H ace ya, ejem, algunos años, realicé una investigación sobre tumultos y rebeliones en la sociedad novohispana. La fuente más a propósito era desde luego el ramo “Criminal” del Archivo General de la Nación, donde se conservan los expedientes que llegaban a la Sala del Crimen de la Real Audiencia. Como en aquel tiempo no había índices, tuve que dedicar algo más de un semestre a revisar uno por uno los 745 volúmenes del ramo. Encontré lo que buscaba (o más bien parte de ello), y asimismo algunos  materiales sobre diversos temas que atrajeron mi interés, y que con el tiempo convertí en artículos o bien cedí a algunos alumnos para sus tesis. Desde luego  la mayor parte de mis notas simplemente quedaron en decenas de hojas ya amarillentas, a las que no he encontrado utilidad inmediata.

Hoy día,  disponemos de índices, muchos de los cuales están en bases de datos “en línea” (como la Guía general del AGN o el Portal de Archivos Españoles) que simplifican nuestra labor. La ubicación de materiales pertinentes que antes llevaba meses, puede hacerse ahora en unas pocas horas.  El progreso, sin embargo,  tiene sus riesgos. El principal es que una mala paleografía del indexador, un descuido mecanográfico, o un pestañeo del software compilador puede provocar errores tales que un documento jamás volverá a ser ubicado, a no ser por pura casualidad. Me ha ocurrido, por ejemplo,  que un personaje histórico como el cacique de Pátzcuaro, Antonio Huitzimengari, aparezca registrado como “Antonio Ruiz Cimengari”. Los índices, como mencionaba Carlos León en un comentario en este blog, a veces tienen mal las fechas, o  confunden los lugares (por ejemplo, Cutzio y Cuitzeo, en Michoacán, tienen incontables errores recíprocos de registro).

Agréguese que, además de los errores de indexado, muchas veces la carátula (esto es, el “título” del expediente, que es el que usualmente recoge el índice) no refleja más que muy parcialmente el contenido. Y, obviamente, a veces un historiador está buscando datos particulares (algún lugar, personaje o festividad), o bien los temas subyacentes (pero no explícitos) en los documentos, tales como ideas, prejuicios, fórmulas jurídicas o expresiones retóricas.

Un historiador con maña procura hacer búsquedas cruzadas, o intentar múltiples palabras “clave”, pero a veces simplemente confía en su instinto, más o menos como el minero que clavaba su piqueta en una piedra áspera, confiando que la veta estaría allí abajo. Sin embargo, las urgencias “publicacionales” de la actual vida académica restringen evidentemente este tipo de búsquedas. La paciente revisión de volumen tras volumen, la convivencia cotidiana con la frustración, la emoción del descubrimiento, son cada vez más cosa del pasado. En un sentido, nos hemos vuelto sin duda más eficientes; pero no puedo dejar de pensar que hemos perdido algo por el camino.