La conquista de México ocasionó grandes movimientos de población. Muchos indígenas huyeron, otros fueron  llevados por la fuerza como  esclavos o sirvientes, y buen número tuvo que acompañar a los españoles en sucesivas expediciones, ya fuese como cargadores o como guerreros auxiliares. También, desde fechas muy tempranas hubo programas de reubicación deliberada y masiva de poblaciones, llevadas a cabo inicialmente por iniciativa de los misioneros y, a fines del siglo XVI, por el gobierno virreinal. De estas situaciones tenemos un panorama bastante razonable, si bien todavía fragmentario.

Menor atención, en cambio, ha recibido la migración indígena que ocurrió de manera paulatina  y voluntaria  sobre todo hacia las villas del norte novohispanos, los reales de minas y las grandes ciudades,del centro del virreinato. En una nota anterior me ocupé de los tarascos (o purépechas) que habitaron la ciudad de México. y llegaron  a formar una especie de “congregación” que tenía su propia capilla en el Hospital Real de Naturales. No fueron, sin embargo, el único grupo nativo no originario que llegó para quedarse en la capital virreinal.

A principios del siglo XVII se formó en la ciudad de México un curioso curato con la advocación de Nuestra Señora del Rosario, administrado por los frailes dominicos en  su convento.  No tenía límites territoriales precisos, porque sus feligreses eran los mixtecos, procedentes de Oaxaca, que vivían en distintos barrios. Recuérdese que los dominicos tuvieron una influenca preponderante en esta región, por lo cual la asociación con este grupo debíó de verse como una solución natural.

Con el tiempo, este peculiar curato fue incorporando como feligreses a los demás migrantes no nahuas de la ciudad, como los zapotecos, los otomíes (procedentes, al parecer, de Metztitlán) y los que eran mencionados como “otras naciones” indígenas. Se les llamaba “extravagantes”, en el sentido de “extraños”, o “fuera de su lugar”. Aunque la acepción hoy día nos parezca inusual, todavía la recoge el “Diccionario” de la Real Academia Española para algunos sentidos asociados, como por ejemplo un escribano que no tiene asiento fijo en ningún tribunal, o las constituciones pontificias que en su momento no fueron compiladas junto con las demás.

Las informaciones sobre esta población foránea y sobre el curato de “extravagantes” son muy escasas (véanse algunos datos en “Sobre los inconvenientes de vivir los indios en el centro de la ciudad”. Boletín del Archivo General de la Nación, IX, no.1, ene-feb 1938) pero confío en seguir encontrándolas aquí y allá. Los tendré al tanto.