En una pasada nota argumentaba que el hecho histórico no es una “cosa en sí”, que podamos reconstruir como el arqueólogo recrea una valiosa vasija, pedazo a pedazo, uniendo pacientemente los fragmentos uno tras otro. Por un

Clío, la musa de la historia, por Pierre Mignard

Clío, la musa de la historia, por Pierre Mignard

lado, los testimonios con que contamos son inevitablemente incompletos, fragmentarios y dispersos.  El historiador tiene que resignarse a la idea de que nunca dispondrá de ciertos datos que podrían haber completado  y dado mayor sustento a su investigación. Por otro lado, los documentos sobrevivientes nos dicen muchas cosas, pero no son siempre confiables. Un observador, testigo o comentarista de un suceso puede ser parcial, torpe o malintencionado. Y aun el mejor y más cuidadoso notario público nunca podía dejar constancia entera de lo que ocurrió en determinado momento.

La propia palabra para designar lo que convencionalmente llamamos un “hecho” histórico resulta ser equívoca. El término alude a una voz pasiva del verbo hacer; da la idea de algo acabado, cerrado, que solo hay que recoger y ordenar metódica y cuidadosamente. Los  “hechos históricos” no están escondidos en los archivos, pacientemente esperando al erudito que los descubra. En realidad, no son sino imágenes, construcciones que el historiador diseña en su mente para fines analíticos.

Podría decirse, desde luego, que existen ciertos “hechos” duros, “objetivos”, como la fecha de fundación del Real y Supremo Consejo de Indias o el día en que nació don Miguel Hidalgo y Costilla. Convengo en ello. No obstante, el estudio de la historia no es propiamente la calendarización de fechas y sucesos, aunque esta práctica puede dar lugar a animadas discusiones eruditas. El ordenamiento de hechos y fechas no constituye más que la labor previa de nuestro ejercicio. Nos interesan más los motivos, la forma en que los sucesos se encadenan formando tendencias a largo plazo y sus  consecuencias efímeras o duraderas. Todo esto implica adentrarse en un ámbito más especulativo, en el que más que “probar” algo nos dedicamos a presentar argumentos que esperamos sean sólidos y convincentes.

La historia no es, por tanto, algo  que reconstruyamos documento tras documento, dato tras dato. Es una imagen o mejor aun, un conjunto seriado de imágenes que el historiador convoca para re-crear el pasado, darle una racionalidad y aproximarse a lo que cree que ocurrió.

Una imagen, sin embargo, no tiene porqué ser algo enteramente imaginario. A diferencia de lo que ocurre en un género afín, que es el de la novela histórica, el historiador imagina  siguiendo ciertos métodos y reglas: define y delimita un objeto de interés, reúne pacientemente referencias documentales y bibliográficas, identifica un proceso, una tendencia o un problema, lo contrasta con ciertas suposiciones o generalizaciones acerca de por qué los hombres de una época dada actuaban como lo hacían, compara el resultado con lo que se ha dicho previamente sobre el tema y, si todo esto parece al final de interés, edifica una narrativa que espera merezca la aprobación de sus colegas y la atención de los lectores.

La historia, con toda su carga de inevitable subjetividad, impone límites a la imaginación, obliga a una argumentación explícita y debe contener las referencias técnicas necesarias para que otro historiador siga el hilo documental y repita paso a paso el proceso mental que permitió al autor llegar a las conclusiones (y, en su caso, pueda a su vez argumentar  que el autor estaba equivocado). Esto es lo que coloca a nuestro asunto no sé si entre las ciencias, pero sí entre las disciplinas científicas.

Por todo esto es que los historiadores, por lo general, somos razonables escritores pero mediocres novelistas: hemos sido entrenados para que todo resulte explícito y comprobable; el argumento se descubre desde las primeras páginas, y la narración se dirige al razonamiento del lector y no a sus emociones. La construcción literaria de una buena novela, que va creando un ambiente, que construye su sujeto con alusiones y rodeos, que va generando en el lector un estado de ánimo, una emoción, no es nuestro fuerte ni, propiamente hablando, nuestro asunto.

Por esta razón, de manera inevitable, nuestros libros pueden ser interesantes y originales, pero no siempre son amenos.  No son (ni tienen porqué ser) “best sellers”, porque eso nos llevaría al ensayismo, a la superficialidad, y a no respetar las reglas del oficio en la búsqueda del título o del argumento “sensacional” y “provocativo”, como bien lo ha señalado recientemente Arno Burkholder.

Otra cuestión muy distinta es que los historiadores (y las instituciones de investigación histórica) se refugien en el estrecho ámbito de la academia y olviden al público lector. La difusión del conocimiento histórico es una responsabilidad social que el historiador no puede evadir; o, al menos, no debería hacerlo.