Historia de la Casa de Moneda


Una de las (aparentes)  novedades de la era digital ha sido la aparición del micromecenazgo o financiamiento social de las obras (en inglés, “crowdfunding”). Ha sido utilizado para distintos propósitos, entre ellos por autores o artistas que buscan los fondos para realizar o publicar sus obras.

La idea del mecenazgo literario desde luego no tiene nada de nueva, y ya se practicaba en la Nueva España. En muchos casos se trataba de un rico y poderoso personaje, que fuese por sus propias inclinaciones literarias, simpatías hacia el autor, interés por la temática o simple vanidad financiaba la costosa impresión de un libro. Los virreyes y los obispos fueron frecuentemente grandes mecenas; era algo que iba con su oficio y dignidad de grandes señores. De manera correspondiente, el autor se ocupaba de reconocer con grandes hipérboles el apoyo recibido, a veces de forma poética, e incluso reproducir en las primeras páginas de su obra el escudo de armas de su benefactor.  Es particularmente conocido el caso del virrey marqués de Mancera y sor Juana Inés de la Cruz.

Muchos autores, sin embargo, no lograban mecenas tan generosos y de tantos recursos, pero había otra opción: recurrir a la “subscripción”, esto es, conseguir el apoyo de cierta cantidad de personas, que con inversiones relativamente menores podían apoyar al literato, ver su propio nombre incluido al final de la obra, y recibir el correspondiente ejemplar después de impreso. Era algo que de parte del autor evidentemente requería de paciencia, tiempo y dedicación, pero que podía rendir buenos frutos.

Estas listas de “micromecenas” son interesantes para el historiador, puesto que nos acerca al grupo de personas que tenían intereses intelectuales compartidos, y nos permiten cierta idea de algo que normalmente desconocemos: el público lector de una obra. También es muy posible que no fuesen personas aisladas, sin conocimiento mutuo entre sí, sino que formaran redes de sociabilidad culterana. No me consta por ahora, pero sospecho que el procedimiento de un escritor habilidoso en estos menesteres consistía en solicitar primeramente la “suscripción” de persLoMaximoenloMinimoonalidades destacadas, para luego ir con este poderoso argumento a pedir el apoyo de quienes deseaban ver su nombre junto al de quien admiraban, respetaban o esperaban recibir favores.

Para dar un ejemplo, la obra Lo máximo en lo mínimo. La portentosa imagen de Nuestra Señora de los Remedios, conquistadora y patrona de la Imperial ciudad de México  (México, Zúñiga y Ontiveros, 1808) de Ignacio Carrillo y Pérez, empleado de la Real Casa de Moneda de México, incluía entre unos 300 subscriptores al superintendente o director de esa institución, el marqués de San Román (de cuya ilustración dejó  elogio el barón de Humboldt), Pascual de Apezechea, que tenía en cargo de apartado del Oro,  y  el influyente y rico marqués de Rayas. Como era de esperarse, gran cantidad de los empleados de alto y mediano rango de la ceca asimismo aparecen enlistados, pero asimismo lo hacen gran número de funcionarios de otras dependencias gubernamentales, a quienes algunas inclinaciones literarias podían ser de ayuda en su carrera, así como eclesiásticos, que evidentemente tenían apego a los temas piadosos (un sacerdote oratoriano se destacó al “apuntarse” con quince ejemplares). Esto era de esperarse, pero el listado también presenta algunas sorpresas: varios militares (el ejemplar que he consultado perteneció precisamente a Juan Viruega, sargento mayor de infantería de Celaya); numerosos residentes fuera de la capital (y no sólo en grandes ciudades, como  Querétaro, Puebla, Guanajuato o Zacatecas sino también en lugares mas inesperados, como Actopan, Izúcar, Perote, Cacalotenango…); una respetable cantidad de comerciantes, que muestran que la contabilidad no excluía las buenas lecturas; y algunas mujeres, notablemente la marquesa de San Román, a quien se identifica como académica de mérito de la Real Academia de San Carlos. En contraste, aparecen pocos catedráticos universitarios o juristas, dos sectores que a priori habría esperado hallar.

LoMaximo-ViruegaEn fin, este material parece una fuente prometedora para el curioso historiador. Una compilación ordenada de los “micronecenazgos” novohispanos, así como el estudio sistemático de su oficio, posición social, ubicación y mutuas relaciones podría derivar en resultados de mucho interés.

La historia de la Real Casa de Moneda de México nunca deja  de ofrecer ángulos inesperados y sorprendentes. Uno de ellos, que en el pasado exploré  sumariamente, porque no era mi asunto principal, es el de las repercusiones literarias de las actividades de sus oficiales (en la época primitiva, desde 1535) y sus funcionarios (cuando pasó, en 1732, a la administración real directa).

Uno de los personajes más llamativos es Melchor de Cuéllar,  un gaditano que hizo fortuna en México gracias a la grana cochinilla y el comercio con Filipinas. Para dar mayor sustento y brillo a sus riquezas, compró un oficio (sí, estos puestos se compraban) de regidor en Puebla, e hizo lo mismo para convertirse en ensayador de la ceca mexicana (un cargo que, obviamente, no desempeñaba por sí mismo).  Cuéllar patrocinó la fundación del jesuítico Colegio Seminario de Nuestra Señora de Santa Ana, en la ciudad de México, y en su tierra natal fundó una obra pía para dotar a jóvenes doncellas. Era muy devoto de la Virgen del Carmen, y los frailes de esta orden consiguieron que fuese  también patrono de la construcción del convento del Santo Desierto, que con el tiempo fue llamado de “los Leones”, en los ásperos montes cercanos a la capital virreinal. Para dejarles una renta segura, Cuéllar les cedió en 1636 el oficio de ensayador, que los religiosos detentaron hasta 1732, cuando la Corona confiscó todos estos cargos anteriormente cedidos a particulares (lateralmente, esta es la razón por la cual algunas monedas acuñadas en este periodo llevan una “D”, por “Desierto”, que tanto ha intrigado a los numismáticos).

El agradecimiento de los carmelitas fue grande.  A su muerte en 1633, le dieron sepultura en el conventEpistolarioo del Desierto de los Leones, en cuyo atrio existe una inscripción a su memoria. Y cuando en 1801 los frailes se trasladaron a Tenancingo, se llevaron los despojos fúnebres de su protector. Allá puede verse una estatua orante de Cuéllar, que como hizo notar el maestro Manuel Toussaint, es uno de los raros ejemplos novohispanos de este género de imaginería funeraria.

No quedó aquí el carmelitano agradecimiento. En 1624 salió de prensas del convento de Uclés (en la provincia de Cuenca, España) el Epistolario espiritual para personas de diferentes estados, compuesto por el P. Iuan de Iesus Maria, prior del Sagrado Yermo de Nuestra Señora del Carmen de Descalços de la Nueva España,  dirigido a Melchor de Cuéllar, ensayador mayor de la Casa de Moneda de México, y fundador y patrón de dicho sagrado yermo. Del autor sabemos, gracias a Dolores Bieñko, que era sevillano, vivió entre 1560 y 1644, fue autor prolífico, prior provincial, fundador del desértico convento leonino y confesor del obispo Juan de Palafox (a quien no parece haberle aprovechado mucho la epístola XX, que trata de cómo un prelado ha de haberse en el gobierno de los suyos, para  así ser amado y respetado de todos).

Algo tendré que decir acerca de la sentida “Dedicatoria” inicial a Cuéllar, así como de la epístola que a él está dedicada, la XXXIX, donde le aconseja todo lo necesario para el sustento de los religiosos,  recordándole que si Dios le pide de su hacienda, es para tener ocasión de darle aun más mercedes y logros. Desde luego, lo obvio es la “sutil apelación” a su generosidad, pero entre las recargadas anáforas, sinécdoques y elipsis de la retórica barroca hay muchas claves, insinuaciones y subtextos a las culales  bien valdrá dedicar algún rato.

En el¡ grabado de la portada del libro , de construcción arquitectónica, aparecen Santa Teresa, San Juan de la Cruz y los emblemas carmelitanos, con dos angelotes a modo de tenantes. Todo de muy buena factura, pero bastante previsible. Sin embargo, debajo del motivo principal también se alcanza a ver una muy discreta línea que dice  “J W Schorquens faciebat”. Este Schorquens fue un prestigiado (y  muy cotizado) grabador flamenco, activo en Madrid en esos años. La indecisa y ambigua expresión latina faciebat (en imperfecto, en  lugar del habitual fecit) deja la impresión de un acto de modestia del grabador, quizás ante lo solemne del asunto. O de algo que no acabó de satisfacerle del todo. Ya se sabe, estos viejos libros a veces ocultan curiosos enigmas.

faciebat

 BIBLIOGRAFÍA

Epistolario espiritual para personas de diferentes estados compuesto por el P. Iuan de Iesus Maria, prior del Sagrado Yermo de Nuestra Señora del Carmen de Descalços de la Nueva España, Uclés, Convento de San Ioseph, por Domingo de la Iglesia, 1624.

Manuel Toussaint, “La escultura funeraria en la Nueva España”, en Anales, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, no, 3, 1944,

Dolores Bieñko de Peralta, “La autobiografía de un carmelita novohispano, fray Juan de Jesús María: prior, fundador del Desierto de los Leones y confesor de Palafox”, en Memoria. XVIII Encuentro de investigadores del pensamiento novohispano, Abraham Sánchez Flores, comp., San Luis Potosí, 2005.

Este artículo (publicado en francés) estudia los orígenes, características y situación social de los negros y mulatos que trabajaban en la Real Casa

Mulato (fragmento de pintura, Museo Nacional del Virreinato)

Mulato (fragmento de pintura, Museo Nacional del Virreinato)

de Moneda de la ciudad de México.  Se trata de un grupo importante tanto por su número como porque de su labor  (sobre todo en la fundición, donde eran mayoría) dependía la buena ley de la moneda que alimentaba las finanzas del Imperio español y era utilizada como medio primordial de cambio en el comercio internacional de aquel entonces.

El texto describe la larga historia de estos trabajadores de la ceca, ocupados de alguna de las labores más duras e insalubres de la producción. Como podrá apreciarse, es un devenir que no puede reducirse a la descripción de su condición de esclavos. Por el contrario, estos hombres buscaron y lograron aprovechar todos los recursos y medios disponibles a su alcance, algunos legales y otros no tanto, para conseguir y defender un espacio propio bajo muy difíciles circunstancias. A principios del siglo XVIII, de hecho, los administradores de la ceca decían que los esclavos negros tenían “una manera de vivir muy alejada de la que debia ser propia de la esclavitud”, lo cual entre otras cosas explica la preferencia posterior por el trabajo asalariado libre.

Esta contribución aparece dentro de la obra colectiva Les esclavages en Amérique coloniale, editada por Bernard Grunberg, Paris, Éditions L’Harmattan, 2013, 233p. ISBN : 978-2-336-29183-3

Hay también otros capítulos del mayor interés, como puede verse en el siguiente índice de la obra:

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Présentation

L’esclavage en Espagne et Nouvelle-Espagne. Continuité et adaptation (XVIe-XVIIe siècles) – J. Montemayor

Noirs et Mulâtres à l’Hôtel Royal des Monnaies de Mexico. Histoires d’une discrimination et d’une survie au quotidien – F. Castro Gutiérrez

Negros, Mulatos, Pardos, Jarochos : Chemins et représentations du métissage des Noirs dans la région de Veracruz – A. Stella

La production de yerba mate et l’exploitation de la main-d’oeuvre indigène dans le Paraguay colonial (XVIe-XVIIIe siècles) – P. Domingo

“De l’instruction des Nègres”. Le jésuite Pelleprat et l’éducation religieuse des esclaves dans les Petites Antilles françaises au milieu du XVIIe siècle – É. Roulet

Les Pays-Bas et le commencement de la traite vers les Antilles anglaises et françaises, 1640-1700 – P. Emmer

De la catégorisation des populations coloniales à leur racialisation : l’exemple des colonies des Antilles françaises – F. Régent

La mer, espace de liberté ? Marrons maritimes aux Caraïbes (1750-1802) – M. Lienhard

Masques noirs, murs blancs – É. Noël

L’esclavage à l’époque coloniale : contribution de l’archéologie funéraire. Le cimetière d’Anse Sainte-Marguerite (Guadeloupe) – P. Courtaud

L’esclavage dans les premiers guides touristiques des Antilles françaises (1913, 1931) – D. Bégot

L’histoire de la traite négrière et de l’esclavage au lycée : ouverture des programmes et ambiguïtés nouvelles – M.A. de Suremain

Documents : Lettre au roi de l’archevêque de Mexico sur l’esclavage des Noirs (Mexico, 30 juin 1560) ;

Les Indiens caraïbes, acteurs et objets de traite aux Antilles françaises (XVIIe-XVIIIe siècle)

Varia

La conquête des Itza – V. Testa

Documents : Les missionnaires espagnols face au dernier “royaume maya”

Comptes rendus : Susan Schroeder, Stafford Poole [Éd.], Religion in New Spain, 2007 (É. Roulet) ; Patrick Saurin, Les fleurs de l’Intérieur du ciel. Chants de l’ancien Mexique, 2009 (É. Roulet) ; Hélène Vignaux, Esclavage et rébellion. La construction sociale des Noirs et des Mulâtres (Nouvelle Grenade, XVIIe siècle), 2007 (M. Fouchart) ; Hélène Vignaux, Esclavage, traite et évangélisation des Noirs dans le Nouveau Royaume de Grenade au XVIIe siècle, 2008 (M. Fouchart)

La obra está disponible en el sitio web de ediciones L’ Harmattan.

Uno de los aspectos notables de la Real Casa de Moneda de México fue su carácter de “matriz” respecto a las demás hispanoamericanas. No se trata solamente de que fuese la primera (1535), sino de que sus ordenanzas fueron adoptadas (con las pertinentes adecuaciones) por las demás cecas, y fue asimismo frecuente que diversas innovaciones tecnológicas se implementaran inicialmente en México y luego se trasladaran a otros dominios del rey.

El caso más notorio fue el de la casa de moneda guatemalteca, que pertenecía al mismo virreinato aunque estaba en la jurisdicción de otra audiencia. Es algo que ciertamente llama la atención, porque en general las oficiales de la ceca y las autoridades novohispanas habían resistido todo intento de establecer otras casas de moneda en lugares donde hubiera sido lógico que existieran (como las minas de Zacatecas o Guanajuato), para así mantener el más estricto control sobre la acuñación. Es de suponer que en el caso guatemalteco, la ceca estaría lo bastante lejos y la producción sería lo suficientemente limitada (ante la ausencia de grandes minas) para no generar inquietudes.

En Guatemala había existido una grave necesidad y una insistente demanda para el establecimiento de una casa de moneda,  dada la escasez de circulante, con intervención de destacadas personalidades, de la Real Audiencia y del obispo. Finalmente, Felipe V la autorizó por una real cédula de 17  de enero de 1731. Comenzó a producir  en 1733, con la técnica artesanal, de acuñación “a martillo” (no muy distinta a la del taller de un hojalatero) de la que resultaban las monedas irregulares conocidas como “macuquinas“. Lo que aquí particularmente me interesa es que el director nombrado, el presbítero bachiller José Eustaquio de León, estuvo en México antes de la inauguración del establecimiento dedicándose a familiarizarse con la técnica y procedimientos,  tramitando el envío de  una balanza de ensayador, pesas, dinerales,  matrices, troqueles y otras herramientas para la acuñación, así como reclutando un fundidor, tallador y operarios experimentados.

El superintendente de la ceca mexicana, Fernández de Echeverría y Veytia, también puso de sí para facilitar el nuevo establecimiento, por ejemplo para que León se familiarizara con los imprescindibles procedimientos contables. Todavía en fechas posteriores continuó esta ayuda y supervisión, con el envío de maquinaria, de materias primas como el cobre y aguafuerte, así como en la corrección de algunos defectos observadose en las emisiones guatemaltecas. Existía comunicación y consultas frecuentes entre las autoridades de ambas cecas, así como relaciones de colaboración que fueron particularmente evidentes entre 1750-54, cuando en Guatemala se introdujeron molinos y  prensas de volante, que permitían la acuñación mecánica y uniforme de monedas circulares; y en menor medida a principios de la década de 1770, cuando se decidió sustituir el antiguo modelo “de columnas” por la llamada “de busto”, por llevar el del monarca reinante.

La revolución de 1810 dificultó grandemente las comunicaciones, que se restablecieron brevemente a raíz de la proclamación del Imperio Mexicano en 1821. La caída de Iturbide y la independencia de Centroamérica, en 1823, cortaron definitivamente las relaciones de colaboración entre ambas cecas.

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Las ceremonias realizadas en ocasión de la inaguración del establecimiento y otros datos de interés pueden leerse en el cronista Domingo Juarros, Compendio de la historia de la ciudad de Guatemala (Guatemala, 1808).

Presentación del libro

Historia social de la Real Casa de Moneda de México HistSocCdeM-portada

Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, UNAM

Salón El caballito

Sábado 2 de marzo de 2013, 13 hs.

Comentan:

Guillermina del Valle Pavón  (Instituto Mora) y

Eduardo Flores Clair (Dirección de Estudios Históricos, INAH)

Moderadora: Lida E. Gómez  García

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Presencia del Instituto de Investigaciones Históricas (UNAM) en la XXXIV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería

 

Uno de los problemas de toda casa de moneda era mantener la exactitud  en el peso de las piezas acuñadas. No era tarea fácil, porque siempre era posible una degradación paulatina e inadvertida, que por infinitesimal que fuese podía irse acumulando insensiblemente con el tiempo.  O bien, podían ocurrir maniobras fraudulentas, en que la diferencia del peso, difícil de advertir a simple vista, quedaba en manos de  funcionarios desleales, como llegó a ocurrir en Potosí, en el virreinato peruano.

Eran problemas que podían tener graves consecuencias,  y provocar incluso la devaluación del circulante. Por esta razón, las ordenanzas preveían que hubiera siempre en las cecas una pesa con el marco castellano “tipo” (que, en términos modernos, era 230,0465 gramos), así como varios dinerales, que eran pesitas de pequeño tamaño, equivalentes a las distintas monedas. Unas y otras pesas servían como referencia exacta para “ajustar”, como se decía, las monedas,  y asegurarse de que la “talla” (o sea la cantidad de piezas que se extraía de un marco) fuesen las indicadas por las ordenanzas. Ni más, ni menos.

Estas pesas estaban hechas de bronce para evitar, en lo posible,  su deterioro. Las tenía a su cargo el  maestro de balanza o “balanzario”, quien entregaba copias numeradas a los capataces de cada hornaza (en la época “primitiva” de la ceca) y, desde 1732, al “fiel” de moneda, que supervisaba la formación de cospeles (los discos metálicos que conformarían la moneda) a partir de los rieles metálicos. Una vez concluida la ac uñación, algunas monedas escogidas al azar volvían a pesarse,  para comprobar que todo estuviera en orden, y sólo entonces se entregaban al público.

Dada su importancia, los marcos y dinerales originales se guardaban celosamente. En cierto sentido, estas piezas tenían también una función simbólica: representaban la autoridad del rey, que era el garante último de la moneda, así como el profesionalismo y fidelidad de los funcionarios de la ceca. Por esta razón, se conservaban en una caja hecha de materiales nobles,  y las piezas llevaban impresos motivos decorativos, así como la marca o señal del artesano o funcionario responsable de su buena hechura. Un raro y precioso ejemplar  de estas cajas, utilizada por un cambista, fue expuesto en 2007 el Museo de las Ferias, de Medina del Campo, y hay otra en el Museu de  Prehistòria de Valencia, al que pertenece la siguiente imagen:

Museu Valencia

En el caso de la ceca mexicana, tenemos afortunadamente una descripción de estas pesas y dinerales, hecha por el tesorero Joseph Diego de Medina y Saravia, en 1729.  Decía  que siempre había existido un marco original “guardado en un cajoncito de cedro por dentro, y por fuera de tapinziran a lo que parece, embutido de hueso blanco con su llave y cerradura, y en la tapa de dicho cajoncillo se hallan puestas las reales armas de Su Majestad en un escudo de plata, y debajo de él una tarja del mismo metal con su rótulo que dice así: Por mandado del excelentísimo Ilustrísimo señor don Juan de Palafox y Mendoza, del Consejo de Su Majestad y del Real de Indias, virrey y capitán general de esta Nueva España, obispo de la Puebla de los Angeles, visitador de este reino y Real Casa de Moneda, se hizo este caja en 4 de julio de 1645”.

Dentro se guardaba un marco de bronce  que tenía impresos una flor de lis y dos manojitos de flechas atados. Asimismo había otras dos cajitas, con las armas reales y una inscripción que decía  “siendo tesorero  Juan de Vera, en 1651, y su teniente capitán don Joseph de Quesada, se hicieron estos dinerales que corresponden al peso doble, de a cuatro, de a dos reales, medio, todos marcados con un castillo y un león”.  Existía también otra cajita, con las piezas de granos y dinerales utilizados por el ensayador, y finalmente una bolsita de brocato verde con otros dos juegos de dinerales de plata marcado con león, castillo y flor de lis; y otros sólo con puntos que denotaban el peso de la pieza.

La referencia a Palafox se debe a que este célebre y polémico personaje realizó una minuciosa visita a la Casa de Moneda en 1644, como parte de su labor en la inspección de la hacienda pública. Los castillos y leones, desde luego, eran las armas de Castilla. El tesorero se quedó muy intrigado con las marcas de lises y manojos  de flechas, y supuso que se trataría de la marca del ensayador, o bien del fiel contraste, un funcionario del ayuntamiento que tenía, entre sus funciones, velar por la exactitud de las pesas y medidas. Por lo que puede apreciarse de otros ejemplares de dinerales conservados, así debió de ser.

El próximo jueves 8, a partir de las 10:00 hs,  tendrá lugar en el Archivo General de la Nación un coloquio (que abre una exposición) sobre La Grandeza del México Virreinal: Nueva España, la América Septentrional y las Filipinas.   Bajo ese título general hay varias conferencias que  tienen que ver con la presencia y proyección de la Nueva España en otros dominios imperiales, y en particular con la Real Casa de Moneda y su producción, que es lo que en particular me interesa.  Estarán presentes varios investigadores que bien conocen estos temas, como abajo puede verse. A primera vista, algunas ponencias continúan trabajos  previos,  mientras otras presentan  interesantes novedades. El programa promete, y habrá que ir a verlo.

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La Grandeza del México Virreinal: Nueva España, la América Septentrional y las Filipinas

Coloquio y Exposición

8 de noviembre 2012

10:00 – 10:30 INAUGURACIÓN

10:30 – 12:00 Mesa I “Los Mares del Mundo Colonial”

Matilde Souto – Las flotas de la Nueva España

Carmen Yuste – El Galeón de Manila y el Comercio Mexicano con Filipinas

Yovana Celaya – La Armada de Barlovento en el Gran Caribe en los siglos XVII y XVIII

Preguntas y respuestas

12:10 – 13:50 Mesa II “Pesos de Oro y Plata en México y el Mundo”

Inés Herrera – La defensa del monopolio de acuñación por la Casa de Moneda de México durante la Independencia

Alma Parra – El tránsito hacia la permanencia: Un ensayo regional para la acuñación de la moneda en Guanajuato

Ernest Sánchez Santiró – Las minas y las casas de moneda durante la guerra de independencia

Eduardo Flores Clair – No todo lo que brilla es plata: Historia del oro mexicano

Preguntas y Respuestas

14:00 – 15:30 COMIDA LIBRE

15:30 – 16:30 Mesa III “Nueva España y la defensa del imperio”

Carlos Marichal – Los Situados Mexicanos y las Guerras Interimperiales en el Caribe en el siglo XVIII

Johanna Von Grafenstein – Los Situados Mexicanos para Santo Domingo en el siglo XVIII

Preguntas y Respuestas

16:30 – 18:00 Mesa IV “Aspectos religiosos y sociales en la Nueva España”

Fernando Ciaramitaro – Los clérigos italianos en la Nueva España en los siglos XVI y XVII

Dorothy Tanck de Estrada – La vida cotidiana de los indios según sus mapas pictográficos del siglo XVIII

Clara García Ayluardo – Antes del espacio público. Ceremonia y salvación en la ciudad de México en el siglo XVIII

Preguntas y Respuestas

18:30 Clausura del coloquio e inauguración de la exposición

En el muy adecuado marco del Museo Numismático Nacional (en el edificio del antiguo Apartado del Oro) se realizará la presentación del libro, el próximo viernes 26 de octubre, a las 19:00 hs

Participarán Raúl Montalvo Ferráez, Iván Escamilla y Salvador García Lima.

El Museo se halla en la calle Apartado número 13, entre Argentina y el Carmen, colonia Centro,  México D.F., a unas tres cuadras y pocos pasos más del edificio de la Secretaría de Educación Pública.  La estación más cercana del metro es Zócalo.

Ahí los espero

Cordialmente,
Felipe Castro

P or ahí del año de 1988 acudí al edificio neoclásico de la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, buscando información para mi tesis doctoral.  Me interesaba en particular un volumen  (manuscrito no. 12930) citado en el Catálogo de manuscritos de América, de Julián Paz,  que al parecer contenía varios textos poéticos que lamentaban la expulsión de los jesuitas. Así era, y uno de ellos   llamó poderosamente mi atención. Se titulaba Oportuno encuentro del valiente manchego don Quijote con su escudero Sancho Panza en las riberas de México. El anónimo autor criticaba las reformas en la recaudación de impuestos, la creación de milicias, el arribo de tropas europeas, la corrupción de los funcionarios, la expulsión de los discípulos de San Ignacio, y en general todas las innovaciones introducidas por los ministros de Carlos III, a quienes se tachaba de ser ajenos a las  “buenas tradiciones” españolas. Incluso, mencionando un tema que después aparecería con fuerza en la revolución de independencia, se aseveraba que los criollos eran “más y mejores” españoles que los habitantes de una metrópoli donde

Ya no valen los Quijotes
en España, que es toda una mudanza,
la espada no se usa, ni la lanza

Se burlaba también el autor del poderoso visitador  José de Gálvez

¿Cómo? si en la otra vida se han sabido
y la jurisdicción de este grande hombre,
hasta el cielo ha llegado, y aun su nombre
se sabe en el infierno y purgatorio

Como es típico con muchos de los “libelos” de la época, se supone al rey mal informado de tanto desaguisado, de manera que las críticas nunca iban directamente en contra de su persona. No consta cómo llegó el escrito a manos de las autoridades; y hasta donde llegan mis conocimientos, no circuló en la Nueva España, o si lo hizo, fue tan ocultamente que no dejó huella alguna.

Se veía como algo que podría publicarse de manera independiente, de manera que acudí a solicitar el permiso correspondiente a una oficina en uno de tantos subsuelos laberínticos de la venerable institución. El asunto tuvo su lado curioso: el empleado que recibió mi solicitud con indiferencia burocrática casi salta en su asiento al ver el título. Evidentemente, por un instante pensó que un joven e  ignoto académico mexicano había encontrado algo así como el santo grial de los cervantistas: un fragmento inédito y desconocido de Don Quijote de la Mancha. Tuve que explicarle, para su tranquilidad, que se trataba de una paráfrasis hecha, según todo parecía indicar, hacia 1771.

Partes del texto me sirvieron de manera muy adecuada para ilustrar el descontento popular contra las reformas borbónicas en  la tesis, y luego en el libro a que dio lugar. Posteriormente, publiqué el contenido completo, con algunas notas y comentarios, en Estudios de Historia Novohispana, no. 14.

Sobre el autor, que sólo se identificaba solamente como “Un apasionado del asunto” aventuré que seguramente era un criollo agraviado por las reformas, un conocedor de los clásicos españoles, un letrado para quien el uso de la pluma era cosa frecuente, y probablemente un eclesiástico, por el amplio espacio dado a los prelados (con críticas a Fabián y Fuero, de Puebla, y al arzobispo Lorenzana). Como se verá, estuve cerca…pero no demasiado.

En eso dejé el asunto porque mis pasos se fueron por otros rumbos e intereses, pero siempre me quedó cierta insatisfacción por no haber logrado presentar al menos una hipótesis razonada sobre el autor. Mi único progreso fue encontrar, gracias a los empeños digitalizadores de la Biblioteca Virtual Cervantes,  que a fin de cuentas no había sido yo el primero en publicar el manuscrito. Ya lo había hecho en el año de 1950 el filólogo español Joaquín de Entrambasaguas (junto con el resto de las poesías contenidas en el volumen de la BN) ,en una edición titulada Algunos datos sobre la expulsión de los jesuitas de Méjico en el siglo XVIII, de sólo 25 ejemplares numerados que no fueron puestos a la venta al público. (Este tipo de ediciones “reservadas”, sólo para  amigos y lectores “escogidos” , fue una curiosa moda elitista de aquellos años, en la que a veces aun incurren algunos intelectuales contemporáneos). Entrambasaguas incluyó varios comentarios muy pertinentes sobre estos textos, pero tampoco pudo aclarar el problema de la autoría del “Oportuno encuentro…”

Ahora bien, hace algunos días me puse a buscar, en una investigación de muy distinto tópico (para que se vea como todo acaba relacionándose con todo), datos sobre Ignacio Carrillo y Pérez, autor de algunas obras de tema piadoso  y   fui descubriendo en la monumental  Impresos novohispanos, 1808-1821 (de Amaya Garritz, con coordinación de Virginia Guedea) que se le atribuye un Nuevo encuentro del valiente manchego Don Quixote con su escudero Sancho en las riberas de México. Diálogo entre amo y criado, para instrucción de la presente obra revolucionaria, en que igualmente se ridiculiza el execrable proyecto del cura Hidalgo y sus socios (Zúñiga y Ontiveros, 1811). Al parecer (porque no he podido consultar con el original, que por alguna razón acabó en el British Museum)  tiene 6 páginas en verso, con una nota de “continuará”.

Carrillo y Pérez fue autor también de Pensil Americano florido en el rigor del invierno, la imagen de María Santísima de Guadalupe, aparecida en la Corte de la Septentrional América México (Zúñiga y Ontiveros, 1797, con reediciones en 1845 y 1895) y de Lo máximo en lo mínimo. La portentosa imagen de Nuestra Señora de los Remedios, conquistadora y patrona de la imperial ciudad de México (Zúñiga y Ontiveros, 1808). Además dejó dos obras inéditas, Nuestra Señora de los AngelesCristo Renovado.  Carlos María de Bustamante, en las notas a su edición de la Descripción histórica y cronológica de las dos piedras…de León y Gama atribuye a Carrillo otra obra titulada La historia de México en tres épocas, a saber: México gentil, Mexico cristiano y México político. Comenta que “He hecho no poca diligencias por conseguir este manuscrito, pero inútilmente; contiene cosas curiosas e importantes, y a mi juicio solo necesita una mano sabia que la redacte y mejore su estilo cansado y empalagoso”. (2a. ed., 1832,  p.4)

De la vida de este autor sólo me consta que fue hijo de  don Agustín Carrillo y doña Ignacia Pérez, y que (según las Efemérides guadalupanas) recibió la confirmación en 1752 . Fue  marcador de barras y talegas, así como merino  o alguacil  de la Real  Casa de Moneda (que es por donde di con él). Rocío  Benítez Luna, en una meritoria tesina (Ignacio Carrillo y Pérez  y su “Pensil americano florido en el rigor del invierno, imagen de Maria Santisima de Guadalupe”, UNAM, 2007) propone que nació en 1745 o 1746,  menciona que fue alumno de los jesuitas en Guanajuato y siempre tuvo afinidad por lo eclesiástico, aunque nunca siguió esa carrera; y agrega que falleció en 1815.

Que ambos Oportunos encuentros meta cervantinos sean de este autor  es cosa muy probable, pero no segura. Por la afirmativa pesa que sean versificados y la reiteración del título en el impreso de 1811.  No contradice esta hipótesis el contenido aparentemente opuesto de los escritos, uno muy crítico y otro conservador.  Nótese que la primera versión va en contra de algunos altos funcionarios, pero de ninguna manera se incurre en falta de respeto a la persona del rey. También, desde luego, las personas cambian con el  tiempo, y es probable que los ímpetus radicales de  Carrillo y Pérez no fuesen los mismos en sus años mozos que cuatro décadas después.

Una resolución definitiva de este pequeño enigma bibliográfico tendrá que esperar a la aparición de alguna copia del impreso de 1811 (o alguna por ahora improbable visita a Londres), para comparar temas, retóricas y estilos literarios. Les tendré al tanto.

Acaba de salir publicado mi artículo “La justicia del rey y los falsificadores de moneda en la Nueva España en el siglo XVIII”, en la revista

Estampa de monedas falsas. Fuente: AGN

Estampa de monedas falsas. Fuente: AGN

Colonial Latin American Historical Review, vol. 17, 2008, no. 4.

La falsificación de la moneda siempre provocó la preocupación de las autoridades novohispanas. Este artículo describe el origen y composición social de los delincuentes, así como los recursos técnicos y los medios que utilizaban para fabricar y distribuir las monedas falsas. Se ocupa asimismo de la legislación existente, de los procedimientos empleados para combatir este delito, y comenta los cambios ocurridos a raíz del establecimiento de la administración estatal directa de la Real Casa de Moneda. Argumenta, finalmente, que los efectos económicos de la falsificación fueron escasos en la Nueva  España, y que para los funcionarios se trataba sobre todo de mantener el principio de autoridad y preservar uno de los símbolos más relevantes de la monarquía.

Este artículo forma parte de una “trilogía del crimen”, que incluye el publicado previamente en Estudios de Historia Novohispana (no. 46, 2012, p. 83-113) con el título de “El gran robo a la Real Casa de Moneda de México. La delincuencia y los límites de la justicia en la ciudad de México” y uno en preparación sobre “delitos de cuello blanco”, en este caso sobre el fraude masivo y continuo del que fueron acusados, en 1729, el tesorero, oficiales de la Casa de Moneda y los comerciantes de plata, en perjuicio del público y del rey.

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