El día de ayer recibí la noticia de que mi artículo sobre “El gran robo de la Real Casa de Moneda. La delincuencia y los límites de la justicia en la ciudad de México” había merecido el “premio al mejor artículo de historia social” del Comité Mexicano de Ciencias Históricas. Es, sin duda, una gran satisfacción, sobre todo viniendo como viene de una asociación que reúne a las instituciones vinculadas con la investigación, docencia, preservación y difusión de la historia de México. Esto es, de mis colegas.

Esta es la segunda vez que el CMCH me honra con un premio al mejor artículo; el previo fue en 2009, con una contribución sobre “Luis de Castilleja Puruata, un noble de ‘mano poderosa’ entre dos épocas del gobierno indígena”. Lo traigo a colación porque hay ciertos aspectos comunes entre los dos casos (además de haber sido publicados en la misma excelente revista, Estudios de Historia Novohispana). En ambos fueron trabajos que desarrollé después de haber concluido el libro que era el resultado principal de mi investigación. Estaba, pues, en la etapa en que abordo aspectos particulares o derivados que, por una u otra razón, habría sido inconveniente comentar más ampliamente antes, porque hubieran sido una digresión de la narrativa general. ¿Será que, sin la presión de la “gran obra”, el estilo resulta más libre y ameno?  Es posible, aunque desde luego, soy un pésimo lector analítico de mí mismo. Es cierto que, según recuerdo, disfruté más de la redacción de ambos ensayos que de los capítulos de los libros previos, muy ceñidos a presentar un vasto volumen de información y análisis en la forma más clara y breve posible.

Los dos artículos, también, tienen en común que presentan buenas historias personales, la una de un noble indígena que se las arregló con diversas maniobras para mantenerse en el poder en Pátzcuaro durante décadas, la otra de un grupo de marginados urbanos que se atrevieron a realizar un audaz robo a la ceca más rica del mundo. Son relatos que tienen una narrativa lineal, incluyen momentos de drama (o tragicomedia, en ocasiones) y se prestan para realizar un ejercicio de comprensión de las conductas, esperanzas, temores y creencias de los hombres y mujeres del pasado.

En fin, como alguna vez comentaba en la presentación de una obra, una vez publicados, los resultados  de la labor de un historiador en cierta manera dejan de pertenecerle. Los libros y artículos encuentran sus propios ecos en su recorrido por el mundo, algunos previsibles, otros inesperados, y a veces para sorpresa (y satisfacción, claro) de su autor.