Una de las buenas cosas de los blogs es que resulta posible enterarse de situaciones y discusiones que difícilmente aparecerían en los periódicos, o que tardarían meses, o incluso años, para encontrar su lugar en artículos o libros. Es el caso, por ejemplo, de la polémica actualmente en desarrollo en Perú acerca de la conveniencia o inconveniencia de fundar un colegio de historiadores, que puede consultarse aquí y aquí.

No es mi asunto opinar sobre el tema, pero la polémica  me ha recordado una de las peculiaridades de la profesión del historiador en México: no existe una sociedad, gremio, colegio o institución que hable y represente al conjunto de los historiadores. Y no es que seamos pocos: según las cifras del Observatorio Laboral de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social había en México en 2008  un total de 17000 personas que se consideraban como historiadores, con independencia de que ejercieran o no su profesión. Y la STPS no cuenta a los desempleados…

Esta ausencia de representación gremial ha provocado situaciones complicadas cuando la sociedad demanda nuestra opinión formal sobre algún asunto (como los contenidos de los libros de texto, la situación de un archivo o fondo bibli0tecario en riesgo, la conmemoración de eventos notables, etc.). Los funcionarios, representantes populares o periodistas suelen en estos casos acudir a la Academia Mexicana de la Historia (que es una asociación de “notables”, muy a la manera decimonónica)  o al Comité Mexicano de Ciencias Históricas (que agrupa instituciones, no comunidades académicas).

En México (y en otros países hispanoamericanos, según creo) las asociaciones profesionales son de dos tipos: los colegios, que son entidades previstas por la ley, que requieren un título profesional de sus miembros, se rigen por una Ley de Profesiones (con variaciones estatales, derivado que el país es teóricamente una “federación”) y dependen de la Dirección General de Profesiones de cada Estado; y las sociedades científicas, que son asociaciones como cualquier otra que pueden formar libremente los ciudadanos, y que pueden presentarse ante un notario público para obtener una personalidad jurídica. No existen colegios de historiadores mexicanos, aunque sí algunas sociedades que agrupan alguna rama o ámbito del conocimiento, como la Asociación Mexicana de Historia Económica, la Asociación de Historiadores de la Frontera Norte, la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología o la sección mexicana de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe. Algunas de estas asociaciones han prosperado mientras otras tienen dificultades o se encuentran siempre al borde de la extinción. Pero con independencia de estas situaciones, su principal objetivo ha sido fomentar un área de conocimiento, más que el de dar voz o realizar gestiones a nombre de sus asociados. Hay, sin embargo, algunas iniciativas interesantes, como el reciente comunicado de la AMHE sobre la desaparición de la versión en línea de la hemerografía histórica mexicana, a raíz de su adquisición por Google.

La inexistencia de un colegio o asociación que reúna (o más bien, que pretenda reunir) a todos los historiadores es llamativa, porque no es lo que sucede con otras profesiones afines. Existe (hasta donde llega mi conocimiento) una Sociedad Mexicana de Antropología, un Colegio Mexicano de Antropólogos y un Colegio de Antropólogos y Etnólogos Sociales; los abogados tienen la Barra Mexicana – Colegio de Abogados, el Ilustre y Nacional Colegio de Abogados y muchos otros colegios y asociaciones; hay un Colegio Nacional de Economistas y varios otros colegios locales de esta profesión.

¿Porqué existe esta ausencia de representación colectiva de los historiadores mexicanos? Cualquier respuesta será forzosamente especulativa, pero algunos elementos podrían proponerse:

En parte se trata de una consecuencia inesperada de la vocación imperialista de los historiadores. En nuestro pasado remoto tomamos mucho del derecho, luego a mediados del siglo pasado colonizamos la sociología, la economía y la demografía, y más recientemente los posmodernos entraron a saco en la filología. Como consecuencia, no podemos quejarnos si en justa reciprocidad los  abogados, sociólogos, antropólogos y economistas incluyen capítulos introductorios de vena histórica o incluso si escriben libros que pueden considerarse pertenecientes al género historiográfico.

Por otro lado, muchas personas sin formación profesional ni en historia ni en ramas afines escriben asimismo obras históricas. Es el caso de los muy numerosos cronistas de pueblos y ciudades (que en México son personajes de cierta importancia, designados oficialmente por los municipios),  o del maestro de escuela, político, dirigente sindical o empresario que redacta sus memorias. Y aunque estas obras no tengan los requisitos formales de la academia, muchas veces son de interés y casi invariablemente resultan muy amenas. Existen asociaciones locales de cronistas y también una Asociación de Cronistas de Ciudades Mexicanas, A. C., que ha tenido ya numerosos congresos.

En fin, a diferencia de otras profesiones (como la de médico, ingeniero o abogado), el historiador que ejerce su oficio de manera deficiente o descuidada no es una amenaza para la vida o las propiedades de las personas. Para certificar el plano de una construcción, recetar un medicamento de uso controlado, o representar en un juicio civil o criminal a una persona, se requiere el título correspondiente que se demuestra con un documento, la cédula profesional. Yo tengo guardada por algún lado la que certifica que soy un historiador. Jamás me la han solicitado ni le he encontrado un uso.

En resumen, parecería que al menos en el caso de México la profesión del historiador es demasiado amplia y difusa para ser reducida a los términos estrechos de un colegio o asociación profesional. Esto nos deja sin tener quien tome la voz por el conjunto del gremio, a pesar de que hay situaciones que ocasionalmente lo demandan. Si hubiera alguna forma de representación colectiva, como en todas las cosas de esta vida, resultarían ventajas e inconvenientes. Pero, por lo pronto y por el futuro cercano, este es un problema puramente retórico y especulativo.