Acaba de salir el libro que coordiné con Isabel M. Povea sobre Los oficios en las sociedades indianas.

En esta obra presento un trabajo sobre los oficios del Apartado del Oro y Plata. Trata de los llamados “empleados”, esto es quienes desempeñaban labores de dirección, administración, contabilidad y vigilancia, excluyendo a los obreros (de los que me ocuparé en un próximo trabajo).

Estos oficiales (apartador, conclavero, guardavistas) realizaban la labor de separación del oro y la plata, que no podía hacerse por fundición, sino por un complejo y delicado proceso químico. De su exactitud dependía la extracción y afinación del oro que luego era llevado a la Real Casa de Moneda para acuñar los escudos y doblones utilizados para transacciones mayores, sobre todo por los  grandes“almaceneros” que controlaban el gran transatlántico. Dada la relevancia de esta ocupación, todas las operaciones, ingresos, gastos y egresos eran cuidadosamente registrados por varios amanuenses (que, pese a su nombre, tenían también funciones contables).

La editorial es el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y el ISBN es 978-607-30-3381-7. Adjunto aquí el índice completo de la obra.

Índice

1. Una introducción a los oficios en las sociedades indianas, Felipe Castro Gutiérrez e Isabel M. Povea Moreno……………….pág. 9

2. Oficios en el medio rural novohispano. Una aproximación, Brígida von Mentz….pág. 47.

3. Pochtecas, productoras y vendedoras: mujeres tlatelolcas en la Ciudad de México durante el siglo XVI, Margarita Vargas Betancourt……..pág. 83.

4. Bajo la sombra de los grandes obrajes. Obrajuelos, talleres artesanales y trabajadores del textil en la ciudad de Quito (siglo xvii), Carlos D. Ciriza-Mendívil…….pág. 120.

5 .Los barreteros. Trabajo cualificado y sus variantes en el espacio minero de la monarquía hispánica, Isabel M. Povea Moreno…..pág. 149

6. Los oficios y los oficiales del Apartado de Oro y Plata, 1776-1821, Felipe Castro Gutiérrez….…pág. 188.

7. Trabajar y morir en el mar: La tripulación del navío Nuestra Señora del Juncal (1631), Flor Trejo Rivera……..pág. 222.

8. Discusiones en torno a las marinerías transpacíficas. El caso de la duplicidad de plazas en el Galeón de Manila Santísima Trinidad (1752-1753), Guadalupe Pinzón Ríos….pág. 253.

9. De artes teóricas y oficios mecánicos: El heterogéneo mundo de la curación en el Nuevo Reino de Granada, siglos XVI al XVIII, Natalia Silva Prada…..pág. 312.

10. “Por todos los días de vuestra vida…” Oficios de pluma, sociedad local y gobierno de la monarquía”, Víctor Gayol……….pág. 352.

11. Los curas en el Arzobispado de México (1749-1765), María Teresa Álvarez Icaza Longoria…..pág. 386.

Acerca de los autores…..pág. 429

Acaba de salir de prensas este libro colectivo (Routledge, 2020) coordinado por Luciane Scarato, Fernando Baldraia y Maya Manzi.  Se trata de un proyecto que tuvo su origen en un coloquio realizado en Colonia (Alemania), sobre “Convivial [Hi]Stories: Envisioning ‘Conviviality’ in Colonial and Modern Latin America”, en junio de 2018.

Este libro, a partir de diversas perspectivas teóricas sobre la convivencia, considera las formas en que América Latina, un continente marcado por profundas desigualdades, pudieron existir, sostenerse y poner en cuestión variadas modalidades de convivencia, que se transformaron en el tiempo y el espacio. Tiene un enfoque interdisciplinario y presenta estudios sobre diferentes países y épocas,  desde el medioevo hasta la actualidad. Considera asimismo las formas en que el estudio de América Latina podría contribuir a nuestra comprensión de la relación entre desigualdad, diferencia, diversidad y sociabilidad. Así, resultará de interés a los estudiosos de la historia, la sociología, la geografía, la antropología, los estudios de desarrollo, la teoría poscolonial y social.

En esta obra tengo un artículo sobre Incluye mi ensayo sobre “Routine Violence and the Limits of Conviviality in a Colonial Society”. A partir de un incidente aparentemente menor e intrascendente (una riña entre una dama española y dos mulatos, en un callejón de Pátzcuaro), desarrollo el argumento de que existían convenciones y procedimientos para asegurar que se mantuviera una convivencia aparentemente tranquila en una sociedad con profundas desigualdades; pero que esto no excluía formas cotidianas, poco visibles, de pugnas y violencias menores entre personas de diferentes jerarquías.

Incluyo aquí el índice general:

Introduction, Luciane Scarato, Fernando Baldraia and Maya Manzi

Part 1: Convivial Bonds

1. The Neglected Nexus between Conviviality and Inequality

Sérgio Costa

2. Political Conviviality and the Role of Opposition and Opponents in Late Twentieth-Century Latin American Political Discourse

Osvaldo Barreneche

3. Railways and Conviviality: The Fringes of Progress in Minas Gerais, 1841-1930

Luciane Scarato

4. In Search of Conviviality in Latin American Cities: An Essay from Urban Anthropology

Ramiro Segura

Part 2: Conviviality Between Norm And Praxis

5. Imperial Conviviality: Producing Difference in the TransAtlantic Iberian World

Karen Graubart

6. Mestizaje and Conviviality in Brazil, Colombia and Mexico

Peter Wade

7. Syncretism and Pluralism in the Configuration of Religious Diversity in Brazil

Paula Montero

Part 3: Contested Conviviality

8. Conviviality on the Brink: Blackness, Africanness and Marginality in Rio de Janeiro

Tilmann Heil

9. Routine Violence and the Limits of Conviviality in a Colonial Society

Felipe Castro Gutiérrez

10. Fighting Against or Coexisting with Drought? Conviviality, Inequality and Peasant Mobility in Northeast Brazil

Maya Manzi

11. Epistemologies for Conviviality, or Zumbification

Fernando Baldraia

Final Considerations: Luciane Scarato, Fernando Baldraia and Maya Manzi

En una anterior entrada en este blog me ocupé de la práctica de que los personajes poderosos e influyentes (como el mismo monarca, pero también grandes nobles, eclesiásticos y oficiales del rey) tuvieran siempre consigo un  notable número de “criados”: amanuenses, secretarios, hombres de guardia y ayudantes de confianza para todo lo que se ofreciera. Esto era tanto “por ornato de su persona”, como porque les ayudaban a desempeñar sus obligaciones públicas, en un tiempo en que realmente no había un aparato administrativo profesional.

En el caso indiano, esto era muy notorio en el caso de los virreyes, que solían viajar con una gran comitiva que incluía parientes, criados, sirvientes y esclavos. No era considerado una irregularidad. Como se especificó en las “instrucciones” dadas  al conde de Montesclaros en 1603, “<ser> criado del virrey de México es lo propio que ser señor en España, porque en aquella tierra no hay más rey que el virrey y los condes y marqueses son sus criados”*

Esto llegó al grado de que fue necesario reglamentarlo (en 1614 y 1618), y se estableció que los criados

El virrey marqués de Guadalcázar
(Cortesía, Mediateca INAH)

acompañantes de los virreyes no podrían exceder de ochenta si eran solteros, y cien si eran casados, lo cual da una idea del tamaño de lo que se llamaba la “casa” del virrey. En realidad eran muchos más, porque los criados viajaban con sus esposas, hijos y en ocasiones sus propios sirvientes. Podía ser una enorme comitiva, de casi 200 personas, como la que trajo consigo el sevillano Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar, quien fue virrey de la Nueva España entre 1612 y 1621, y de Perú entre 1622 y 1629.

El asunto era del mayor interés para los súbditos porque los virreyes tendían a dar oficios a sus “criados”, sobre todo corregimientos y alcaldías mayores, a pesar de que en principio debían favorecer a los “beneméritos” (esto es, a los descendientes de conquistadores). La práctica era mal vista y se prohibió oficialmente en 1619, pero como muchas otras leyes y disposiciones, se respetaba de forma irregular, y se aceptaban múltiples excepciones. Según Torres Arancivia, el virrey peruano conde de la Palata escribió al rey para decirle que dar estos cargos a sus criados era cosa que no podía evitarse y costumbre de muchos años. Antes de dejar de hacerlo, los virreyes preferían que en sus juicios de residencias los condenaran a pagar una multa por la contravención. Para solucionar esta contradicción, propuso y se le aceptó que se permitiera a los virreyes “beneficiar” hasta doce de sus criados con corregimientos. La decisión sentó precedente y se aplicó también en Nueva España.

El asunto llegaba a generar conflictos serios, porque los criados buscaban su provecho y a veces actuaban con prepotencia; y no siempre los virreyes estaban dispuestos a frenar sus excesos. Fue muy notorio con el referido marqués de Guadalcázar. En 1620 varios oidores de la Real Audiencia (Diego Gómez de Mena, el Dr. Galdós de Valencia y Lic. Pedro de Vergara Gaviria) quienes se describían a sí mismos como “criados de su majestad”) se quejaron amargamente por las descortesías de los criados del virrey, y porque éste tiene repartido entre los deudos, criados y allegados suyos, los mejores oficios de este reino, y de más veces jugo y substancia”, con la facultad agregada de que pudieran ejercerlos por medio de sustitutos y tenientes, con los que hacían contratos de “arrendamiento” del cargo. Esto es, podían percibir una especie de renta, sin las molestias del ejercicio concreto del oficio ni tener que alejarse de la corte. Según los oidores, esto era en gran perjuicio de los indios porque uno de los oficios así entregados era el de de juez repartidor, esto es,  quien dirigía y organizaba las tandas del servicio personal obligatorio que debían dar todos los pueblos; y sucedía que estos jueces “vendían” el trabajo de a los indios para que laboraran en obrajes. De nada servía que al fin de su ejercicio estos “influyentes” tuvieran que dar el juicio de residencia, porque nadie se atrevía a declarar en contra los criados y allegados del virrey.

La misma queja, por otro lado, mostraba que los “criados” eran muy necesarios para el funcionamiento cotidiano de la administración, y eran quienes se encargaban de las comunicaciones y escritos que iban y venían entre la Audiencia y el virrey.  Y no está de más decir que algunos de los quejosos no eran precisamente ejemplos de buena conducta pública en la provisión de cargos entre amigos y allegados, notoriamente Pedro de Vergara Gaviria.  La disputa, además de personal, era sobre el reparto de cargos y beneficios.

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* Agradezco esta referencia a Isabel M. Povea.

La queja de los oidores contra el virrey Guadalcázar se halla en Los virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke, Madrid, 1977, volumen 3, p. 71-96

Véase también

Alejandro Cañeque, “De parientes, criados y gracias. Cultura del don y poder en el México colonial (siglos XVI-XVII)”, Histórica, Pontificia Universidad Católica del Perú, 29 (1),  2005.

Manuel Rivero Rodríguez, La edad de oro de los virreyes: El virreinato en la Monarquía Hispánica,  Madrid, Ediciones Akal, 2011.

Eduardo Torres Arancivia, Corte de virreyes: el entorno del poder en el Perú en el siglo XVII, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2006.

En una pasada entrada en este blog me ocupé de los “familiares” de los obispos, virreyes y otras personalidades. Algunos de ellos se nombraban “criados”.  A veces ambas categorías se confunden; en otras se separan, sobre todo porque los criados son aquéllos que están (o estuvieron) en relación directa y personal con su patrón y sirvieron en su casa.

La palabra probablemente vino de la práctica común en el medioevo de enviar a los  niños nobles a “criarse” con un señor de mayor rango, servir primero como pajes, para luego ser ordenados caballeros y entrar a su servicio.  De esta manera, el señor venía a ser una figura paterna, que a la vez “se servía de” y “amparaba a” sus criados. Esto se extendió en sentido figurado a otras personas que no se habían criado junto a su señor, sino que entraron posteriormente a su servicio (como Diego Velázquez, quien era “pintor y criado del rey”). La idea de estrecha cercanía, lealtad y dependencia, permanece y es considerada como muy importante. En el caso del rey (que no es el único), el criado era parte de su “casa” y como tal gozaba de ciertos privilegios informales y formales (como la de ser solamente procesado por el juez de la corte y palacio, en teoría).

Como siempre ocurre con las instituciones de gobierno en esta época, hay ambigüedades y una buena dosis de casuística. La primera es la que salta a los ojos del lector contemporáneo, habituado a pensar en un “criado” como un sirviente. Y en efecto, en esta época eran “criados” tanto el mayordomo o el mozo de espuelas, como un gran noble que llegaba a ocupar importantes oficios públicos. Las cosas se complican todavía más en razón de que los Habsburgos introdujeron la práctica borgoñona de que quienes estaban a su servicio personal del monarca (incluyendo los gentilhombres que le ayudaban a vestirse) fuesen miembros de la nobleza. Así,  cuando una persona se designa como “criado” hay que ver siempre el contexto.

En todos los casos, ser “criado del rey” era una distinción altamente apreciada, porque el beneficiado estaba cerca de la real persona, de donde provenían  las decisiones, gracias y mercedes. Tenían lo que se llamaba “derecho de entrada” a la real recámara. La categoría llegó a trascender su función concreta y se convirtió en un título simbólico; se podía ser gentilhombre de cámara “sin ejercicio”, como fue muy común entre los virreyes.

También ocurría, por ejemplo, que los oidores o miembros de la Real Audiencia se llamaran a sí mismos “criados de su majestad”  para reivindicar su dignidad, aunque no hubieran tenido relación personal con la casa real. Incluso llegó a ser una forma de cortesía genérica para dirigirse a una persona de alto rango, de la misma forma que cuando un clérigo escribía a un dignatario firmándose como “su capellán”, sin serlo realmente. Se aprecia todavía este aspecto de cortesía rutinaria  en la fórmula para cerrar una carta, todavía existente hasta fechas recientes,  de “atentamente, su seguro servidor”.

La práctica de tener “criados” se extiende naturalmente a otros grandes señores, como los grandes nobles, los virreyes y los obispos indianos; eran respetados, pero a veces también muy detestados.  De esto me ocuparé la próxima semana.

El curioso que se ponga a revisar viejos papeles en los archivos de los años virreinales encontrará muchas referencias a personas que orgullosamente declaraban ser “familiares” de un obispo, virrey u oidor.  Es algo muy característico de esa época, y su relevancia va más allá de la anécdota.

Muchos de ellos no eran necesariamente parientes de la persona a quien daban reverencia. Eran parte de lo que a veces se llama “familia extensa”; otro título muy de la época, el de “allegados”, les queda bien. Su condición era siempre ambigua, entre sirvientes y hombres de confianza de los poderosos. Les daban su lealtad irrestricta, les hacían compañía y se ocupaban de diferentes menesteres privados o públicos (como amanuenses, consejeros, mensajeros y ayudantes para todo). Era propio de un gran señor tener en torno a sí toda una cauda de “familiares”, a más de numerosos sirvientes. Que un importante personaje viajara solo o con una mínima comitiva a las Indias se habría visto como extraño y en desdoro de su rango y dignidad.

Como corresponde, el patrono debía procurar el bienestar de sus allegados. En lo inmediato, atendían a su alojamiento (típicamente, en alguna habitación de su residencia o palacio), alimento (en su propia mesa, y por eso a veces se les llamaba, en forma despectiva, “paniaguados”) y ornato (vestimenta, dinero para gastos menores, algunos objetos “para adorno y distinción” de su persona). Todo esto eran gracias y obsequios, ya que recibir un salario habría sido considerado como algo impropio y “mercenario”.

Las leyes de Indias, sobre los “familiares” (libro III, título II).

A la larga, el patrón buscaba “acomodo” para quien bien le había servido. En el caso de los obispos, era sabido que en los concursos para ocupar los curatos más apreciados y rentables, como los de ciudades y reales de minas, favorecían a los numerosos “familiares” que traían consigo, para descontento y murmuración de los clérigos locales.

Los virreyes, por su lado, podían dar a sus “familiares” lo que se denominaban “entretenimientos” (como encargarles alguna comisión temporal, por la que recibían gajes y salarios); o bien otorgarles algún cargo más seguro y permanente, como los de corregidores o alcaldes mayores. Si bien esto último estaba prohibido por las leyes desde 1555, ocurría todo el tiempo; a veces pedían una “dispensa” pero en otras ni siquiera se tomaban esa molestia.

Aunque todo esto hoy día pueden parecernos casos de abuso y nepotismo, no era exactamente así en la época. Los “familiares” resultaban esenciales en tiempos en que el aparato burocrático formal que asistía a los gobernantes laicos o eclesiásticos era muy embrionario. El funcionamiento cotidiano del poder podría haberse detenido sin ellos.

Los reformistas Borbones procuraron crear una burocracia “de carrera” como sustento de la labor de los gobernantes y jueces locales, con puestos ocupados por experiencia y méritos. Sin embargo, nunca lograron desplazar del todo a los “familiares”, porque estaba en el carácter de la monarquía cierto grado de patrimonialismo, de personalización de la autoridad, y había hábitos e inercias que no podían modificarse por un simple acto de autoridad.

Hay que decir que la práctica de favorecer a estos “familiares” permaneció en los posteriores regímenes republicanos, en los cuales en principio ya no tenían fundamento, y llega a nuestros días. Desde luego, interesa tanto ver las continuidades como los cambios, porque no podemos trasladar criterios contemporáneos hacia un pasado que se regía por otros principios. En su momento, ser o haber sido “familiar” de algún gran personaje era un aspecto que se mencionaba con orgullo, y servía de mérito para solicitar distintos beneficios o mercedes.

Aunque hay referencias variadas a los “familiares” en la historiografía, no hay  muchos estudios específicos sobre ellos para los casos indianos. Es un tema pendiente; les tendré al tanto.

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Sobre el caso de los obispos, véase Jean-Pierre Dedieu. “El séquito de los obispos que pasaron a Indias en la primera mitad del siglo XVIII”, en Rodolfo Aguirre, Lucrecia Enríquez, La Iglesia hispanoamericana de la Colonia a la República, México, Universidad Nacional Autónoma de México / Pontificia Universidad de Chile, 2008, p.203-230.

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(Actualizado: 23 de febrero de 2020).

Los estudios de la cultura política en el Imperio español se han interesado de tiempo atrás en la práctica del “disimulo”, en el sentido de “tolerar o disculpar algo, afectando ignorarlo o no dándole importancia”. Era adoptado por las autoridades frente a conductas y situaciones que eran en principio ilegales o al menos indeseables, pero que se consideraba conveniente o inevitable tolerar para mantener la tranquilidad del reino. Es un concepto que llegó a discutirse y elogiarse en las “artes del buen gobierno” que proliferaron en la época, y en las que puede entreverse la influencia del condenado (pero discretamente admirado) Nicolás de Maquiavelo.

Menos caso se ha hecho a una práctica que es prima hermana del disimulo, la del “por ahora”. Esto es, el rey (o más frecuentemente, sus representantes) decide suspender temporalmente o en parte la aplicación de un nuevo mandamiento que ha encontrado la resistencia de los súbditos. A veces se trata de asuntos de orden público (mercados, pulquerías, higiene urbana) pero muy frecuentemente es en materia fiscal, que siempre ha sido y es tema sensible para los gobernados. Lo he visto aplicado en los problemas para la introducción de la renta del papel sellado para todo tramite oficial, la recaudación de la alcabala entre los pequeños comerciantes y el cobro a los indios de una contribución por cada mata de maguey (sí, alguien tuvo esa genial idea).

En estos casos, ante las quejas, protestas e inconvenientes, se mandó que se cobraran los impuestos “suavemente”, “lo que buenamente se pudiera”, procurando que “con maña e inteligencia” los súbditos fuesen acostumbrándose poco a poco a la idea. Desde luego, esto sería “con calidad de por ahora”, dejando la norma en su completa existencia y validez.

A primera vista, podría parecer una muestra de debilidad del Estado, incapaz de aplicar de manera eficaz sus propios mandamientos.  Pero, por un lado, corresponde a un régimen político en el que las normas y ordenanzas no marcaban límites rígidos a la gobernación de los hombres, sino que eran marcos de referencia sobre los que el gobernante podía actuar según le pareciera conveniente. Por otro, se acomodaba bien a las realidades de un Imperio muy heterogéneo, donde pese al absolutismo nominal del monarca era necesario considerar los intereses de diversos grupos sociales y corporaciones para asegurar el orden y la tranquilidad públicas.

Los monarcas de la dinastía Borbón trataron sino de acabar, al menos de limitar lo más posible el recurso al “disimulo” y al “por ahorismo”. Hubo consecuencias, claro. De hecho, si se ve la historia de México en perspectiva, podría apreciarse que se ha dividido entre periodos en que las leyes se han aplicado “con suavidad” (dejando margen a negociaciones y tolerancias), y otras (por lo general cuando hay gobiernos entre autoritarios y reformistas) en que las reglas se han ejecutado con rigor y entusiasmo. Que unas actitudes sean mejores que las otras depende, desde luego, de diferentes circunstancias y opiniones.

Hace unos días en que revisaba por enésima vez uno de mis artículos, noté que repetía muchas veces el término “novohispano”, pero no hallaba un buen sinónimo. Puesto a pensar, caí en cuenta de que realmente no había encontrado el término en impresos o manuscritos  de la época. El asunto me dio curiosidad, de manera que hice una nota mental para volver sobre el tema cuando tuviera alguno de mis ocasionales ratos de ocio. Pues bien, aquí está lo que de momento puedo comentarles.

Efectivamente, en la Nueva España no se empleaba “novohispano”. En su lugar se referían a “mexicanos”, al menos para la parte  nuclear del  virreinato (que incluía también a Cuba y Filipinas).

Biblioteca hispanoamericana“Americano” también existía como gentilicio, pero se aplicaba a todos los reinos continentales (es una palabra que también tiene una curiosa historia que dejo para otra ocasión).

Como entidad geográfica, ocasionalmente se aludía a la “América septentrional”. Lo mismo ocurre con “Hispanoamérica”. Ambas opciones coincidían por ejemplo en la “Biblioteca Hispano-Americana Septentrional”, del arcediano José Mariano Beristáin.

“Indiano” existía para referirse por ejemplo al derecho, o a “los reinos de las Indias”. En cuanto a las personas, como decía el Tesoro de la lengua castellana, de Covarrubias, indiano era “el que ha ido a las Indias, que estos de ordinario vuelven ricos”.

¿Desde cuándo se emplea el adjetivo “novohispano”, que hoy nos parece tan usual? No consta ni en el  mencionado Tesoro…(de 1611) ni en los primeros diccionarios de la Real Academia (1726-1739). Buscando en tiempos modernos, tampoco aparece en la  versión de 1960-1966  de los reales diccionarios, aunque ya se sabe que la institución no destaca por su agilidad. Las versiones actuales, claro está, si lo contemplan, como “natural de la Nueva España” o “perteneciente o relativo a la Nueva España y los novohispanos”.

Buscando y rebuscando los antecedentes, encuentro que Enrique Olavarría y Ferrari, en sus Episodios nacionales mexicanos refiere que Beristáin (el mismo a quien cité arriba) construyó en su hacienda de Becerra (por el rumbo de Tacubaya) un arco triunfal en honor de los soldados realistas que habían combatido en el sitio de Cuautla, que rezaba  “Al victorioso ejercito novo-hispano. A su invicto general. A la formidable columna de granaderos”. Esto debió de ser entre 1812 y 1817, fecha en que pasó a mejor vida el ilustre bibliógrafo. Sospecho que el monumento no sobrevivió a la independencia, pero nunca se sabe.

En 1820 el Periódico de la Sociedad Médica-Quirúrgica de Cádiz describía al naturalista José Mociño y Sessé como “Novohispano”. Como falleció ese mismo año (después de un largo exilio por ser “afrancesado”), supongo que en cierta manera fue su epitafio.

Mociño

No he encontrado más referencias de la época colonial o del siglo XIX, aunque desde luego alguna puede aparecer.

En el siglo XX, después del violento intermedio revolucionario, vuelvo a encontrar las alusiones “novohispánicas” en un ensayo del maestro Luis Chávez Orozco sobre los gremios (1936), y notablemente en el Poetas novohispanos, del zamorano Alfonso Méndez Plancarte, publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1942.

Mediada la centuria, el adjetivo debía de ser de uso culterano pero bien conocido, sin que causara dudas o sorpresas.   De alguna manera cubrió una necesidad conceptual (ya dije que no hay buenos sinónimos),  y su empleo se difundió aceleradamente a partir de la década de 1980. Así puede verse en la gráfica siguiente, que expresa porcentajes de incidencia dentro del enorme corpus de Google Libros:

novohispano ngram

Fuente: Ngram Viewer, Google.

(Antes que me pregunten: no sé porqué puede haber un descenso del uso en los últimos veinte años, a no ser que se trate de alguna anomalía estadística).

¿Hay otras alternativas? Si de latinajos y latinismos hablamos, vale tanto “novohispano” como “neohispano” (como hablamos de “neogalaico” o “neogranadino”). El  empleo de “neohispano” también comienza hacia mediados del siglo pasado. Fue del agrado de algunos historiadores del arte, como Manuel Toussaint; pero ha sido de utilización esporádica, un poco por el gusto intelectual de jugar con las palabras. Tiene el inconveniente de que también se ha empleado para la arquitectura moderna inspirada por “lo español”, la que en México llamamos “neocolonial”, y que tuvo su cuarto de hora de prestigio público.

Si estos términos nos crean problemas (o divertimentos, según se vea) en español, lo mismo ocurre con otras lenguas. No existe “nouvel espagnol” en francés y sólo he notado alguna aparición muy rara de “New-spaniard” en inglés. En ambas lenguas se refieren a “México colonial”, lo cual en realidad no es muy preciso.

 

 

 

(En continuación de mi nota anterior sobre imágenes de libre uso para publicaciones sobre historia…)

Hace cosa de treinta años David Rumsey comenzó a compilar mapas y otros materiales cartográficos, principalmente de Norte y Sudamérica. Hoy reúne más de 150.000, que fueron donados a Stanford University y forman la  David Rumsey Map Collection. La colección sigue aumentando y está disponible en línea, con imágenes de alta resolución. En su gran mayoría, los materiales son de dominio público; pueden “descargarse” y reproducirse para fines no comerciales, dando el débido crédito (vea las condiciones de copyrigth aquí).  La página web tiene varias ingeniosas herramientas para examinar y comparar mapas (algunas requieren registro, ingresar mediante google o las redes sociales usuales).

Hace algunos años este repositorio se asoció con Google para sobreponer varios de sus mapas históricos en la aplicación Google Earth (si no la tiene, la descarga e instalación se realizan fácilmente). Para asociar ambos recursos, hay que acudir al menú desplegable de la la opción “Galería” y señalar la opción correspondiente.

Google Earth - Rumsey

Una vez activada la opción, en varios lugares aparecerá una “rosa de los vientos” con indicación del mapa sobrepuesto, como aquí con “Mexico city 1883”). Cliquee en ella y luego en “Overlay the map”.

Google Earth - rosa Rumsey

El resultado puede apreciarse aquí abajo, donde se ve el Plano del perímetro central, directorio comercial de la Ciudad de Mexico, de Julio Popper Ferry, de 1883.

O en mayor detalle, con los antiguos nombres de calles y los distintos comercios de la época. Entre otras curiosidades, puede verse en el antiguo Portal de Mercaderes (Plaza de la Constitución) a la sombrerería Warnholtz, que después se convertiría en la todavía existente de Tardán.

También está disponible para su “sobreposición” la Carte Génerale du Royaume de la Nouvelle Espagne, de 1803 (esto es, el mapa del Alexandre de Humboldt, en su edición francesa) en las mismas condiciones. Hay equivalentes para Buenos Aires y Lima (pero no para Bogotá, Santiago de Chile o Montevideo).

Como todos los mapas de Google Earth, puede cambiarse la orientación general, hacer “zoom” en alguna sección para obtener una vista tridimensional de los edificios, y cambiar el ángulo de visualización. Para desactivar esta vista, simplemente acuda al menú “Galería” y desmarque el mapa empleado.

Antes de que me pregunten…¿es aceptable el uso de estas imágenes del punto de vista académico?  Google no tiene objeciones para el uso, modificación de sus mapas y empleo, respetando sus criterios generales, como puede verse aquí. Es un recurso que se ha vuelto común en tesis, pero no lo he visto en revistas especializadas o libros. Los editores suelen ser personas preocupadas por posibles litigios, y prefieren ir siempre a la segura en estos temas.

OpenStreetMaps es un sitio equivalente con licencias de uso más amplias. No tiene mapas históricos sobrepuestos, pero puede hacerlos por su cuenta.

Ayer estuve en la presentación formal del repositorio digital del repositorio institucional del Instituto de Investigaciones Históricas, que tiene excelentes materiales (incluyendo los de la Biblioteca Antonio Alzate). Entre ellos, hay una interesante colección de tarjetas postales, como la de abajo.

Zócalo y catedral; tarjeta postal. Cortesía del Repositorio Institucional del Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM

Zócalo y catedral. Editor Verlag Albert, Aust, ca. 1900, Cortesía del repositorio institucional del Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM

Me pareció momento oportuno para publicar este texto, que tiene ya algún tiempo en preparación. Es una entrada “dinámica”; cuando obtenga nuevos datos o referencias, las iré incluyendo
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Siempre he tenido bastantes dificultades para encontrar imágenes que sean de libre uso para ilustrar mis notas publicadas en la red y trabajos de difusión. En otros tiempos simplemente asumir el “empleo no comercial”, con fines académicos (“fair use”) era suficiente, pero últimamente las editoriales y editores se han vuelto más cuidadosos (o aprensivos) al respecto.

La respuesta casi automática de las instituciones frente a la demanda pública de imágenes había sido negar o condicionar el uso a trámites muy engorrosos. Esto está cambiando poco a poco, ya sea por la experiencia o por un relevo generacional en los puestos de responsabilidad. Por ejemplo, el Instituto Nacional de Antropología e Historia solía ser muy restrictivo, pero ahora la excelente Mediateca del INAH permite la reproducción, con la debida atribución del origen.

Para el usuario, la situación no es fácil. La condición legal de los derechos de autor cambia de país en país y el lenguaje jurídico (sobre todo en otro idioma) puede ser enredado y confuso. Asimismo, no es igual “de libre acceso”, “dominio público” o  “sin derechos conocidos”. Ocurre también que un mismo repositorio puede contener imágenes de diferente estatuto legal.

El empleo de una imagen en muchos sitios de internet es una orientación, pero estos

Indio carbonero

Cruces y Campa, “Indio carbonero de raza otomí”, ca. 1870. Cortesía de la Mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

casos no crean propiamente un derecho. Tampoco puede confiarse demasiado en las opciones de búsqueda de imágenes “libres para reutilización no comercial” de Google (una revisión aleatoria muestra varias que parecen tener derechos) o incluso las de Wikimedia Commons, porque aunque tienen cierta mutua supervisión, en ocasiones los usuarios “suben” imágenes sin preocuparse demasiado por los requisitos legales. Algunas instituciones establecen que una imagen es dominio público hasta donde llega su conocimiento, pero la responsabilidad del uso y las posibles demandas legales son responsabilidad del usuario -lo cual claro, no nos deja muy tranquilos al respecto. Afortunadamente, algunos sitios tienen licencias Creative commons, que expresan de manera gráfica y clara las variadas licencias de utilización.

Los repositorios de las grandes instituciones por lo común incluyen una declaración acerca de los derechos de reproducción (aunque a veces hay que buscarlos un poco). Otros, como el muy notable y meritorio sitio Amoxcalli  (dedicado a códices de tema mexicano en repositorios extranjeros) dejan al usuario en la duda.

Entre los repositorios hay varios que son “secundarios”, esto es, publican  imágenes pertenecientes a varias instituciones asociadas, lo cual quiere decir que los derechos legales subyacentes varían en cada caso. Pasa con la plataforma Europeana, que alberga entre otros fondos los muy atractivos pertenecientes al Museo de América, que permite “descargar” imágenes solamente  para consulta personal (como ocurre con la Biblioteca Digital Hispánica, que requiere tramitar una autorización). La Biblioteca Digital Mundial remite al interesado a los requisitos de cada repositorio de origen; lo mismo hacen la Biblioteca Digital Alemana y la Biblioteca Iberoamericana Digital, que reúne a varias bibliotecas nacionales. En Archive.org hay que ver en metadatos la línea “Possible copyright status”. Por otro lado, la Digital Public Library of America (DPLA) emplea una generosa licencia CC0 1.0 Universal Public Domain Dedication (CC0)

Estas bibliotecas digitales nacionales, que reúnen en un mismo sitio el acceso a distintos acervos, son también interesantes como ejemplo, porque no hay nada parecido en México, donde cada institución ha ido por su cuenta. Los esfuerzos de compilación interinstitucional  (como, por ejemplo, la Biblioteca Digital Mexicana, el Portal México de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, y el de Primeros Libros) han procedido sin coordinación entre sí, ya sea por problemas técnicos o por las inevitables renuencias institucionales. Es algo a lo que debería darse solución.

“Landing at Tzintzuntzan. Lake Patzcuaro”, 1959-60. Cortesía del National Park Service, Henry Peabody Collection.

Los repositorios secundarios también son útiles porque dan acceso a bibliotecas o archivos que no habríamos tenido en cuenta,  y por esta vía puede encontrarse alguna joyita verdaderamente única, que podría haber pasado desapercibida, como la de al lado, a la que llegué mediante la DPLA.

Con el tiempo, he ido reuniendo referencias de repositorios de imágenes relacionadas con historia, en particular con la iberoamericana, que hasta donde puedo discernir son de libre empleo, con algunos comentarios sobre cada caso. Evidentemente, no soy un experto en cuestiones legales; he seguido mi buen saber y entender. Si piensa emplear estas imágenes en alguna publicación formal, debería leer cuidadosamente los términos de uso de cada sitio. Y obviamente, siempre hay que citar y agradecer la fuente.

Con excepción de Flicker, estos repositorios no son exclusivos de imágenes; contienen también libros, audios y a veces manuscritos.

Si usted tiene adiciones u observa algún error notable  (especialmente si representa a alguna institución),  por favor envíeme una nota (en comentarios de esta página o a este correo) y haré la corrección a la mayor brevedad.

Xochimilco, travel posters, 1910-59. Cortesía de la Boston Public Library

Xochimilco, travel posters, 1910-59. Cortesía de la Boston Public Library

Flicker. Esta aplicación para compartir imágenes incluye una licencia “commons” que en principio permite su uso con algunas restricciones (no modificarlas, citar la fuente original). Para asegurarse de la situación de cada imagen, véase en los metadatos que aparecen debajo de cada una. Hay muchas interesantes instituciones que participan en esta iniciativa, como la muy notable The Library of Congress, la British Library (el equivalente de la biblioteca nacional  del Reino Unido), la Southern Methodist University (ver “Historic Mexico Photographs“), The Smithsonian Institution, Boston Public Library y Cornell University , entre otras. Para hacer búsquedas, haga click primero en la “lupa” que está sobre las fotos. Esto incorpora un filtro específico en el buscador general.

Wikimedia Commons. Lo dicho arriba sobre que es un gran recurso, pero conviene ser cuidadoso al usarlo.

Gallica, el portal de la Biblioteca Nacional de Francia incluye muchos materiales sobre México, tanto de su acervo como de otros repositorios franceses. En particular, alberga una notable colección de códices.  Autoriza la reproducción en redes sociales (tiene incluso iconos disponibles al lado de cada imagen) y el uso no comercial. Para fines comerciales, tiene un icono de “canasta” para adquirir una imagen “en línea. Ver condiciones de reproducción aquí.

Universidad Nacional Autónoma de México, Portal de datos abiertos. Colecciones universitarias. (términos de libre usoCitar la fuente de origen como único requerimiento). 

John Carter Brown Library. Digital Colections.  Imágenes de América colonial procedentes de su colección de libros, manuscritos y folletos. Disponibles para uso académico, con la debida atribución. La licencia es Attribution-ShareAlike 4.0 International (CC BY-SA 4.0)

New York Public Library. Tiene numerosos grabados y la interesante serie de fotografías de Mayo y Weed (1898). Busque en los metadatos la línea “Free to use without restrictions”.

Biblioteca Virtual de Defensa, Ministerio de Defensa, España. Incluye imágenes históricas procedentes del Museo Naval y el Museo de Defensa, así como publicaciones

Mapa de San Juan Evangelista Coxcatlan, Pue., 1580. Cortesía de Newberry Library, Edward E. Ayer Digital Collection

antiguas o documentos varios. La licencia es CC0 1.0 Universal Public Domain Dedication 

Mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia Es una notable y variada colección. (Sobre derechos: “La información y los archivos puede ser descargados y compartidos sin fines comerciales siempre que se reconozca su autor y no sean alterados”.)

The Newberry, Ayer Collection. Tiene una excelente colección de mapas y pinturas coloniales, además de libros raros, manuscritos y pinturas sobre la población indígena de Norteamérica. Aquí, su página legal.

University of Texas Library. Perry-Castañeda Library Map Collection. “Materials that are in the public domain (such as images from the Portrait Gallery or most of the maps in the PCL Map Collection), are not copyrighted and no permission is needed to copy them. You may download them and use them as you wish.”

David Rumsey Map Collection, Stanford University, tiene una excelente colección de mapas históricos. La licencia es Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported (CC BY-NC-SA 3.0), o sea puede reproducirse para fines no comerciales. 

(Actualizado, 25 de enero de 2020).

 

 

 

 

 

 

Las reseñas críticas son parte esencial de la actividad académica. Al lector, e incluso al especialista en el tema, le resulta difícil descubrir, revisar y evaluar personalmente los libros importantes y novedosos en cualquier campo de conocimiento dentro de la masiva producción bibliográfica actual; lo original puede acabar perdido en el mar de lo que es reiterativo o derivativo. Los autores menos conocidos reciben de manera inevitable menor atención, lo cual puede hacer que nuevas ideas queden desapercibidas. También pasa que lo publicado fuera del propio país y sobre todo en otros idiomas puede pasar desapercibido a pesar de la interactividad contemporánea.

Por otro lado, la redacción de reseñas es una labor de interés para quien las redacta, alienta a mantenerse “al día” y estimula el pensamiento crítico. Para quien se inicia en la vida académica, es una manera de familiarizarse con las peculiaridades del proceso editorial y darse a conocer como autor. De hecho es (o debería ser) un buen ejercicio en la formación de los historiadores.

Las revistas especializadas incluyen usualmente una sección de reseñas, típicamente al final del volumen.  Hay, por otro lado, casos inversos, donde las reseñas tienen un espacio primordial. El caso más notable es el de la venerable y prestigiosa Hispanic American Historical Review (en adelante, HAHR). Un proyecto reciente y muy interesante es Rey desnudo (cuyo título, supongo, alude a la fábula de Hans Christian Andersen), en el que tengo la satisfacción de ser parte de su comité académico.

El problema eterno de las reseñas impresas era que entre que el libro salía de prensa, era distribuido, leído, motivaba una reseña enviada a una revista, y ésta aparecía finalmente publicada, podían pasar entre uno o dos años; el aspecto de “dar cuenta de novedades” acababa por ser una amable ficción. Las revistas electrónicas, como Nuevo Mundo – Mundos Nuevos han reducido estos plazos a unos pocos meses. Recientemente, la prestigiosa Historia Mexicana ha optado por publicar en línea las reseñas correspondientes a sus próximos volúmenes, aún antes de que aparezca la edición impresa. No estaría mal que otras revistas siguieran este buen ejemplo.

Las reseñas inciden en el reconocimiento, lectura y venta de los libros, lo cual nos lleva a considerarlas como herramienta “mercadológica”.  Es común que los autores (o las mismas editoriales) envíen ejemplares de sus obras a algunos especialistas en el tema, con el más o menos implícito propósito de que sean reseñadas. En Estados Unidos es usual que las reediciones incluyan en la contraportada algunas de las líneas más elogiosas de las reseñas publicadas. Supongo que de ahí viene que algunas revistas (como HAHR) no acepten reseñistas “espontáneos”, sino que el editor las encarga a quien le parece tiene buen conocimiento de ese campo de estudios. Ambas opciones tienen sus méritos y limitaciones.

Es frecuente que las reseñas se deriven de un género afín, el de las presentaciones de libros, a las que somos muy proclives los historiadores latinoamericanos. El rey desnudo al parecer ha retomado en parte esta tradición, como puede verse en sus dossiers donde los textos  tienen muchas veces las convenciones y giros que son propios de una presentación oral.

Una buena reseña debería idealmente ubicar la obra en su contexto historiográfico, lo cual supone en el reseñista un conocimiento experto del tema, que compare lo recientemente impreso con lo previamente publicado. Por esta vía, se acerca a convertirse en un ensayo bibliográfico, sobre todo cuando se decide comentar varias obras simultáneamente.

En ocasiones existe cierta renuencia a efectuar reseñas, porque no es fácil balancear de manera adecuada los méritos y limitaciones de una obra, y hay ámbitos académicos que son más o o menos receptivos a la crítica abierta. En México no es raro que las reseñas sean prácticamente un resumen del contenido, y se salga del paso de los requerimientos críticos con algunas vagas consideraciones al final, del tipo “muy interesante, recomiendo su lectura”. No debería ser así, evidentemente, pero no es una labor sencilla.

Ocurre que la reseña es un género “menor” de la producción académica, tanto por sus dimensiones como por el tiempo que requiere (que, con todo, puede ser de seis o siete días de labor, como mínimo). Sin embargo, tiene sus exigencias y dificultades particulares; puesto a hacerlas, resulta que no es fácil.  A veces se describe la labor del reseñista como un “arte” y algo tiene de eso, porque debe darse cuenta del contenido, presentar sus aportes y limitaciones, desarrollar un argumento y presentar un texto atractivo para el lector en un muy breve espacio.

Hay historiadores que son muy afines a la redacción de reseñas, mientras otros las llevan a cabo rara vez. Más allá de preferencias personales, también está la cuestión de que implican un tiempo y un esfuerzo que parece mejor dedicados a otros géneros (como el artículo en revista especializada) que resultan más “rentables” desde el punto de vista curricular.  Para contrarrestar esta situación, algunos sistemas de evaluación incluyen las reseñas como “ramo” cuantificable de la producción académica, y existen premios (como los ya muy asentados que otorga anualmente el Comité Mexicano de Ciencias Históricas) a las mejores reseñas por campo de conocimiento.

Voy a terminar esta “reseña sobre las reseñas” retomando lo dicho en el primer párrafo: permiten descubrir, revisar y evaluar personalmente los libros importantes y novedosos. Viéndolas en conjunto, en un listado o tabla, sería posible ver cuáles temas, periodos y autores reciben mayor atención en un periodo dado, lo cual es de interés historiográfico y de utilidad para los autores que quieren o necesitan saber cuáles campos y temas son de presente lectura (o bien cuáles no son suficientemente explorados). Es algo que no sería difícil de llevar a cabo.