P or lo común se ha estudiado la Real Casa de Moneda de la ciudad de México en razón de su función como mayor y principal productora de las monedas que mantenían la vasta estructura del Imperio español e, indirectamente, el flujo del  gran comercio mundial. Menos atención se ha puesto, en contraste, al efecto indirecto de sus operaciones en la economía novohispana, en razón de su gran demanda de metales no preciosos (como cobre, plomo, hierro y mercurio) y  otras materias primas, herramientas, combustible, animales de tiro (y la cebada para alimentarlos), así como obras de infraestructura y su correspondiente mantenimiento periódico. Y, desde luego, la Real Casa (como gustaban llamarla sus directivos) pagaba salarios y jornales a cerca de 500 empleados y obreros, que a su vez demandaban vivienda, alimentación, vestido, servicios varios y recreación.

En su forma más elemental, este efecto de  “dispersión” económica (que en México llamamos “derrama”) beneficiaba a los cargadores indios que estaban siempre en la esquina del callejón que iba al convento de Santa Teresa la Antigua, esperando ser contratados para mover objetos pesados; o bien a las vinaterías  (como la “Del Relox”) que prosperaban en los alrededores, para apagar la inagotable sed de los jornaleros. También muchos artesanos de la capital virreinal (en particular, carpinteros, herreros y latoneros) obtenían grandes contratos para la fabricación de herramientas y maquinaria.

De forma más amplia y permanente, el cobre venía de las fundiciones reales de Santa Clara, en Michoacán. La colpa (una sal rica en hierro, que se utilizaba en varios procesos de refinación) se extraía en el pueblo de San Ildefonso, en la jurisdicción de Tula. La leña de cedro la proporcionaban propietarios que tenían acceso al sotomonte de Chalco, mientras que la de pino ocote llegaba desde haciendas establecidas entre Tacubaya y las serranías del Monte de las Cruces. La madera de tehuistle, apropiada para la construcción de maquinaria, venía del lado boscoso (entonces mucho más extenso) del valle de Cuernavaca. La cebada y paja la entregaban productores de Coatepec, en la cuenca cerealera de  Toluca.  Varios comerciantes, por su lado, proveían a la ceca de artículos importados, en particular hierro y acero de Vizcaya, que era el de mejor calidad.

Aunque en general los contratistas eran españoles, no era siempre así en todos los casos:  había pueblos de indios (como Atlapulco) cuya principal fuente de ingresos fue siempre la venta de carbón para las fundiciones, y que reclamaban incluso que el rey les había dado el contrato como “gracia” o merced particular y monopólica.

La considerable entidad de todas estas compras implicaba que se hicieran concursos y remates formales entre distintos abastecedores, adjudicados al mejor postor, para evitar colusiones y malos manejos en perjuicio de la Real Hacienda. Para los productores beneficiados, el contrato era muy lucrativo, porque tenían una salida segura para sus mercancías y además recibían el pago de  inmediato, lo cual no era tan común en la economía novohispana. No era raro que incluso recurrieran a procedimientos judiciales (ante el superintendente de la Casa de Moneda, que era juez en esta materia) para defender su monopolio.

El tema da para más, y si hay interés, puede que vuelva sobre  él en próximas notas.

colpa, una arcilla rica en sulfatos de cobre