Uno de los oficios de la Real Casa de Moneda de la ciudad de México era el de ensayador, quien se ocupaba de “ensayar” o comprobar con varios procesos técnicos la ley o porcentaje de plata y oro del metal que traían los productores, así como certificar la moneda posteriormente acuñada.

La labor era importante tanto para el introductor de la plata como para el gobierno y el público, que requerían de una moneda confiable, con una ley siempre uniforme. Por esta razón, todas las monedas debían incluir la inicial o signo del ensayador, para que en todo momento pudiera comprobarse el buen desempeño de su oficio. El cargo implicaba conocimientos técnicos (requería el equivalente de un examen profesional para recibir el título) y conllevaba una gran responsabilidad, porque un error podía tener

Portada de la Casa de Moneda (hoy Museo Nacional de las Culturas)

Portada de la Casa de Moneda (hoy Museo Nacional de las Culturas)

gravísimas consecuencias fiscales y comerciales. Por esta razón, aunque técnicamente era un trabajador manual, era considerado como persona de alta jerarquía. Es por tanto un caso muy inusual, en una cultura que colocaba por encima de todo el trabajo puramente intelectual.

Antes de 1732, el ensayador no fue un funcionario asalariado del rey. Por el contrario, el  oficio era parte de los cargos “vendibles y renunciables”, que cualquier persona podía adquirir en remate público. El provecho consistía en un porcentaje de los derechos de “braceaje” o procesamiento de la moneda que debía pagar el introductor. Las sumas necesarias para adquirir el oficio podían ser muy elevadas, pero también lo eran los beneficios que, además, bajo ciertas condiciones podían heredarse o aun venderse a terceros.

Un caso muy claro es el de Melchor de Cuéllar, un oriundo de Cádiz que casó con una acaudalada sevillana, Mariana de Aguilar Niño. En México se dedicó al comercio de la grana y otros productos en Veracruz, prosperó y llegó a participar en el lucrativo tráfico de la “Nao” o Galeón de Manila, que llevaba mercancías a Filipinas y, por vía de esta colonia española, a los distintos mercados del Lejano Oriente. Adquirió un cargo de regidor en el ayuntamiento de Puebla y en 1610 compró los oficios de ensayador y fundidor de la Casa de Moneda (que por entonces iban juntos) en 140 000 pesos. De aquí obtuvo ingresos que iban de los 10 a los 14000 pesos anuales, de manera que podría decirse que había sido una buena inversión. En 1622, el conjunto de su fortuna ascendía a 400.300 pesos, lo cual lo colocaba en el selecto grupo de la oligarquía novohispana.

Junto con su esposa, Cuéllar fue patrono del Colegio Seminario de Nuestra Señora de Santa Ana, de la Compañía de Jesús, en la ciudad de México, con un fondo de 100 000 pesos. Era muy devoto de los carmelitas, lo cual lo llevó a ser asimismo el patrono de la fundación del convento de esta orden en el Santo Desierto de los Leones, cerca de la capital virreinal. Con el fin de dejarles una renta segura, en 1636 les hizo cesión de los oficios de ensayador y fundidor. Los carmelitas los tuvieron en posesión, ejerciéndolo mediante “tenientes” o sustitutos con lo cuales hacían arreglos particulares, hasta 1732.

En justo agradecimiento, los religiosos dieron sepultura a Cuéllar en su convento. Cuando en 1801 decidieron trasladarse a Tenancingo, se llevaron los restos fúnebres de su fundador. Una escultura de madera estofada que lo representa, en actitud orante, se encuentra en el frontón de una capilla lateral. Esto permite conocer que llevaba coraza y gorguera de encaje, además de un gran bigote y barbita, muy a la moda de la época. El mismo agradecimiento puede apreciarse en la obra de  fray Juan de Jesús María, Epistolario espiritual para personas de diferentes estados, compuesto por el padre prior del sagrado yermo de Nuestra Señora del Carmen de los descalzos de la Nueva España (Uclés, 1623), dedicada a Cuéllar.

Don Melchor tampoco se olvidó de Cádiz, su tierra natal, donde fundó un patronato para jóvenes doncellas.  Fue este patronato el que financió la construcción de una suntuosa custodia de plata destinada a la catedral, que se sacaba solo una vez al año, en la procesión de Corpus Christi.

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Referencias:

Nicolás León. El Santo Desierto de Cuajimalpa o Desierto de los Leones, México, Imp. Manuel León Sánchez, 1922

Manuel Toussaint, “La escultura funeraria en la Nueva ESpaña”, en Anales, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 1944.

Manuel Bustos Rodríguez, Cádiz en el sistema atlántico: la ciudad, sus comerciantes y su actividad mercantil (1650-1830), Cádiz, Universidad de Cádiz, Silex Ediciones, 2005.

Louisa Hoberman Schell, Mexico’s Merchant Elite, 1590-1660: Silver, State, and Society, Durham, Duke University, 1991.