La historiografía mexicana ha dado una merecida atención a Jerónimo Antonio Gil como creador y director de la Academia de San Carlos; sin embargo, poco se ha escrito sobre su labor como responsable de la acuñación de la Casa de Moneda.

Gil fue el alumno más aventajado de Tomás Francisco Prieto, el renombrado  tallador de la ceca madrileña y luego director de estudios de grabado en hueco de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1778, cuando en la Corte existía mucho interés en mejorar la calidad y belleza de las monedas, Gil  fue enviado a México  como tallador mayor (esto es, encargado de preparar los punzones y cuños necesarios para la impresión de la moneda). Tuvo asimismo el encargo adicional de establecer una escuela para adiestrar grabadores que trabajaran en la ceca local y que, en algún momento, pasaran a mejorar las monedas de las demás cecas indianas.

La nueva institución atrajo varios alumnos y fue bien vista por las autoridades virreinales, lo cual llevó a Gil a proponer la creación de una academia a semejanza de las existentes en Europa. La idea pareció bien y el 4 de noviembre de 1781 abrió sus puertas la Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos, en el mismo edificio de la ceca, recibiendo la real aprobación cuatro años después. En 1791 la Academia obtuvo un local propio, en lo que había sido el Hospital del Amor de Dios. Su papel fue muy relevante en la introducción de nuevas corrientes estéticas neoclásicas y en la formación de artistas mexicanos.

A pesar de estas responsabilidades, Gil continuó sirviendo su puesto de tallador en la Casa de Moneda, e incluso en 1789 fue promovido al de fiel administrador. Con esto, tuvo bajo su dirección los procesos de fundición y afinación de metales, así como la acuñación de la moneda, sin dejar de ocuparse de la talla, hasta su fallecimiento, el 18 de abril de 1798.

Fue Gil un hombre de poca paciencia, palabras cortantes y trato brusco, que por ejemplo suprimió la antigua costumbre de los operarios de tomar su almuerzo en el mismo lugar de trabajo y se ocupó con particular celo de castigar severamente los robos de pequeñas cantidades de plata que extraían escondidas en la ropa o los zapatos. Los trabajadores le llamaban “el amo”;  lo respetaban y lo temían. Dirigió las labores en la época de mayor producción en la historia de la Casa de Moneda, lo cual en no poco se debió a su dedicación, minuciosidad y voluntad renovadora.