etnólogos Sociales; los abogados tienen la Barra Mexicana – Colegio de Abogados, el Ilustre y Nacional Colegio de Abogados y muchos otros colegios y asociaciones; hay un Colegio Nacional de Economistas y varios otros colegios locales de esta profesión.

¿Por qué existe esta ausencia de representación colectiva de los historiadores mexicanos? Cualquier respuesta será forzosamente especulativa, pero algunos elementos podrían proponerse:

En parte se trata de una consecuencia inesperada de la vocación imperialista de los historiadores. En nuestro pasado remoto tomamos mucho del derecho, luego a mediados del siglo pasado colonizamos la sociología, la economía y la demografía, y más recientemente los posmodernos entraron a saco en la filología. Como consecuencia, no podemos quejarnos si en justa reciprocidad los  abogados, sociólogos, antropólogos y economistas incluyen capítulos introductorios de vena histórica o incluso si escriben libros que pueden considerarse pertenecientes al género historiográfico.

Por otro lado, muchas personas sin formación profesional ni en historia ni en ramas afines escriben asimismo obras históricas. Es el caso de los muy numerosos cronistas de pueblos y ciudades (que en México son personajes de cierta importancia, designados oficialmente por los municipios),  o del maestro de escuela, político, dirigente sindical o empresario que redacta sus memorias. Y aunque estas obras no tengan los requisitos formales de la academia, muchas veces son de interés y casi invariablemente resultan muy amenas.

En fn, a diferencia de otras profesiones (como la de médico, ingeniero o abogado), el historiador que ejerce su oficio de manera deficiente o descuidada no es una amenaza para la vida o las propiedades de las personas. Para certificar el plano de una construcción, recetar un medicamento de uso controlado, o representar en un juicio civil o criminal a una persona, se requiere el título correspondiente que se demuestra con un documento, la cédula profesional. Yo tengo guardada por algún lado mi cédula profesional que certifica que soy un historiador. Jamás me la han solicitado ni le he encontrado un uso.

En resumen, parecería que al menos en el caso de México la profesión del historiador es demasiado amplia y difusa para ser reducida a los términos estrechos de un colegio o asociación profesional. Esto nos deja sin tener quien tome la voz por el conjunto del gremio, a pesar de que hay situaciones que ocasionalmente lo demandan. Si hubiera alguna forma de representación colectiva, como en todas las cosas de esta vida, resultarían ventajas e inconvenientes. Pero, por lo pronto y por el futuro cercano, este es un problema puramente retórico y especulativo.

En medio de noticias duras y preocupantes, una nota de importancia para los historiadores corre el riesgo de pasar  a_gomezinadvertida. Aurora Gómez-Galvarriato Freer ha sido designada como nueva directora del Archivo General de la Nación. Parece, en principio, una excelente decisión. Gómez Galvarriato es egresada del ITAM (en Políticas Públicas) y de la Universidad de Harvard (en Historia), donde presentó una tesis sobre “The Impact of Revolution: Business and Labor in the Mexican Textile Industry, Orizaba, Veracruz”. Se ha dedicado a la historia económica, sobre lo cual tiene varias publicaciones, y estaba últimamente adscrita al prestigioso Centro de Investigaciones y Docencia Económica

La nueva directora conoce, pues, los archivos y la  labor de los historiadores, lo cual sin duda es algo bienvenido. Representa también el arribo de otra generación (nació en 1965) a la dirección de nuestros archivos. Y ciertamente que se requiere alguien con energía y con ideas al frente de esta venerable institución, porque tendrá que encargarse de la difícil y delicada tarea de concretar el prometido nuevo edificio.  Agregaría que no estaría de más que comenzara a pensarse seriamente en poner los fondos “en línea”, siguiendo el buen precedente de muchos grandes repositorios nacionales  (véase por ejemplo el envidiable sistema español PARES).  Cabe tener esperanzas al respecto, porque algunas de sus pasadas actividades muestran que está  bien dispuesta hacia la innovación y los empeños digitales.

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