En una reciente nota, Alfredo Ávila recuerda una frase atribuida frecuentemente a nuestro mutuo director de tesis, el recordado Roberto Moreno de los Arcos (1943-1996): “no hay historiador menor de cuarenta años”. También tengo memoria de habérsela oído (con la variante de “buen historiador”), pero francamente no puedo precisar el momento o el contexto. Han pasado los años y como a veces ocurre, los hechos y la leyenda acaban por convertirse en una sola e indistinguible entidad. Es ciertamente muy su estilo, porque era muy dado a los aforismos (como tambien lo fue Edmundo O’Gorman). No estoy seguro de que lo creyera literalmente, porque en ocasiones empleaba provocaciones  retóricas, muy a la manera socrática, para iniciar un proceso de reflexión entre sus alumnos.  Era sin duda un recurso muy efectivo: henos aquí discutiendo lo que quiso decir, casi dos décadas después de su prematura partida.

Tomada en sí misma la frase no se sostiene: muchos autores (comenzando, como señala Ávila, por el mismo Moreno de los Arcos) hicieron y hacen notables obras de historia antes de cumplir los 4o. Sin poderlo asegurar (yo sólo fui uno de sus muchos alumnos), pienso que lo que quería decir es que para ejercer nuestro oficio no es suficiente con aprender una serie de técnicas y métodos; tampoco basta haber hecho muchas y bien razonadas lecturas de teoría y filosofía. Esto es, puede decirse que la práctica de la historia (y sobre todo de la historia intelectual)  radica en la comprensión íntima del pensamiento de los hombres y mujeres del pasado, de la manera en que actuaron frente a sus circunstancias. Es particularmente difícil, porque podemos reconstruir pasablemente el entorno material o los acontecimientos, pero acercarnos a las emociones e ideas nos resulta complejo, casi inasible.  Requiere de empatía, esa cualidad que la Real Academia define un poco secamente como la “identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”, y que también podría decirse que es un “ponerse en el lugar de”. En este sentido,  la historia del pensamiento no tiene una distinción  (como otras disciplinas) entre sujeto/objeto de la investigación.  Se parece más (aunque pueda parecer extraño, visto de fuera) a un diálogo con personas fallecidas hace muchos años, a veces siglos. Tiene, por otro lado, sus riesgos, porque el historiador debe mantenerse dentro de los límites de lo verosímil y demostrable. Esta es una capacidad dialéctica que no se obtiene en cursos, ni se aprende en libros (aunque ambos ayuden), sino que se adquiere con la experiencia, con todos sus buenos o malos momentos. No es algo meramente cronológico o acumulativo, aunque los años tengan algo que ver con ello. Y, desde luego, el nuestro es un oficio donde nunca, nunca se acaba de aprender.