Allá por el quinto semestre de mis estudios de licenciatura en historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, por el año de …bueno, hace muchos años, llegué en una tarde lluviosa a mi primera clase de “Didáctica de la historia”, con la profesora Andrea Sánchez Quintanar. Mi inicial impresión fue muy grata, por la pasión que dedicaba al tema, su entusiasmo contagioso y la facilidad para establecer un diálogo con los alumnos.

El contenido principal del curso no era, a primera vista, el anunciado en el programa. Su asunto principal era  lo que hoy llamaríamos usos (y abusos) públicos de la historia. Por entonces nos parecía algo un poco desconcertante, porque habíamos arribado con la expectativa de que se trataría de métodos de exposición, organización del material didáctico y formas de calificación. Su visión era mucho más amplia; demostraba con elocuencia y buenas razones como la historia se enseña (y se distorsiona, según distintos intereses) en contextos que no son los académicos. Hoy día, con la irrupción ruidosa y masiva de las festividades “bicentenariales” sus enseñanzas vienen sin duda muy al caso.

En cierta manera, nuestra profesora enseñaba métodos de docencia casi sin proponérselo (o, quizás, pensándolo bien, así lo hacía deliberadamente). Impartía sus cursos con sólo unas notas mínimas, y muchas veces sin ellas. Ante las preguntas de los alumnos, podía citar textos que había leído hace mucho tiempo, reseñarlos, criticarlos y dar la bibliografía pertinente. Era capaz, incluso, cuando encontraba de interés alguna duda o comentario, de desviarse de los contenidos previstos para el día, organizar y exponer sobre la marcha una conferencia sobre esa línea de reflexión.

No se trataba solamente de conocimientos impartidos en el salón de clase. Casi invariablemente arribaba varios minutos tarde, y acabamos por habituarnos a que así fuera. “Es que -decía con una sonrisa- me cuesta trabajo llegar desde la puerta de la Facultad al salón”. Y efectivamente, como descubrimos después, en los pasillos siempre se encontraba con otros profesores, anteriores discípulos y estudiantes de tesis, y para todos tenía un saludo amable, una sugerencia o una propuesta útil de lectura.

Andrea Sánchez ha partido, pero deja tras de sí el buen recuerdo de sus colegas y antiguos alumnos.