Los ensayadores  eran los responsables de comprobar la “ley” o contenido intrínseco de las barras de plata o tejos de oro que llevaban los mineros o comerciantes a las cajas reales, anexas por lo común a cada real de minas, para pagar los debidos derechos fiscales. El ensayador realizaba las operaciones y cálculos, y marcaba con un punzón el peso y ley de cada una (por esta razón, a veces también se le llamaba “marcador”).

En la Casa de Moneda hubo asimismo uno o más ensayadores, que volvían a “ensayar” el metal traído para su acuñación, daban las instrucciones necesarias al fundidor sobre la “liga” o mezcla adecuada de los metales, y certificaban posteriormente que las monedas  tuvieran la ley prevista.

Era una labor que requería personas, como mencionaba la ordenanza de 1750 de la ceca mexicana, “de buena opinión, celo y desinterés, por lo que conviene que estos sujetos sean no solo de suficiencia, sino de acreditada legalidad y honrados procederes”. Era considerado como un oficio, pero también como un “arte”,

Portada de Juan Fernández del Castillo, "Tratado de ensayadores"

Portada de Juan Fernández del Castillo, "Tratado de ensayadores"

que incluso tuvo su nombre erudito: la docimasia (del griego δοκιμάζειν, probar, ensayar, según la Real Academia).

Antes de la creación del Real Colegio de Minería, en 1792, no existía ninguna escuela ni establecimiento formal para aprender el oficio. Más bien, las personas iban adquiriendo los conocimientos en la práctica. En muchos casos eran oficiales de platero, un arte que tenía estrecha afinidad y cercanía con las operaciones del ensaye. En otros los aspirantes se formaban en las cajas reales o en la casa de moneda trabajando como “meritorios” de los ensayadores, esto es, como aprendices sin paga.

El aspirante a ensayador podía auxiliarse con algunos libros, porque el ensaye siempre fue una disciplina que atrajo a los autores de espíritu científico. El manual más antiguo y acreditado era el de Juan de Arfe, El quilatador de oro y plata (Valladolid, 1572), platero y ensayador de la ceca segoviana. Posteriormente aparecieron el Tratado de ensayadores (1623), de Juan Fernández del Castillo, y el Arte de ensayar oro, y plata, con breves reglas para la teórica y la práctica, en el qual se explica también el oficio de ensayador, y marcador mayor de los reynos (1755), de

Portada del "Arte de ensayar oro y plata", de Muñoz de Amador

Portada del "Arte de ensayar oro y plata", de Muñoz de Amador

Bernardo Muñoz de Amador.

La Corona española también se interesó en el asunto, y consta que se ocupó de remitir a México la traducción

española de la obra de Balthasar Georges Sage, profesor de mineralogía docimástica de la Maison des Monnaies de París, titulada El arte de ensayar oro y plata, bosquejo o descripción comparativa de la copelación de las substancias metálicas (1785).

Los aspirantes debían ser examinados por el ensayador mayor del reino, adscrito a la Real Caja de México, en presencia de sinodales de reconocida experiencia. El viajero italiano Gemelli Careri dejó una buena descripción en  1694:

Después de comer, fui invitado por don Felipe de Rivas, ensayador de la Caja Real, para ver la operación y examen que debía hacer en su casa un platero, discípulo suyo, para la mina de Zacatecas, con la asistencia de los oficiales de la Caja Real. Habiendo ido allí, encontré a éstos sentados bajo un dosel real, de la misma manera que suelen estar en el tribunal. El factor, el más antiguo de los mismos, dio al platero un pedazo de plata que tenía mucho oro mezclado, para investigar su liga o calidad, y cuántos gramos otro,  de plomo o de otra liga había en él. Hecha la operación en un hornillo que estaba encendido afuera, y con la boca dentro de la misma cámara, supo dar a los oficiales razón de la pregunta; y lo mismo hizo con un pedazo de oro que luego le dieron para saber sus quilates, de tal manera que lo aprobaron como hábil para el ejercicio mencionado de ensayador. Hubo luego aguas dulces (para refrescar los cuerpos, acalorados por la hornaza), chocolate y variedad de cosas azucaradas” (Viaje la Nueva España, UNAM, 1976, p. 71)