C ada fin de año la Universidad Nacional Autónoma de México (la institución donde trabajo) me solicita que presente un informe escrito de actividades. Entre sus muchos items está el de “proyectos de investigación”, en el cual debo indicar cuando comenzaron y concluyeron.

Para mí siempre ha sido motivo de ciertas vacilaciones. En efecto, supongo que en ciencias naturales (que son el modelo institucionalmente aplicado a las demás áreas de conocimiento) el inicio de un proyecto es evidente: obtención del necesario financiamiento, contratación de ayudantes,  reunión de alumnos/becarios con proyectos subsidiarios, inicio de experimentos. Luego de un tiempo más o menos previsible todo llega a su fin, y sólo resta presentar los resultados en alguna revista especializada, lo cual típicamente significa un texto no muy extenso, con muchos cuadros y gráficas.

En historia no ocurre exactamente de esta manera, o al menos así no es mi caso. Primero tengo un vago interés por una idea o un acontecimiento, una especie de nota mental sobre algún asunto que parece atractivo. En ocasiones queda en eso, pero también llega a pasar que encuentro materiales documentales inéditos, o textos de algún otro autor que resultan pertinentes (ya sea por sus aportes, o por sus limitaciones). En esta etapa habitualmente redacto algunas notas tentativas, reviso índices bibliográficos,  examino algunos documentos de archivos que se ven prometedores, y el interés se convierte (a veces) en un propósito más firme, pero todavía informal.  En esta fase por lo común lo expongo brevemente en mis clases,  y en ocasiones presento la idea  en alguna conferencia para ver la reacción del público. Finalmente, se convierte en un proyecto al que dedico tiempo y esfuerzo durante varios años. En realidad, el proceso es largo, y no me resulta fácil decir cuándo es que ha comenzado el desarrollo de una idea.

Si los inicios de un proyecto no son notorios, parecería que el fin es más evidente. En el caso de las humanidades, claro está, el producto por excelencia es  el libro (en las ciencias “duras” por lo común es un artículo). Es el resultado de cientos de horas de trabajo, de paciencia y persistencia, y su entrega a la editorial, o su publicación  resultan muy satisfactorios. Sin embargo, es muy frecuente que aun existan materiales que quedan inéditos, ya sean derivaciones secundarias del asunto principal, o porque había tanto material sobre ellos que habría desequilibrado la estructura general del libro. El fin de una investigación tampoco es algo tan nítido; es más bien un proceso paulatino, aunque no tanto como el de sus inicios. Recorriendo la ruta inversa, puede decirse que hay un propósito de conclusión que en algún momento llega a un “des-interés”.