Una de las (aparentes)  novedades de la era digital ha sido la aparición del micromecenazgo o financiamiento social de las obras (en inglés, “crowdfunding”). Ha sido utilizado para distintos propósitos, entre ellos por autores o artistas que buscan los fondos para realizar o publicar sus obras.

La idea del mecenazgo literario desde luego no tiene nada de nueva, y ya se practicaba en la Nueva España. En muchos casos se trataba de un rico y poderoso personaje, que fuese por sus propias inclinaciones literarias, simpatías hacia el autor, interés por la temática o simple vanidad financiaba la costosa impresión de un libro. Los virreyes y los obispos fueron frecuentemente grandes mecenas; era algo que iba con su oficio y dignidad de grandes señores. De manera correspondiente, el autor se ocupaba de reconocer con grandes hipérboles el apoyo recibido, a veces de forma poética, e incluso reproducir en las primeras páginas de su obra el escudo de armas de su benefactor.  Es particularmente conocido el caso del virrey marqués de Mancera y sor Juana Inés de la Cruz.

Muchos autores, sin embargo, no lograban mecenas tan generosos y de tantos recursos, pero había otra opción: recurrir a la “subscripción”, esto es, conseguir el apoyo de cierta cantidad de personas, que con inversiones relativamente menores podían apoyar al literato, ver su propio nombre incluido al final de la obra, y recibir el correspondiente ejemplar después de impreso. Era algo que de parte del autor evidentemente requería de paciencia, tiempo y dedicación, pero que podía rendir buenos frutos.

Estas listas de “micromecenas” son interesantes para el historiador, puesto que nos acerca al grupo de personas que tenían intereses intelectuales compartidos, y nos permiten cierta idea de algo que normalmente desconocemos: el público lector de una obra. También es muy posible que no fuesen personas aisladas, sin conocimiento mutuo entre sí, sino que formaran redes de sociabilidad culterana. No me consta por ahora, pero sospecho que el procedimiento de un escritor habilidoso en estos menesteres consistía en solicitar primeramente la “suscripción” de persLoMaximoenloMinimoonalidades destacadas, para luego ir con este poderoso argumento a pedir el apoyo de quienes deseaban ver su nombre junto al de quien admiraban, respetaban o esperaban recibir favores.

Para dar un ejemplo, la obra Lo máximo en lo mínimo. La portentosa imagen de Nuestra Señora de los Remedios, conquistadora y patrona de la Imperial ciudad de México  (México, Zúñiga y Ontiveros, 1808) de Ignacio Carrillo y Pérez, empleado de la Real Casa de Moneda de México, incluía entre unos 300 subscriptores al superintendente o director de esa institución, el marqués de San Román (de cuya ilustración dejó  elogio el barón de Humboldt), Pascual de Apezechea, que tenía en cargo de apartado del Oro,  y  el influyente y rico marqués de Rayas. Como era de esperarse, gran cantidad de los empleados de alto y mediano rango de la ceca asimismo aparecen enlistados, pero asimismo lo hacen gran número de funcionarios de otras dependencias gubernamentales, a quienes algunas inclinaciones literarias podían ser de ayuda en su carrera, así como eclesiásticos, que evidentemente tenían apego a los temas piadosos (un sacerdote oratoriano se destacó al “apuntarse” con quince ejemplares). Esto era de esperarse, pero el listado también presenta algunas sorpresas: varios militares (el ejemplar que he consultado perteneció precisamente a Juan Viruega, sargento mayor de infantería de Celaya); numerosos residentes fuera de la capital (y no sólo en grandes ciudades, como  Querétaro, Puebla, Guanajuato o Zacatecas sino también en lugares mas inesperados, como Actopan, Izúcar, Perote, Cacalotenango…); una respetable cantidad de comerciantes, que muestran que la contabilidad no excluía las buenas lecturas; y algunas mujeres, notablemente la marquesa de San Román, a quien se identifica como académica de mérito de la Real Academia de San Carlos. En contraste, aparecen pocos catedráticos universitarios o juristas, dos sectores que a priori habría esperado hallar.

LoMaximo-ViruegaEn fin, este material parece una fuente prometedora para el curioso historiador. Una compilación ordenada de los “micronecenazgos” novohispanos, así como el estudio sistemático de su oficio, posición social, ubicación y mutuas relaciones podría derivar en resultados de mucho interés.