Siempre he encontrado algo ilógico en el común dicho de que la historia es la ciencia o disciplina que se dedica a estudiar el pasado humano. El problema se encuentra en el mismo centro de la definición y afecta la materia misma del trabajo de los historiadores. En pocas palabras, lo que aquí quiero sostener es que el pasado no existe.

The Time Machine, de H.G. Wells (1895)

The Time Machine, de H.G. Wells (1895)

En alguna ocasión que he comentado esta idea a mis estudiantes, la han encontrado en el mejor de los casos paradójica y en el peor simplemente absurda. Va en contra de lo que llamamos “sentido común” y de nuestros hábitos de pensamiento. Al cabo, nosotros como personas somos la suma de nuestros antecesores, y el pasado de nuestra sociedad explica y hace comprensible el presente. Las huellas evidentes de lo que fue se hallan dondequiera: en nuestras ciudades, manera de vestir, hábitos, costumbres, leyes, e incluso en nuestro lenguaje. El pretérito parece tener una existencia material evidente, objetiva e indiscutible. Sin embargo, como espero aquí demostrar, esto es solamente una ilusión óptica.

En términos estrictos, la proposición de que el pasado no existe se prueba a sí misma. El pasado es lo que fue y ya no es. Esto parecería un artificio retórico, pero la cuestión es que lo que apreciamos hoy día en archivos, bibliotecas o instituciones, o simplemente caminando por la calle, no es el pretérito en sí, sino lo que de él ha llegado hasta nosotros. Y estos vestigios o testimonios son inevitablemente incompletos, fragmentarios y dispersos. Aun con la proliferación contemporánea de recursos tenemos que resignarnos a la idea de que nunca dispondremos de ciertos datos faltantes que podrían haber completado nuestro estudio y dado mayor sustento a nuestras hipótesis. Esta es, sin embargo, una dificultad puramente práctica, que no afectaría la naturaleza de nuestro quehacer. Pero aun si dispusiéramos de algo equivalente a lo que no sé si sería el paraíso o el infierno de un historiador, es decir, un archivo infinito donde absolutamente todo estuviera fiel y cuidadosamente documentado hasta el menor detalle, tendríamos serios problemas subsistentes.

Cualquier sociedad del pasado o del presente es una masa informe de sucesos, acontecimientos y situaciones. Al mismo tiempo que se leía una proclama, se consagraba el triunfo de un candidato en una elección o nacía un futuro prócer, ocurrían miles de sucesos que a veces podemos rastrear en los documentos: una pareja se encontraba secretamente en una esquina obscura, alguien moría en la casa junto a la parroquia, un campesino encontraba que el chahuistle había invadido sus maizales, el cura párroco disfrutaba su chocolate. Que unos acontecimientos fuesen más relevantes que otros depende de los intereses y del punto de vista.

Aunque a veces los historiadores hemos alimentado la fantasía de hacer una “historia total”, es imposible (y probablemente inútil) decirlo todo sobre todo. El conocimiento histórico no se encuentra en los documentos y testimonios materiales ni siquiera en forma potencial; estos son solamente su materia prima, de la misma manera que la arcilla no contiene en sí la vasija que el alfarero va a construir. Es el historiador quien introduce una racionalidad y un sentido en el inconmensurable e inabarcable caos del pasado. Todo suceso es neutro en sí mismo; es el historiador quien lo convierte en lo que llamamos un “hecho” de la historia. Aunque parezca paradójico, construimos el pasado al decidir lo que es y no es relevante.

Lo cual me lleva a mi afirmación inicial: el pasado no tiene una existencia propia, sino en la mente y la imaginación de quien lo rememora. Desde luego, la rememoración que hace el historiador no es arbitraria, sino que está sujeta a reglas, pero eso tendrá que ser asunto de otra nota.