De vez en cuando aparece alguna obra literaria, teatral o cinematográfica que aborda episodios del pasado de México.  En 2010, con ocasión de los (bi)centenarios, tuvimos varios ejemplos, algunos interesantes y otros más bien lamentables. Por lo común, el tópico son los héroes y villanos usuales, aquéllos vinculados con los procesos históricos que son asunto privilegiado de los libros de texto y la retórica pública, como la conquista, la independencia, la reforma, y la revolución iniciada en 1910. P0r eso La expulsión resulta novedosa, porque se dedica al destierro de los religiosos de la Compañía de Jesús, dispuesto por Carlos III en 1767. Fue un episodio que atrajo pasiones  en un tiempo, pero que hoy permanece en el trasfondo semi olvidado de los grandes acontecimientos nacionales.

El montaje fue presentado en dos muy breves temporadas en el teatro Jiménez Rueda de la ciudad de México, con una gira por Guadalajara, Puebla y León. La última función fue el día de ayer, 26 de febrero.

El contexto histórico y los episodios de la expulsión son  conocidos en términos generales, y aunque restan aspectos muy dignos de discusión y comentario (véase la nota de Iván Escamilla al respecto) no abundaré por ahora en ellos. También, sobre los jesuitas, el amor (y a veces el odio) que inspiraban  habría mucho que decir, pero lo que me interesa ahora es la obra teatral: su recreación del pasado y, sobre todo, la visión que proporciona de estos religiosos y del México a fines de la colonia.

El texto, de José Ramón Enríquez, tiene el buen sentido de presentar como hilo argumental la vida de José Ignacio Amaya, desde que fue expulsado de México cuando era un novicio, la amargura del exilio, hasta su retorno, ya anciano, a  México,  de manera que se da cierta unidad a acontecimientos muy diversos. Su Francisco Xavier Clavijero resulta a la vez erudito, irónico y convincente. El visitador José de Gálvez es tal como en cierta manera me lo imaginaba después de estar muchos años tras de sus pasos . Hay detalles muy sutiles que muestran el conocimiento de la manera de pensar y actuar de los religiosos en la intimidad, como la ceremonia de ordenación de Amaya y la actitud ante la muerte (una escena de la agonía de un miembro de la orden, que podría haber derivado hacia el fácil patetismo, es llevada con el justo dramatismo).

Visto desde el ángulo de un historiador, hay detalles que podrían haberse corregido. Cuando en la época se utilizaba el latinismo  “indígena”,  era para referirse a lo que era “natural  de un país o lugar”, y en particular para sus vegetales. También resulta anacrónico que se hable de “purépechas” para referirse a los que entonces eran llamados “tarascos”. Y desde luego, a fines del siglo XVIII los súbditos  no sabían que se hallaban gobernados por un “despotismo ilustrado”, porque el concepto solo apareció con Wilhelm Roscher, en 1847. Minucias, ciertamente. Dejemos pasar asimismo que la pragmática de expulsión no fue presentada de antemano a la Real Audiencia (solo la conocieron el virrey marqués de Croix, su sobrino el coronel Teodoro de Croix y el visitador Gálvez), porque da pretexto para presentar la oposición de la sociedad, en la elocuente voz de un oidor.

Mi principal “pero” es que el autor quiere educarnos, contarnos las causas, desarrollo y consecuencias de la expulsión. Es por un lado algo difícil de hacer, porque el teatro como género resulta más propio para escenas íntimas, personales. Por esta razón necesita tres horas para desarrollar su argumento  y  tiene que recurrir  a poner textos explicativos  en pantalla (un poco a la manera de los que se presentaban en el antiguo cine mudo). Al final incluso inserta una forzada y larga parrafada en la cual un grupo de novicios se dedican a hacer la apología  de la Compañía, y sin que venga muy a cuento se ponen a reflexionar acerca de lo que habría pasado si los jesuitas hubieran estado presentes en la revolución de independencia. En conjunto, el de la obra es un argumento que podría haber sido excelente si hubiera evitado tantas preocupaciones didácticas.

La presentación, desde luego, fue espectacular  y atractiva.  Bajo la segura dirección de Luis de Tavira tuvo una sorprendente (y a la vez sobria) escenografía, los actores son notables,  las voces magníficas, el vestuario  (una reinterpretación del de época) muy interesante. En un panorama teatral a veces dirigido por meras preocupaciones comerciales, por seguras rutinas, o preocupaciones existenciales  que a veces nos resultan muy ajenas, El exilio resultó verdaderamente muy grata y renovadora.

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La expulsión,

de José Ramón Enríquez, dirigida por Luis de Tavira y producida por Enrique González Torres.

Elenco: Miguel Flores, José María de Tavira, Rodrigo Murray, José Sefami, Antonio Rojas, Raúl Adalid, Eduardo McGregor, Asur Zágada, Rodrigo Corea, Adrián Aguirre, Stefanie Weiss, María González Torres, Rafael Covarrubias, Álvaro Flores, Rubén Cristiany, Alfredo Herrera, Patricia Ortiz y Bárbara Pohlenz.

Escenografía: Jesús Hernández; iluminación: Philippe Amand; vestuario: Estela Fagoaga; dirección musical y arreglos de Alberto Rosas;  coreografía de Marco Antonio Silva; maquillaje de Amanda Schmelz.