El reciente fallecimiento del ingeniero Jorge Díaz Serrano me ha traído a la memoria uno de los más curiosos rituales de la vida universitaria mexicana. En efecto, hace ya cosa de treinta años, varios compañeros de mi generación de la licenciatura en Historia de la UNAM nos convocaron a una reunión que tenía el propósito de organizar  la fiesta de “graduación”, la entrega del correspondiente anillo y el necesario nombramiento de un padrino.

Desconozco cuando comenzó esa  costumbre universitaria: sospecho que, como en muchas otras cosas, fue una traslación y adecuación de una ceremonialidad existente en Estados Unidos, donde estas  fiestas son particularmente importantes al final de la “high school” (la “prom party“). Ocupan un lugar importante en la cultura popular estadounidense y han sido recogidas en innumerables películas, como la espeluznante y muy memorable “Carrie” (Brian de Palma, 1976) que termina literalmente en un baño de sangre.

En México, en su momento llegó a ser una práctica establecida,  y que mereció algunas líneas en los reglamentos universitarios. Los participantes obtienen un “diploma de generación” que tiene una vaga similitud con un título profesional, con el sello oficial de la institución y la firma del director de la facultad. Existen incluso varias empresas dedicadas a ofrecer “paquetes de graduación” de diferentes precios.

En la reunión, algunos compañeros propusimos ingenuamente que fuese nombrada como “madrina” una profesora muy apreciada  por su dedicación y entusiasmo. La iniciativa tropezó con un argumento irrefutable: los organizadores nos preguntaron si  estaría en condiciones de pagar la fiesta y el anillo de graduación de todos, cosa que evidentemente estaba fuera de cuestión. En realidad, la decisión estaba ya tomada, y la consulta era mera formalidad. Así sucedió que nuestro padrino de generación fue Díaz Serrano, por entonces poderoso director de la paraestatal Petróleos Mexicanos.

La preferencia tenía cierta razón de ser. El ingeniero había sido alumno de la maestría en historia  (1974), y mantenía una cordial relación con algunos de sus antiguos profesores (que, me imagino, actuaron como mediadores informales en el asunto). Es de suponer, además, que los costos ceremoniales no le serían muy gravosos.

Según me dijeron, la fiesta estuvo muy animada, y hasta donde sé,  no ocurrió ningún fenómeno paranormal. El padrino de generación (que por entonces estaba en trance de ser sustituido en la dirección de Pemex) no asistió;  varios compañeros de la licenciatura tampoco lo hicimos. Creo que en su libro autobiográfico, Yo, Jorge Díaz Serrano, no hay ninguna mención de ese episodio, desde luego muy menor. Eso no quita, desde luego, que para bien o para mal, el ingeniero deba pasar a los anales como el padrino de la generación unamita de historiadores 1978-1981, y es bueno hacerlo así constar antes de que esa memoria se pierda.