El reciente escándalo sobre el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia española me ha traído a la memoria mi primera visita a esa venerable institución, donde esperaba encontrar los expedientes de las causas criminales levantadas en razón de algunos tumultos que por entonces me interesaban.

Real Academia de la Historia. Foto: Wikimedia

En la entrada, en el número 21 de la muy madrileña calle de León, me encontré con un portero en gran uniforme (levita, botones dorados, gorra, etc.), quien me informó que el archivo era privativo de los académicos y no estaba abierto al público.  Como ya iba prevenido, saqué inmediatamente mi carta de recomendación de un conocido historiador y académico “corresponsal” mexicano. El mariscal (como para mis adentros acabé llamándolo) desapareció en los penumbrosos pasillos durante los que para mí fueron interminables y agónicos  minutos, hasta que volvió  para guiarme a la sala de consulta, presidida por un anciano y amable archivista.

Durante varias semanas, consulté con mucha emoción  los documentos del ramo “Jesuitas”, compartiendo una mesa con cajas de cartón y pilas de libros, y la única compañía de un historiador belga que buscaba información sobre un ignorado literato del siglo XVII. El interior del edificio tenía cierto aspecto de palacio decadente que me resultaba muy grato, con sus paredes vetustas, las desvaídas alfombras rojas, el rechinante elevador (esos del modelo con puertas de reja metálica, que había que abrir manualmente).  Aprendí que no podía dejar mi paraguas en cualquier lado, porque los ganchos del paragüero principal estaban reservados a los “académicos numerarios”, como lo hacían constar unas placas metálicas doradas con el nombre y dignidad (incluyendo varios títulos nobiliarios y eclesiásticos) de cada uno.  Como el archivo sólo abría por las tardes,  ocupaba las mañanas en la Biblioteca Nacional o en visitas a los muchísimos museos de la capital española. En lo personal, disfruté y obtuve buen provecho de esa estancia de trabajo.

Desde luego, esto que relato sucedió hace un par de décadas. Por algunos datos recientes, compruebo que ha habido alguna modernización en la institución,  hay reglas claras de acceso y una funcional sala de consulta. Pero lo que ahora ocurre  no me sorprende demasiado.