Con cierta frecuencia encuentro en proyectos de tesis o en la introducción de un nuevo libro que la investigación pretende “llenar un vacío historiográfico” . Casi se pensaría en una readaptación del horror vacui de los teólogos medievales o de los pintores barrrocos, que simplemente no podían tolerar un espacio en blanco. Inversamente, en ocasiones algún joven historiador se desespera porque le parece que ya “todos los espacios están ocupados”, y entre la multitud de libros y artículos ordenadamente colocados, fila tras fila en una biblioteca, ya no hay lugar para nuevas investigaciones.

Es, si bien se mira, una idea curiosa: ¿es el pasado un espacio limitado y restringido, que debe ser “llenado” satisfactoriamente por los historiadores?  En realidad, no es así.  Aunque parezca contrario al sentido común, el pretérito “crece” continuamente. Y  no sólo porque de vez en cuando tenemos  nuevos archivos disponibles, o hallamos alguna antigua crónica olvidada, sino porque las intenciones con las que nos acercamos al pasado van cambiando, y vemos lo ya escrito con otra mirada. A principios de nuestro siglo anterior, lo que interesaba eran las grandes personalidades y los acontecimientos resonantes, que típicamente eran los de la política, la guerra o la diplomacia. Avanzada la centuria, nos ocupamos de los procesos más abstractos de la demografía, las clases sociales  y la economía. Los años más recientes han mostrado el atractivo de la historia de las minorías étnicas y nacionales, de las mujeres, de la “gente menor”, y de la manera en que las personas recuerdan (u olvidan) su historia. El pasado, en otras palabras, es tan amplio (y expandible) como seamos capaces de imaginarlo.

También, ya que estamos en artilugios retóricos, podría ciertamente hacerse una argumentación contraria. ¿Debe ser un propósito para el historiador explicar y contarlo todo sobre todo? ¿Realmente necesitamos saber con todo detalle el pasado de todas las haciendas mexicanas,  de todos los pueblos, de todas las personas? Del punto de vista puramente académico  es posible que no sea así, porque frecuentemente se concluye que las hipótesis demostradas para muchos otros casos se repiten  y comprueban una vez más. Pero, por otro lado, nunca hay dos personas, instituciones o procesos exactamente iguales, y tal parece que la la curiosidad humana por los relatos sobre el pasado es casi inextinguible. Solo es cosa de contarlos bien.