P or ahí del año de 1988 acudí al edificio neoclásico de la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, buscando información para mi tesis doctoral.  Me interesaba en particular un volumen  (manuscrito no. 12930) citado en el Catálogo de manuscritos de América, de Julián Paz,  que al parecer contenía varios textos poéticos que lamentaban la expulsión de los jesuitas. Así era, y uno de ellos   llamó poderosamente mi atención. Se titulaba Oportuno encuentro del valiente manchego don Quijote con su escudero Sancho Panza en las riberas de México. El anónimo autor criticaba las reformas en la recaudación de impuestos, la creación de milicias, el arribo de tropas europeas, la corrupción de los funcionarios, la expulsión de los discípulos de San Ignacio, y en general todas las innovaciones introducidas por los ministros de Carlos III, a quienes se tachaba de ser ajenos a las  “buenas tradiciones” españolas. Incluso, mencionando un tema que después aparecería con fuerza en la revolución de independencia, se aseveraba que los criollos eran “más y mejores” españoles que los habitantes de una metrópoli donde

Ya no valen los Quijotes
en España, que es toda una mudanza,
la espada no se usa, ni la lanza

Se burlaba también el autor del poderoso visitador  José de Gálvez

¿Cómo? si en la otra vida se han sabido
y la jurisdicción de este grande hombre,
hasta el cielo ha llegado, y aun su nombre
se sabe en el infierno y purgatorio

Como es típico con muchos de los “libelos” de la época, se supone al rey mal informado de tanto desaguisado, de manera que las críticas nunca iban directamente en contra de su persona. No consta cómo llegó el escrito a manos de las autoridades; y hasta donde llegan mis conocimientos, no circuló en la Nueva España, o si lo hizo, fue tan ocultamente que no dejó huella alguna.

Se veía como algo que podría publicarse de manera independiente, de manera que acudí a solicitar el permiso correspondiente a una oficina en uno de tantos subsuelos laberínticos de la venerable institución. El asunto tuvo su lado curioso: el empleado que recibió mi solicitud con indiferencia burocrática casi salta en su asiento al ver el título. Evidentemente, por un instante pensó que un joven e  ignoto académico mexicano había encontrado algo así como el santo grial de los cervantistas: un fragmento inédito y desconocido de Don Quijote de la Mancha. Tuve que explicarle, para su tranquilidad, que se trataba de una paráfrasis hecha, según todo parecía indicar, hacia 1771.

Partes del texto me sirvieron de manera muy adecuada para ilustrar el descontento popular contra las reformas borbónicas en  la tesis, y luego en el libro a que dio lugar. Posteriormente, publiqué el contenido completo, con algunas notas y comentarios, en Estudios de Historia Novohispana, no. 14.

Sobre el autor, que sólo se identificaba solamente como “Un apasionado del asunto” aventuré que seguramente era un criollo agraviado por las reformas, un conocedor de los clásicos españoles, un letrado para quien el uso de la pluma era cosa frecuente, y probablemente un eclesiástico, por el amplio espacio dado a los prelados (con críticas a Fabián y Fuero, de Puebla, y al arzobispo Lorenzana). Como se verá, estuve cerca…pero no demasiado.

En eso dejé el asunto porque mis pasos se fueron por otros rumbos e intereses, pero siempre me quedó cierta insatisfacción por no haber logrado presentar al menos una hipótesis razonada sobre el autor. Mi único progreso fue encontrar, gracias a los empeños digitalizadores de la Biblioteca Virtual Cervantes,  que a fin de cuentas no había sido yo el primero en publicar el manuscrito. Ya lo había hecho en el año de 1950 el filólogo español Joaquín de Entrambasaguas (junto con el resto de las poesías contenidas en el volumen de la BN) ,en una edición titulada Algunos datos sobre la expulsión de los jesuitas de Méjico en el siglo XVIII, de sólo 25 ejemplares numerados que no fueron puestos a la venta al público. (Este tipo de ediciones “reservadas”, sólo para  amigos y lectores “escogidos” , fue una curiosa moda elitista de aquellos años, en la que a veces aun incurren algunos intelectuales contemporáneos). Entrambasaguas incluyó varios comentarios muy pertinentes sobre estos textos, pero tampoco pudo aclarar el problema de la autoría del “Oportuno encuentro…”

Ahora bien, hace algunos días me puse a buscar, en una investigación de muy distinto tópico (para que se vea como todo acaba relacionándose con todo), datos sobre Ignacio Carrillo y Pérez, autor de algunas obras de tema piadoso  y   fui descubriendo en la monumental  Impresos novohispanos, 1808-1821 (de Amaya Garritz, con coordinación de Virginia Guedea) que se le atribuye un Nuevo encuentro del valiente manchego Don Quixote con su escudero Sancho en las riberas de México. Diálogo entre amo y criado, para instrucción de la presente obra revolucionaria, en que igualmente se ridiculiza el execrable proyecto del cura Hidalgo y sus socios (Zúñiga y Ontiveros, 1811). Al parecer (porque no he podido consultar con el original, que por alguna razón acabó en el British Museum)  tiene 6 páginas en verso, con una nota de “continuará”.

Carrillo y Pérez fue autor también de Pensil Americano florido en el rigor del invierno, la imagen de María Santísima de Guadalupe, aparecida en la Corte de la Septentrional América México (Zúñiga y Ontiveros, 1797, con reediciones en 1845 y 1895) y de Lo máximo en lo mínimo. La portentosa imagen de Nuestra Señora de los Remedios, conquistadora y patrona de la imperial ciudad de México (Zúñiga y Ontiveros, 1808). Además dejó dos obras inéditas, Nuestra Señora de los AngelesCristo Renovado.  Carlos María de Bustamante, en las notas a su edición de la Descripción histórica y cronológica de las dos piedras…de León y Gama atribuye a Carrillo otra obra titulada La historia de México en tres épocas, a saber: México gentil, Mexico cristiano y México político. Comenta que “He hecho no poca diligencias por conseguir este manuscrito, pero inútilmente; contiene cosas curiosas e importantes, y a mi juicio solo necesita una mano sabia que la redacte y mejore su estilo cansado y empalagoso”. (2a. ed., 1832,  p.4)

De la vida de este autor sólo me consta que fue hijo de  don Agustín Carrillo y doña Ignacia Pérez, y que (según las Efemérides guadalupanas) recibió la confirmación en 1752 . Fue  marcador de barras y talegas, así como merino  o alguacil  de la Real  Casa de Moneda (que es por donde di con él). Rocío  Benítez Luna, en una meritoria tesina (Ignacio Carrillo y Pérez  y su “Pensil americano florido en el rigor del invierno, imagen de Maria Santisima de Guadalupe”, UNAM, 2007) propone que nació en 1745 o 1746,  menciona que fue alumno de los jesuitas en Guanajuato y siempre tuvo afinidad por lo eclesiástico, aunque nunca siguió esa carrera; y agrega que falleció en 1815.

Que ambos Oportunos encuentros meta cervantinos sean de este autor  es cosa muy probable, pero no segura. Por la afirmativa pesa que sean versificados y la reiteración del título en el impreso de 1811.  No contradice esta hipótesis el contenido aparentemente opuesto de los escritos, uno muy crítico y otro conservador.  Nótese que la primera versión va en contra de algunos altos funcionarios, pero de ninguna manera se incurre en falta de respeto a la persona del rey. También, desde luego, las personas cambian con el  tiempo, y es probable que los ímpetus radicales de  Carrillo y Pérez no fuesen los mismos en sus años mozos que cuatro décadas después.

Una resolución definitiva de este pequeño enigma bibliográfico tendrá que esperar a la aparición de alguna copia del impreso de 1811 (o alguna por ahora improbable visita a Londres), para comparar temas, retóricas y estilos literarios. Les tendré al tanto.