Uno de los libros al que podían recurrir los afinadores de la plata era el de Élémens de chimie docimastique, a l’usage des orfèvres, essayeurs, et affineurs, de Pierre de Ribaucourt (Paris : Buisson, 1786). Fue traducido al español por Miguel Gerónimo Suárez, y publicado con el mecenazgo del conde de Lerena (que, entre otros títulos, era superintendente general de las casas de moneda de España e Indias), en la Imprenta de Antonio Fernández, Madrid, en 1791. La docimástica era el nombre dado entonces al arte  de separar los metales.

No hay muchas referencias sobre Ribaucourt. Según una breve nota publicada por el Bulletin trimestriel de la Societé des Antiquaires de Picardie era de antigua aunque modesta familia noble, primer hijo de un orfebre, nacido el 28 de enero de 1739. El joven Pierre entró como aprendiz de apothicaire o boticario, y luego que obtuvo su título abrió una tienda del oficio en Abbeville (hoy día, departamento del Somme), con el nombre de L´Aigle d´Or. Era bien apreciado entre sus colegas, que lo eligieron “juge consul” (una especie de veedor o alcalde del oficio). Por alguna razón dejó su cómoda posición para trasladarse a París y trabajar en una refinería de salitre. Durante el Terror abandonó prudentemente la capital para ocuparse en una mina de alumbre, en Aveyron, hasta que falleció en 1806.

Además de los “Élémens….” Ribaucourt escribió una memoria o estudio sobre el índigo, premiada por la Académie des Sciences; otra sobre tierras vitrificables  (premiada por la Académie de Rouen) y dos memorias sobre la turba, en 1787 y 1795. Su libro está dedicado  al ministro y contrôleur général des finances de Lus XVI, Charles Alexandre de Calonne, un reformista pragmático.

Dejando de lado por ahora sus aportaciones científicas, la obra de Ribaucourt tiene un par de  aspectos remarcables, relacionados entre sí. El primero es el amor filial que manifiesta, reconociéndose como hijo de un orfebre, y relatando las intermitentes dificultades de su padre con la afinación de la plata, la manera en que él mismo aprendió el oficio, y sus estudios, que le permitieron después auxiliar y aconsejar a su progenitor. Es una reivindicación del  trabajo manual que no era usual en España, donde se consideraban siempre más honrosos los oficios “de pluma”. Y, quizás, la expresión de un cierto resentimiento: en la época, en Francia, los “apotecarios” estaban agremiados junto con los almaceneros, fabricantes de velas, joyeros y merceros, aunque se esperaba de ellos conocimientos técnicos avanzados.

El otro aspecto  es la apología del primitivismo, la nostalgia de una inocente (e inexistente) edad dorada de la humanidad.

¡Dichoso tiempo en que el amor al trabajo, y la pureza, eran las dos cosas que distinguían a los hombres: en que el hombre laborioso podía bastarse a sí solo; en que no estaba obligado a defender de la usurpación de su vecino el terreno que había fecundado regándole con su sudor, teniendo en la una mano el arado, y en la otra la espada; en que contentándose con lo puramente necesario, no conocía aun lo superfluo; y finalmente, en que libre del yugo tiránico del lujo y de la moda, despreciaba estos mismos metales que elegidos por algunos generales de representación, han llegado a ser al propio tiempo objeto casi único de sus deseos!¡ Y dichoso aun ahora si únicamente los adquiere por medio de su trabajo! (p.xii, xiii)

Se trata de un tópico literario cuyos orígenes se remontan por lo menos a Hesíodo, tiene su continuación en Platón, Ovidio,  Virgilio y está presente en un muy citado párrafo que Miguel de Cervantes pone en boca de su hidalgo manchego  (cap. xi, ““De lo que sucedió a Don Quijote con unos cabreros”).

Lo peculiar en Ribaucourt es que esta nostalgia de la aurea aetas se convierte en algo muy cercano a la crítica social. No deja ciertamente de ser algo inesperado en un tratado sobre la afinación de los metales. O quizás no del todo, si se recuerda que siempre hubo alusiones morales en los metales preciosos, dado que la plata en Occidente fue siempre símbolo de pureza y perfección moral, mientras el oro lo era de sabiduría y majestad.

Viñeta en la "Dedicatoria" de los "Élémens de chimie...."

Viñeta en la “Dedicatoria” de los “Élémens de chimie….”

….

Hay ejemplares de esta rara obra en la Biblioteca Nacional de Francia y la Universidad Complutense. Está disponible asimismo en el imprescindible Google Libros.