Ocurre cada tanto que hay una discusión acerca de un grupo profesional o una minoría cualquiera, sea religiosa, nacional, social o moral. Esto es, aparece el argumento que podríamos llamar “internalista”, de que hay  sentimientos, actitudes y comportamientos que no pueden comprenderse bien sin pertenecer a esa comunidad.

Es un punto de vista que tiene sus méritos, porque las personas que forman parte de esos grupos han pasado por una

Parámetros del campo de visión de binoculares. Fuente: Wikimedia

Parámetros del campo de visión de binoculares.
Fuente: Wikimedia

experiencia de educación, formación y trato que no puede “traducirse” fácilmente desde fuera. Un párroco no ve el mundo de la misma manera que un abogado o un militar. También, crecer o educarse en una minoría, conocer su lengua, convenciones y señales de identidad es algo muy personal. La pertenencia hace posible un conocimiento íntimo, cercano, de sensibilidades y emociones.

Por un lado, el estudio de la propia sociedad y cultura puede causar una especie de particular ceguera: no se “ve” ni explica  lo que es inmediato, porque se da como “obvio”, o “natural”. Para dejar de hacerlo así requerimos de una formación y una actitud que nos haga capaces retomar la curiosidad e inquisitividad que teníamos de niños  (en la “edad de los porqués” que tanto desespera a a los padres) que acabamos por perder con el decurso del tiempo, cuando nos habituamos a la realidad y la consideramos “normal”.

Por otro lado, la homogeneidad de un grupo humano cualquiera es casi siempre una ilusión óptica. Todos tienen subdivisiones e incluso fracturas; su uniformidad es sólo la manera en que se presentan a sí mismos ante el exterior, o el resultado de un análisis simplista. Para poner algunos ejemplos, la perspectiva “de género” tiene un punto a su favor cuando sostiene que la historia del sindicalismo no puede considerar a las esposas como un simple agregado doméstico de los obreros. Hay también diferencias étnicas en algunos grupos sociales, así como distancias sociales o religiosas en muchos grupos étnicos. Y desde luego, si lleváramos la visión “internalista” a su consecuencia lógica, el único género historiográfico posible sería el autobiográfico.

Hay un aspecto inverso cuando tratamos del “dentro” y el “fuera” en el conocimiento Justice by Insurancehistórico. Voy a poner un caso muy ilustrativo. Woodrow Borah relataba cómo vio delegaciones de campesinos esperando pacientemente en el patio del Palacio Nacional a que el presidente los recibiera y diera solución a sus problemas. Era (los tiempos han cambiado, claro) una visión cotidiana en la ciudad, que no despertaba mayor extrañeza ni ameritaba comentarios. Borah, en cambio, notó lo inusual que era que las personas no acudieran ante las autoridades inmediatas a su pueblo, las que por ley debían atender sus agravios, sino que viajaran hasta la capital para plantear su caso ante el “Supremo Gobierno”. Pensó que se trataba de la continuación de una práctica colonial, cuando el virrey presidía el Juzgado General de Naturales y resolvía casos “de plano y a verdad sabida” para consolidar su imagen como figura protectora y paternal. De ahí, de esa visión “externa”, salió un excelente libro, que aún consultamos con provecho.

Desde luego, “aprehender” una cultura ajena no es algo sencillo, porque tendemos a re-interpretar lo extraño en términos de lo conocido (al igual que los conquistadores españoles veían “mezquitas” en los pueblos mesoamericanos). Es algo que requiere paciencia, inteligencia y disposición para comprenderla en sus propios términos.  Pese a las dificultades, tenemos autores que escribieron obras muy notables sobre el pasado mexicano; para no citar a los actuales, mencionaré solamente a dos que me son muy cercanos: François Chevalier y Charles Gibson. Son historiadores que destacaron no solamente por su erudición, claridad y buena argumentación, sino también porque, provenientes de otro contexto cultural, pudieron apreciar lo extraordinario en lo que parece normal, y lo inusual de lo cotidiano.

En resumen, la historia “desde dentro” y la historia “desde fuera” no se excluyen, sino que se complementan necesariamente. Es sin duda muy importante que cada grupo humano tenga y escriba su propia historia; pero, a la vez es conveniente, incluso necesario, favorecer y bien recibir el interés externo en nosotros mismos. Y esto aplica no solamente para nacionalidades, sino también para oficios, géneros, etnicidades y religiones.