Historia de la Casa de Moneda


Entre el 12 y 14 de noviembre próximos tendrá lugar la XII Reunión de Historiadores de la Minería Latinoamericana, teniendo como muy apropiados escenarios el Palacio de Minería y el Museo Nacional de las Culturas (antigua Casa de Moneda) de la ciudad de México. En este último espacio, el día viernes 14 a partir de las 16:20 hs. habrá una sesión “casamonetarista”, moderada por Rosa María Meyer, y con las participaciones de Moisés Gámez Rodríguez (“La Casa de Moneda de San Luis Potosí, 1827-1893”), Juan José Gracida Romo (“Las casas de moneda en el noroeste en el siglo XIX. Un negocio regional”), mientras por mi parte presentaré una ponencia sobre “Trabajo y enfermedades laborales en el Apartado del oro de la Nueva España”.

Esta reunión continúa la ya larga e ilustre historia de los estudios sobre las cecas mexicanas, que son de gran interés por sus aspectos institucionales, económicos, tecnológicos, numismáticos, culturales y sociales. He dicho larga y así es (la historiografía moderna podría remontarse a un artículo de Aiton y Wheeler, publicado en The Hispanic American Historical Review en 1931), pero también, podría haber dicho entrecortada y dispersa. Los ocasionales encuentros que convocan a los investigadores del tema no han sido seguidos de discusiones o publicaciones concertadas, que siempre convienen porque hay temas y perspectivas que se vinculan naturalmente entre sí, y la materia es tan vasta que realmente no puede cubrirse con un solitario esfuerzo individual. Hay también notables huecos en nuestro conocimiento: tenemos solamente aproximaciones al conocimiento de la ceca mexicana en el siglo XVII, y en el otro extremo temporal, para el XIX sabemos mucho más de las cecas provinciales que de la capitalina (lo cual no deja de ser paradójico, porque siempre nos quejamos del centralismo de la historiografía mexicana). Y desde luego, el siglo XX, que cada año que transcurre es más pasado, es casi un desierto historiográfico. Todo esto no sucede por falta de sustento documental, ciertamente, porque hay en los archivos más de lo que podría abarcar un historiador que dedicara toda su vida a ello.

En fin, esta sesión promete ser otro buen suceso en la larga y fructífera tradición historiográfica casamonetarista; ojalá no quede solamente en eso.

Para los interesados en estos temas, es bueno señalar que los organizadores de este congreso han previsto para el sábado 15 una visita al Museo Nacional de las Culturas y al antiguo Apartado del Oro (actual Museo Numismático).

El día de ayer recibí la noticia de que mi artículo sobre “El gran robo de la Real Casa de Moneda. La delincuencia y los límites de la justicia en la ciudad de México” había merecido el “premio al mejor artículo de historia social” del Comité Mexicano de Ciencias Históricas. Es, sin duda, una gran satisfacción, sobre todo viniendo como viene de una asociación que reúne a las instituciones vinculadas con la investigación, docencia, preservación y difusión de la historia de México. Esto es, de mis colegas.

Esta es la segunda vez que el CMCH me honra con un premio al mejor artículo; el previo fue en 2009, con una contribución sobre “Luis de Castilleja Puruata, un noble de ‘mano poderosa’ entre dos épocas del gobierno indígena”. Lo traigo a colación porque hay ciertos aspectos comunes entre los dos casos (además de haber sido publicados en la misma excelente revista, Estudios de Historia Novohispana). En ambos fueron trabajos que desarrollé después de haber concluido el libro que era el resultado principal de mi investigación. Estaba, pues, en la etapa en que abordo aspectos particulares o derivados que, por una u otra razón, habría sido inconveniente comentar más ampliamente antes, porque hubieran sido una digresión de la narrativa general. ¿Será que, sin la presión de la “gran obra”, el estilo resulta más libre y ameno?  Es posible, aunque desde luego, soy un pésimo lector analítico de mí mismo. Es cierto que, según recuerdo, disfruté más de la redacción de ambos ensayos que de los capítulos de los libros previos, muy ceñidos a presentar un vasto volumen de información y análisis en la forma más clara y breve posible.

Los dos artículos, también, tienen en común que presentan buenas historias personales, la una de un noble indígena que se las arregló con diversas maniobras para mantenerse en el poder en Pátzcuaro durante décadas, la otra de un grupo de marginados urbanos que se atrevieron a realizar un audaz robo a la ceca más rica del mundo. Son relatos que tienen una narrativa lineal, incluyen momentos de drama (o tragicomedia, en ocasiones) y se prestan para realizar un ejercicio de comprensión de las conductas, esperanzas, temores y creencias de los hombres y mujeres del pasado.

En fin, como alguna vez comentaba en la presentación de una obra, una vez publicados, los resultados  de la labor de un historiador en cierta manera dejan de pertenecerle. Los libros y artículos encuentran sus propios ecos en su recorrido por el mundo, algunos previsibles, otros inesperados, y a veces para sorpresa (y satisfacción, claro) de su autor.

 

 

Una de las (aparentes)  novedades de la era digital ha sido la aparición del micromecenazgo o financiamiento social de las obras (en inglés, “crowdfunding”). Ha sido utilizado para distintos propósitos, entre ellos por autores o artistas que buscan los fondos para realizar o publicar sus obras.

La idea del mecenazgo literario desde luego no tiene nada de nueva, y ya se practicaba en la Nueva España. En muchos casos se trataba de un rico y poderoso personaje, que fuese por sus propias inclinaciones literarias, simpatías hacia el autor, interés por la temática o simple vanidad financiaba la costosa impresión de un libro. Los virreyes y los obispos fueron frecuentemente grandes mecenas; era algo que iba con su oficio y dignidad de grandes señores. De manera correspondiente, el autor se ocupaba de reconocer con grandes hipérboles el apoyo recibido, a veces de forma poética, e incluso reproducir en las primeras páginas de su obra el escudo de armas de su benefactor.  Es particularmente conocido el caso del virrey marqués de Mancera y sor Juana Inés de la Cruz.

Muchos autores, sin embargo, no lograban mecenas tan generosos y de tantos recursos, pero había otra opción: recurrir a la “subscripción”, esto es, conseguir el apoyo de cierta cantidad de personas, que con inversiones relativamente menores podían apoyar al literato, ver su propio nombre incluido al final de la obra, y recibir el correspondiente ejemplar después de impreso. Era algo que de parte del autor evidentemente requería de paciencia, tiempo y dedicación, pero que podía rendir buenos frutos.

Estas listas de “micromecenas” son interesantes para el historiador, puesto que nos acerca al grupo de personas que tenían intereses intelectuales compartidos, y nos permiten cierta idea de algo que normalmente desconocemos: el público lector de una obra. También es muy posible que no fuesen personas aisladas, sin conocimiento mutuo entre sí, sino que formaran redes de sociabilidad culterana. No me consta por ahora, pero sospecho que el procedimiento de un escritor habilidoso en estos menesteres consistía en solicitar primeramente la “suscripción” de persLoMaximoenloMinimoonalidades destacadas, para luego ir con este poderoso argumento a pedir el apoyo de quienes deseaban ver su nombre junto al de quien admiraban, respetaban o esperaban recibir favores.

Para dar un ejemplo, la obra Lo máximo en lo mínimo. La portentosa imagen de Nuestra Señora de los Remedios, conquistadora y patrona de la Imperial ciudad de México  (México, Zúñiga y Ontiveros, 1808) de Ignacio Carrillo y Pérez, empleado de la Real Casa de Moneda de México, incluía entre unos 300 subscriptores al superintendente o director de esa institución, el marqués de San Román (de cuya ilustración dejó  elogio el barón de Humboldt), Pascual de Apezechea, que tenía en cargo de apartado del Oro,  y  el influyente y rico marqués de Rayas. Como era de esperarse, gran cantidad de los empleados de alto y mediano rango de la ceca asimismo aparecen enlistados, pero asimismo lo hacen gran número de funcionarios de otras dependencias gubernamentales, a quienes algunas inclinaciones literarias podían ser de ayuda en su carrera, así como eclesiásticos, que evidentemente tenían apego a los temas piadosos (un sacerdote oratoriano se destacó al “apuntarse” con quince ejemplares). Esto era de esperarse, pero el listado también presenta algunas sorpresas: varios militares (el ejemplar que he consultado perteneció precisamente a Juan Viruega, sargento mayor de infantería de Celaya); numerosos residentes fuera de la capital (y no sólo en grandes ciudades, como  Querétaro, Puebla, Guanajuato o Zacatecas sino también en lugares mas inesperados, como Actopan, Izúcar, Perote, Cacalotenango…); una respetable cantidad de comerciantes, que muestran que la contabilidad no excluía las buenas lecturas; y algunas mujeres, notablemente la marquesa de San Román, a quien se identifica como académica de mérito de la Real Academia de San Carlos. En contraste, aparecen pocos catedráticos universitarios o juristas, dos sectores que a priori habría esperado hallar.

LoMaximo-ViruegaEn fin, este material parece una fuente prometedora para el curioso historiador. Una compilación ordenada de los “micronecenazgos” novohispanos, así como el estudio sistemático de su oficio, posición social, ubicación y mutuas relaciones podría derivar en resultados de mucho interés.

La historia de la Real Casa de Moneda de México nunca deja  de ofrecer ángulos inesperados y sorprendentes. Uno de ellos, que en el pasado exploré  sumariamente, porque no era mi asunto principal, es el de las repercusiones literarias de las actividades de sus oficiales (en la época primitiva, desde 1535) y sus funcionarios (cuando pasó, en 1732, a la administración real directa).

Uno de los personajes más llamativos es Melchor de Cuéllar,  un gaditano que hizo fortuna en México gracias a la grana cochinilla y el comercio con Filipinas. Para dar mayor sustento y brillo a sus riquezas, compró un oficio (sí, estos puestos se compraban) de regidor en Puebla, e hizo lo mismo para convertirse en ensayador de la ceca mexicana (un cargo que, obviamente, no desempeñaba por sí mismo).  Cuéllar patrocinó la fundación del jesuítico Colegio Seminario de Nuestra Señora de Santa Ana, en la ciudad de México, y en su tierra natal fundó una obra pía para dotar a jóvenes doncellas. Era muy devoto de la Virgen del Carmen, y los frailes de esta orden consiguieron que fuese  también patrono de la construcción del convento del Santo Desierto, que con el tiempo fue llamado de “los Leones”, en los ásperos montes cercanos a la capital virreinal. Para dejarles una renta segura, Cuéllar les cedió en 1636 el oficio de ensayador, que los religiosos detentaron hasta 1732, cuando la Corona confiscó todos estos cargos anteriormente cedidos a particulares (lateralmente, esta es la razón por la cual algunas monedas acuñadas en este periodo llevan una “D”, por “Desierto”, que tanto ha intrigado a los numismáticos).

El agradecimiento de los carmelitas fue grande.  A su muerte en 1633, le dieron sepultura en el conventEpistolarioo del Desierto de los Leones, en cuyo atrio existe una inscripción a su memoria. Y cuando en 1801 los frailes se trasladaron a Tenancingo, se llevaron los despojos fúnebres de su protector. Allá puede verse una estatua orante de Cuéllar, que como hizo notar el maestro Manuel Toussaint, es uno de los raros ejemplos novohispanos de este género de imaginería funeraria.

No quedó aquí el carmelitano agradecimiento. En 1624 salió de prensas del convento de Uclés (en la provincia de Cuenca, España) el Epistolario espiritual para personas de diferentes estados, compuesto por el P. Iuan de Iesus Maria, prior del Sagrado Yermo de Nuestra Señora del Carmen de Descalços de la Nueva España,  dirigido a Melchor de Cuéllar, ensayador mayor de la Casa de Moneda de México, y fundador y patrón de dicho sagrado yermo. Del autor sabemos, gracias a Dolores Bieñko, que era sevillano, vivió entre 1560 y 1644, fue autor prolífico, prior provincial, fundador del desértico convento leonino y confesor del obispo Juan de Palafox (a quien no parece haberle aprovechado mucho la epístola XX, que trata de cómo un prelado ha de haberse en el gobierno de los suyos, para  así ser amado y respetado de todos).

Algo tendré que decir acerca de la sentida “Dedicatoria” inicial a Cuéllar, así como de la epístola que a él está dedicada, la XXXIX, donde le aconseja todo lo necesario para el sustento de los religiosos,  recordándole que si Dios le pide de su hacienda, es para tener ocasión de darle aun más mercedes y logros. Desde luego, lo obvio es la “sutil apelación” a su generosidad, pero entre las recargadas anáforas, sinécdoques y elipsis de la retórica barroca hay muchas claves, insinuaciones y subtextos a las culales  bien valdrá dedicar algún rato.

En el¡ grabado de la portada del libro , de construcción arquitectónica, aparecen Santa Teresa, San Juan de la Cruz y los emblemas carmelitanos, con dos angelotes a modo de tenantes. Todo de muy buena factura, pero bastante previsible. Sin embargo, debajo del motivo principal también se alcanza a ver una muy discreta línea que dice  “J W Schorquens faciebat”. Este Schorquens fue un prestigiado (y  muy cotizado) grabador flamenco, activo en Madrid en esos años. La indecisa y ambigua expresión latina faciebat (en imperfecto, en  lugar del habitual fecit) deja la impresión de un acto de modestia del grabador, quizás ante lo solemne del asunto. O de algo que no acabó de satisfacerle del todo. Ya se sabe, estos viejos libros a veces ocultan curiosos enigmas.

faciebat

 BIBLIOGRAFÍA

Epistolario espiritual para personas de diferentes estados compuesto por el P. Iuan de Iesus Maria, prior del Sagrado Yermo de Nuestra Señora del Carmen de Descalços de la Nueva España, Uclés, Convento de San Ioseph, por Domingo de la Iglesia, 1624.

Manuel Toussaint, “La escultura funeraria en la Nueva España”, en Anales, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, no, 3, 1944,

Dolores Bieñko de Peralta, “La autobiografía de un carmelita novohispano, fray Juan de Jesús María: prior, fundador del Desierto de los Leones y confesor de Palafox”, en Memoria. XVIII Encuentro de investigadores del pensamiento novohispano, Abraham Sánchez Flores, comp., San Luis Potosí, 2005.

Este artículo (publicado en francés) estudia los orígenes, características y situación social de los negros y mulatos que trabajaban en la Real Casa

Mulato (fragmento de pintura, Museo Nacional del Virreinato)

Mulato (fragmento de pintura, Museo Nacional del Virreinato)

de Moneda de la ciudad de México.  Se trata de un grupo importante tanto por su número como porque de su labor  (sobre todo en la fundición, donde eran mayoría) dependía la buena ley de la moneda que alimentaba las finanzas del Imperio español y era utilizada como medio primordial de cambio en el comercio internacional de aquel entonces.

El texto describe la larga historia de estos trabajadores de la ceca, ocupados de alguna de las labores más duras e insalubres de la producción. Como podrá apreciarse, es un devenir que no puede reducirse a la descripción de su condición de esclavos. Por el contrario, estos hombres buscaron y lograron aprovechar todos los recursos y medios disponibles a su alcance, algunos legales y otros no tanto, para conseguir y defender un espacio propio bajo muy difíciles circunstancias. A principios del siglo XVIII, de hecho, los administradores de la ceca decían que los esclavos negros tenían “una manera de vivir muy alejada de la que debia ser propia de la esclavitud”, lo cual entre otras cosas explica la preferencia posterior por el trabajo asalariado libre.

Esta contribución aparece dentro de la obra colectiva Les esclavages en Amérique coloniale, editada por Bernard Grunberg, Paris, Éditions L’Harmattan, 2013, 233p. ISBN : 978-2-336-29183-3

Hay también otros capítulos del mayor interés, como puede verse en el siguiente índice de la obra:

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Présentation

L’esclavage en Espagne et Nouvelle-Espagne. Continuité et adaptation (XVIe-XVIIe siècles) – J. Montemayor

Noirs et Mulâtres à l’Hôtel Royal des Monnaies de Mexico. Histoires d’une discrimination et d’une survie au quotidien – F. Castro Gutiérrez

Negros, Mulatos, Pardos, Jarochos : Chemins et représentations du métissage des Noirs dans la région de Veracruz – A. Stella

La production de yerba mate et l’exploitation de la main-d’oeuvre indigène dans le Paraguay colonial (XVIe-XVIIIe siècles) – P. Domingo

“De l’instruction des Nègres”. Le jésuite Pelleprat et l’éducation religieuse des esclaves dans les Petites Antilles françaises au milieu du XVIIe siècle – É. Roulet

Les Pays-Bas et le commencement de la traite vers les Antilles anglaises et françaises, 1640-1700 – P. Emmer

De la catégorisation des populations coloniales à leur racialisation : l’exemple des colonies des Antilles françaises – F. Régent

La mer, espace de liberté ? Marrons maritimes aux Caraïbes (1750-1802) – M. Lienhard

Masques noirs, murs blancs – É. Noël

L’esclavage à l’époque coloniale : contribution de l’archéologie funéraire. Le cimetière d’Anse Sainte-Marguerite (Guadeloupe) – P. Courtaud

L’esclavage dans les premiers guides touristiques des Antilles françaises (1913, 1931) – D. Bégot

L’histoire de la traite négrière et de l’esclavage au lycée : ouverture des programmes et ambiguïtés nouvelles – M.A. de Suremain

Documents : Lettre au roi de l’archevêque de Mexico sur l’esclavage des Noirs (Mexico, 30 juin 1560) ;

Les Indiens caraïbes, acteurs et objets de traite aux Antilles françaises (XVIIe-XVIIIe siècle)

Varia

La conquête des Itza – V. Testa

Documents : Les missionnaires espagnols face au dernier “royaume maya”

Comptes rendus : Susan Schroeder, Stafford Poole [Éd.], Religion in New Spain, 2007 (É. Roulet) ; Patrick Saurin, Les fleurs de l’Intérieur du ciel. Chants de l’ancien Mexique, 2009 (É. Roulet) ; Hélène Vignaux, Esclavage et rébellion. La construction sociale des Noirs et des Mulâtres (Nouvelle Grenade, XVIIe siècle), 2007 (M. Fouchart) ; Hélène Vignaux, Esclavage, traite et évangélisation des Noirs dans le Nouveau Royaume de Grenade au XVIIe siècle, 2008 (M. Fouchart)

La obra está disponible en el sitio web de ediciones L’ Harmattan.

Uno de los aspectos notables de la Real Casa de Moneda de México fue su carácter de “matriz” respecto a las demás hispanoamericanas. No se trata solamente de que fuese la primera (1535), sino de que sus ordenanzas fueron adoptadas (con las pertinentes adecuaciones) por las demás cecas, y fue asimismo frecuente que diversas innovaciones tecnológicas se implementaran inicialmente en México y luego se trasladaran a otros dominios del rey.

El caso más notorio fue el de la casa de moneda guatemalteca, que pertenecía al mismo virreinato aunque estaba en la jurisdicción de otra audiencia. Es algo que ciertamente llama la atención, porque en general las oficiales de la ceca y las autoridades novohispanas habían resistido todo intento de establecer otras casas de moneda en lugares donde hubiera sido lógico que existieran (como las minas de Zacatecas o Guanajuato), para así mantener el más estricto control sobre la acuñación. Es de suponer que en el caso guatemalteco, la ceca estaría lo bastante lejos y la producción sería lo suficientemente limitada (ante la ausencia de grandes minas) para no generar inquietudes.

En Guatemala había existido una grave necesidad y una insistente demanda para el establecimiento de una casa de moneda,  dada la escasez de circulante, con intervención de destacadas personalidades, de la Real Audiencia y del obispo. Finalmente, Felipe V la autorizó por una real cédula de 17  de enero de 1731. Comenzó a producir  en 1733, con la técnica artesanal, de acuñación “a martillo” (no muy distinta a la del taller de un hojalatero) de la que resultaban las monedas irregulares conocidas como “macuquinas“. Lo que aquí particularmente me interesa es que el director nombrado, el presbítero bachiller José Eustaquio de León, estuvo en México antes de la inauguración del establecimiento dedicándose a familiarizarse con la técnica y procedimientos,  tramitando el envío de  una balanza de ensayador, pesas, dinerales,  matrices, troqueles y otras herramientas para la acuñación, así como reclutando un fundidor, tallador y operarios experimentados.

El superintendente de la ceca mexicana, Fernández de Echeverría y Veytia, también puso de sí para facilitar el nuevo establecimiento, por ejemplo para que León se familiarizara con los imprescindibles procedimientos contables. Todavía en fechas posteriores continuó esta ayuda y supervisión, con el envío de maquinaria, de materias primas como el cobre y aguafuerte, así como en la corrección de algunos defectos observadose en las emisiones guatemaltecas. Existía comunicación y consultas frecuentes entre las autoridades de ambas cecas, así como relaciones de colaboración que fueron particularmente evidentes entre 1750-54, cuando en Guatemala se introdujeron molinos y  prensas de volante, que permitían la acuñación mecánica y uniforme de monedas circulares; y en menor medida a principios de la década de 1770, cuando se decidió sustituir el antiguo modelo “de columnas” por la llamada “de busto”, por llevar el del monarca reinante.

La revolución de 1810 dificultó grandemente las comunicaciones, que se restablecieron brevemente a raíz de la proclamación del Imperio Mexicano en 1821. La caída de Iturbide y la independencia de Centroamérica, en 1823, cortaron definitivamente las relaciones de colaboración entre ambas cecas.

……….

Las ceremonias realizadas en ocasión de la inaguración del establecimiento y otros datos de interés pueden leerse en el cronista Domingo Juarros, Compendio de la historia de la ciudad de Guatemala (Guatemala, 1808).

Presentación del libro

Historia social de la Real Casa de Moneda de México HistSocCdeM-portada

Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, UNAM

Salón El caballito

Sábado 2 de marzo de 2013, 13 hs.

Comentan:

Guillermina del Valle Pavón  (Instituto Mora) y

Eduardo Flores Clair (Dirección de Estudios Históricos, INAH)

Moderadora: Lida E. Gómez  García

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Presencia del Instituto de Investigaciones Históricas (UNAM) en la XXXIV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería

 

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