Una consecuencia inesperada de la conquista y el establecimiento español en la antigua Mesoamérica fue la migración de indígenas que abandonaban sus lugares de origen para residir en otros pueblos o bien en las villas y establecimientos agropecuarios de españoles. Es bastante conocida la expansión poblacional de los tarascos, que avanzaron junto con los encomenderos y los misioneros en el

Indios caciques, según Pedro Alonso O Crouley, "Idea compendiosa del reino de la Nueva España"

Indios caciques, según Pedro Alonso O Crouley, "Idea compendiosa del reino de la Nueva España"

Bajío, entonces conocido como “valle de los Chichimecas” para fundar poblaciones como Pénjamo, Acámbaro, San Felipe, Irapuato, Celaya y Salamanca. También existió una migración menos estudiada hacia territorios mucho más lejanos: Culiacán, Fresnillo, Zacatecas, Cuencamé, Parral, Indehé, Santa Bárbara de Chihuahua, Nombre de Dios, Xichú, San Luis de la Paz, y San Luis Potosí.

En cambio, la colonización tarasca de la ciudad de México (o “Echerio” en su lengua) es prácticamente desconocida. No deja de ser un fenómeno paradójico, teniendo en cuenta que anteriormente michoacanos y mexicanas habían sido enemigos hereditarios, enfrentados en cruentas batallas. No hay muchos datos al respecto, pero la migración tarasca en la capital aparece desde fechas tempranas. Para 1595 era ya lo bastante importante para que fuese necesario que las autoridades nombraran un “capitán” y dos alguaciles tarascos, para recaudar los tributos. (AGN, Indios, vol. 6, 1a. parte, exp. 1074, f.292). También, como es típico de los migrantes tarascos, buscaron organizarse en torno a una imagen religiosa. Existió una “capilla de los tarascos” en el convento imperial de Santo Domingo (AGN, Bienes Nacionales, vol. 1007, exp. 11).

Los tarascos de Echerio también recibían la visita ocasional de oficiales de república de los pueblos michoacanos, que podían permanecer en la capital durante semanas o incluso meses mientras promovían sus asuntos legales ante el virrey o la Real Audiencia. Algunas destacadas personalidades michoacanas, como don Luis de Castilleja Puruata, gobernador de Pátzcuaro, tomó tanta afición a la vida capitalina que fue necesario nombrar un “teniente de gobernador” o suplente, que lo reemplazara en las sesiones de cabildo. Hubo otros influyentes personajes que vivían en las cercanías, como el nieto del cazonci, el cacique don Constantino Huitzimengari, quien al fin de su vida fue gobernador de Coyoacán y de Xochimilco, además de esposo de una cacica de Texcoco. Don Constantino financió la construcción de una capilla dedicada a la Expiración de Cristo en el Hospital Real de Naturales, con el fin de que diera servicios a lo que llamaba “la congregación de los tarascos”. (López Sarrelangue, La nobleza indígena de Pátzcuaro, UNAM, 1965, p. 210-215

No obstante, debe señalarse que no hay referencias posteriores de autoridades particulares de los tarascos y que la capilla en el convento de Santo Domingo fue cedida en 1681 a una archicofradía de españoles para dedicarla a la devoción del santo rosario. Todavía había en la capital a principios del siglo XVIII descendientes de los caciques patzcuarenses que llevaban el apellido Huitzimengari, pero ya no tenían ninguna relación con Michoacán. El tema de la presencia tarasca en la capital virreinal en los siglos XVII y XVIII, sin embargo, amerita averiguaciones adicionales.