La docimástica o docimasia (del griego ,  δοκιμάζειν, probar, ensayar), era en los albores de la química moderna el arte de ensayar los metales para determinar  su contenido. Como práctica es muy antigua. Los griegos y romanos realizaban el ensaye mediante piedras de toque, y quizás conocieron de manera empírica los principios del ensaye por  copelaciónGeorgius Agricola retomó y ordenó los conocimientos prácticos medievales sobre  la fundición de los metales y los experimentos esotéricos de los alquimistas para presentar, en el libro VII de De re Metallica el primer tratado sobre el tema, pero sin adjudicarle a esta rama de la metalurgia un nombre particular.

Siempre es riesgoso asegurar el origen de un término, pero la primera mención que he hallado  corresponde a

Ole Borch, según un grabado de Wolfgang Kilian, Biblioteca Palatina, Universidad de Heidelberg

Ole Borch, según un grabado de Wolfgang Kilian, Biblioteca Palatina, Universidad de Heidelberg

la Docimastice metallica, de Olai Borrichii (Hafniae, 1677).  El autor (1626-1690)  era seguramente más conocido entre sus vecinos de Hafnia (la forma latina de Copenhague), como Ole Borch. Fue medio alquimista y medio científico, además de filólogo y poeta. Estudió medicina en la universidad de Copenhague, donde llegó a ser profesor primero de filología y luego de química y botánica, porque eran los felices tiempos de la versatilidad intelectual. Tuvo correspondencia y comunicación con los principales estudiosos de la época, en particular con su más connotado alumno, Nicholas Steno. Es considerado como un pionero del método  experimental, y fue por ejemplo quien halló y escribió el procedimiento para extraer oxígeno del salitre.  Además de la obra mencionada, escribió   De Ortu et Progressu Chemiae Dissertatio (1668), Hermetis, Aegypiorum et Chemicorum sapientia (1674) y Conspectus Scriptorum Chemicorum Celebriorum (editado póstumamente, en 1696).

Fue también el fundador del Collegium Mediceum (una residencia de estudiantes, al estilo de las universidades medievales) que hoy lleva su nombre. Allí se conservaba su biblioteca y laboratorio, lamentablemente destruidos en el gran incendio de Copenhague de 1728.

La Docimastice metallica describe una imaginaria historia de la alquimia, remontando su origen a la misma Creación del mundo.  Es interesante mencionar que debió de conocer el Arte de los metales, del español (y de indiana fama) Alvaro Alonso Barba, a quien cita en la introducción junto con Plinio, Alberto Magno, Agricola y otros escritores que le merecen particular reconocimiento.

Muchos otros autores vendrían después, y la docimástica llegó a ser objeto de mucha atención, en particular en Francia. Se consideraban científicos modernos, aunque arrastraban muchos conceptos de la antigua alquimia, como la transmutación de los metales y la  existencia del flogisto.

El momento cumbre probablemente pueda situarse con la creación por Balthazar Georges Sage de la cátedra de Mineralogía y Docimástica, en el muy adecuado ámbito de la Maison de la Monnaie de París, en 1778.  Es también, quizás, la razón del progresivo declive del término, porque los “docimásticos”  encabezados por Sage se opusieron tercamente a los fundamentos de la química moderna cuyos principios establecía por entonces Antoine-Laurent de Lavoisier.  La “docimástica” acabó así asociada con la antigua escuela de pensamiento, y el término tendió a caer en desuso. Para mediados del siglo XIX, raramente aparece en los libros científicos. Los estudiantes y estudiosos de esta área de conocimiento se denominarían químicos o mineralogistas.