Lo que iba a ser un “confinamiento” domiciliario de algunas semanas se ha

Archivo:Wikimedia advisory board meeting.jpg - Wikipedia, la enciclopedia  libre
Las reuniones presenciales: cercanía, sociabilidad, pero la distancia no se resolvía bien. Foto: Wikimedia

extendido a muchos meses, y todavía no se le ve un fin evidente. Está en vías de convertirse en un estilo de hacer las cosas. En lo que se refiere a las comunidades y a la vida académica*, hemos adoptado o consolidado recursos, procedimientos y hábitos que parece llegaron para quedarse.

En algunos casos, que son los que aquí me interesan, lo que se aprecia es un reforzamiento de tendencias que estaban ya presentes desde hace un par de décadas, pero de las que no nos habíamos puesto a reflexionar sobre sus implicaciones.

El aspecto más obvio es el de los medios de comunicación, que han modificado radicalmente nuestras interacciones cotidianas en las últimas dos décadas. Si en un momento el e-correo pareció una revolución, ahora las redes sociales y el omnipresente “whatsup” han establecido los mensajes “en tiempo real”, en todo día y toda hora, con sus ventajas e inconvenientes. Las distancias (o inversamente, las cercanías) físicas ya no son un condicionante. Para efectos prácticos, hemos llegado a tener más contacto y comunicación con colegas que pueden estar del otro lado del mundo que con quien está en el cubículo de al lado.  Cuando un historiador busca establecer un diálogo afín a su tema, encuentra que el  lugar apropiado no es siempre el salón de seminarios de su institución sino el espacio “virtual” de la pantalla de su computadora.

Desde luego, la asistencia a las reuniones y seminarios había seguido siendo mayoritariamente “presencial” . La participación “virtual” era un recurso alternativo, más tolerado que aceptado (y, a veces, no muy eficiente). Bien visto, lo que ahora vivimos con las plataformas como zoom o googlemeet, parece la derivación y desarrollo lógico de una tendencia que no habíamos asumido del todo. Al menos por ahora, las interacciones personales se han “virtualizado” por completo.

La fuerte presencia de la institución (las bibliotecas, los pasillos, los cubículos y aulas de seminarios) se ha convertido en algo lejano y difuminado. El trabajo de los académicos se realiza cada vez con más frecuencia en comunidades virtuales, que no están necesariamente adscritas ni limitadas a un espacio institucional específico.

¿Estamos presenciando una especie de “des-institucionalización? Son las instituciones una especie de entidad en vías de obsolescencia? De momento (y subrayo “el momento”), no parece así. Algunos de estos centros hallan su razón de ser en su labor docente o su especialidad temática. También permanecen y permanecerán por inercias institucionales (que generan sus propias lógicas) y por lo que podríamos llamar sus funciones derivadas y secundarias: son espacios de sociabilidad, justifican la existencia de una clase político-académica, son a veces espacios de movilización gremial y forman la matriz de identidades personales y colectivas que en ocasiones son muy vigorosas.

Más allá de los motivos institucionales y culturales que justifican su supervivencia,  me parece que los centros de investigación están transitando hacia la condición de espacios académicos “abiertos”, ya no limitados a su propia vida interna. Proporcionan el sustento físico a redes que se proyectan más allá de sus muros, que se extienden hacia otras instituciones e incluso hacia otros países. Es algo que puede tener sus implicaciones, sobre las cuales convendría reflexionar.


………………..
* Las instituciones académicas que imparten enseñanza a nivel de licenciatura son otro asunto. Aquí me ocupo de las dedicadas a investigación y/o enseñanza en nivel de posgrado.

Espadas y plumas en la Monarquía hispana - Librairie en ligne -  Publications | Casa de Velázquez

Ya salió mi reseña de este buen libro. El párrafo inicial:

El asunto de este libro ciertamente es del mayor interés. Las autobiografías de los soldados-autores de fines del siglo xvi y primeras décadas del siglo XVII, que aquí estudia y comenta Thomas Calvo, muestran en trazos abigarrados la vida cotidiana, preocupaciones, rencores, inquietudes y ambiciones de los hombres que constituían la avanzada y el borde reluciente, afilado, a veces brutal del Imperio español.

El texto completo, en Estudios de Historia Novohispana, no. 63, 2020.

La tendencia no es nueva, pero ha cobrado nuevo ímpetu recientemente: estatuas que celebran la memoria de personalidades que son hoy consideradas inaceptables o inconvenientes han sido derribadas, decapitadas, o manchadas con pintura. Lo mismo se aplica a placas conmemorativas, nombres de calles y plazas, ya sea por vías de hecho, por comisiones encargadas de estudiar y decidir en el tema o incluso como resultado de leyes específicas. En historia, lo llamamos damnatio memoriae y tiene muy antiguos antecedentes. Sobre las consecuencias y ambigüedades de este polémico tema me he ocupado en una nota previa.

Placa conmemorativa
Placa de inauguración del metro por el presidente Díaz Ordaz. Los escombros fueron añadidos como parte de la “presentación”. Museo del Estanquillo, 2020.

Los afectados actuales han sido muy variados: el almirante de la Mar Océano y virrey de las Indias, Cristóbal Colón; los religiosos que construyeron las misiones californianas, como el franciscano Junípero Serra, que con el tiempo se quedaron sin misionados; los tratantes británicos de esclavos, como Edward Colston (quien también fue conocido por sus obras de caridad); el rey Leopoldo II, de ingrata memoria africana; los generales de la Confederación, como Robert E. Lee; Joseph Stalin o Vladimir Lenin en los países que habían estado dentro de la esfera de influencia soviética.

Hay que decir que no existe unanimidad acerca de los méritos y deméritos de estos personajes. Como comenté previamente, la imagen actual de sus actos tiene que ver sólo de manera incidental con el pasado en sí, que frecuentemente es empleado como simple vehículo de discusiones contemporáneas. El asunto tampoco es sencillo, porque muchas veces estas obras fueron hechas por artistas reconocidos y constituyen elementos característicos del paisaje urbano.

Cuando hay un consenso (o una decisión de las autoridades, lo cual no es lo mismo) acerca de que estas celebraciones del pasado no pueden permanecer tal cual, surge la cuestión qué hacer con ellas.

  • 1. En su versión más extrema, se ha propuesto ( o llevado a cabo) la simple destrucción de las estatuas. Es, sin duda, un símbolo poderoso, pero discutible. Puede acabar por cumplir el propósito contrario: después de un tiempo la escultura y el personaje se olvidan, y el vacío que dejan en calles y plazas acaba por ser ignorado. Una opción es construir alguna especie de “anti-monumento” que recuerde los hechos e invite a la reflexión; pero no es algo de fácil realización ni exento de polémicas.
  • 2. Dejarlas como están, mutiladas o con pintura, con la consideración de que lo que ocurrió es una “intervención” parecida a un “performance” artístico, un tanto en el estilo de las obras de Hew Locke, y que de esa manera queda testimonio de agravios y reivindicaciones. Puede hacerse un argumento en el sentido de que, de hecho, así ha ocurrido con muchos edificios y monumentos a lo largo de la historia. Y que quien lo ve, recibe claramente el mensaje.
  • 3. Mantenerlas en su lugar, pero con paneles que pongan al personaje en su contexto. De esa manera, según este argumento, habría un propósito didáctico. Es una opción que parece razonable, pero que difícilmente satisface a los movimientos que reclaman una ruptura definitiva y emocional con el pasado. La estatua, al final, allí queda, con todos sus mensajes e implicaciones.
  • 4. Llevarlas a un museo, como testimonios de un pasado que debe ser explicado. En general, las instituciones museísticas no lo han visto mal, per hay quien se opone a la idea de que se conviertan en una especie de gran depósito de obras indeseadas. También ha ocurrido que hay estatuas ubicadas en los mismos museos que son consideradas hoy como inaceptables, como la de Theodore Roosevelt en el Museo de Historia Natural de Nueva York.
Monumento a Theodore Roosevelt en el American Museum of Natural History. A su lado, a pie, un afroamericano y un indígena. Fuente: Wikimedia
  • 5. La “bodeguización”: se traslada la estatua a un depósito y ahí se la deja más o menos olvidada. En ocasiones se hace de manera “provisional”, pero que se convierte en solución permanente. Es el recurso adoptado por los gobiernos que prefieren no tomar decisiones polémicas. Resulta poco satisfactorio, aunque políticamente conveniente.
  • 6. Crear una especie de “parque temático” donde se amontonan sin mucho orden la gran cantidad de estatuas de algún personaje que poblaban plazas, ayuntamientos y escuelas. Fue la intención de lugares como en Grütas Park, en Letonia, al que se agregaron torres de guardia y alambres de púas para crear un “ambiente”; o Memento Park, en Budapest. Siempre puede ocurrir, desde luego, que los simpatizantes o admiradores de la causa derrotada conviertan estos sitios en una especie de santuario.

    Por otro lado, cuando se traslada (o destruye) una estatua, queda en su lugar un zócalo (muchas veces, construido en materiales nobles, como el mármol o granito), como una especie de vacío visual. Es algo que no se prevé en el momento, pero que resulta inevitable. ¿Qué hacer con él?
Glorieta de Colón sin la escultura de Cristobal Colón.jpg
Vista del monumento a Colón sin la estatua. Ciudad de México, octubre de 2020. Fuente: Wikimedia

En lo personal, como historiador, tengo cierta afección por todos (bueno, casi todos) los monumentos del pasado. Aunque no comparta su propósito y mensaje, me “dicen” muchas cosas, tanto en sí mismos como por el espacio en que se ubican. También me intereso por la didáctica de la historia, que siempre se hace mejor en espacios públicos y abiertos. Por estas razones me inclinaría por dejar las estatuas donde están, con el debido contexto; o por lo menos conservarlas en un museo. Puedo entender, por otro lado, que mis preferencias sean particulares y con el sesgo propio de mi oficio. Es un asunto de interés colectivo y los historiadores deberíamos tomar parte en esta discusión.

Últimamente, casi no pasa semana en que no haya noticias de estatuas de próceres que resultan descabezadas, manchadas con pintura o arrojadas a un río por multitudes entre iracundas y festivas, o que, de manera más institucional,  haya peticiones y decisiones de modificar nombres de plazas o calles que hoy día parecen inaceptables. El último caso ha sido la discreta remoción del monumento a Cristóbal Colón en la ciudad de México, justo antes del 12 de octubre. El recuerdo del pasado se ha vuelto un campo de batalla, sobre todo en la prensa y las omnipresentes redes sociales.

Si de mí dependiera, no pondría ningún monumento celebrando o conmemorando hechos o personajes (o en fin, muchos menos). Lo mismo para calles, plazas, etcétera. Les dejaría sus antiguos nombres, como Plateros (la actual Madero), plazuela del Maíz (hoy Francisco Primo de Verdad) o Taximaroa (ahora, Ciudad Hidalgo, Mich.). Los nombres originales se prestan mucho mejor para recordar y explicar la historia, y en verdad me resultan más interesantes y variados.

Por otro lado, todos los gobiernos y sociedades recurren a los héroes y grandes acontecimientos del pasado en mayor o menor medida para conmemorar lo que les parece conmemorable. Es parte importante de la identidad colectiva y de los proyectos de nación, y tiene su razón de ser. No tengo, en principio, nada en contra de que así sea.

En realidad, la iconografía cívica  no tiene que ver con la historia como disciplina, sino con la memoria histórica: las maneras y propósitos con los que recordamos el pasado.  Por eso, estrictamente hablando, no debería tener mucho sentido preguntarle a un historiador si tal o cual personaje merece o no un homenaje, porque implica un juicio de valor que en mi personal opinión no es propiamente nuestro asunto. Nos dedicamos a reconstruir, entender y explicar el pasado, no a juzgarlo

Por otra parte,  los historiadores no existimos en alguna especie de espacio abstracto, atemporal y estéril. Somos parte de una sociedad, y tenemos afinidades, simpatías y militancias que pueden ser muy diversas; o, simplemente, tenemos un compromiso intelectual con la difusión de la historia. Así, a veces nos resulta inevitable (o deseable) participar en estas discusiones. La historia como disciplina y la historia como memoria pueden acabar en una convergencia en la que deberíamos tener más interés.

Una discusión debería, desde luego, comenzar viendo las cosas en contexto. Frecuentemente se critica el afán iconoclasta diciendo que tal o cual monumento forman parte del patrimonio histórico. Por un lado es cierto: muchos tienen un valor estético bien apreciado, como el “Caballito”, la estatua ecuestre de Carlos IV, obra del celebrado Manuel Tolsá.  Para los historiadores, son incluso una fuente histórica en sí mismos, porque nos hablan del “ambiente” de una época, más allá de que no compartamos su “mensaje”; y los historiadores del arte tienen mucho que decir sobre ellos.

Por otro lado, todos estas expresiones conmemorativas no fueron simplemente expresiones artísticas. Como ha señalado Alfredo Avila, casi invariablemente conllevaron un mensaje acerca de lo deseable, recomendable o encomiable. Se buscaba conmemorar algunos pasados y de manera indirecta se justificaban y ensalzaban las políticas de su presente. Tampoco aparecieron precisamente por alguna especie de consenso social. “Alguien” con autoridad sobre el espacio público (un virrey, un presidente, un municipio, una institución) así lo decidió porque podía hacerlo.

¿Cómo se ha definido lo “conmemorable”? Visto de cerca, siempre se procede por una selección que suele ser parcial. La memoria histórica destaca por sus recuerdos, pero también por sus olvidos (y a veces, por sus indiferencias)También se recuerda de los próceres los hechos o dichos de su vida que hoy día resultan aceptables o elogiables, y se tiende un discreto velo de olvido sobre otros menos convenientes.

Lo mismo se aplica a las “anti conmemoraciones”. Esto es todavía más notable porque ya no se trata tan sólo de la afiliación política o la asociación con regímenes que han caído del lado equivocado de la historia, sino también del racismo, clasismo y sexismo. Ni siquiera puedo imaginarme cuáles serán los motivos de indignación ya no digamos dentro de un par de décadas, sino dentro de un par de años. Cada generación re-escribe su pasado, frecuentemente entre contradicciones y polémicas.

No me interesa realmente entrar en la discusión sobre las inclusiones o exclusiones que configuran nuestro panteón conmemorativo, o de los méritos o deméritos de distintos personajes.  En realidad, si pusiéramos una gran lupa sobre sus vidas encontraríamos inevitablemente algo  que, y sobre todo a los ojos contemporáneos, resultaría poco recomendable. Solamente los santos (al menos según la hagiografía) mostraron señales de santidad desde su tierna infancia, y nunca hicieron nada reprobable. La gran mayoría de los seres humanos, si se me permite esta gran generalización, no es así. 

Todo esto para el historiador remite a una distorsión que siempre tratamos de evitar: el presentismo, el llevar al pasado criterios morales que en su momento y contexto no existían. La esclavitud es un ejemplo notorio. Entre el siglo XVI y el XVIII era algo habitual, que no presentaba a los amos ninguna reserva moral. Personajes hoy día admirados como el obispo Vasco de Quiroga o sor Juana Inés de la Cruz tuvieron esclavos para su conveniencia o comodidad personal. Sin duda su suerte era mucho mejor que la que sufrían los operarios esclavizados de los ingenios azucareros, pero este no es el punto. De muchas maneras sus méritos y aportaciones en causas que hoy compartimos permiten pasar por alto estos “detalles” de sus biografías. Podría dar muchísimos otros ejemplos.

Este aspecto selectivo puede considerarse a la inversa. Mientas se disculpan o se ignoran estos lados “inconvenientes” de algunos personajes, la “cancelación” contemporánea de otros toma aspectos particulares condenables de la vida de un individuo, y supone que anulan todos los demás que podrían, vistos aisladamente, resultar aceptables o incluso elogiables. Es el caso notorio de quienes fueron traficantes de esclavos (o, en nuestra historia, conquistadores y colonizadores), pero también fundaron obras de caridad, fueron benefactores de escuelas y colegios, o patronos de edificios y obras de arte que hoy son fuente de admiración y orgullo colectivo.

En realidad, los personajes del pasado no pueden clasificarse ordenadamente en columnas donde se separe lo admirable de lo reprobable. Hay algunos luminosos, otros definitivamente obscuros, pero en su mayor parte lo que tenemos es una vasta gradación de grises. Lo propio sería verlos como hace un historiador, en el contexto moral de la época. El problema es que la “monumentofobia” contemporánea en realidad tiene poco interés por el conocimiento preciso del pretérito.  Las polémicas sobre la estatua, el nombre de la calle, la denominación de una biblioteca, son simples vehículos, escogidos de manera a veces muy arbitraria, para servir a los intereses de distintas causas (que, desde luego, puede ser muy legítima). Los hechos “históricos”, en realidad, son lo de menos.

Dicho todo esto, hay personajes a los que hoy día no se nos ocurriría dedicarles un homenaje (como, precisamente, Cristóbal Colón), pero cuya efigie o nombre vemos cada día en plazas y calles.  ¿A quién pertenece la decisión de mantenerlos, removerlos, renombrarlos o destruirlos? Del punto de vista legal, seguramente son de gobiernos, municipios y otras instituciones. En un sentido más amplio, son parte del espacio urbano y deberían pertenecer a todos quienes lo habitan, viven y transitan en él. Lo ideal sería establecer mecanismos y disposiciones legales para discutir, consultar y tomar decisiones sobre la presencia de monumentos o nombres de calles que hoy día nos resultan poco aceptables. Así se ha hecho, por ejemplo, en Londres o Nueva York. Desde luego, tampoco es una solución fácil ni exenta de derivaciones inesperadas (como muestra el ejemplo de la Ley de Memoria Histórica de España); pero parece la más adecuada.

Una vez decidida la inconveniencia de algún monumento, las soluciones tampoco son sencillas. Tanto “embodegarlos”, ubicarlos en museos (algo que la respetada Mary Beard considera “irritante”) o dejarlos en su sitio con placas o inscripciones que den el debido contexto presenta problemas.  En lo personal, siempre me inclino por las soluciones que a la vez preserven lo que ha llegado a ser patrimonio histórico y a la vez expliquen las injusticias del pasado, sobre todo cuando sus consecuencias llegan al presente. Son temas a discutirse, en los que los historiadores deberíamos estar interesados.

………

Si le interesó esta nota, vea la segunda parte de este artículo: ¿Qué hacer con esos monumentos incómodos?

Con Guillaume Gaudin hemos escrito una entrada sobre “Les ravages des épidémies européennes au Mexique” para el blog  COVIDAM :La Covid-19 dans les Amériques, del Institut des Amériques.

En este blog hay muchos textos muy interesantes sobre la actual epidemia desde el punto de vista desde las humanidades y ciencias sociales. Por ejemplo, de Samuel Jouault, Gilles Polian y Bernard Tallet, sobre “Au Mexique, la COVID-19 comme révélateur des contradictions sociales et économiques” y “Deux exemples de la diversité des réactions à la crise sanitaire dans le du sud-est mexicain“; de Nicolas Ellison, sobre “Mexique: la pandémie, moment de vérité pour la “4T” de López Obrador?“; y de Michelle Salord, “La quarantaine et « les autres » : Covid et populations précarisées au Mexique“.

Muchos de estos textos están disponibles en inglés; cuando así ocurre, el vínculo respectivo aparece en cada artículo.

Actualización (18/10/2020): la obra ya está disponible en línea, aquí..
………….

Acaba de salir el libro que coordiné con Isabel M. Povea sobre Los oficios en las sociedades indianas.

En esta obra presento un trabajo sobre los oficios del Apartado del Oro y Plata. Trata de los llamados “empleados”, esto es quienes desempeñaban labores de dirección, administración, contabilidad y vigilancia, excluyendo a los obreros (de los que me ocuparé en un próximo trabajo).

Estos oficiales (apartador, conclavero, guardavistas) realizaban la labor de separación del oro y la plata, que no podía hacerse por fundición, sino por un complejo y delicado proceso químico. De su exactitud dependía la extracción y afinación del oro que luego era llevado a la Real Casa de Moneda para acuñar los escudos y doblones utilizados para transacciones mayores, sobre todo por los  grandes “almaceneros” que controlaban el gran transatlántico. Dada la relevancia de esta ocupación, todas las operaciones, ingresos, gastos y egresos eran cuidadosamente registrados por varios amanuenses (que, pese a su nombre, tenían también funciones contables).

La editorial es el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y el ISBN es 978-607-30-3381-7. Adjunto aquí el índice completo de la obra.

Índice

1. Una introducción a los oficios en las sociedades indianas, Felipe Castro Gutiérrez e Isabel M. Povea Moreno……………….pág. 9

2. Oficios en el medio rural novohispano. Una aproximación, Brígida von Mentz….pág. 47.

3. Pochtecas, productoras y vendedoras: mujeres tlatelolcas en la Ciudad de México durante el siglo XVI, Margarita Vargas Betancourt……..pág. 83.

4. Bajo la sombra de los grandes obrajes. Obrajuelos, talleres artesanales y trabajadores del textil en la ciudad de Quito (siglo xvii), Carlos D. Ciriza-Mendívil…….pág. 120.

5 .Los barreteros. Trabajo cualificado y sus variantes en el espacio minero de la monarquía hispánica, Isabel M. Povea Moreno…..pág. 149

6. Los oficios y los oficiales del Apartado de Oro y Plata, 1776-1821, Felipe Castro Gutiérrez….…pág. 188.

7. Trabajar y morir en el mar: La tripulación del navío Nuestra Señora del Juncal (1631), Flor Trejo Rivera……..pág. 222.

8. Discusiones en torno a las marinerías transpacíficas. El caso de la duplicidad de plazas en el Galeón de Manila Santísima Trinidad (1752-1753), Guadalupe Pinzón Ríos….pág. 253.

9. De artes teóricas y oficios mecánicos: El heterogéneo mundo de la curación en el Nuevo Reino de Granada, siglos XVI al XVIII, Natalia Silva Prada…..pág. 312.

10. “Por todos los días de vuestra vida…” Oficios de pluma, sociedad local y gobierno de la monarquía”, Víctor Gayol……….pág. 352.

11. Los curas en el Arzobispado de México (1749-1765), María Teresa Álvarez Icaza Longoria…..pág. 386.

Acerca de los autores…..pág. 429

Acaba de salir de prensas este libro colectivo (Routledge, 2020) coordinado por Luciane Scarato, Fernando Baldraia y Maya Manzi.  Se trata de un proyecto que tuvo su origen en un coloquio realizado en Colonia (Alemania), sobre “Convivial [Hi]Stories: Envisioning ‘Conviviality’ in Colonial and Modern Latin America”, en junio de 2018.

Este libro, a partir de diversas perspectivas teóricas sobre la convivencia, considera las formas en que América Latina, un continente marcado por profundas desigualdades, pudieron existir, sostenerse y poner en cuestión variadas modalidades de convivencia, que se transformaron en el tiempo y el espacio. Tiene un enfoque interdisciplinario y presenta estudios sobre diferentes países y épocas,  desde el medioevo hasta la actualidad. Considera asimismo las formas en que el estudio de América Latina podría contribuir a nuestra comprensión de la relación entre desigualdad, diferencia, diversidad y sociabilidad. Así, resultará de interés a los estudiosos de la historia, la sociología, la geografía, la antropología, los estudios de desarrollo, la teoría poscolonial y social.

En esta obra tengo un artículo sobre Incluye mi ensayo sobre “Routine Violence and the Limits of Conviviality in a Colonial Society”. A partir de un incidente aparentemente menor e intrascendente (una riña entre una dama española y dos mulatos, en un callejón de Pátzcuaro), desarrollo el argumento de que existían convenciones y procedimientos para asegurar que se mantuviera una convivencia aparentemente tranquila en una sociedad con profundas desigualdades; pero que esto no excluía formas cotidianas, poco visibles, de pugnas y violencias menores entre personas de diferentes jerarquías.

Incluyo aquí el índice general:

Introduction, Luciane Scarato, Fernando Baldraia and Maya Manzi

Part 1: Convivial Bonds

1. The Neglected Nexus between Conviviality and Inequality

Sérgio Costa

2. Political Conviviality and the Role of Opposition and Opponents in Late Twentieth-Century Latin American Political Discourse

Osvaldo Barreneche

3. Railways and Conviviality: The Fringes of Progress in Minas Gerais, 1841-1930

Luciane Scarato

4. In Search of Conviviality in Latin American Cities: An Essay from Urban Anthropology

Ramiro Segura

Part 2: Conviviality Between Norm And Praxis

5. Imperial Conviviality: Producing Difference in the TransAtlantic Iberian World

Karen Graubart

6. Mestizaje and Conviviality in Brazil, Colombia and Mexico

Peter Wade

7. Syncretism and Pluralism in the Configuration of Religious Diversity in Brazil

Paula Montero

Part 3: Contested Conviviality

8. Conviviality on the Brink: Blackness, Africanness and Marginality in Rio de Janeiro

Tilmann Heil

9. Routine Violence and the Limits of Conviviality in a Colonial Society

Felipe Castro Gutiérrez

10. Fighting Against or Coexisting with Drought? Conviviality, Inequality and Peasant Mobility in Northeast Brazil

Maya Manzi

11. Epistemologies for Conviviality, or Zumbification

Fernando Baldraia

Final Considerations: Luciane Scarato, Fernando Baldraia and Maya Manzi

En una anterior entrada en este blog me ocupé de la práctica de que los personajes poderosos e influyentes (como el mismo monarca, pero también grandes nobles, eclesiásticos y oficiales del rey) tuvieran siempre consigo un  notable número de “criados”: amanuenses, secretarios, hombres de guardia y ayudantes de confianza para todo lo que se ofreciera. Esto era tanto “por ornato de su persona”, como porque les ayudaban a desempeñar sus obligaciones públicas, en un tiempo en que realmente no había un aparato administrativo profesional.

En el caso indiano, esto era muy notorio en el caso de los virreyes, que solían viajar con una gran comitiva que incluía parientes, criados, sirvientes y esclavos. No era considerado una irregularidad. Como se especificó en las “instrucciones” dadas  al conde de Montesclaros en 1603, “<ser> criado del virrey de México es lo propio que ser señor en España, porque en aquella tierra no hay más rey que el virrey y los condes y marqueses son sus criados”*

Esto llegó al grado de que fue necesario reglamentarlo (en 1614 y 1618), y se estableció que los criados

El virrey marqués de Guadalcázar
(Cortesía, Mediateca INAH)

acompañantes de los virreyes no podrían exceder de ochenta si eran solteros, y cien si eran casados, lo cual da una idea del tamaño de lo que se llamaba la “casa” del virrey. En realidad eran muchos más, porque los criados viajaban con sus esposas, hijos y en ocasiones sus propios sirvientes. Podía ser una enorme comitiva, de casi 200 personas, como la que trajo consigo el sevillano Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar, quien fue virrey de la Nueva España entre 1612 y 1621, y de Perú entre 1622 y 1629.

El asunto era del mayor interés para los súbditos porque los virreyes tendían a dar oficios a sus “criados”, sobre todo corregimientos y alcaldías mayores, a pesar de que en principio debían favorecer a los “beneméritos” (esto es, a los descendientes de conquistadores). La práctica era mal vista y se prohibió oficialmente en 1619, pero como muchas otras leyes y disposiciones, se respetaba de forma irregular, y se aceptaban múltiples excepciones. Según Torres Arancivia, el virrey peruano conde de la Palata escribió al rey para decirle que dar estos cargos a sus criados era cosa que no podía evitarse y costumbre de muchos años. Antes de dejar de hacerlo, los virreyes preferían que en sus juicios de residencias los condenaran a pagar una multa por la contravención. Para solucionar esta contradicción, propuso y se le aceptó que se permitiera a los virreyes “beneficiar” hasta doce de sus criados con corregimientos. La decisión sentó precedente y se aplicó también en Nueva España.

El asunto llegaba a generar conflictos serios, porque los criados buscaban su provecho y a veces actuaban con prepotencia; y no siempre los virreyes estaban dispuestos a frenar sus excesos. Fue muy notorio con el referido marqués de Guadalcázar. En 1620 varios oidores de la Real Audiencia (Diego Gómez de Mena, el Dr. Galdós de Valencia y Lic. Pedro de Vergara Gaviria) quienes se describían a sí mismos como “criados de su majestad”) se quejaron amargamente por las descortesías de los criados del virrey, y porque éste tiene repartido entre los deudos, criados y allegados suyos, los mejores oficios de este reino, y de más veces jugo y substancia”, con la facultad agregada de que pudieran ejercerlos por medio de sustitutos y tenientes, con los que hacían contratos de “arrendamiento” del cargo. Esto es, podían percibir una especie de renta, sin las molestias del ejercicio concreto del oficio ni tener que alejarse de la corte. Según los oidores, esto era en gran perjuicio de los indios porque uno de los oficios así entregados era el de de juez repartidor, esto es,  quien dirigía y organizaba las tandas del servicio personal obligatorio que debían dar todos los pueblos; y sucedía que estos jueces “vendían” el trabajo de a los indios para que laboraran en obrajes. De nada servía que al fin de su ejercicio estos “influyentes” tuvieran que dar el juicio de residencia, porque nadie se atrevía a declarar en contra los criados y allegados del virrey.

La misma queja, por otro lado, mostraba que los “criados” eran muy necesarios para el funcionamiento cotidiano de la administración, y eran quienes se encargaban de las comunicaciones y escritos que iban y venían entre la Audiencia y el virrey.  Y no está de más decir que algunos de los quejosos no eran precisamente ejemplos de buena conducta pública en la provisión de cargos entre amigos y allegados, notoriamente Pedro de Vergara Gaviria.  La disputa, además de personal, era sobre el reparto de cargos y beneficios.

…..

* Agradezco esta referencia a Isabel M. Povea.

La queja de los oidores contra el virrey Guadalcázar se halla en Los virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke, Madrid, 1977, volumen 3, p. 71-96

Véase también

Alejandro Cañeque, “De parientes, criados y gracias. Cultura del don y poder en el México colonial (siglos XVI-XVII)”, Histórica, Pontificia Universidad Católica del Perú, 29 (1),  2005.

Manuel Rivero Rodríguez, La edad de oro de los virreyes: El virreinato en la Monarquía Hispánica,  Madrid, Ediciones Akal, 2011.

Eduardo Torres Arancivia, Corte de virreyes: el entorno del poder en el Perú en el siglo XVII, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2006.

En una pasada entrada en este blog me ocupé de los “familiares” de los obispos, virreyes y otras personalidades. Algunos de ellos se nombraban “criados”.  A veces ambas categorías se confunden; en otras se separan, sobre todo porque los criados son aquéllos que están (o estuvieron) en relación directa y personal con su patrón y sirvieron en su casa.

La palabra probablemente vino de la práctica común en el medioevo de enviar a los  niños nobles a “criarse” con un señor de mayor rango, servir primero como pajes, para luego ser ordenados caballeros y entrar a su servicio.  De esta manera, el señor venía a ser una figura paterna, que a la vez “se servía de” y “amparaba a” sus criados. Esto se extendió en sentido figurado a otras personas que no se habían criado junto a su señor, sino que entraron posteriormente a su servicio (como Diego Velázquez, quien era “pintor y criado del rey”). La idea de estrecha cercanía, lealtad y dependencia, permanece y es considerada como muy importante. En el caso del rey (que no es el único), el criado era parte de su “casa” y como tal gozaba de ciertos privilegios informales y formales (como la de ser solamente procesado por el juez de la corte y palacio, en teoría).

Como siempre ocurre con las instituciones de gobierno en esta época, hay ambigüedades y una buena dosis de casuística. La primera es la que salta a los ojos del lector contemporáneo, habituado a pensar en un “criado” como un sirviente. Y en efecto, en esta época eran “criados” tanto el mayordomo o el mozo de espuelas, como un gran noble que llegaba a ocupar importantes oficios públicos. Las cosas se complican todavía más en razón de que los Habsburgos introdujeron la práctica borgoñona de que quienes estaban a su servicio personal del monarca (incluyendo los gentilhombres que le ayudaban a vestirse) fuesen miembros de la nobleza. Así,  cuando una persona se designa como “criado” hay que ver siempre el contexto.

En todos los casos, ser “criado del rey” era una distinción altamente apreciada, porque el beneficiado estaba cerca de la real persona, de donde provenían  las decisiones, gracias y mercedes. Tenían lo que se llamaba “derecho de entrada” a la real recámara. La categoría llegó a trascender su función concreta y se convirtió en un título simbólico; se podía ser gentilhombre de cámara “sin ejercicio”, como fue muy común entre los virreyes.

También ocurría, por ejemplo, que los oidores o miembros de la Real Audiencia se llamaran a sí mismos “criados de su majestad”  para reivindicar su dignidad, aunque no hubieran tenido relación personal con la casa real. Incluso llegó a ser una forma de cortesía genérica para dirigirse a una persona de alto rango, de la misma forma que cuando un clérigo escribía a un dignatario firmándose como “su capellán”, sin serlo realmente. Se aprecia todavía este aspecto de cortesía rutinaria  en la fórmula para cerrar una carta, todavía existente hasta fechas recientes,  de “atentamente, su seguro servidor”.

La práctica de tener “criados” se extiende naturalmente a otros grandes señores, como los grandes nobles, los virreyes y los obispos indianos; eran respetados, pero a veces también muy detestados.  De esto me ocuparé la próxima semana.

El curioso que se ponga a revisar viejos papeles en los archivos de los años virreinales encontrará muchas referencias a personas que orgullosamente declaraban ser “familiares” de un obispo, virrey u oidor.  Es algo muy característico de esa época, y su relevancia va más allá de la anécdota.

Muchos de ellos no eran necesariamente parientes de la persona a quien daban reverencia. Eran parte de lo que a veces se llama “familia extensa”; otro título muy de la época, el de “allegados”, les queda bien. Su condición era siempre ambigua, entre sirvientes y hombres de confianza de los poderosos. Les daban su lealtad irrestricta, les hacían compañía y se ocupaban de diferentes menesteres privados o públicos (como amanuenses, consejeros, mensajeros y ayudantes para todo). Era propio de un gran señor tener en torno a sí toda una cauda de “familiares”, a más de numerosos sirvientes. Que un importante personaje viajara solo o con una mínima comitiva a las Indias se habría visto como extraño y en desdoro de su rango y dignidad.

Como corresponde, el patrono debía procurar el bienestar de sus allegados. En lo inmediato, atendían a su alojamiento (típicamente, en alguna habitación de su residencia o palacio), alimento (en su propia mesa, y por eso a veces se les llamaba, en forma despectiva, “paniaguados”) y ornato (vestimenta, dinero para gastos menores, algunos objetos “para adorno y distinción” de su persona). Todo esto eran gracias y obsequios, ya que recibir un salario habría sido considerado como algo impropio y “mercenario”.

Las leyes de Indias, sobre los “familiares” (libro III, título II).

A la larga, el patrón buscaba “acomodo” para quien bien le había servido. En el caso de los obispos, era sabido que en los concursos para ocupar los curatos más apreciados y rentables, como los de ciudades y reales de minas, favorecían a los numerosos “familiares” que traían consigo, para descontento y murmuración de los clérigos locales.

Los virreyes, por su lado, podían dar a sus “familiares” lo que se denominaban “entretenimientos” (como encargarles alguna comisión temporal, por la que recibían gajes y salarios); o bien otorgarles algún cargo más seguro y permanente, como los de corregidores o alcaldes mayores. Si bien esto último estaba prohibido por las leyes desde 1555, ocurría todo el tiempo; a veces pedían una “dispensa” pero en otras ni siquiera se tomaban esa molestia.

Aunque todo esto hoy día pueden parecernos casos de abuso y nepotismo, no era exactamente así en la época. Los “familiares” resultaban esenciales en tiempos en que el aparato burocrático formal que asistía a los gobernantes laicos o eclesiásticos era muy embrionario. El funcionamiento cotidiano del poder podría haberse detenido sin ellos.

Los reformistas Borbones procuraron crear una burocracia “de carrera” como sustento de la labor de los gobernantes y jueces locales, con puestos ocupados por experiencia y méritos. Sin embargo, nunca lograron desplazar del todo a los “familiares”, porque estaba en el carácter de la monarquía cierto grado de patrimonialismo, de personalización de la autoridad, y había hábitos e inercias que no podían modificarse por un simple acto de autoridad.

Hay que decir que la práctica de favorecer a estos “familiares” permaneció en los posteriores regímenes republicanos, en los cuales en principio ya no tenían fundamento, y llega a nuestros días. Desde luego, interesa tanto ver las continuidades como los cambios, porque no podemos trasladar criterios contemporáneos hacia un pasado que se regía por otros principios. En su momento, ser o haber sido “familiar” de algún gran personaje era un aspecto que se mencionaba con orgullo, y servía de mérito para solicitar distintos beneficios o mercedes.

Aunque hay referencias variadas a los “familiares” en la historiografía, no hay  muchos estudios específicos sobre ellos para los casos indianos. Es un tema pendiente; les tendré al tanto.

……….
Sobre el caso de los obispos, véase Jean-Pierre Dedieu. “El séquito de los obispos que pasaron a Indias en la primera mitad del siglo XVIII”, en Rodolfo Aguirre, Lucrecia Enríquez, La Iglesia hispanoamericana de la Colonia a la República, México, Universidad Nacional Autónoma de México / Pontificia Universidad de Chile, 2008, p.203-230.

………

(Actualizado: 23 de febrero de 2020).