Los historiadores (y las historiadoras, claro) solemos ser románticos en mayor o menor grado. No se trata de que hagamos promesas de amor eterno, atesoremos el retrato de nuestros amores y les llevemos flores cada San Valentín. No dudo que así ocurra, pero lo que aquí me interesa es el romanticismo en el sentido particular de la historia de cultura en general,  esto es, una actitud que se define por la búsqueda de lo extraño y exótico, la apología de la imaginación y la subjetividad, la idealización del objeto y la construcción de una narrativa orientada hacia las emociones.  Tiene sus aspectos literarios y artísticos, evidentemente, que en México nos han dado  desde los encantadores paisajes de José María Velasco, los folletinones de Vicente Riva Palacio (como “Monja, casada, virgen y mártir”) y los ingenuos dramas de Emilio “el Indio”  Fernández. En historia, podemos citar las obras de Manuel Payno y también las de un favorito personal, Eduardo Ruiz, quien recreó la historia michoacana agregando episodios como el de la Princesa Eréndira que solamente existieron en su fértil imaginación. Fue una corriente de gran importancia en el siglo XIX, pero desde luego la “actitud romántica” puede encontrarse, con distintos énfasis y matices, en el presente.

En la historiografía, el romanticismo ha estado muy frecuentemente asociado a la idea de nación y de comunidad nacional. Aparece con el interés por los orígenes legendarios, los héroes fundadores,  las antiguas tradiciones y  los grupos humanos que supuestamente son depositarios de sus mejores virtudes. Tiene su contraparte lógica en la desconfianza, sino es que la reprobación hacia el desarrollo de urbes anónimas, la modernidad económica, la centralización del Estado, el cosmopolitismo, o el arribo de influencias culturales tenidas por  ajenas.  Como se trata de procesos que difícilmente pueden revertirse, también proporcionan al romanticismo algo que le es muy apreciado: la melancólica nostalgia por lo que fue y ya no es. Y es que desde luego una buena historia romántica requiere de un drama y una narrativa moral.

Tengo que decir que veo con simpatía al romanticismo. El aprecio y el gusto por el pasado, por lo lejano y lo extraño muchas veces está en el origen de una vocación profesional. Y desde luego, apreciamos la preservación, cuidado y estudio de la herencia monumental y cultural. En este sentido, puede decirse que la del historiador es una profesión (a diferencia de otras, que no mencionaré….) en cierto modo romántica.

El problema del romanticismo es que es una de las formas de “colonización del pasado”, de conformarlo a nuestra imagen y semejanza, y adecuarlo sin darnos cuenta a nuestras necesidades y preferencias contemporáneas. De manera inconsciente podemos acabar por  “ver” el pretérito no como fue, sino como quisiéramos que hubiera sido. Es fácil, por ejemplo, llevar nuestras muy comprensibles simpatías por los perseguidos, los humillados, los pobres de la tierra hasta convertirlos en sujetos ideales, de una moralidad que se parece sospechosamente a la contemporánea.

Hoy día, desde luego, el historiador de oficio está advertido de estos riesgos y problemas; es algo que inculcamos empeñosamente en nuestros alumnos. Tal como es, nuestra disciplina se deriva del racionalismo ilustrado, con una crítica y análisis de fuentes, cuidado por la verificabilidad de la información, la sujeción de la imaginación a ciertas reglas, y la necesidad de una narrativa sobria, imparcial y objetiva, que evita juicios de valor y procura transmitir ante todo hechos y argumentos formales.

Sin embargo, lo peculiar del oficio del historiador es que no trabaja con “objetos”, sino con hombres y mujeres del pasado. En ocasiones, dedicamos años a reconstruir pacientemente la vida de una persona o un grupo humano, y comienzan a resultarnos muy cercanos. Que acabemos por sentir por ellos cierta empatía (o, aversión, que también sucede) es algo comprensible. Así, a veces consciente o inconscientemente se deslizan narrativas románticas (en el sentido arriba definido)  en nuestros estudios. Hay sus variaciones, desde luego, pero me parece que incluso en temas tan áridos como la historia fiscal o demográfica pueden encontrarse estas actitudes subyacentes. En mi propio caso, no lo había notado hasta que una lectora me dijo que la parte final de mi libro sobre Los tarascos y el Imperio español era muy melancólica. Y sí, en esa obra me ocupé de la formación de los pueblos de indios en Michoacán en la época colonial, la manera en que en condiciones difíciles lograron crear y preservar durante décadas un espacio propio de gobierno, recursos naturales y estilos de vida, hasta que distintos procesos anónimos fueron desgastándolos lentamente hasta convertirlos en muchos casos en cascarones vacíos, desprovistos de su anterior sentido comunitario. Tenía (y tengo) mis buenas razones para sostener que así fue, pero en perspectiva no me cabe duda de que fue un típico argumento romántico.