cristo-milagrero.jpgUna nota aparecida recientemente en la página web del INAH cita a Limonar Soto Salazar, investigador del INAH, a propósito del probable hallazgo de la legendaria figura del Cristo Milagrero, también conocido como “de Rajapeñas”, que en la época colonial perteneció al barrio tarasco de San José, en Zacatecas. Podría parecer sorprendente la existencia de un barrio tarasco en zona tan alejada de Michoacán, pero el hecho es que la tradición migratoria indígena tiene antiguos antecedentes. A raíz de la conquista, muchos grupos indígenas encontraron en la migración una respuesta ante la destrucción de su antiguo orden social. Más allá de las fronteras mesoamericanas todos los colonos, fuesen españoles, indios o mulatos, eran bienvenidos, y recibían tierras y exenciones tributarias con tal de que colaboraran en el doblamiento y la defensa contra los “indios bárbaros”.

En el entonces llamado valle de los Chichimecas, al norte del río Lerma, los tarascos avanzaron junto con los encomenderos y evangelizadores en territorio hostil y participaron en la fundación o poblamiento de Acámbaro, Pénjamo, San Felipe, Irapuato, Celaya y Salamanca. También existió una migración hacia territorios mucho más lejanos: hacia Guanajuato, Fresnillo, los barrios de San José y Tonalá de Zacatecas, Culiacán, Cuencamé, Parral, Indehé, Santa Bárbara de Chihuahua, Nombre de Dios, Xichú, San Luis de la Paz y San Luis Potosí.

A diferencia de los tlaxcaltecas -que se fueron al norte en forma colectiva y concertada, por acuerdos con los virreyes- los tarascos se movieron por iniciativa individual o a lo sumo en pequeños grupos. Es cierto que algunos testimonios dicen que los “sacagentes” de los hacendados y mineros del norte se llevaban a los indios por la fuerza, que los reducían a servidumbre, y que los “vendìan” en las minas como si fuesen esclavos. Pero se trata de acusaciones de los encomenderos michoacanos, de curas párrocos y de funcionarios españoles, que veían con malos ojos esta corriente migratoria porque atentaba contra su autoridad o intereses.

Es muy interesante comprobar que los tarascos no se subsumieron en la masa indiferenciada de los colonos, ni intentaron negar sus orígenes. Por el contrario, tendieron a agruparse, a reconstruir sus nexos de parentesco y a fundar sus propios pueblos o barrios. Reproducían asimismo enfrentamientos que arrancaban de la época prehispánica, como sucedía con los tarascos y “mexicanos” o nahuas de Zacatecas, que en las principales fiestas se juntaban en bandos de doscientos hombres para enfrentarse a pedradas y golpes en una especie de “guerra florida” de la que incluso resultaban muchas muertes. También, como se aprecia en la nota citada, mostraron mucho apego a sus imágenes religiosas, las convirtieron en símbolo de su identidad colectiva y llegaban a iniciar conflictos o incluso amenazar con tumultos cuando las autoridades pretendían quitárselas. El Cristo Milagrero, efectivamente, había pertenecido a una cofradía de españoles, pero al parecer por el descuido que tenían en cuidar la imagen, los dominicos la cedieron a un indígena de San José, apellidado precisamente Rajapeñas. Este a su vez la cedió a la capilla del barrio, donde recibió especial veneración (en la restauración, hecha por Eugenia Berthier, se halló que la imagen tenía los pies gastados por tocamiento). Aparentemente, a la larga los tarascos de San José perdieron la propiedad de la imagen poco después de 1732, porque no vuelve a ser mencionada en fechas posteriores.