Quienes han seguido alguna de las competencias olímpicas quizás hayan tenido la ocasión de presenciar un gesto peculiar: casi todos los felices vencedores muerden (o más bien simulan morder) sus medallas.

Las clavadistas Alejandra Orozco y Paola Espinosa, con sus medallas de plata. Foto: El Universal

Las clavadistas Alejandra Orozco y Paola Espinosa, con sus medallas de plata. Foto: El Universal

Dudo mucho que estos jóvenes atletas recuerden que el gesto tuvo un ya remoto origen. Las gestualidades tienen su historia, y una de sus peculiaridades es que acaban por separarse de su razón práctica para convertirse en símbolos.  El caso nos remite a un pasado en el que se empleaban metales preciosos en la acuñación de las monedas, sobre todo plata y oro.  Esto abría la interesante (pero riesgosa) posibilidad de falsificarlas, con evidente perjuicio del público. El primitivismo de las antiguos reales de a ocho y escudos (recortados toscamente a tijera, acuñados a golpe de martillo) hacía que la falsificación pudiera realizarla cualquier herrero deshonesto u hojalatero mañoso, con las herramientas propias de su oficio. En la vieja España llegó a ser un problema mayor, y de este lado del mar siempre hubo gran preocupación al respecto de las autoridades y los comerciantes.

La principal fuente de beneficio para los falsarios era la rebaja en la ley, o contenido de metal precioso de la moneda. En el caso de la plata, podía utilizarse el plomo, que tiene un color similar. En las de oro, se utilizaba el mismo plomo, estaño, o cobre sobredorados.  Los usuarios se defendían  como buenamente podían del riesgo de recibir monedas contrahechas.  Atendían a la forma, color o diferencia de peso, o a que sonaran de manera discordante  al dejarlas caer sobre una superficie dura. En el caso de la moneda de plata, que era la de mayor uso cotidiano, a veces les clavaban el diente.  La razón es que el plomo tiene una menor dureza que la plata. En la antigua escala de Mosh, el metal plúmbeo tenía un 1.5 (intermedio entre el talco y el yeso), mientras el argénteo alcanzaba a un 2.5 (el mismo del oro).  Así, al morder las moneda podía apreciarse la diferencia, aunque obviamente era algo que requería de la buena dentadura atribuida a los piratas, como puede apreciarse en muchos ejemplos de cinematografía dominguera.

Con el tiempo, la expresión verbal  y el gesto pasaron del acto concreto al hecho genérico de comprobar si algo es verdadero o falso, y ha cobrado nueva popularidad olímpica como un acto repetido, casi un ritual ligeramente humorístico. Lo paradójico del asunto es que aunque las medallas olímpicas de cobre y plata (fabricadas por la venerable Royal Mint)  pasarían aceptablemente una comprobación de su “ley” o fino” (tienen respectivamente el 97% y el 92.5% de su metal), no ocurriría lo mismo con la de oro, que solo contiene un 1.34% del metal dorado.

El tema de la falsificación de la moneda en la Nueva España aparecerá expuesto más largamente en el artículo “Los falsificadores de moneda y la justicia del rey en la Nueva España”, de próxima aparición en Colonial Latin American Historical Review,  17:4.