Etnohistoria


Acaba de aparecer mi artículo (en prensa durante buen tiempo) sobre “El cacique don Constantino Huitziméngari  y la adaptación de la nobleza nativa al orden colonial”, en el libro colectivo Portada Identidad en PalabrasIdentidad en palabras. Nobleza indígena colonial novohispana, editado por Patrick Lesbre y Katarzina Mikulska en el Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, con la colaboración de la Universidad de Varsovia – Universidad de Toulouse.

Don Constantino Bravo Huitzimengari es uno de los grandes personajes de la historia colonial tarasca. Fue un nieto del último rey o “cazonci”, mientras por el lado materno descendía de distinguidos linajes nahuas michoacanos. Fue cacique y gobernador de Pátzcuaro durante muchos años, así como juez “conservador” de las congregaciones de pueblos.

De manera muy inusual, tuvo un desempeño público fuera de la provincia: contrajo matrimonio con doña Agustina de Chilapa, cacica de Texcoco (o sea, la heredera de uno de los grandes reinos mesoamericanos), y fue en varias ocasiones gobernador de Coyoacán y Xochimilco, dos de las “repúblicas” más importantes del valle de México. Tuvo asimismo influencias en la corte virreinal y el favor de personalidades españolas, como el cronista y juez de congregaciones Baltasar Dorantes de Carranza. También tuvo trato frecuente con intelectuales como el historiador texcocano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. Se preocupó por dejar una gloriosa memoria de la extensión del antiguo reino michoacano, así como un ambiguo relato de la manera en que los españoles habían tratado a sus aliados nativos. También, a la manera de los grandes patronos y mecenas, financió la construcción y decoración de una capilla en la ciudad de México, donde reposaron los restos de sus descendientes.

Tuvo don Constantino un papel importante en la transición de la sociedad y el gobierno indígena hacia formas de organización propiamente coloniales, que dejaron atrás los remanentes de la tradición señorial que venía desde la época prehispánica. Todavía fue de los caciques que gozaron del derecho herdiatario de gobernar a los suyos, cosa que ya no pudieron conseguir sus sucesores en el cacicazgo. Quizás por esto en los documentos escritos en tarasco aun se le llama irecha, lo cual equivaldría en español “rey” o “señor” (aunque éste era un título que la Corona había expresamente prohibido para los nobles indígenas). En el Valle de México se le llamó con el nombre equivalente de tlatoani.

Constantino fue el último de los irecha; los sucesivos gobernadores de Pátzcuaro fueron llamados simplemente con el nombre español de su cargo.

Ficha hemerográfica: Felipe Castro Gutiérrez, “El cacique don Constantino Huitziméngari  y la adaptación de la nobleza nativa al orden colonial”, en Patrick Lesbre y Katarzina Mikulska (eds.) Identidad en palabras. Nobleza indígena colonial novohispana, México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM – Universidad de Varsovia – Universidad de Toulouse, 2015, p. 127-154.

En este mismo volumen aparecen trabajos de mucho interés, como puede verse en el índice

Introducción………………………………………………………………………………………9
Patrick Lesbre y Katarzyna Mikulska
Cholula, siglos xvi-xviii: ¿quién es un noble indígena?…………………………….15
Miguel Ángel Ruz Barrio
La nobleza del centro de México ante la amenaza a sus bultos sagrados……….45
María Castañeda de la Paz
Don Carlos Chichimecatecuhtli Ometochtzin, ¿último heredero de la
tradición tezcocana? Ensayo sobre la influencia ejercida por Tlalloc entre los
nobles acolhuas…………………………………………………………………………………75
José Contel
Discurso femenino, matrimonio y transferencia de poder: el proceso contra don
Carlos Chichimecatecuhtli………………………………………………………………..107
Carmen Espinosa Valdivia
El cacique don Constantino Huitzimengari y la adaptacion de la nobleza nativa
al orden colonial………………………………………………………………………………127
Felipe Castro Gutiérrez
Los anales mexica (1243-1562) de don Gabriel de Ayala: cultura acolhua
colonial………………………………………………………………………………………….155
Patrick Lesbre
La manifestación de la identidad de la nobleza indígena en los escritos de F. A.
Tezozomoc……………………………………………………………………………………..197
Sylvie Peperstraete
Don Juan Buenaventura Zapata y Mendoza y la identidad nahua…………….211
Camilla Townsend
Los difrasismos y la construcción de la identidad de la nobleza indígena……249
Mercedes Montes de Oca Vega
Más allá de la nobleza: el discurso nahuallatolli y sus usuarios………………….267
Katarzyna Mikulska
Nobles y mestizos como intérpretes de las autoridades en el México colonial
(ss. xvi-xvii)……………………………………………………………………………………303
Icíar Alonso Araguás
Un manuscrito con documentación de los siglos xvi y xviii sobre la familia
Ixtolinqui de Coyoacan conservada en el Archivo de la Real Chancillería
de Valladolid en España: presentación y transcripción paleográfica…………..323
Juan José Batalla Rosado

El libro puede adquirirse ya mismo en el mismo Instituto de Investigaciones Antropológicas; o bien en la red de librerías UNAM y el espacio en línea de estas librerías (aunque puede todavía tardar unos días para que haya ejemplares disponibles).

Ileana Schmidt Díaz de León, El Colegio Seminario de indios de San Gregorio y el desarrollo de la indianidad en el centro de México, Schmidt Colegio Sn Gregorio1586-1856, México, Universidad de Guanajuato – Plaza y Valdés, 2012, 218 p.

Las instituciones de la capital novohispana dedicadas a los indios han sido objeto de mucho interés de parte de los historiadores, desde el Juzgado General de Indios y los gobiernos de las “parcialidades” de San Juan Tenochtitlan y Santiago Tlatelolco, pasando por el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, el convento de indias cacicas de Corpus Christi, el Hospital Real de Naturales, las muy numerosas cofradías, hasta el Colegio Seminario de Indios de San Gregorio, que es el tema de este interesante y muy pertinente libro. Hay antecedentes valiosos y atendibles en los estudios sobre esta institución fundada por los jesuitas, pero este es el primer libro que la abarca en extenso, desde su fundación en 1586….

(Véase el resto de la reseña en Nuevo Mundo –  Mundos Nuevos, octubre 2014.)

 

La excelente Biblioteca Digital Mexicana presentó hace unos días la edición de un manuscrito bajo el título Un ‘Rey legítimo por Divino Mandamiento’ para Tlaxcala y todo este reyno.  El texto fue originalmente publicado y comentado por Jaime Cuadriello en su Las glorias de la República de Tlaxcala (2004) y aparece ahora en imagen y con algunas modificaciones menores en la transcripción, realizada por Guadalupe Xochitotol Luna.

Se trata de una carta enviada en 1779 a ese gobierno indígena por quien se identificaba como “el Soberano Señor Don Pedro Vicente Ormigo Durán, Infante del Morro”, originario de la Villa de San Miguel y Valle de Santa María, ungido en su nacimiento por el mismo Jesucristo. Hay una referencia a que  “todos los Sagrados Sacramentos se los dio en en el mismo acto de nacer el Santo y Sagrado Rey, quien a la hora de ésta ya está confirmado en Gracia”, lo cual los editores de la BdMex consideran que alude al mismo Ormigo Durán, pero que también puede referirse a otro rey o personaje anterior. Como ocurre con frecuencia en estos casos, son textos obscuros, y quizás así se deseaba que lo fuesen.  En todo caso, es claro que el remitente pretendía entronizarse como “señor de dos coronas imperiales de dos cetros”.  Agregaba, para mayor legitimación imágenes de cruces y coronas, advertía que así sería porque lo había cantado un “sagrado pájaro” y por otras “secretas y divinas obras”, a más de tener su poder las llaves del reino y el estandarte de la santa fe. Advertía que quien no creyese en él se lo llevarían los demonios en cuerpo y alma. Hasta donde sabemos, no hubo consecuencias, ni mayores averiguaciones judiciales sobre el origen del escrito, lo cual no deja de ser llamativo.

No me parece evidente que sea un llamado a la insurrección, aunque desde nuestra perspectiva parezca notorio. Muchos de estos movimientos de fuerte contenido profético y mesiánico pensaban en la historia como una teodicea; grandes transformaciones ocurrirían porque así Dios lo deseaba. El papel que tuviera en esto el pueblo elegido podía ir desde una revuelta armada hasta la espera gozosa (pero pasiva) del advenimiento de un reino de paz y felicidad. La misma definición de milenarismo para estas conmociones finiseculares, que hace algunos años hubiera suscrito sin duda, ya no me parece tan clara a partir de la revisión crítica que hizo de este concepto Ana de Zaballa Beascoechea.

Por otro lado, como bien señala la presentación, este episodio se inserta en un conjunto de acontecimientos relacionados entre sí, todos los cuales giran en torno a la cercana coronación de un “príncipe tlaxcalteca”. En efecto en 1771 habría aparecido en Copala (Nueva Vizcaya) un indio llamado José Carlos Ruvalcaba, quien como comentó José Luis Mirafuentes Galván, pedía la adhesión de los pueblos para proclamarse José Carlos V, “rey de indias”,  y que le tocaba la corona por ser “hijo del gobernador de Tlaxcala, rey de los cielos y de la tierra”. Explicó que “ya no hay rey en España porque <él> le había quitado la Corona. El movimiento halló cierto eco local, pero fue prontamente sofocado por las autoridades, sin mayores consecuencias. Pero no fue el único: en Nayarit, en 1801, una vasta comoción de pueblos indigenas giró en torno a la inminente coronación de otro “príncipe tlaxcalteco”,  un “indio Mariano”, “el de la máscara de oro”. Otros “avatares” de esta figura aparecieron en este año, con mensajes similares, en San Juan Bautista del Río (Durango); en Colotlán; en la ciudad de Durango; y en el Valle de Salinas (Nuevo León).  Como hizo notar Eric van Young, quien también se interesó en estos casos, a más de su propio interés, estos curiosos personajes (algunos de los cuales no parecían estar muy en sus cabales) importan por la aceptación que en muchos casos obtuvieron.

Se trata de temas fascinantes, sobre los cuales aún queda mucho por decir. En este sentido, la Biblioteca Digital Mexicana ha realizado una buena aportación, que esperemos contribuya a renovar el interés y el debate historiográfico.

Referencias

Castro Gutiérrez, Felipe, “La rebelión del indio Mariano (Nayarit, 1801)”, Estudios de Historia Novohispana, n. 10, 1989, p. 347-368.

Cuadriello, Jaime, Las glorias de la República de Tlaxcala o la conciencia como imagen sublime, México, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM-Museo Nacional de Arte, 2004, 483 p.

Mirafuentes Galván, José Luis,  “Identidad india, legitimidad y emancipación política en el noroeste de México (Copala, 1771)”, en Jaime E. Rodríguez (ed.), Patterns of Contention in Mexican history, Wilmington, Scholarly Resources, 1992.

Young, Eric van, “El milenio en las regiones norteñas: el trastornado mesías de Durango y la rebelión popular en México, 1800-1815”, en La crisis del orden colonial, México, Alianza Editorial, 1992,  p. 363-398.

Zaballa Beascoechea, Ana, “La discusión conceptual sobre el mesianismo y milenarismo en Latinoamérica”, Anuario de Historia de la Iglesia, no. 10, 2001,

 

Un reciente (y muy bienvenido) blog ha puesto en conocimiento público el inicio de las excavaciones en Sacapu Angamuco, en la cuenca del lago de Patzcuaro, donde  modernos recursos tecnológicos permiten esperar el hallazgo de un asentamiento mesoamericano particularmente extenso y poblado. El proyecto está dirigido por Christopher Fisher,  al frente de un equipo internacional y multidisciplinario que explora las relaciones entre fluctuación climática, cambio del paisaje y formación del señorío tarasco.

Esta noticia me puso a rebuscar entre mi viejas notas, porque el nombre “me sonaba”. Y efectivamente, Tsacapu  Angamuco (con “ts”, también citado como “Pátzcuaro de abajo”) no desapareció con la conquista, sino que tuvo algunas supervivencias coloniales. El lugar aparece en una relación de 1622 de los sitios que eran sujetos de Pátzcuaro. Era gobernado por un “mandón” (un tal Francisco Cuini), lo cual indica un rango menor al que tenían, por ejemplo, Zurumútaro o Cuanajo, que eran “pueblos” y contaban con varios “oficiales de república”. Hay otra alusión en 1682,  pero el sitio debe haber desaparecido poco después porque no vuelve a ser mencionado hasta que el vice rector del colegio jesuita de Pátzcuaro se refirió a él en 1714 como un “puesto” que formaba parte de su hacienda de La Tareta, y en donde los religiosos tenían un arrendatario. No es raro que los hacendados se apropiaran de sitios abandonados, de buena o mala manera, por la población indígena.

Habrá que esperar los resultados de estas excavaciones, que bien pueden arrojar tambien restos coloniales. Sin duda, habrá mucho de interés para los estudiosos del pasado michoacano.

 

Henri Beuchat (París, 1878) fue  un  arqueólogo y lingüista francés de reconocida autoridad en asuntos del pasado prehispánico. Se admiraba y  respetaba su vasta erudición,  habilidad como dibujante (muy necesaria en aquel entonces),  dedicación y minuciosidad.  Colaboró con varias de las luminarias del americanismo, como Paul Rivet y Marcel Mauss.  Desapareció en 1913, cuando formaba parte de la tripulación de una  desastrosa expedición al ártico canadiense, y su barco fue atrapado por los hielos. Nunca más se supo de ellos.

Su Manual de arqueología… fue ampliamente consultado durante varias décadas (era frecuente referirse a “la conocida obra de Beuchat”). Como era inevitable, las nuevas excavaciones y estudios lo fueron haciendo anticuado (que no obsoleto).

En lo que respecta a México central, Beuchat  hizo una breve reconstrucción de la época prehispánica (basada en los

Chalchiuhtlicue, dibujo de una figura de arcilla existente en el Museo Etnográfico, Berlín

Chalchiuhtlicue, dibujo de una figura de arcilla existente en el Museo Etnográfico, Berlín

autores disponibles, como Alva Ixtilxochitl,  Mendieta, Sahagún, Veitia, Torquemada, Tezozomoc, Acosta, Clavijero, Durán, Chimalpahin, Zurita, entre otros) y en imágenes de los códices Cozcatzin,  Cospi, Vaticano, Borgia,  Borbónico,  Becker, Columbinus, Vindobonensis, Nuttall;  obras existentes en varios museos europeos (como la  “piedra del sacrificio” de Tizoc, entonces en el Museée d´Étnographie du Trocadéro, París) y, para testimonios arqueológicos, en fotografías y otras imágenes de Eduard Seler, así como los recientemente editados manuscritos mexicanos de lord Kingsborough.   Para la conquista, se apoyó en Díaz del Castillo,  Cortés, Vetancourt, Gómara, Solís, Herrera y Chimalpahin. Como puede apreciarse, sus lecturas e inquisiciones fueron extensas, casi exhaustivas para la época.  Respecto a la producción académica mexicana “moderna” , además de los “clásicos”, como León y Gama, Orozco y Berra y García Icazbaleta,  tuvo acceso y se refirió a los artículos publicados en los Anales del Museo Nacional de México.

Beuchat también incluyó una extensa sección sobre los mayas, cuya organización pensaba era en clanes totémicos (basándose en fray Diego de Landa y el mayista Georges Raynaud), un reciente estudio etnográfico de Alfred M.  Tozzer sobre mayas y lacandones, y los trabajos arqueológicos  efectuados por Eric S.  Thompson. Tuvo un  particular interés por el sistema calendárico y la escritura (que consideraba puramente ideográfica).

La interpretación de la sociedad prehispánica de Beuchat sigue la entonces  vigente, esto es, le atribuye un carácter clánico y tribal , tal como lo había propuesto Adolph Francis Bandelier (quien, a su vez, seguía el modelo de desarrollo de las sociedades planteado por su maestro, Lewis H. Morgan, en  La sociedad antigua) . Concluyó que la “confederación mexicana”  más que una “monarquía feudal”  era una “democracia militar”, y que no existían diferencias apreciables de clase.  Veía, a lo sumo, una incipiente concentración de la autoridad y la riqueza (en forma de apropiación privada) del grupo dirigente, los “tecuhtin”, al que se negaba llamar “nobiliario” porque pensaba que su carácter era electivo  (p.297-300). Respecto de la religión, se apoyó en testimonios etnográficos compilados por D.G.Brinton para considerar que se basaba en el nahualismo,  que a su vez debía ser una forma de totemismo, siguiendo la definición general de Durkheim y Mauss.

Hoy día, la obra de Beuchat  interesa porque refleja un momento en la historiografía del tema, da cuenta de los temas que inquietaban a los académicos en aquellos años, y también porque incluyó un conjunto de fotografías y láminas de monumentos que, con el paso de los años, han conocido diversos grados de deterioro (y a veces, restauraciones demasiado completas). Formó también parte de una generación que intentaba  la transición de la antropologia “de gabinete” hacia el trabajo y exploración “de campo”. Y ciertamente, es bueno recordar a quienes dedicaron su vocación al desarrollo de los estudios del pasado americano, y a veces dejaron literalmente su vida en este empeño.

El Manuel d’archéologie américaine : Amérique prehistorique – civilisations disparues,  fue publicado en París, por A. Picard, 1912.  Hubo una pronta traducción al español, que fue la leída de este lado de la mar y aquí he citado, con prólogo de M Vignaud y traducción de Domingo Vaca  (Madrid, Daniel Jorro, editor, 1918).  Hoy es una rareza bibliográfica, pero afortunadamente está disponible en línea, en Google Libros, a partir de un ejemplar existente en la biblioteca de  Princeton University.

Referencias:

C. M. Barbeau, “Henri Beuchat”,  en American Anthropologist, vol.18, 1, 1916.

Bernard Saladin d’Anglure, “Introduction : L’influence de Marcel Mauss sur l’anthropologie des Inuit”, Revue du Mauss permanente, 2 mars 2012 (se refiere en varias secciones a Beuchat)

Otras menciones sobre este autor,  véanse aquí.

Ana de Zaballa Beascoechea (ed.): Los indios, el Derecho Canónico y la justicia eclesiástica en la América virreinal, Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2011, 244 pp.

La historia de la justicia civil en Hispanoamérica colonial ha pasado por varias etapas: desde la primaria e indispensable recopilación de leyes y ordenanzas, transitando por la historia institucional, la de las ideas, hasta llegar a una perspectiva cultural y los temas propios de la antropología jurídica. Existe una relación genética y progresiva entre algunas de estas orientaciones, porque paulatinamente hemos alcanzado una mejor comprensión del proceso judicial y de sus consecuencias….

(Para leer el texto completo de esta reseña, publicada en Anuario de Estudios Americanos, 69 (1),  haga click aquí)

Las elecciones están cercanas, y como no podía ser de otra manera, los historiadores nos hemos puesto a revisar nuestras notas y lecturas sobre comicios en el pasado. Arno Burkholder se ha ocupado de las votaciones del México independiente, y David Carbajal nos ha recordado que existían precedentes coloniales de elecciones, en este caso de cofradías y de órdenes religiosas.

En la Nueva España también había votaciones para elegir a los integrantes de los ayuntamientos, pero no los de españoles (cuyos miembros obtenían el cargo gracias a un remate público).  Donde sí había verdaderos comicios era en los cabildos o “repúblicas” de indios, en los que cada año se elegían gobernador, alcaldes y regidores. Estas autoridades estaban a cargo de mantener el orden, atender asuntos judiciales de menor entidad, recaudar los tributos, organizar las “tandas” del trabajo obligatorio, administrar los recursos comunitarios (como las tierras, aguas y bosques), coadyuvar con el cura párroco y representar los intereses del pueblo frente a las autoridades. A  nivel local, eran asuntos de gran importancia, que afectaban a todos y cada uno de los pobladores. Por esta razón muchas veces aparecían intereses y ambiciones en pugna, que tenían el mayor interés en acomodar la elección a su manera.

Quienes participaban en la votación, como electores y elegibles, eran los hombres “nobles”, con exclusión de los indios “del común”.  A veces la votación  era aun más restringida, y solo votaban los “oficiales” de república salientes, el cacique y los “viejos”, esto es, quienes habían participado anteriormente en cargos de gobierno.

La elección se realizaba al  principio de cada año. Los electores se reunían en las casas de comunidad, sin que debieran estar presentes funcionarios, el cura párroco o ningún vecino español o de las “castas”.

El virrey Velasco entrega las varas de gobierno a los oficiales de república (Códice Osuna)

El virrey Velasco entrega las varas de gobierno a los oficiales de república (Códice Osuna)

La votación tenía que ser libre, ordenada, pacífica y “a mayores votos”.  Cuando concluía,  el escribano indígena levantaba un acta que se llevaba ante el alcalde mayor español. El magistrado entregaba provisionalmente las varas de gobierno a los electos y les concedía 30 días de plazo para acudir a la capital virreinal para confirmar su nombramiento. Si no parecía haber ninguna irregularidad, el virrey  hacía constar la aprobación al pie del acta electoral, tras lo cual los elegidos regresaban  a su pueblo para presentar el documento y jurar el buen uso de su oficio ante el alcalde mayor.

Como puede verse, existía una serie de normas y precauciones para asegurar la legalidad del proceso, que mucho nos recuerdan la complicada normativa contemporánea. Sin embargo, había varios procedimientos para que el gobernador saliente, o  incluso los curas párrocos y alcaldes mayores,  manipularan la jornada electoral o  recurrieran a distintas formas de fraude:

La coerción: los electores desafectos al gobernador saliente eran amenazados o encarcelados con diversos pretextos (deuda de tributos, maltratos a su esposa, embriaguez pública), y sólo eran liberados cuando comprometían su voto hacia los candidatos “oficiales”.

La descalificación: los candidatos podían ser acusados de no cumplir con el requisito de  ser “indio puro”, o bien se les tachaba de faltas a la moral, a los deberes de buen cristiano, o de ser pleitista y haber dejado deudas en algún periodo anterior de gobierno. En el momento previo a la elección, podían ser denunciados como inelegibles por estos motivos.

La manipulación del “padrón electoral”: como no había listas  formales de electores, quien tenía o no el derecho a votar podía ser objeto de dudas. A veces se impedía el acceso a la sala de cabildos de algunos electores, sobre todo cuando eran contrarios a las autoridades salientes, lo cual daba lugar empujones e insultos.

El madruguete: cuando los electores iban a presentar el acta de la elección ante el alcalde mayor, descubrían que se había hecho previamente una votación en secreto, y que incluso los conspiradores habían ya obtenido la confirmación virreinal.

La variante colonial de la “operación tamal”:  uno de los candidatos  reunía a los electores en su casa, varios días antes de la elección, y ahí permanecían, entre música, comida y bebida. De ahí partían a ejercer su voto, con los resultados previsibles.

Estas manipulaciones daban lugar a indignadas quejas que no se presentaban ante las autoridades españolas locales (muchas veces implicadas en el fraude) sino directamente ante el virrey, aunque fuese necesario acudir desde largas distancias a la ciudad de México. En esos casos, el alto funcionario iniciaba una averiguación, pedía informes al alcalde mayor, cura párroco o personalidades locales, y daba aviso a la parte contraria para que alegara su derecho. Si el asunto parecía grave, podía disponer la suspensión del gobernador electo, y que dirigiera interinamente el pueblo una persona respetada, a veces originaria de otro lugar, para calmar los ánimos. En ocasiones, los informes, contrainformes y alegatos se alargaban de tal manera que el conflicto por una elección se empataba con la votación siguiente, con las consecuencias que pueden imaginarse.

Desde luego, muchas elecciones transcurrían pacíficamente y sin conflictos, pero no hay mayor duda de que la tradición  de la manipulación y el fraude electoral no se originó en fechas recientes (como a veces se piensa), sino que tiene orígenes coloniales.

Página siguiente »