Hace algunos años asistí a un seminario en una encantadora ciudad ubicada en lo que coloquialmente llamamos

Calles para caminar, no sólo para transitar (Oaxaca)

Calles para caminar, no sólo para transitar (Oaxaca)

“provincia”, esto es, un lugar fuera de las grandes áreas metropolitanas de México. Incidentalmente aludí a los “historiadores de provincia” e inmediatamente noté un pasajero gesto de incomodidad, incluso de desagrado entre mis colegas. Luego me explicaron que ellos no eran “historiadores de provincia”, sino “de los Estados”.

Al parecer, esta preferencia por una adscripción puramente institucional, casi jurídica, llegó porque “de provincia” también puede decirse “provinciano”, y según la Real Academia Española puede significar tanto un mero locativo como “poco elegante y refinado” o “afectado de provincianismo”. “Provincianismo”, a su vez, es “estrechez de espíritu y apego excesivo a la mentalidad o costumbres de una provincia o sociedad”.

En realidad, como es evidente, el ámbito no hace al historiador. Hay estudiosos ubicados en, ejem, “los Estados”, que tienen intereses muy cosmopolitas; y los hay en las grandes ciudades que tienen una franca estrechez de espíritu. Y aun cuando se tomara por bueno el sentido peyorativo del término, cabría recordar que hay muchos gentilicios que pudieron ser inicialmente despectivos (como “jarocho” o “ranchero” ), pero que acabaron siendo motivo de orgullo.

Para mí, un historiador de la provincia es quien conoce todos los secretos de los bibliotecas y archivos locales, que puede encantar a su público hablando de su tierra y que, aunque trabaje largas horas con empeño, siempre tendrá tiempo para un café con un amigo de visita. Personalmente, si mi suerte me lo permite, pienso acabar mi vida profesional como un historiador provinciano.