La mayor parte de los indíos de la Nueva España vivían en pueblos o incluso en asentamientos menores, los llamados “sujetillos” o “estancias”. Por contra, los españoles habitaban generalmente en villas y ciudades. De aquí viene nuestra idea de que campesino e indígena eran conceptos casi sinónimos.

Sin embargo, algunas poblaciones de indios no eran pueblos o aldeas, sino que tenían título de ciudad. Esto fue así porque la Corona española encontró inevitable o conveniente reconocer la primacía que tenían los lugares que habían sido capitales de los llamados “reinos” nativos.  También sucedió que los indios adoptaron desde fechas muy tempranas, como en su momento observó Charles Gibson, las ideas españolas sobre las jerarquías urbanas. Como consecuencia, comenzaron a presentar informaciones de méritos para solicitar y obtener el título de ciudad,  como ocurrió con Huejotzingo (1533), Tlaxcala (1535), Tzintzuntzan (1534 y 1593), Cholula (1535), Texcoco (1543) y Xochimilco (1559). Podría aquí también incluirse a Mexico Tenochtitlan y a Pátzcuaro, aunque ambas desde sus inicios fueron ciudades mixtas, de españoles e indios.

Pátzcuaro en 1764, según el P. Francisco Ajofrin

Pátzcuaro en 1764, según el P. Francisco Ajofrín

El asunto tenía su importancia, porque las ciudades tenían derechos y privilegios particulares, como la posibilidad de contar  con “propios” o ejidos, un ayuntamiento con regidores (entre seis y doce, según su jerarquía), alcaldes ordinarios y  alguaciles, cárcel, alhóndiga para el acopio de maíz, su propio mercado y un “rollo” o picota de justicia. También disfrutaban del derecho de celebrar de manera independiente las festividades tanto religiosas (la de Corpus, notablemente) como civiles (por ejemplo, las proclamaciones de la coronación de nuevos monarcas) y podían gozar de ciertos beneficios más concretos, como la exención de servicios personales obligatorios. Por estas razones, los cabildos indígenas siempre ambicionaron y defendieron empeñosamente los privilegios anexos al título de ciudad.

La historiografía mexicana ha dedicado mucha atención a los pueblos de indios. En contraste, con algunas excepciones (como Tlaxcala y Pátzcuaro) nos hemos ocupado de las ciudades nativas sólo de manera parcial o incidental. Es un tema de gran interés, que aun resta por ser debidamente explorado, tanto en lo particular como desde una perspectiva comparativa.