Una de las constantes que aparecen al estudiar las casas de moneda hispánicas en el siglo XVIII es la influencia

Hôtel des Monnaies, en 11 quai Conti, Paris

Hôtel des Monnaies, en 11 quai Conti, Paris

francesa. Es algo que podría atribuirse al inicio de la dinastía borbónica, pero que también se debe a que las cecas galas pasaron por una importante renovación desde la centuria antecedente.  El rasgo más notable es la incorporación  de las prensas mecánicas de volante, introducidas en la Maison des Monnaies de París por  Jean Varin para producir los renombrados “luises de oro”, en 1640 (que pudieron ser admirados en España porque  corrieron en gran número en la época de la Guerra de Sucesión española, hasta su prohibición por Felipe V).

En 1733 los volantes fueron construidos y puestos a acuñar la nueva y bien afamada moneda circular, con “cordoncillo” o “cerrilla”, esto es con los cantos labrados. Además del aspecto estético, y de que permitía por su borde resaltado el conveniente apilado de las monedas, el cordoncillo hacía prácticamente imposible la labor de los “cercenadores”, que anteriormente limaban las monedas para apoderarse del metal precioso. Para hacer posible este elemento se adoptó la máquina “cerrilladora”, inventada por el ingeniero del rey de Francia, Jean de Castaign, en 1679.

Además de las máquinas, diversas obras de referencia sobre los procedimientos galos para la producción de monedas arribaron por distintas vías a México. En 1785 Casimiro Gómez de Ortega, considerado uno de los mejores científicos de España, tradujo al español la obra de Balthasar Georges Sage,  fundador de l´École des Mines con el título de El arte de ensayar oro y plata. La obra tuvo una gran influencia y el rey decidió enviarla a México, para que se aplicara en los ensayes practicados en la Casa de Moneda para determinar la “ley” o contenido intrínseco de las barras de plata. Vale la pena señalar, con todo, que el catedrático de física del Real Colegio de Minas, Francisco Antonio de Bataller, dictaminó que las operaciones de ensaye aquí practicadas, por su exactitud y ec0nomía no tenían nada que pedirles a las que se realizaban en Francia o Alemania.

Otros libros que consta existían y fueron consultados en México  son el Traité de mécanique: ou l’on explique tout ce qui est nécessaire dans la pratique des arts (1695), de Philippe de la Hire; y desde luego la obra que el ilustrado José Antonio de Alzate citaba como Diccionario de oficios y artes, que no es otra que la que conocemos como “Enciclopedia francesa”, que describe y presenta ilustraciones de los nuevos métodos de acuñación.

No sólo llegaron libros, sino también expertos franceses. En 1754 arribó Jean Luis de Roche Jean, quien había inventado y aplicado en Sevilla un procedimiento para el mejor aprovechamiento de las  escobillas o “tierras ricas”, es decir de los fragmentos de plata que caían al suelo, se adherían a las herramientas o se quedaban pegados al piso y paredes de los hornos al momento de la fundición. El inventor, sin embargo, no pudo adaptarse a las condiciones particulares de México y enfrentó algo de mala voluntad de los expertos locales, que resentían que un extraño viniera a decirles cómo debían hacer sus tareas. Al final, después de muchos años y frustrados intentos,  Roche Jean tuvo que volverse a su país sin éxito alguno.

Referencias: Esta nota es un avance de una investigación en proceso. El interesado en la tecnología hispánica de las antiguas casas de moneda debe consultar la obra fundamental de Guillermo Céspedes del Castillo, Las casas de moneda en los reinos de Indias (Museo Casa de Moneda, 1996); sobre los inventores y las invenciones mecánicas mexicanas, es de particular valor el libro de Ramón Sánchez Flores, Historia de la tecnología y la invención en México (Fomento Cultural Banamex, 1980).

Este es un libro que resulta de una minuciosa investigación, cuidadoso en el manejo de los documentos, atento a las continuidades y a las rupturas, que reconstruye los sucesos de forma atractiva y se adentra con inteligencia en muchas de las discusiones sobre la organización social y política de la Nueva España.

Su asunto es la historia de un grupo que hablaba nahuatl, recibió la fe de los misioneros, se regía por las leyes previstas para las “repúblicas” indígenas y tenía en sus pueblos a personas apellidadas Xicotencatl, Aquiahualcatecuhtli o Cacahuatzin. El tema parecería ser, como señala el título, de historia india, y habría que leerlo en el contexto de la vasta producción etnohistórica de tema mexicano.

Sin embargo, es posible que pueda ser considerado de otra manera. En realidad, la existencia de una historia indígena en el México colonial es algo que, aunque parezca paradójico, no puede darse como obvio y evidente…

(véase el texto completo de esta reseña en la revista virtual Nuevo Mundo – Mundos Nuevos, haciendo click aquí )

La conocida revista National Geographic ha publicado una nota sobre el  muy interesante proyecto dirigido por el arqueólogo Christopher Fisher ( Colorado State University), en Apupato, actualmente un cerro a medio camino entre Pátzcuaro y Tzintzuntzan.

La página web The Lake Pátzcuaro Basin Archaelogical Project  explica con más

Terrazas en Apupato

Terrazas en Apupato

detalle y abundancia de ilustraciones que en la época prehispánica Apupato fue una isla, describe las excavaciones, el sistema de terrazas existente (que indicarían una ocupación continua, de varios siglos) y presenta los diagramas hipotéticos de una modesta edificación (que probablemente es el sitio donde, según la Relación de Michoacán, el cazonci guardada parte de sus tesoros) y una pequeña pirámide, de uso ritual.

La nota no menciona si los arqueólogos se apoyaron en los textos coloniales (más allá de la Relación...), porque desde luego la historia de Apupato no concluye con la conquista. Hay buenas razones para prestar atención a estos testimonios, no solo por su interés en sí, sino porque pueden arrojar datos sobre los pobladores que construyeron y dieron  mantenimiento a edificios y templos. Como es sabido, las civilizaciones caen en el olvido, los reinos se desploman, pero los campesinos suelen permanecer allí donde han estado sus padres y sus abuelos desde tiempo inmemorial.

Los documentos coloniales mencionan un San Juan Apupato (conocido asimismo informalmente como “el Vado”), que en 1612 fue trasladado junto con San Joseph, San Pedro Cheranx o Cherantxen, San Francisco Echuen y San Hipólito para fundar Zurumútaro. La historia de estas pequeñas poblaciones ubicadas al sur del cerro es bastante obscura, pero afortunadamente tenemos algunas valiosas referencias sobre Cherantxen. Este era un asentamiento de arrendatarios (que los españoles llamaron “terrazgueros”) establecidos  en tierras que pertenecían al patrimonio personal de los descendientes del cazonci. Es algo que resulta coherente con el hecho de que en la época prehispánica hubiera templos y probablemente un “tesoro” del señorío  tarasco en Apupato. Luego de varias sucesiones y apropiaciones de legalidad bastante dudosa, las tierras abandonadas debido a la fundación de Zurumútaro acabaron por formar parte de la hacienda de La Tareta, de los jesuitas de Pátzcuaro

Al otro lado del cerro, hacia el norte,  estuvieron Santo Tomás la Palma, San Lorenzo, Santo Tomás Apupato y Santiago.  Vale la pena señalar que San Lorenzo era un poblado de “tecos”, esto es, de hablantes de nahuatl. Estas poblaciones fueron congregadas en Tzintzuntzan en 1595. Las tierras remanentes  fueron vendidas poco a poco, y finalmente vinieron a  manos de los agustinos de Pátzcuaro, quienes fundaron aquí la hacienda de Sanabria. El pueblo de Tzintzuntzan, sin embargo, siempre reclamó estas tierras, argumentando que sus antiguos habitantes habían pasado a formar parte de su población.

El carácter confuso de estas múltiples transacciones motivó un largo pleito entre agustinos y jesuitas. Aunque los discípulos de San Ignacio se mostraron muy dispuestos a ocupar tierras sin título, había acuerdo entre los testigos que la división entre unos y otros pasaba por la mitad del cerro. Es muy posible que este fuera el lindero entre San Juan y Santo Tomás, los dos Apupato de los que hay constancia documental.

Los viejos papeles donde consta esta historia, en el caso de que a alguien le interese, están en el Archivo General de la Nación, Tierras, vol. 3448, exp 1; Archivo Parroquial de Pátzcuaro, legajo 155 (“Autos de tierras y bienes…hospital de Santa Martha”) y el Archivo Histórico Municipal de Pátzcuaro, caja 19, exp. 4.

Una buena reconstrucción de la historia colonial de las haciendas de la región puede leerse en Luise Enkerlin Pauwells, “La conformación de las haciendas en la ribera sur del lago de Pátzcuaro”, Estudios michoacanos, vol. 9, Zamora, El Colegio de Michoacán – Instituto Michoacano de Cultura, 2001, p. 17-50.

AHAP,19B-4,

Navegando en la red en ratos ociosos (los que rondan la medianoche son muy a propósito) a veces doy con un blog que no había descubierto. En este caso es Bibliofilia novohispana, de Marco Fabrizio Ramírez Padilla. Está activo desde diciembre de 2007, lo cual (en México y en este contexto) lo ubica entre los blogueros “veteranos”. También se cuenta Bibliofiliaentre los más persistentes, porque desde entonces ha mantenido una presentación continua de notas.

El autor dedica este blog a la noble afición (que fácilmente, como me consta, puede volverse obsesión) por los libros raros y antiguos. Esto le da materia para comentarios originales, derivados de sus investigaciones, sobre  ediciones, editores, encuadernaciones y marcas de agua. Aprovecha adecuadamente, con oportunidad y sin excesos, las posibilidades de representación gráfica que el medio ofrece, lo cual lo hace visualmente muy interesante. Este blog es asimismo  una puerta abierta a los espacios bibliofílicos, a través de su blogroll o lista de blogs favoritos del menú lateral.

El autor colabora también con Palabra de Clío, una asociación civil de historiadores mexicanos que publicó en 2007 dos revistas “virtuales”, Palabra de Clío y Diacronías.

La blogosfera de historia es como vasto mar: hay navegaciones, barcos que zarpan alegremente en su primer viaje, y también algunos de los que nunca vuelve a saberse.
Por algo es que la mejor equivalencia para “blog” en español es “bitácora”.
…………………………

Los que acaban de echarse a la mar:

Historia, crítica, política, de Alfredo AvilaBlogAvila

…………..

Los que llevaban algún tiempo navegando, pero que no había descubierto
(siempre hay alguno)

Maya Mythos (“a forum to share and exchange ideas about Ancient Maya
Mythology”),
por Carl D. Callaway

Blog that Glyph
An impromptu blog on Maya hieroglyphic writing
por Christian Prager, Carl D. Callaway, Elisabeth Wagner y otros autoresBlogElBable

El bable, de Benja Xocoyotl

Patrimonio Huichapan
…………..

Los que mantienen su navegación, a pesar de calmas y tormentas.

Aculco, lo que fue y lo que es, de Javier Lara Bayón

Ancient Mesoamerica News Updates, de Erik Boot

Arqueología militar, de Marco Cervera

Ayer y hoy de la Iglesia Católica en México, de David Carbajal López
http://historiareligiosademexico.blogspot.com/

La batalla de Monterrey, 1846, de Pablo Ramos

BlogBicentenario, varios autores

Calixtlahuaca Archeological Project, de varios autores

Clionáutica, de Arno Burkholder de la Rosa

Clíotropos, de Felipe Castro Gutiérrez
(“Crónicas del amor (y el desamor) de los historiadores con el mundo
virtual”)

Comisión Bicentenario

Crónica de Torreón, de Sergio Antonio Corona Páez

Difundiendo la Historia, de Raúl Rojas Silva

Fotógrafos de la revolución, de Arturo Guevara Escobar

Imágenes volantes, de Helia Bonilla

Leo gente muerta, de Pamela Romero Pereyra

Maya News Update, de Erik Boot
http://mayanewsupdates.blogspot.com/

Mexique Ancien (varios autores)
Information archéologique sur la Mésoamerique

Mayistas, de Rocío García Valgañón

Monedas de México, de Silectes

La nao va. Una invitación abierta para conocer la historia del Galeón deManila, su cultura y su impacto en Filipinas y en América, de Cuauhtemoc

Publishing Archaeology, de Michael E. Smith

Relajados, reprimidos, barrocos o modernos. letras de la vida cotidiana deMéxico, por Mariel Rodríguez Sánchez.

Una de las buenas cosas de los blogs es que resulta posible enterarse de situaciones y discusiones que difícilmente aparecerían en los periódicos, o que tardarían meses, o incluso años, para encontrar su lugar en artículos o libros. Es el caso, por ejemplo, de la polémica actualmente en desarrollo en Perú acerca de la conveniencia o inconveniencia de fundar un colegio de historiadores, que puede consultarse aquí y aquí.

No es mi asunto opinar sobre el tema, pero la polémica  me ha recordado una de las peculiaridades de la profesión del historiador en México: no existe una sociedad, gremio, colegio o institución que hable y represente al conjunto de los historiadores. Y no es que seamos pocos: según las cifras del Observatorio Laboral de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social había en México en 2008  un total de 17000 personas que se consideraban como historiadores, con independencia de que ejercieran o no su profesión. Y la STPS no considera a los desempleados…

Esta ausencia de representación gremial ha provocado situaciones complicadas cuando la sociedad demanda la opinión de los historiadores sobre algún asunto (como los contenidos de los libros de texto, la situación de un archivo o fondo bibli0tecario en riesgo, la conmemoración de eventos notables, etc.). Los funcionarios, representantes populares o periodistas suelen en estos casos acudir a la Academia Mexicana de la Historia (que es una asociación de “notables”, muy a la manera decimonónica)  o al Comité Mexicano de Ciencias Históricas (una asociación de instituciones, no de comunidades académicas).

En México (y en otros países hispanoamericanos, según creo) las asociaciones profesionales son de dos tipos: los colegios, que son entidades previstas por la ley, que requieren un título profesional de sus miembros, se rigen por una Ley de Profesiones (con variaciones estatales, derivado que el país es teóricamente una “federación”) y dependen de la Dirección General de Profesiones de cada Estado; y las sociedades científicas, que son asociaciones como cualquier otra que pueden formar libremente los ciudadanos, y que pueden presentarse ante un notario público para obtener una personalidad jurídica. No existen colegios de historiadores mexicanos, aunque sí algunas sociedades que agrupan alguna rama del conocimiento, como la Asociación Mexicana de Historia Económica, la Asociación de Historiadores de la Frontera Norte, la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología o la sección mexicana de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe. Algunas de estas asociaciones han prosperado mientras otras tienen dificultades o se encuentran siempre al borde de la extinción. Pero con independencia de estas situaciones, su principal objetivo ha sido fomentar un área de conocimiento, más que el de dar voz o realizar gestiones a nombre de sus asociados. Hay, sin embargo, algunas iniciativas interesantes, como el reciente comunicado de la AMHE sobre la desaparición de la versión en línea de la hemerografía histórica mexicana, a raíz de su adquisición por Google.

La inexistencia de un colegio o asociación que reúna (o más bien, que pretenda reunir) a todos los historiadores es llamativa, porque no es lo que sucede con otras profesiones afines. Existe (hasta donde llega mi c0nocimiento) una Sociedad Mexicana de Antropología, un Colegio Mexicano de Antropólogos y un Colegio de Antropólogos y Etnólogos Sociales; los abogados tienen la Barra Mexicana – Colegio de Abogados, el Ilustre y Nacional Colegio de Abogados y muchos otros colegios y asociaciones; hay un Colegio Nacional de Economistas y varios otros colegios locales de esta profesión.

¿Por qué existe esta ausencia de representación colectiva de los historiadores mexicanos? Cualquier respuesta será forzosamente especulativa, pero algunos elementos podrían proponerse:

En parte se trata de una consecuencia inesperada de la vocación imperialista de los historiadores. En nuestro pasado remoto tomamos mucho del derecho, luego a mediados del siglo pasado colonizamos la sociología, la economía y la demografía, y más recientemente los posmodernos entraron a saco en la filología. Como consecuencia, no podemos quejarnos si en justa reciprocidad los  abogados, sociólogos, antropólogos y economistas incluyen capítulos introductorios de vena histórica o incluso si escriben libros que pueden considerarse pertenecientes al género historiográfico.

Por otro lado, muchas personas sin formación profesional ni en historia ni en ramas afines escriben asimismo obras históricas. Es el caso de los muy numerosos cronistas de pueblos y ciudades (que en México son personajes de cierta importancia, designados oficialmente por los municipios),  o del maestro de escuela, político, dirigente sindical o empresario que redacta sus memorias. Y aunque estas obras no tengan los requisitos formales de la academia, muchas veces son de interés y casi invariablemente resultan muy amenas.

En fn, a diferencia de otras profesiones (como la de médico, ingeniero o abogado), el historiador que ejerce su oficio de manera deficiente o descuidada no es una amenaza para la vida o las propiedades de las personas. Para certificar el plano de una construcción, recetar un medicamento de uso controlado, o representar en un juicio civil o criminal a una persona, se requiere el título correspondiente que se demuestra con un documento, la cédula profesional. Yo tengo guardada por algún lado mi cédula profesional que certifica que soy un historiador. Jamás me la han solicitado ni le he encontrado un uso.

En resumen, parecería que al menos en el caso de México la profesión del historiador es demasiado amplia y difusa para ser reducida a los términos estrechos de un colegio o asociación profesional. Esto nos deja sin tener quien tome la voz por el conjunto del gremio, a pesar de que hay situaciones que ocasionalmente lo demandan. Si hubiera alguna forma de representación colectiva, como en todas las cosas de esta vida, resultarían ventajas e inconvenientes. Pero, por lo pronto y por el futuro cercano, este es un problema puramente retórico y especulativo.

En medio de noticias duras y preocupantes, una nota de importancia para los historiadores corre el riesgo de pasar  a_gomezinadvertida. Aurora Gómez-Galvarriato Freer ha sido designada como nueva directora del Archivo General de la Nación. Parece, en principio, una excelente decisión. Gómez Galvarriato es egresada del ITAM (en Políticas Públicas) y de la Universidad de Harvard (en Historia), donde presentó una tesis sobre “The Impact of Revolution: Business and Labor in the Mexican Textile Industry, Orizaba, Veracruz”. Se ha dedicado a la historia económica, sobre lo cual tiene varias publicaciones, y estaba últimamente adscrita al prestigioso Centro de Investigaciones y Docencia Económica

La nueva directora conoce, pues, los archivos y la  labor de los historiadores, lo cual sin duda es algo bienvenido. Representa también el arribo de otra generación (nació en 1965) a la dirección de nuestros archivos. Y ciertamente que se requiere alguien con energía y con ideas al frente de esta venerable institución, porque tendrá que encargarse de la difícil y delicada tarea de concretar el prometido nuevo edificio.  Agregaría que no estaría de más que comenzara a pensarse seriamente en poner los fondos “en línea”, siguiendo el buen precedente de muchos grandes repositorios nacionales  (véase por ejemplo el envidiable sistema español PARES).  Cabe tener esperanzas al respecto, porque algunas de sus pasadas actividades muestran que está  bien dispuesta hacia la innovación y los empeños digitales.

Hace algunos años asistí a un seminario en una encantadora ciudad ubicada en lo que coloquialmente llamamos

Calles para caminar, no sólo para transitar (Oaxaca)

Calles para caminar, no sólo para transitar (Oaxaca)

“provincia”, esto es, un lugar fuera de las grandes áreas metropolitanas de México. Incidentalmente aludí a los “historiadores de provincia” e inmediatamente noté un pasajero gesto de incomodidad, incluso de desagrado entre mis colegas. Luego me explicaron que ellos no eran “historiadores de provincia”, sino “de los Estados”.

Al parecer, esta preferencia por una adscripción puramente institucional, casi jurídica, llegó porque “de provincia” también puede decirse “provinciano”, y según la Real Academia Española puede significar tanto un mero locativo como “poco elegante y refinado” o “afectado de provincianismo”. “Provincianismo”, a su vez, es “estrechez de espíritu y apego excesivo a la mentalidad o costumbres de una provincia o sociedad”.

En realidad, como es evidente, el ámbito no hace al historiador. Hay estudiosos ubicados en, ejem, “los Estados”, que tienen intereses muy cosmopolitas; y los hay en las grandes ciudades que tienen una franca estrechez de espíritu. Y aun cuando se tomara por bueno el sentido peyorativo del término, cabría recordar que hay muchos gentilicios que pudieron ser inicialmente despectivos (como “jarocho” o “ranchero” ), pero que acabaron siendo motivo de orgullo.

Para mí, un historiador de la provincia es quien conoce todos los secretos de los bibliotecas y archivos locales, que puede encantar a su público hablando de su tierra y que, aunque trabaje largas horas con empeño, siempre tendrá tiempo para un café con un amigo de visita. Personalmente, si mi suerte me lo permite, pienso acabar mi vida profesional como un historiador provinciano.

Acaba de salir en la revista Historia Social (no.63, 2009, p.3-17), de la Fundación Instituto de Historia Social, España, mi artículo sobre “Salud, enfermedad y socorro mutuo en la Real Casa de Moneda de México”.

Como he argumentado en otra nota, la Casa de Moneda novohispana ha recibido mucho interés de parte de los historiadores, pero poco se ha escrito sobre quienes producían sus casi míticas riquezas.  Por otro lado, existe una abundante bibliografía sobre enfermedades epidémicas (como el mortífero matlazahuatl, la viruela y el sarampión), pero en cambio los padecimientos endémicos y laborales han sido citados casi incidentalmente.

La conjunción de ambos temas es muy pertinente, dado que los trabajadores de la ceca trabajaban en condiciones insalubres (derivados, por ejemplo, de los gases que se producían en la fundición, o la manipulación del “solimán” o cloruro mercúrico) y riesgosas, porque operaban prensas, molinos y cuchillas, en un ambiente casi industrial, de producción en serie. También, desde luego, había ocasionalmente riñas entre hombres vigorosos, que tenían a mano mucha herramientas que podían convertirse en armas improvisadas. De todo esto se derivaba la predominancia de enfermedades pulmonares, hepáticas (típicas de intoxicación crónica), y de frecuentes traumatismos o lesiones. Los expedientes también proporcionan datos de interés sobre la vida cotidiana de los operarios: existía un buen número de enfermos por padecimientos venéreos, como sífilis y gonorrea. Incluyo seguidamente una gráfica con los datos estadísticos.

enfdds-cdem

El trabajo, finalmente, aborda la historia de la Concordia, una institución de socorro mutuo para casos de enfermedad o invalidez fundada por los operarios de la Casa de Moneda. A diferencia de las antiguas cofradías, era de carácter laico. Fue, en este sentido, la primera en su género en la Nueva España.

Los historiadores han sido reticentes en aventurarse en los estudios genealógicos, en buena medida porque abundaban los sitios dedicados a vender genealogías a gusto del cliente, que casi siempre  descubrían antepasados ilustres con su correspondiente escudo de armas. Sin embargo, no hay razón para que la genealogía no sea considerada como una rama auxiliar de la historia, con el mismo título que la numismática o  la filatelia. Los apellidos también son historia; y aunque su utilización requiere cierta precaución, también pueden proporcionar datos interesantes para el conocimiento del pasado.

La referencia a las precauciones tiene su razón de ser. Sobre todo en la época colonial, lo que podríamos llamar técnicamente como  “patrones de uso nominativos” (o sea, la forma en que alguien identificaba su ascendencia) era bastante flexible. Una persona podía preferir el apellido materno y no era raro que dos hermanos  no se apellidaran igual. La representación gráfica podía variar (por ejemplo, entre “Avila” y “Dávila”). Peor aún, una persona podía adoptar un apellido que no le venía de familia; esto era bastante común entre los nobles indios,que en el siglo XVI hicieron propio frecuentemente el apellido de sus padrinos de bautizo españoles, por lo cual hay ramas nativas de los Cortés, los Mendoza (por el primer virrey) o los Alvarado (en honor al conquistador de Guatemala).  El común de los  indios carecía de apellido, con el resultado de que Pedro Santiago resultaba ser hijo de Francisco Hipólito; cuando se introdujo el registro civil, algunos de estos nombres fueron arbitrariamente convertidos en apellidos por los jueces. Y en fin, cabe sospechar que la herencia del apellido y la  genética no siempre iban juntos.

Desde luego, saber quién era hijo de quién es algo muy necesario para un historiador, dado que en aquella época (ysospecho que en la presente) junto con un apellido iban anexos recursos materiales, afinidades e influencias. Esto es lo que ha llevado a muchos historiadores a realizar prosopografías (es decir, biografías de grupos enteros, por oficio, origen o rango social) e interpretar estos datos en términos de redes sociales.

(Antes de que me pregunten…no, no hago búsquedas genealógicas. Por favor, no me envíe consultas; utilice  los links aquí incluidos a los sitios dedicados a estos servicios).

El historiador intersado en la genealogía colonial (ya sea en sí misma o para otros fines analíticos) encuentra un recurso invaluable en los estudios de Peter Boyd-Bowman, Cristóbal Bermúdez Plata y de otros autores que con encomiable paciencia se dedicaron a recopilar la información de todos los españoles que pasaban a Indias en los tres siglos coloniales, y que debían contar con la correspondiente “licencia” o permiso de la Casa de Contratación. Asimismo, aunque la historia no era su propósito,  The Genealogical Society of  Utah, fundada en 1894 por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, ha reunido una enorme colección de microfilmes procedentes de antiguos registros parroquiales y civiles, algunos de ellos ya desaparecidos. Una copia, realizada por la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica, se halla  en el Archivo General de la Nacion.

La aparición de Internet, la fácil comunicación y la digitalización de muchos archivos y recursos estadísticos  ha dado nuevo auge a los empeños genealógicos, y a su posible utilización por el historiador. Asimismo, muchos sitios genealógicos han ido poco a poco haciendo propios el rigor, los criterios y los métodos de los historiadores. También se han acercado en ocasiones a un propósito más cientìfico: la creación de un mapa genético mundial, como el propuesto por la National Geographic Society.

Esta introducción viene a cuento de un recurso que acabo de descubrir gracias al siempte útil blog Genbeta, dedicado a rastrear las innovaciones de interés en la red de redes. Se trata de Mi parentela.com. que es un servicio que permite (de manera gratuita) crear árboles genealógicos y que todos sus integrantes, muy a la manera de las “redes sociales virtuales”, contribuyan a corregirlo o ampliarlo. Miparentela tiene otra prestación de particular interés: un mapa interactivo de la frecuencia total (el número de integrantes) y relativa, así como la distribución geográfica de los apellidos. La información se basa en el caso español en los censos gubernamentales, y para otros países en recursos públicos equivalentes, como los directorios telefónicos. También existen versiones nacionales que pueden ser de alguna utilidad para nosotros: los de  Alemania, FranciaItalia y Estados Unidos. Lo que nos proporcionan estos mapas y cuadros, aparte de datos curiosos e intereses genealógicos personales, es un mapa de las migraciones de cada apellido, y cómo fueron “colonizando” diferentes países. Espero que este servicio se extienda algún día a los países hispanoamericanos.

Entradas siguientes »