Uno de los aspectos más interesantes en  la “idea de América” es el de la representación europea de su población originaria.  Es un tema la que se han dedicado varios autores, y del que hace unas semanas leí con mucho interés un artículo de Jesús Bustamante sobre la manera en que se construyó una imagen arquetípica desde fechas tempranas.

Para el siglo XIX, evidentemente, había  más información sobre el tema, era posible viajar al Nuevo Mundo, y las obras de algunos grabadores con un buen ojo etnográfico, como Claudio Linati (Trajes civiles, militares y religiosos de México, publicada en Bélgica, en 1828) eran conocidas y apreciadas. Algunos estereotipos sin embargo nunca mueren, y en todo caso puede decirse que evolucionan en un sentido más “científico”, sobre todo cuando comienza a difundirse la teoría de que la evolución humana pasa por ciertos estadios más o menos inevitables: el salvajismo, la barbarie y la civilización.

El caso de la representación operística de esta población es curioso. En el siglo XIX en Francia tenían muy claro que al momento del contacto los que vendrían a convertirse en indios no eran todos “salvajes” semidesnudos, como los tupinamba de Brasil presentados por Theodor de Bry. Los “mexicanos” tenían un emperador, nobleza, ejércitos, grandes ciudades, artes y oficios y una religión organizada. Su estado de “barbarie” se manifestaba por la ausencia de un orden “político”, esto es, estaban dominados por un despotismo y se hallaban bajo el yugo de la superstición. También, aunque ciertos elementos muestran el conocimiento de la realidad etnográfica, todavía se adjudican a los mexicanos y “tlaxcaltêtes” características propias del “salvajismo”; como la tendencia a la desnudez y la omnipresencia del uso del arco y la flecha.

Véanse, por vía de ejemplo, las representaciones de los personajes indianos en la ópera “Fernand Cortez ou la Conquête du Mexique” de Gaspare Spontini, de cuyo contexto y argumento me he ocupado en una nota anterior.

En esta versión aparece Mademoiselle Grassari (1817?) en su papel de Amazily, o sea la Malinche,  con  un vestido muy “à la mode” parisina (con un corte inferior que escandalosamente muestra más arriba de la rodilla) , pero asimismo con la presencia casi obligatoria de las plumas como parte del atavío, ajorcas en los tobillos, arco en la mano y carcaj de flechas en la espalda, como si hubiera sido una amazona guerrera.

La prima donna Laure Cinti-Damoreau exhibió en 1826 una representación más “etnográfica”, que  mantiene la obligatoria corona de plumas e  incluye un vestido también con insinuaciones plumarias. En contraste con el aspecto refinado de su precedente, esta “princesa mexicana” acentúa su primitivismo al ir descalza. Muy notable, en este caso, es el trasfondo de un edificio con arcos que recuerdan al arte islámico, porque ya se sabe que todos los pueblos “bárbaros” acaban pareciéndose entre sí.

Telasco

Telasco

A Telasco, el “cacique de los otomíes”, no le va mucho mejor. En la gallarda presentación del barítono Henri-Bernard Dabadie, tiene una capa a la romana (pero con motivos recargados, porque la sobriedad es algo civilizado), sandalias del mismo origen, brazaletes, el imprescindible arco (que, en este caso, no estaría tan descaminado), sobre el fondo de un incongruente entorno tropical, con palmeras borrachas de sol.

De “Montezuma” y el “Gran Sacerdote” tenemos cierta idea por los bocetos para el vestuario de la versión de 1817. El gran emperador indiano aparece con una correcta corona real o copilli, pero con una vestimenta que incluye una especie de polainas  y  capa “a la romana”.  Respecto del amenazador Gran Sacerdote (el villano de la obra),  la tradición helénica/oriental parece haber sido demasiado dominante, y en la mano lleva lo que posiblemente debería interpretarse como un “hacha sacrificial”. Los otros dos personajes son, evidentemente, Telasco (con un decorativo arco compuesto, del tipo desconocido en Mesoamérica) y Amazily.

Desde luego, hay que tener en cuenta que una ópera no era lo que hoy llamamos un  documental. Su realidad era  operística, lo cual implicaba ciertas convenciones estéticas y el género siempre demanda una especie de complicidad entre el autor y su auditorio, que hace creíble lo que no lo es.  Aun con esta reserva, pueden verse ciertos estereotipos que son muy reveladores y que, desde luego, permanecen en el tiempo hasta llegar, en muchos casos, hasta el presente.

…………

Las ilustraciones de época corresponden a la biblioteca digital Gallica. Agradezco la imagen del vestuario de los personajes a Nina Lapazza, La tertulia del foyer, nota publicada el 14 de enero de 2010. El artículo citado de Jesús Bustamante es “El indio americano y su imagen. La construcción de un arquetipo: el salvaje emplumado”, en De la barbarie al orgullo nacional. Indígenas, diversidad cultural y exclusión, coordinado por Miguel Soto y Bárbara Hidalgo Pego, México, UNAM, 2009.