Las haciendas se hallaban en la parte sur del lago, tanto porque allí se encontraban mayores superficies cultivables como porque había sido la zona donde se ubicaban las tierras patrimoniales del cazonci. Contra lo que generalmente se piensa, las grandes propiedades españolas no se formaron mediante la usurpación de las tierras comunitarias, sino gracias a las sucesivas ventas y donaciones que hicieron los descendientes y herederos de la familia real michoacana.

Es notable la participación de instituciones eclesiásticas como grandes propietarias. Charahuén pertenecía a la iglesia parroquial y hospital de Santa Martha, la Tareta a los jesuitas, mientras que Sanabria era de los agustinos.

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Como el tema ha atraído varios comentarios, iré incluyendo aquí algunas notas sobre estas haciendas y ranchos

SAN NICOLAS DE LA LAGUNA  o “DE IBARRA”

Como es característico de las haciendas novohispanas, no estuvo en manos de una misma familia, como se aprecia en el siguiente cuadro

Propietarios

Gerónimo de Alba formó la hacienda entre 1603 y 1624,  mediante diversas adquisiciones.  Falleció en 1630, y el tutor de sus hija vendió a  Pedro del Corral.  Corral al parecer estaba casado con una hija de Alba.

1661. Corral vendió la hacienda  al alférez Juan de Salas. A su muerte (después de 1698), los hijos enajenaron en favor de Cristóbal Trujillo. Este la dejó a los hijos de sus dos matrimonios. En 1713 todo estaba en manos de Gerónima Trujillo y así permaneció hasta su fallecimiento, cuando sus herederos vendieron a Francisco Santos de Iturralde.

1718. Iturralde vendió la propiedad al regidor Antonio Cabrera, quien la tuvo poco tiempo, porque la enajenó a Gabriel de Inchaurrandieta en 1721.

1726. La adquiere Pedro Antonio de Ibarra

1747. Muere Ibarra, y el albacea vendió a Francisco Casimiro de Celaya. Al momento de la revolución de independencia era propietario el Br. Manuel de Celaya, probablemente su descendiente.

No tengo conocimiento de propietarios posteriores.

La hacienda colindaba con los pueblos de Huecorio, de Tzentzénguaro y con el barrio de Santa Catarina Mártir, de Pátzcuaro. El casco estaba frente a la desaparecida isla de San Pedro. En el mapa publicado por fray Francisco de Ajofrín aparece entre el embarcadero y una “ermita” de Nuestra Señora de Guadalupe. Se mencionan jacales, trojes, cercas y una capilla. Al parecer, se trata del edificio (muy cambiado con el tiempo) donde ahora hay un centro de investigación pesquera. Sus peones procedían de Huecorio y Tzentzénguaro. Tenía, en total, 9 caballerías de tierras, dedicadas a maíz y trigo. Aprovechaba los remanentes del agua de Pátzcuaro (o sea, el río Guani), y se decía que daba buenas cosechas.  De su historia posterior, no sé más que a fines del XIX el dueño cedió los terrenos necesarios para construir las vías y la estación del ferrocarril.

SANABRIA

El nombre de la hacienda proviene de un tal Fernando de Sanabria, quien adquirió diversos terrenos a los descendientes del cazonci entre 1587 y 1607, y luego  vendió todo al convento agustino de Pátzcuaro. El convento posteriormente fue redondeando la hacienda comprando algunos tierras adyacentes. Entre ellas estuvo Ziranga o Ziranda; es posible que el nombre viniera de un tal Gerónimo Siranda, que litigó contra los agustinos, pero finalmente les donó sus propiedades.  La hacienda estaba entonces a la orilla del lago, y limitaba con La Tareta, propiedad de los jesuitas. De hecho, ambas órdenes tuvieron desde 1688 un larguísimo pleito por el control de lo que era llamado el “vado” y en otras la “isla” de Apupato, que seguía entre incidentes poco edificantes a finales del siglo XVIII.  Las otras colindancias eran con los pueblos de Tzintzuntzan e Ihuatzio. La propiedad estaba dedicada al cultivo de maíz y trigo de temporal, con algo de ganado, y era manejada por arrendatarios españoles.

LA TARETA

Los jesuitas se establecieron 1573 en Pátzcuaro. Recibieron muy pronto numerosas donaciones de tierras de los descendientes del cazonci, así como de algunas personalidades españolas, con las que establecieron la hacienda.

En 1612 se realizó una congregación de varios pueblos, fundándose el de Zurumútaro en parte de las tierras de los jesuitas. Para compensarlos, se les dio parte de las que habían ocupado anteriormente los pueblos, pero todo indica que (con el favor de algunas autoridades) la compensación fue excesiva y sus linderos llegaron incluso al patio de la iglesia de Zurumútaro, de lo que se derivaron varios pleitos. Además, como ya se vio, lindaba y tenía litigios con la hacienda de Sanabria. Hacia Pátzcuaro, terminaba en el mismo edificio del Colegio, por lo que hoy es el barrio de Colimillas.

La hacienda tenía ocho caballerías a fines del siglo XVIII, con una casa, capilla y bodega. Producía trigo, y se criaban ovejas, vacas y caballos.

Luego de la expulsión de los jesuitas en 1767, la propiedad  se remató a favor del regidor de Pátzcuaro José Antonio Beingoechea. Luego pasó a posesión del convento de religiosas de Santa Catarina, de la ciudad, y después a otro personaje local, José Joaquín Corral.

A pesar de que el nombre de “hacienda” evoca hoy día grandes propiedades y magníficos edificios, estas haciendas fueron bastante modestas; los cascos típicamente eran de adobe. De hecho, la oligarquía patzcuarense sustentaba su influencia no en estas haciendas, sino en el comercio y los ingenios azucareros de tierra caliente.