Una de las constantes que aparecen al estudiar las casas de moneda hispánicas en el siglo XVIII es la influencia

Hôtel des Monnaies, en 11 quai Conti, Paris

Hôtel des Monnaies, en 11 quai Conti, Paris

francesa. Es algo que podría atribuirse al inicio de la dinastía borbónica, pero que también se debe a que las cecas galas pasaron por una importante renovación desde la centuria antecedente.  El rasgo más notable es la incorporación  de las prensas mecánicas de volante, introducidas en la Maison des Monnaies de París por  Jean Varin para producir los renombrados “luises de oro”, en 1640 (que pudieron ser admirados en España porque  corrieron en gran número en la época de la Guerra de Sucesión española, hasta su prohibición por Felipe V).

En 1733 se construyeron varios volantes en la ceca mexicana y al año siguiente se utilizaron para comenzar a acuñar la nueva y bien afamada moneda circular. Se intodujo asimismo la “cerrilladora”, inventada por el ingeniero del rey de Francia, Jean de Castaign, en 1679, que permitía labrar el  borde o canto de las monedas con un “cordoncillo”.  Además del aspecto estético, y de que permitía el conveniente apilado de las monedas, el cordoncillo hacía prácticamente imposible la labor de los “cercenadores”, que anteriormente limaban las monedas para apoderarse del metal precioso.

Además de las máquinas, diversas obras de referencia sobre los procedimientos galos para la producción de monedas arribaron por distintas vías a México. En 1785 Casimiro Gómez de Ortega, considerado uno de los mejores científicos de España, tradujo al español la obra de Balthasar Georges Sage,  fundador de l´École des Mines con el título de El arte de ensayar oro y plata. La obra tuvo una gran influencia y el rey decidió enviarla a México, para que se aplicara en los ensayes practicados en la Casa de Moneda para determinar la “ley” o contenido intrínseco de las barras de plata. Vale la pena señalar, con todo, que el catedrático de física del Real Colegio de Minas, Francisco Antonio de Bataller, dictaminó que las operaciones de ensaye aquí practicadas, por su exactitud y ec0nomía no tenían nada que pedirles a las que se realizaban en Francia o Alemania.

Otros libros que consta existían y fueron consultados en México  son el Traité de mécanique: ou l’on explique tout ce qui est nécessaire dans la pratique des arts (1695), de Philippe de la Hire; y desde luego la obra que el ilustrado José Antonio de Alzate citaba como Diccionario de oficios y artes, que no es otra que la que conocemos como “Enciclopedia francesa”, que describe y presenta ilustraciones de los nuevos métodos de acuñación.

No sólo llegaron libros, sino también expertos franceses. En 1754 arribó Jean Luis de Roche Jean, quien había inventado y aplicado en Sevilla un procedimiento para el mejor aprovechamiento de las  escobillas o “tierras ricas”, es decir de los fragmentos de plata que caían al suelo, se adherían a las herramientas o quedaban pegados al piso y paredes de los hornos al momento de la fundición. El inventor, sin embargo, no pudo adaptarse a las condiciones particulares de México y enfrentó cierta mala voluntad de los expertos locales, que resentían que un extraño viniera a decirles cómo debían hacer sus tareas. Al final, después de muchos años y frustrados intentos,  Roche Jean tuvo que regresasr a su país sin éxito alguno.

Referencias: Esta nota es un avance de una investigación en proceso. El interesado en la tecnología hispánica de las antiguas casas de moneda debe consultar la obra fundamental de Guillermo Céspedes del Castillo, Las casas de moneda en los reinos de Indias (Museo Casa de Moneda, 1996); sobre los inventores y las invenciones mecánicas mexicanas, es de particular valor el libro de Ramón Sánchez Flores, Historia de la tecnología y la invención en México (Fomento Cultural Banamex, 1980).