Una de las tendencias actuales en la investigación histórica es la popularidad de la obra colectiva, en la que muchos autores escriben sobre un tema más o menos común. Es algo relativamente reciente, porque anteriormente los productos típicos eran el libro  “de autor” y el artículo individual publicado en una revista científica. Había algunas escasas obras “compartidas”, que surgían en ocasiones de un seminario (centrado frecuentemente en alguna gran personalidad) o bien de algún coloquio.  Las coautorías eran también raras. Este individualismo era algo que parecía responder bien a las condiciones peculiares del trabajo del historiador, tanto intelectuales como prácticas. En este sentido, nuestra labor se separaba netamente de la típica de las ciencias “duras”, como la física o la biología, donde  la investigación se hace en un laboratorio, es colectiva, y el producto característico es un artículo con cinco o seis autores.

La Escuela de Atenas, por Rafael. Nótese, al centro, la figura solitaria de Diógenes "el Cínico".  (Fuente: Wikimedia)

La Escuela de Atenas, por Rafael. Nótese, al centro, la magnífica figura solitaria de Diógenes “el Cínico”.
(Fuente: Wikimedia)

Desde hace algunos años, sin embargo, la relación”artículo en revista/ capítulo en obra colectiva” ha ido modificándose, e incluso ha llegado en algunas instituciones a invertirse radicalmente. En esto han colaborado varias situaciones: las mayores facilidades actuales para la comunicación “virtual” y a distancia, que antes requería de los lentos ritmos de la oficina de correos; la consiguiente oportunidad de compartir proyectos y discutir avances, porque aun los más individualistas aprecian la oportunidad de presentar ensayos y corregir imprecisiones antes de que acaben en la inamovible letra impresa; cierta presión institucional (ya se sabe, se aplica a la historia, mal que bien, los modelos de las disciplinas con más reconocimiento “oficial”); la consecuente aparición de “apoyos” para proyectos compartidos, que reúnen historiadores de varias instituciones junto con estudiantes de posgrado, y que permiten financiar asistencia a reuniones, otorgamiento de becas a jóvenes investigadores, organización de coloquios, y la posterior publicación del resultado.

Todo esto puede estar muy bien, ha traído resultados de interés y una considerable renovación en la vida académica. A veces, el todo realmente es más que la suma de las partes. Pero, por otro lado, también puede llevar a situaciones inconvenientes. Una de ellas es cuando el proyecto colectivo institucional se convierte en un fin en sí mismo, porque su coordinación se vuelve un requisito para el avance profesional. La otra es que el historiador acaba dedicándose a algo para lo cual nadie lo ha preparado: convertirse en gestor, desarrollar habilidades para llenar formatos con cláusulas abstrusas o absurdas, entrevistarse con directores o comités, ocuparse (si todo resulta bien) de contratos, pago de auxiliares y la demás inevitable parafernalia administrativa. En todo este ir y venir, no siempre resulta fácil encontrar el tiempo para la lenta reunión de documentos, la reflexión cuidadosa, la redacción pausada que se revisa y vuelva a revisar hasta que, algún día, resulta posible poner punto final al texto. No siempre la mucha agitación deriva en más movimiento.

¿Es el individualismo que fue tan típico de muchos historiadores una peculiaridad de nuestro oficio? ¿O, por el contrario, es el resultado particular de ciertas condiciones y situaciones que progresivamente van dejando de tener razón de ser? Es un tema al que valdría la pena dedicar algunas reflexiones…y prometo no convertirlas en el fundamento de algún proyecto colectivo.

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*El autor de esta nota fue coordinador y editor de dos obras colectivas, Disidentes y disidencias en la historia de México (con Marcela Terrazas, 2003), y Los indios y las ciudades de Nueva España (2010). Y no descarta, pese a sus variadas reservas,  abordar próximamente una tercera iniciativa compartida.