El 13 de enero de 1771 el virrey marqués de Croix recorrió la corta distancia que separaba el palacio virreinal de la sala capitular de laVirrey Croix catedral para asistir , como vicepatrono de la Iglesia, a la sesión inaugural del IV Concilio Provincial Mexicano, la más importante reunión eclesiástica en muchos años, presidida por el arzobispo Francisco de Lorenzana. Contrariamente a lo que esperaba, se le hizo esperar en la antesala durante varios minutos, no lo recibieron con repique de campanas y ningún prelado salió a darle la bienvenida. El virrey, después de unos breves momentos ceremoniales y un corto discurso, se retiró muy molesto, no volvió a hacerse presente y elevó una indignada queja al rey. Las repercusiones de esta des-cortesía ocupan buena parte de la documentación existente sobre esta reunión en el Archivo General de Indias. De hecho, a partir de este episodio, las dos cabezas de la “república” mantuvieron relaciones muy tirantes, al punto de que fue uno de los elementos para que se decidiera el relevo del virrey.

Los historiadores que se han ocupado del incidente han mostrado siempre cierta perplejidad: o lo relegan a una anécdota menor (del estilo de las “curiosidades históricas”), lo consideran como expresión de vanidades desaforadas, o bien tratan de ir más allá de la anécdota, y lo presentan como un momento en el conflicto más amplio entre estos dos personajes, o incluso como episodio notable de las relaciones entre el poder civil y el clero. Más allá del mérito que puedan tener estas explicaciones, subsistiría en todo caso la razón por la cual estas disensiones se expresaban en cuestiones de etiqueta, y porqué, una vez ocurridas, tomaban una vida propia. Porque en efecto,  las repercusiones llegaron a opacar la discusión sobre los asuntos que a los autores contemporáneos les parecen “realmente importantes” discutidos en el Concilio, como la reforma de los conventos de monjas, los alcances de la jurisdicción eclesiástica, la erección de nuevos  obispados, las relativas a administración de los indios o la extinción final de los expulsos jesuitas.

No es un ejemplo aislado, por otro lado. Aunque este fue probablemente el ejemplo más notable por la jerarquía de las figuras participantes, hay en esta época múltiples conflictos enconados por asuntos de cortesía, precedencia y deferencia. Estos problemas eran tan frecuentes que llegaban a ser materia de consultas que arribaban al Consejo de Indias y distraían la ocupada atención del rey. De hecho, las determinaciones en este sentido ocupan varias páginas de la Recopilación de leyes de Indias y cada tanto se agregaban nuevas decisiones que surgían de controversias varias y trataban de establecer reglas fijas, cuya interpretación y aplicación, tarde o temprano, generaban a su vez nuevos y ásperos litigios.

Tampoco es que estas peculiares sensibilidades implicaran solamente a grandes personalidades. Así parecería en primera instancia, debido a que asociamos las formas elaboradas de cortesía y la ceremonialidad con personas de alto rango y su entorno social inmediato. Sin embargo, encontramos conflictos similares entre eclesiásticos, monjas, militares, artesanos, comerciantes, peones de las haciendas o indios de comunidad. Todos se se veían envueltos en mayor o menor grado en este tipo de situaciones a las que prestaban considerable importancia, y que en ocasiones derivaban en conflictos, desabrimientos,episodios escandalosos e incluso hechos de violencia.

La descortesía que sufrió (o creyó sufrir) el marqués de Croix es muy reveladora, porque muestra que existían formas esperadas y esperables de comunicación verbal y no verbal para mostrar la deferencia debida entre distintas personas. No son solamente expresiones como “su merced”, “beso las manos” y similares, sino la duración del saludo, el dónde y el cómo se recibe a una persona,  la actitud corporal. Son formas que expresaban valores implícitos: la jerarquía, la expectativa mutua del reconocimiento, o el respeto y la obediencia que, en las interacciones cotidianas configuraban, confirmaban o ponían en cuestión el rango de una persona. Y no se trataba solamente de diferencias sociales, sino también de género, profesión y de pertenencia a grupos corporativos (como el clero o el ejército) o estamentales (porque no se trataba de igual manera a un “español”, a un noble indígena, o a un jornalero mulato). Aun así, todos esperaban cierto trato acorde a su condición y dignidad. Si lo vemos así, la cortesía era (y es) una manera ritual y  codificada de expresar las relaciones sociales, y tenía como fin evitar los conflictos, brindando formas conocidas, rutinarias y seguras de interacción personal. Desde luego, en ocasiones funcionaba en sentido exactamente contrario, que es lo que primordialmente me interesa: servía para expresar menosprecio, animadversión o desafío de una manera lateral, sesgada, aunque no por ello menos evidente para quienes lo sufrían o presenciaban. En este sentido, era la parte cotidiana, a veces encubierta, de la rivalidad, la enemistad y el conflicto.

Este es un tema que tiene aspectos relacionados con la historia, la antropología, la sociología y la filología, y que ha llamado la atención de diversos autores, como comentaré en posteriores notas. Y me he referido al caso colonial, pero evidentemente puede extenderse a cualquier sociedad y época, aunque me atraiga en particular el desafío de estudiarlo en sociedades no contemporáneas, con sus inevitables distancias, limitaciones y problemas de método. Si usted tiene afinidades por esta temática, o ha encontrado algún ejemplo notable de “des-cortesía” que pueda ubicarse en este contexto analítico, no dude en comunicarse conmigo por e-mail o dejarme un mensaje en los comentarios de este blog. Algo quizás podamos llegar a hacer con este interés compartido.