La reciente modificación del nombre de la calle “Puente de Alvarado” por el de “Calzada México-Tenochtitlan”, con toda y mediática ceremonia, es interesante, más allá del caso particular.

El punto fundamental de este discurso y ceremonia está en el minuto 9:08, cuando Federico Navarrete dice que las ciudades tienen derecho a renombrar sus calles para modificar su relación con el pasado. Es también lo que se enfatiza en el tuit de la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum.

No es el primer caso de reciente modificación de la toponimia urbana: antes estuvo el cambio de la “Plaza de la Noche Triste” por el de “Plaza de la Noche Victoriosa“. Y sospecho que vendrán otros.

La cuestión es quien tiene derecho a decir que algo es o no es conmemorable (o reprobable). Aquí “la ciudad” parece equipararse con “quien la gobierna” (lo cual, dicho sea de paso, puede ser cambiante). Es posible que legalmente sea así, pero la memoria histórica es por su naturaleza plural, selectiva y subjetiva. Las decisiones unilaterales equivalen a reducirla a una sola versión; tienen algo de impositivo.

Sin duda la jefa de gobierno ha hecho bien en buscar el consejo de un destacado historiador, pero sería mejor si se tratara de cuerpos plurales, que representaran instituciones académicas, cuerpos municipales electos, diferentes sectores de la ciudadanía y de la opinión pública. Recuerdo, por ejemplo, que el pasado 8 de marzo varios grupos feministas decidieron renombrar calles para rememorar mujeres que representaban sus causas.  Estas comisiones se han nombrado para situaciones similares en Londres y Nueva York, como comenté en una pasada entrada.

Si me dieran a elegir, preferiría que las calles tuvieran la nomenclatura más antigua registrada, sobre todo la existente antes del entusiasmo por la toponimia cívica. En este caso, me gusta el nombre que Navarrete menciona de paso al inicio de su alocución: el Canal de los Toltecas.

“Para el caso de Quito había estudios interesantes, algunos de los cuales abordaban asuntos específicos o bien se ocupaban de los inicios o fines del periodo colonial. Nos hacía falta un trabajo como el aquí reseñado, de amplia perspectiva, para ese largo siglo XVII que va un poco más allá de lo cronológicamente convencional. Es cuando se consolidan tendencias y procesos insinuados en la centuria previa, y que anticipan mucho de lo que vendría después….

Para el lector, este conjunto de atractivas propuestas remite de inmediato a los grandes ejes de la discusión actual sobre las sociedades hispanoamericanas, que giran entre estructura y agencia, etnicidad y clase, colectividad e individuo, así como a la inevitable tensión entre análisis cuantitativos y ejemplos cualitativos. En este
sentido, esta es una obra de interés particular pero también de amplias implicaciones.”

Ver el texto completo, publicado en revista Secuencia, julio de 2021.

Este artículo se ocupa de la actuación de Pascual Ignacio de Apezechea al frente del Apartado de Oro de la Nueva España.

El personaje es interesante y su biografía da para varias reflexiones; pero más allá de su historia particular, su obra es una vía de interés para comprender la compleja naturaleza del trabajo en esa institución, la relevancia de las relaciones clientelares, del intercambios de lealtades por apoyos. También proporciona una ventana inusual para reconstruir y comprender la razón de ciertos enconados conflictos, y la manera en que el personal de supervisión y administración podía desafiar a sus jefes, utilizando a su favor las mismas ordenanzas y el hecho de que, como personal muy calificado, no eran fácilmente reemplazables. La perspectiva es la de una microhistoria del trabajo.

Ha sido publicado en Revista Latinoamericana de Trabajo Y Trabajadores, no. 2, p. 27-57. Puede leerse aquí.

En ocasiones me preguntan sobre obras y textos que den razón del “giro cultural” y del posible empleo de estos estudios en historia social.

La naturaleza misma de la nueva historia cultural deriva en que no puede reducirse a una serie de pasos, como sucedía con la historia cuantitativa y serial. No hay un equivalente del muy consultado libro de Ciro Cardoso y Héctor Pérez Brignoli, Los métodos de la historia. Iniciación a los problemas, métodos y técnicas de la historia demográfica, económica y social (Barcelona, Crítica, 1976). Esta nueva corriente consiste en una serie heterogénea y plural de teorías, principios, conceptos y actitudes que no pueden reducirse fácilmente a una enumeración ordenada de pasos y procedimientos. En muchos aspectos, tiene una relación muy cercana a la creación literaria, con la que está muy emparentada: tiene más de arte que de método.

Lo que sigue, por tanto, son varias lecturas recomendadas. He buscado en lo posible artículos que sirvan a modo de introducción y que estén disponibles en línea. Los interesados podrán acudir a las obras principales de cada autor, en bibliotecas y librerías (o algunos sitios en la web…). Algunos textos no han sido traducidos; si llega a ocurrir, actualizaré las referencias.
No pretendo ser un experto en esta compleja perspectiva, sino un lector muy interesado. Iré incorporando referencias en la medida en que avancen mis propias revisiones.

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Una mirada crítica de la historiografía de los Annales y la evolución historiográfica contemporánea: François Dosse, La historia en migajas. De Annales a la “nueva historia“, México, Universidad Ibero Americana, 2006.

Un “estado de la cuestión” de la historia social, en Peter Burke, Historia y teoría social, Buenos Aires, Amorrortu, 2007.

Sobre el carácter “relacional” de la historia social con otras disciplinas: Jürgen Kocka, “Historia social. Un concepto relacional”, en Historia Social, no. 60 (2008), pp. 159-162 (Disponible en jstor)

Una discusión de la correlación entre estructura y “agencia” (la capacidad individual o colectiva de controlar o transformar hasta cierto punto las relaciones sociales en que se está inmerso): William H. Sewell, Jr., “A Theory of Structure: Duality, Agency, and Transformation”, American Journal of Sociology, Vol. 98, No. 1, Jul., 1992. (Disponible en Jstor)

Una crítica a la historia de las “mentalidades”, que tuvo un desarrollo importante en México: Fréderique Langue, “La historia de las mentalidades y el redescubrimiento de las Américas”, en, Revista Actualidades, Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Caracas, n°7, 1998. (PDF)

La historia social e historia conceptual: la cambiante etimología de las palabras “claves” y vinculadas con sistemas de valores, como “progreso”, “decadencia”, “patriotismo” o “revolución”: Reinhart Koselleck , “Social History and Conceptual History”, en International Journal of Politics, Culture, and Society, Vol. 2, No. 3, 1989. (Disponible en Jstor)

El giro interpretativo en las ciencias sociales: la narración como una “descripción densa” que toma en cuenta de manera detallada el texto y el contexto para comprender las conductas y los patrones de las relaciones sociales y culturales. Clifford Geertz, La interpretación de las culturas, México, Gedisa, 1987.

Historia y memoria histórica: Pierre Nora, “La aventura de Les lieux de mémoire”, Ayer , 1998, No. 32, 1998. (Disponible en jstor)

Pierre Bourdieu, en El sentido práctico (Buenos Aires, Siglo XXI, 2007), acerca de las personas dentro de los “campos sociales”, en las que recurren a su capital (económico, cultural, social, simbólico). Introduce asimismo la noción de “habitus”, esto es los esquemas de actuar, pensar, percibir y sentir asociados con oficios y posiciones sociales. Interesan asimismo sus reflexiones sobre el papel de los intelectuales en la sociedad.

Sobre el análisis de lenguaje cotidiano de las personas: William Sewell, Trabajo y revolución en Francia. El lenguaje del movimiento obrero desde el antiguo régimen hasta 1848 (Madrid, Taurus, 1982); y Gareth Stedman Jones, Lenguajes de clase. Estudios sobre historia de la clase obrera inglesa (1832-1932), Madrid, Siglo XXI de España, 1989.

Joan Scott, “Sobre el lenguaje, el género y la historia de la clase obrera”, en Historia social, ISSN 0214-2570, Nº 4, 1989. (Disponible en jstor)

En relación a la microhistoria: Natalie Zemon Davis, “Las formas de la historia social” en Historia Social, no. 10, verano 1991. (Disponible en Jstor).

Una revisión de la nueva historia cultural por un reconocido mexicanista:
Eric Van Young, The Hispanic American Historical Review, Vol. 79, No. 2, Issue: Mexico’s New Cultural History: Una Lucha Libre (May, 1999), pp. 211-247 (Disponible en Jstor)

Este volumen de HAHR tiene otros artículos de interés; ver aquí. Ver en particular una respuesta crítica: Stephen Haber, “Todo se vale: la nueva historia cultural de México”, traducido al español en Política y Cultura, núm. 16, otoño, 2001. (PDF) ,

BARABAS, Alicia M., Utopías indias. Movimientos sociorreligiosos en México, México, Grijalbo, 1989.

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(entrada en desarrollo)
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Ya salió en el Boletín del Instituto Ravignani (no. 54, enero-junio, 2021, p. 167-169) mi reseña del interesante libro colectivo coordinado por Antonio Ibarra, Álvaro Alcántara y Fernando Jumar, Actores sociales, redes de negocios y corporaciones en Hispanoamérica, siglos XVII-XIX.

Como comento en el primer párrafo, es un libro de mucho interés por sus conceptos, propósitos y estudios de caso. Tiene una clara estructura, con tres secciones temáticas: de la red social al análisis relacional; mercados y actores en la economía global del Imperio; corporaciones, poder y negocios. Cada una comienza con introducciones (de José María Imizcoz, Zacarías Moutoukias y Michel Bertrand) donde se presenta y comenta el estado de la cuestión. El conjunto muestra una recomendable coherencia en los temas y reflexiones; es resultado de un un proyecto de largo plazo, que ha tenido publicaciones precedentes.
Para leer la totalidad de la reseña, haga click aquí.

Lo que iba a ser un “confinamiento” domiciliario de algunas semanas se ha

Archivo:Wikimedia advisory board meeting.jpg - Wikipedia, la enciclopedia  libre
Las reuniones presenciales: cercanía, sociabilidad, pero la distancia no se resolvía bien. Foto: Wikimedia

extendido a muchos meses, y todavía no se le ve un fin evidente. Está en vías de convertirse en un estilo de hacer las cosas. En lo que se refiere a las comunidades y a la vida académica*, hemos adoptado o consolidado recursos, procedimientos y hábitos que parece llegaron para quedarse.

En algunos casos, que son los que aquí me interesan, lo que se aprecia es un reforzamiento de tendencias que estaban ya presentes desde hace un par de décadas, pero de las que no nos habíamos puesto a reflexionar sobre sus implicaciones.

El aspecto más obvio es el de los medios de comunicación, que han modificado radicalmente nuestras interacciones cotidianas en las últimas dos décadas. Si en un momento el e-correo pareció una revolución, ahora las redes sociales y el omnipresente “whatsup” han establecido los mensajes “en tiempo real”, en todo día y toda hora, con sus ventajas e inconvenientes. Las distancias (o inversamente, las cercanías) físicas ya no son un condicionante. Para efectos prácticos, hemos llegado a tener más contacto y comunicación con colegas que pueden estar del otro lado del mundo que con quien está en el cubículo de al lado.  Cuando un historiador busca establecer un diálogo afín a su tema, encuentra que el  lugar apropiado no es siempre el salón de seminarios de su institución sino el espacio “virtual” de la pantalla de su computadora.

Desde luego, la asistencia a las reuniones y seminarios había seguido siendo mayoritariamente “presencial” . La participación “virtual” era un recurso alternativo, más tolerado que aceptado (y, a veces, no muy eficiente). Bien visto, lo que ahora vivimos con las plataformas como zoom o googlemeet, parece la derivación y desarrollo lógico de una tendencia que no habíamos asumido del todo. Al menos por ahora, las interacciones personales se han “virtualizado” por completo.

La fuerte presencia de la institución (las bibliotecas, los pasillos, los cubículos y aulas de seminarios) se ha convertido en algo lejano y difuminado. El trabajo de los académicos se realiza cada vez con más frecuencia en comunidades virtuales, que no están necesariamente adscritas ni limitadas a un espacio institucional específico.

¿Estamos presenciando una especie de “des-institucionalización? Son las instituciones una especie de entidad en vías de obsolescencia? De momento (y subrayo “el momento”), no parece así. Algunos de estos centros hallan su razón de ser en su labor docente o su especialidad temática. También permanecen y permanecerán por inercias institucionales (que generan sus propias lógicas) y por lo que podríamos llamar sus funciones derivadas y secundarias: son espacios de sociabilidad, justifican la existencia de una clase político-académica, son a veces espacios de movilización gremial y forman la matriz de identidades personales y colectivas que en ocasiones son muy vigorosas.

Más allá de los motivos institucionales y culturales que justifican su supervivencia,  me parece que los centros de investigación están transitando hacia la condición de espacios académicos “abiertos”, ya no limitados a su propia vida interna. Proporcionan el sustento físico a redes que se proyectan más allá de sus muros, que se extienden hacia otras instituciones e incluso hacia otros países. Es algo que puede tener sus implicaciones, sobre las cuales convendría reflexionar.


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* Las instituciones académicas que imparten enseñanza a nivel de licenciatura son otro asunto. Aquí me ocupo de las dedicadas a investigación y/o enseñanza en nivel de posgrado.

Espadas y plumas en la Monarquía hispana - Librairie en ligne -  Publications | Casa de Velázquez

Ya salió mi reseña de este buen libro. El párrafo inicial:

El asunto de este libro ciertamente es del mayor interés. Las autobiografías de los soldados-autores de fines del siglo xvi y primeras décadas del siglo XVII, que aquí estudia y comenta Thomas Calvo, muestran en trazos abigarrados la vida cotidiana, preocupaciones, rencores, inquietudes y ambiciones de los hombres que constituían la avanzada y el borde reluciente, afilado, a veces brutal del Imperio español.

El texto completo, en Estudios de Historia Novohispana, no. 63, 2020.

La tendencia no es nueva, pero ha cobrado nuevo ímpetu recientemente: estatuas que celebran la memoria de personalidades que son hoy consideradas inaceptables o inconvenientes han sido derribadas, decapitadas, o manchadas con pintura. Lo mismo se aplica a placas conmemorativas, nombres de calles y plazas, ya sea por vías de hecho, por comisiones encargadas de estudiar y decidir en el tema o incluso como resultado de leyes específicas. En historia, lo llamamos damnatio memoriae y tiene muy antiguos antecedentes. Sobre las consecuencias y ambigüedades de este polémico tema me he ocupado en una nota previa.

Placa conmemorativa
Placa de inauguración del metro por el presidente Díaz Ordaz. Los escombros fueron añadidos como parte de la “presentación”. Museo del Estanquillo, 2020.

Los afectados actuales han sido muy variados: el almirante de la Mar Océano y virrey de las Indias, Cristóbal Colón; los religiosos que construyeron las misiones californianas, como el franciscano Junípero Serra, que con el tiempo se quedaron sin misionados; los tratantes británicos de esclavos, como Edward Colston (quien también fue conocido por sus obras de caridad); el rey Leopoldo II, de ingrata memoria africana; los generales de la Confederación, como Robert E. Lee; Joseph Stalin o Vladimir Lenin en los países que habían estado dentro de la esfera de influencia soviética.

Hay que decir que no existe unanimidad acerca de los méritos y deméritos de estos personajes. Como comenté previamente, la imagen actual de sus actos tiene que ver sólo de manera incidental con el pasado en sí, que frecuentemente es empleado como simple vehículo de discusiones contemporáneas. El asunto tampoco es sencillo, porque muchas veces estas obras fueron hechas por artistas reconocidos y constituyen elementos característicos del paisaje urbano.

Cuando hay un consenso (o una decisión de las autoridades, lo cual no es lo mismo) acerca de que estas celebraciones del pasado no pueden permanecer tal cual, surge la cuestión qué hacer con ellas.

  • 1. En su versión más extrema, se ha propuesto ( o llevado a cabo) la simple destrucción de las estatuas. Es, sin duda, un símbolo poderoso, pero discutible. Puede acabar por cumplir el propósito contrario: después de un tiempo la escultura y el personaje se olvidan, y el vacío que dejan en calles y plazas acaba por ser ignorado. Una opción es construir alguna especie de “anti-monumento” que recuerde los hechos e invite a la reflexión; pero no es algo de fácil realización ni exento de polémicas.
  • 2. Dejarlas como están, mutiladas o con pintura, con la consideración de que lo que ocurrió es una “intervención” parecida a un “performance” artístico, un tanto en el estilo de las obras de Hew Locke, y que de esa manera queda testimonio de agravios y reivindicaciones. Puede hacerse un argumento en el sentido de que, de hecho, así ha ocurrido con muchos edificios y monumentos a lo largo de la historia. Y que quien lo ve, recibe claramente el mensaje.
  • 3. Mantenerlas en su lugar, pero con paneles que pongan al personaje en su contexto. De esa manera, según este argumento, habría un propósito didáctico. Es una opción que parece razonable, pero que difícilmente satisface a los movimientos que reclaman una ruptura definitiva y emocional con el pasado. La estatua, al final, allí queda, con todos sus mensajes e implicaciones.
  • 4. Llevarlas a un museo, como testimonios de un pasado que debe ser explicado. En general, las instituciones museísticas no lo han visto mal, per hay quien se opone a la idea de que se conviertan en una especie de gran depósito de obras indeseadas. También ha ocurrido que hay estatuas ubicadas en los mismos museos que son consideradas hoy como inaceptables, como la de Theodore Roosevelt en el Museo de Historia Natural de Nueva York.
Monumento a Theodore Roosevelt en el American Museum of Natural History. A su lado, a pie, un afroamericano y un indígena. Fuente: Wikimedia
  • 5. La “bodeguización”: se traslada la estatua a un depósito y ahí se la deja más o menos olvidada. En ocasiones se hace de manera “provisional”, pero que se convierte en solución permanente. Es el recurso adoptado por los gobiernos que prefieren no tomar decisiones polémicas. Resulta poco satisfactorio, aunque políticamente conveniente.
  • 6. Crear una especie de “parque temático” donde se amontonan sin mucho orden la gran cantidad de estatuas de algún personaje que poblaban plazas, ayuntamientos y escuelas. Fue la intención de lugares como en Grütas Park, en Letonia, al que se agregaron torres de guardia y alambres de púas para crear un “ambiente”; o Memento Park, en Budapest. Siempre puede ocurrir, desde luego, que los simpatizantes o admiradores de la causa derrotada conviertan estos sitios en una especie de santuario.

    Por otro lado, cuando se traslada (o destruye) una estatua, queda en su lugar un zócalo (muchas veces, construido en materiales nobles, como el mármol o granito), como una especie de vacío visual. Es algo que no se prevé en el momento, pero que resulta inevitable. ¿Qué hacer con él?
Glorieta de Colón sin la escultura de Cristobal Colón.jpg
Vista del monumento a Colón sin la estatua. Ciudad de México, octubre de 2020. Fuente: Wikimedia

En lo personal, como historiador, tengo cierta afección por todos (bueno, casi todos) los monumentos del pasado. Aunque no comparta su propósito y mensaje, me “dicen” muchas cosas, tanto en sí mismos como por el espacio en que se ubican. También me intereso por la didáctica de la historia, que siempre se hace mejor en espacios públicos y abiertos. Por estas razones me inclinaría por dejar las estatuas donde están, con el debido contexto; o por lo menos conservarlas en un museo. Puedo entender, por otro lado, que mis preferencias sean particulares y con el sesgo propio de mi oficio. Es un asunto de interés colectivo y los historiadores deberíamos tomar parte en esta discusión.