Sea por las consecuencias y experiencias de las pasadas conmemoraciones, algún cambio en las preferencias institucionales o una evolución de conceptos en el gremio, la divulgación de la historia ha cobrado nuevos bríos. Había sido una especie de subproducto incidental, al que no se hacía mucho caso ni tenía en cuenta a la hora de las evaluaciones.

Las recientes modificaciones al Reglamento del Sistema Nacional de Investigadores, que consideran relevante lo que vagamente se denomina «difusión y promoción del acceso universal al conocimiento» (art. 37-IV)  puede que también influyan en este sentido. En la última promoción se vio que no se trata de una declaración genérica sino de un propósito exigido muy concreto, cuyo incumplimiento puede tener serias consecuencias.

Como quiera que sea, en los últimos tiempos son muchas las instituciones que han presentado sus proyectos en este sentido, en que han participado destacados autores con resultados  a veces muy interesantes y en ocasiones con bastante éxito editorial.

El problema es que continuamos atenidos a la edición impresa, cuando hoy día «divulgación» debería ser sinónimo de «edición digital y acceso abierto»; el público al que se llega es infinitamente mayor.  La divulgación no debería limitarse de pasar de libros gordos con muchas notas a libros flaquitos sin ellas. Es un antiguo formato al que seguimos fieles, por inercia y porque nos resulta cómodo y confiable.

Ocurre asimismo que aun cuando se ponen estos textos en  línea, lo que se hace simplemente es trasladar la versión impresa, tal cual. Es un poco como los primeros automóviles, que seguían con el diseño de las carrozas, sin darse cuenta de que un nuevo formato implicaba nuevos requerimientos. Los vehículos debían ser cerrados, más aerodinámicos, con ruedas anchas, etcétera.

Imagen

En nuestro caso y asunto, las posibilidades que otorgan la  edición digital, con utilización de imágenes sin restricciones, y la inclusión de «vínculos», son enteramente desaprovechadas.  No se trata solamente de opciones técnicas, sino también conceptuales: representaría el tránsito de un modelo de presentación del conocimiento cerrado y autocontenido (el libro) a otro abierto y flexible, donde el lector (y no el editor o autor) es quién decide qué es lo que le interesa. Puede que sea un debate que no queremos abordar, pero que llegará a nosotros inevitablemente,

Existe otro aspecto digno de comentario, el de la dispersión: cada institución promueve iniciativas por su lado, con distintos propósitos y formatos. Esto dificulta la ubicación del conocimiento y su deseable entrelazamiento. Imagínense si varias de las principales instituciones y sociedades científicas reunieran esfuerzos para un proyecto común, convocando el conocimiento, talento y experiencia de sus académicos. Total, soñar no cuesta nada, según dicen.

Un ejemplo interesante es Scholarpedia. Como se aprecia a primera vista, tiene un formato similar a Wikipedia (el software es el mismo, disponible en acceso abierto), pero ahí acaban las similitudes. Los artículos son escritos por académicos, y el proceso de revisión («peer review») es similar al empleado para publicar en revistas especializadas. El formato permite aceptar posibles contribuciones posteriores de terceros autores y realizar modificaciones y actualizaciones, lo cual evita el problema de la obsolescencia.

Scholarpedia tiene una calidad reconocida,  y sus artículos son  aceptados como fuente válida en publicaciones académicas, con la debita citación del autor.  Se ha especializado en neurociencias y física, pero desde luego bien podría ser empleado para otras disciplinas, como las de las humanidades. Me parece un excelente ejemplo a seguir.