Con cierta frecuencia se supone que los “españoles” de la época colonial tenían una situación cómoda y privilegiada. Esto no era siempre así (véase aquí una nota al respecto). En los documentos de la época aparecen muchos personajes que se mostraban orgullosos de ser españoles, pero cuyo nivel de vida no era mucho mejor que el de los trabajadores indios o mulatos y no podían cumplir con las expectativas sociales de una vida “decente”.

El caso de Agustín Moreno de Nava* es muy ilustrativo. Este hijo de una familia española de Pátzcuaro mostró desde muy joven una conducta conflictiva. Su historia pública comienza en 1625, cuando junto con otros dos hijos de comerciantes falsificó la llave de una bodega y robó mercancía para revenderla y alcanzar algún dinero propio. Fue encarcelado, pero sobornó a los guardias y tomó asilo en el vecino colegio de la Compañía de Jesús. Algunas negociaciones discretas deben haber tenido lugar, porque finalmente se presentó ante los jueces, que lo condenaron a la leve pena de dos años de destierro a dos leguas de Pátzcuaro. De poco sirvió, porque poco a poco fue construyendo una carrera criminal que lo llevó hacia delitos cada vez más graves: suplantación de identidad (fingía ser alcalde o alguna otra autoridad, para abusar de los indios), venta clandestina de alcohol (provocó una borrachera general en Tzintzuntzan), robo y reventa de mulas de carga (incluso en perjuicio de los frailes franciscanos) y, para colmo, asociación con Pedro López, un ladrón y cuatrero famoso, buscado afanosamente por la justicia.

Es muy llamativo como Nava siempre lograba evadir los cargos, o salir con condenas leves. En gran medida se debía a su condición de “español”, porque las autoridades tendían a ser más tolerantes en estos casos que cuando se trataba de indios o negros. Pero, también, parece haber ocurrido que Nava era un digno representante local de la muy hispana tradición de pícaros que tenían la habilidad de resultar simpáticos y asociarse con personajes influyentes. Por ejemplo, trabajó al servicio de don Fernando de Bocanegra (alcalde mayor de Michoacán entre 1622 y 1624) y vendió azúcar por encargo de don Fernando de Oñate Rivadeneyra (descendiente del conquistador y gran propietario en Tacámbaro). Otros personajes aparecen también vinculados con Nava, como el encomendero de La Huacana, Pedro Pantoja de Velasco (quien pagó una fianza para sacarlo de la cárcel) y el influyente gobernador indígena, don Luis de Castilleja Puruata (que testificó a su favor sobre su persona y costumbres).

La caída final de Nava vino de varios escándalos entre sentimentales y criminales. Cuando joven, había seducido a Ana Hernández, una sirvienta mestiza, con la que al final se vio obligado a casarse. Años después, enamoró a María de Cárdenas, una española que tenía una casa en el centro y era persona que, para los términos patzcuarenses, era un partido matrimonial muy deseable. Desde luego, restaba el pequeño problema de que ya estaba casado, pero no era hombre de amilanarse por sentimentalismos o legalidades. Para desembarazarse de su esposa, obtuvo de una vieja herbolaria india una pócima que diera a su cónyuge una muerte lenta, para no despertar sospechas. Como en las pequeñas ciudades todo se sabía, alguien lo denunció y acabó en la cárcel. La acusación de envenenamiento no pudo probarse plenamente, pero es evidente que las autoridades estaban hartas de Nava, por lo cual lo desterraron de Michoacán por diez años, con advertencia de que si regresaba lo enviarían a Filipinas. Nada de él vuelve a saberse.
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* Sus padres eran Juan de Nava y Catalina Sánchez. No tengo idea de dónde salió el “Moreno”. Hay que tener en cuenta que por entonces las reglas de filiación familiar eran menos rígidas que ahora. Una persona podía adoptar como propio el apellido de algún ascendiente o familiar de prestigio, fuese por el lado paterno o materno.

Este artículo retoma aspectos de un trabajo más amplio titulado “Honor y deshonor en una ciudad provinciana. La curiosa vida y escandalosas acciones de Agustín Moreno de Nava”, en Estudios de Historia Novohispana, no. 23, 2000, p. 47-66.