Historia de México


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Lo bueno (o lo malo, según se vea) de ser un historiador es que a cadaRecopilacion de leyes rato se halla que las que se presentan como nuevas ideas y propuestas legislativas son en realidad la más reciente versión de antiguas disposiciones. Pasa con los derechos de los pueblos indígenas, la aceptación de los ” usos y costumbres” y ahora con las medidas para evitar la corrupción de los funcionarios públicos, que (ciertamente con buenas razones) han proliferado en muchos países latinoamericanos.

Los intentos de solución tienen, de hecho, largos e ignorados precedentes coloniales, relacionados con los oficiales del rey y en particular con los oidores o miembros de la Real Audiencia, el mayor y más importante tribunal. La administración de justicia siempre fue considerada como uno de las facultades esenciales del buen gobierno.

Para evitar toda colusión o influencia indebida, los oidores no solamente debían ser ajenos al reino en que eran jueces, sino que a lo largo del siglo XVI fueron aprobándose medidas que ordenaban su casi total aislamiento de la sociedad, como aparece profusa y detalladamente en la Recopilación de las leyes de los reynos de Indias.  Por estas normas (que eran incluso más restrictivas que las vigentes en la metrópoli), los oidores no podrían en el ámbito de su jurisdicción:

  • Tener encomiendas, adquirir propiedades, ni tener parte en “tratos y contratos”
    ley xxxxvii, tit III lib II

    Recopilación…ley xxxxvii, título III, libro II

    comerciales o mineros, tanto ellos como sus esposas, hijos o allegados, fuese por sí o por terceras personas.

  • Contraer matrimonio en su jurisdicción, ellos o sus hijos, salvo autorización previa. Los hijos por regla general tampoco debían acompañar a sus padres.
  • Realizar visitas sociales, apadrinar bautizos o matrimonios, asistir a entierros, así como participar en reuniones o entretenimientos públicos, a no ser que acudieran con los demás oidores y en razón de su cargo.
  • Recibir en su casa a abogados o escribanos, y menos aún tener acuerdos con ellos.
  • Aceptar regalos, tomar o dar dinero en préstamo, llevar derechos u honorarios por cualquiera de sus actuaciones; su único ingreso debía ser el salario.
  • Participar en causas como litigantes, salvo autorización previa.
  • Finalmente, debían declarar sus bienes, y presentar una fianza antes de ocupar sus cargos, por cualquier demanda legal que pudiera presentarse.
ley xxx, tít III, libro II

Recopilación….ley xxx, título III, libro II

Todo esto se mandaba bajo severas penas, que implicaban al menos la destitución en caso de contravención y frecuentemente pesadas multas. Asimismo, cada tanto y de manera aleatoria había “visitadores” o inspectores que podían recibir quejas sobre los oidores, abrirles causas y destituirlos. También debían rendir un  juicio “de residencia” al final de su mandato ante un juez especialmente designado para ese fin,  y durante el cual cualquier persona podía quejarse en su contra.

Para compensar estas restricciones, los oidores obtenían autoridad, honras y competentes salarios. Eran, sin duda, importantes personalidades, que recibían (en general) el respeto de los súbditos.

¿Hasta dónde estas disposiciones tuvieron efecto y consiguieron una administración de justicia imparcial y libre de compromisos? La respuesta es que sólo hasta cierto grado.

Por un lado, tan amplias prohibiciones eran inaplicables en la práctica. Tomadas literalmente, hubieran supuesto una especie de enclaustramiento casi monástico de los jueces, como en su momento comentó Lohman Villena para el caso peruano. Los oidores habrían tenido que permanecer célibes o buscar cónyuges fuera de su jurisdicción (lo cual llegaba a ocurrir, mediante apoderados), no habrían podido comprar o rentar casa para vivienda, adquirir bienes para su consumo o conveniencia, estar presentes en la formación y educación de sus hijos;  y habrían debido permanecer sin vida ni trato social.

En los hechos esto no fue así. Estas normas se mantuvieron con algún rigor bajo los Austrias mayores, pero en el siglo XVII la Corona relajó la vigilancia sobre sus representantes indianos. Los oidores solían pedir permisos y exenciones, sobre todo para contraer matrimonio, y se concedían “por excepción”, dejando teóricamente en vigor la norma general. Permanecían largos años en la misma jurisdicción, lo cual inevitablemente les traía compromisos derivados de las amistades (y de algunas enemistades). Era asimismo muy difícil evitar que hicieran transacciones y negocios mediante terceros, recibieran favores y regalos, o que tuvieran directa o indirectamente relaciones personales con los abogados o partes litigantes, con los que inevitablemente se encontraban en la vida diaria. La extrema severidad de las leyes derivaba en su inaplicabilidad práctica,  lo cual a su vez provocaba que hubiera un amplio espacio de conductas y situaciones sobre las que no existía regulación alguna, porque se suponía que no debían existir.

El resultado de todas estas medidas y ambigüedades sobre la administración de justicia no es fácil de evaluar. En términos generales, no hay duda de que el alto tribunal era burocrático, el procedimiento judicial tortuoso y los litigios a veces tardaban años en sentenciarse. En algunos casos, “disimulaban” francos abusos, como el repartimiento de mercancías que realizaban los alcaldes mayores; pero, por otro lado, no era raro que sentenciaban en favor de los pueblos de indios en sus litigios contra poderosos hacendados. Pero es muy notorio que en la época, personas, grupos y corporaciones acudían ante este tribunal con una razonable expectativa de obtener justicia, lo cual contribuía a evitar trastornos y violencias. Fue, sin duda, una de las razones que explican la remarcable estabilidad del régimen indiano durante casi tres siglos.

A estas alturas, el lector probablemente esté esperando alguna especie de moraleja aplicable a nuestros días. En realidad, aunque la historia explica el presente, no creo que proporcione guías o directivas para la acción inmediata. A veces parece que la sociedad se mueve en forma circular, y que no hay nada nuevo bajo el sol, pero no es exactamente así. El contexto político y cultural de nuestros días no es el mismo, evidentemente. A lo sumo, podría decir que ninguna legislación modifica mágicamente la realidad, que las leyes severísimas acaban por no ser cumplidas, y que una buena normativa no debería buscar algo tan  imposible como evitar todo trato o afinidad entre gobernantes y gobernados, sino procurar su vigilancia y reglamentación para que un conflicto de interés no afecte la independencia de criterio del juzgador o del gobernante.

…………..

Si le interesa la historia del tema, puede consultar

Mark A. Burkholder y Chandler, D S., De la impotencia a la autoridad: la Corona española y las audiencias en América, 1687-1808, México, Fondo de Cultura Económica, 1984.

Guillermo Lohman Villena, Los ministros de la Audiencia de Lima en el reinado de los Borbones, 1700-1821, Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1974.
Luis Navarro García,”Honra, pobreza y aislamiento de los oidores indianos”, Temas americanistas, Nº 1, 1982, p. 11-15.
Ethelia Ruiz Medrano, Gobierno y sociedad en Nueva España. Segunda audiencia y Antonio de Mendoza, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1991.

Ya apareció mi artículo sobre

“La visita del virrey conde de Galve a la Real Casa de Moneda de Homenaje Herrera CanalesMéxico”, en Comercio y minería en la historia de América Latina. Homenaje a Inés Herrera Canales,  José Alfredo Uribe Salas, Eduardo Flores Clair (coords.), Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo – INAH – El Colegio de San Luis, 2015, p. 123-142.

Este trabajo aborda una visita o inspección realizada en 1693 por el virrey conde de Galve a la Real Casa de Moneda de México. En las averiguaciones, testimonios y cargos pueden hallarse datos de interés sobre los aspectos institucionales, productivos y técnicos de esa institución en años que conocemos poco. Es asimismo una coyuntura particularmente notable porque es cuando ocurre el inicio del gran crecimiento productivo que llevaría a la ceca mexicana a convertirse en la mayor productora monetaria del Imperio español y, de hecho, del mundo. Asimismo, de los autos se derivan conclusiones valiosas sobre el papel de los “compradores” de plata (como Domingo de Larrea, Luis Sáenz de Tagle, José de Retes, Dámaso de Saldívar y Francisco de Valdivielso), la condición de la circulación monetaria y algunas reflexiones sobre las formas de gobierno del Imperio.

El texto fue presentado en una versión preliminar en el coloquio y homenaje a Inés Herrera, realizado en Morelia el 3 de diciembre de 2015.

De la historia económica a la social y cultural. Homenaje a Gisela von Wobeser, María del Pilar Hom Gisela von WobeserMartínez López-Cano (coord.), México, Instituto de Investigaciones Históricas – UNAM, 2015, 358 p.

Hace cosa de un año varios académicos nos reunimos para rendir homenaje a Gisela von Wobeser, señalar sus aportaciones al conocimiento de nuestro pasado, así como a su remarcable labor en la docencia y en la coordinación de proyectos colectivos e institucionales. De esta iniciativa se derivó un libro que acaba de salir de prensas en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. En él se halla mi trabajo sobre “Los ires y devenires del fundo legal de los pueblos de indios”, actualmente disponible en línea. Aquí dejo un breve resumen.

El llamado “fundo legal” de los pueblos de indios es una figura legal y concepto que ha interesado e intrigado a los historiadores desde largo tiempo atrás. En efecto, esta concesión de tierras (primero de 500, luego de 600 varas por cada “viento”) fue fundamental para la supervivencia de los pueblos, en cuanto aseguraba un mínimo de tierras que se distribuían entre las familias para la vivienda, subsistencia y pago de contribuciones. En este trabajo retomo la discusión sobre sus orígenes como una zona de exclusión, donde no podían establecerse propiedades agropecuarias de españoles, y sostengo que la norma cayó prácticamente en el olvido durante más de un siglo, hasta que la edición de un cedulario en 1678 la trajo nuevamente al foro. Esto explicaría el súbito incremento de su aplicación, que ahora se vuelve una demanda de posesión de tierras, al grado que motivó las quejas de los hacendados y la emisión de una real cédula que reglamentaba y restringía ese derecho. En muchos aspectos esta nueva normativa dejó incertidumbres que fueron resueltas sobre la marcha, en la medida que las demandas y alegatos de los interesados iban creando una jurisprudencia aplicable. Finalmente, me ocupo de varios cambios notables ocurridos en la segunda mitad del siglo XVIII, particularmente por renovados conflictos agrarios, la virtual privatización de las parcelas comunitarias y la existencia de asentamientos de peones (indios, pero también mestizos y mulatos) que “se llamaban a pueblo” y reclamaban sus 600 varas. Todo ello atrajo la preocupación de las autoridades y polémicas en la Real Audiencia entre quienes defendían la tradicional actitud paternalista ante los pueblos y aquéllos que propugnaban por someter sus recursos a un mayor control gubernamental para incrementar la producción y rentabilidad. En el fondo, detrás de esta conflictiva evolución se encontraba una antigua discusión filosófica: la contradicción entre la defensa del bien común y la amplia influencia de múltiples intereses particulares.

El índice general de la obra es el siguiente:

Introducción. De la historia económica a la historia social y cultural. Gisela von Wobeser y la historiografía novohispana, María del Pilar Martínez López-Cano

EL AGRO NOVOHISPANO
Los estudios sobre la hacienda novohispana en sus años dorados, Margarita Menegus
La distribución de la tierra en la región de los volcanes durante los siglos XVI-XVII, Tomás Jalpa Flores
Los ires y devenires del fundo legal de los pueblos de indios, Felipe Castro Gutiérrez
Urbs in rure. La casa del hacendado don Antonio Sedano y Mendoza en Acámbaro (1688), Gustavo Curiel

LA IGLESIA EN LA ECONOMÍA
De México al Río de la Plata: influencias historiográficas, en la historia de la Iglesia hispanoamericana, María Elena Barral
El primer libro de censos de la ciudad de Puebla, siglo XVI. Estructura y posibilidades de estudio, Francisco Javier Cervantes Bello
Plata mexicana para Napoleón I. La Consolidación de Vales Reales y el comercio neutral en Veracruz, 1805-1808, Carlos Marichal Salinas
Los particulares y las rentas eclesiásticas: la tesorería de Cruzada, María del Pilar Martínez López-Cano

IGLESIA Y RELIGIOSIDAD: IMÁGENES Y CONCEPTOS
El umbral de la vida religiosa: el noviciado de los frailes mendicantes, Asunción Lavrin
Santa Teresa en la Nueva España: apuntes para el estudio de una devoción, Manuel Ramos Medina
San Felipe de Jesús, el primer santo criollo, Enriqueta Vila Vilar
Construyendo el paraíso o cubriendo necesidades: las imágenes milagrosas de la ciudad de México en el Zodiaco mariano (1600-1755), Antonio Rubial García
Notas sobre la elaboración del Nican Mopohua, Rodrigo Martínez Baracs
Mis aprendizajes con Gisela, Virginia García Acosta

Obra impresa completa de Gisela von Wobeser

Los historiadores (y las historiadoras, claro) solemos ser románticos en mayor o menor grado. No se trata de que hagamos promesas de amor eterno, atesoremos el retrato de nuestros amores y les llevemos flores cada San Valentín. No dudo que así ocurra, pero lo que aquí me interesa es el romanticismo en el sentido particular de la historia de cultura en general,  esto es, una actitud que se define por la búsqueda de lo extraño y exótico, la apología de la imaginación y la subjetividad, la idealización del objeto y la construcción de una narrativa orientada hacia las emociones.  Tiene sus aspectos literarios y artísticos, evidentemente, que en México nos han dado  desde los encantadores paisajes de José María Velasco, los folletinones de Vicente Riva Palacio (como “Monja, casada, virgen y mártir”) y los ingenuos dramas de Emilio “el Indio”  Fernández. En historia, podemos citar las obras de Manuel Payno y también las de un favorito personal, Eduardo Ruiz, quien recreó la historia michoacana agregando episodios como el de la Princesa Eréndira que solamente existieron en su fértil imaginación. Fue una corriente de gran importancia en el siglo XIX, pero desde luego la “actitud romántica” puede encontrarse, con distintos énfasis y matices, en el presente.

En la historiografía, el romanticismo ha estado muy frecuentemente asociado a la idea de nación y de comunidad nacional. Aparece con el interés por los orígenes legendarios, los héroes fundadores,  las antiguas tradiciones y  los grupos humanos que supuestamente son depositarios de sus mejores virtudes. Tiene su contraparte lógica en la desconfianza, sino es que la reprobación hacia el desarrollo de urbes anónimas, la modernidad económica, la centralización del Estado, el cosmopolitismo, o el arribo de influencias culturales tenidas por  ajenas.  Como se trata de procesos que difícilmente pueden revertirse, también proporcionan al romanticismo algo que le es muy apreciado: la melancólica nostalgia por lo que fue y ya no es. Y es que desde luego una buena historia romántica requiere de un drama y una narrativa moral.

Tengo que decir que veo con simpatía al romanticismo. El aprecio y el gusto por el pasado, por lo lejano y lo extraño muchas veces está en el origen de una vocación profesional. Y desde luego, apreciamos la preservación, cuidado y estudio de la herencia monumental y cultural. En este sentido, puede decirse que la del historiador es una profesión (a diferencia de otras, que no mencionaré….) en cierto modo romántica.

El problema del romanticismo es que es una de las formas de “colonización del pasado”, de conformarlo a nuestra imagen y semejanza, y adecuarlo sin darnos cuenta a nuestras necesidades y preferencias contemporáneas. De manera inconsciente podemos acabar por  “ver” el pretérito no como fue, sino como quisiéramos que hubiera sido. Es fácil, por ejemplo, llevar nuestras muy comprensibles simpatías por los perseguidos, los humillados, los pobres de la tierra hasta convertirlos en sujetos ideales, de una moralidad que se parece sospechosamente a la contemporánea.

Hoy día, desde luego, el historiador de oficio está advertido de estos riesgos y problemas; es algo que inculcamos empeñosamente en nuestros alumnos. Tal como es, nuestra disciplina se deriva del racionalismo ilustrado, con una crítica y análisis de fuentes, cuidado por la verificabilidad de la información, la sujeción de la imaginación a ciertas reglas, y la necesidad de una narrativa sobria, imparcial y objetiva, que evita juicios de valor y procura transmitir ante todo hechos y argumentos formales.

Sin embargo, lo peculiar del oficio del historiador es que no trabaja con “objetos”, sino con hombres y mujeres del pasado. En ocasiones, dedicamos años a reconstruir pacientemente la vida de una persona o un grupo humano, y comienzan a resultarnos muy cercanos. Que acabemos por sentir por ellos cierta empatía (o, aversión, que también sucede) es algo comprensible. Así, a veces consciente o inconscientemente se deslizan narrativas románticas (en el sentido arriba definido)  en nuestros estudios. Hay sus variaciones, desde luego, pero me parece que incluso en temas tan áridos como la historia fiscal o demográfica pueden encontrarse estas actitudes subyacentes. En mi propio caso, no lo había notado hasta que una lectora me dijo que la parte final de mi libro sobre Los tarascos y el Imperio español era muy melancólica. Y sí, en esa obra me ocupé de la formación de los pueblos de indios en Michoacán en la época colonial, la manera en que en condiciones difíciles lograron crear y preservar durante décadas un espacio propio de gobierno, recursos naturales y estilos de vida, hasta que distintos procesos anónimos fueron desgastándolos lentamente hasta convertirlos en muchos casos en cascarones vacíos, desprovistos de su anterior sentido comunitario. Tenía (y tengo) mis buenas razones para sostener que así fue, pero en perspectiva no me cabe duda de que fue un típico argumento romántico.

Acaba de aparecer:

El impacto local de una producción global. La Real Casa de Moneda de México y sus proveedores, 1732-1821ALHE
América Latina en la Historia Económica, vol 22, núm. 1 , 2015.

Este artículo aborda el efecto de “derrama” o impacto de los gastos de la Real Casa de Moneda en la capital de Nueva España, en razón de la construcción de instalaciones, adquisición de maquinaria y compra de insumos tales como combustible, animales de tiro y refinación de minerales no preciosos como el cobre.  Describe la manera en que el establecimiento de la administración gubernamental directa, a partir de 1732, implicó la introducción de principios racionales en la contratación y supervisión de proveedores. Finalmente, se propone que el estudio del efecto local del gasto público es un tema que podría abrir perspectivas de interés en la historia de la economía de sociedades premodernas.

Está disponible en línea aquí

El día de ayer recibí la noticia de que mi artículo sobre “El gran robo de la Real Casa de Moneda. La delincuencia y los límites de la justicia en la ciudad de México” había merecido el “premio al mejor artículo de historia social” del Comité Mexicano de Ciencias Históricas. Es, sin duda, una gran satisfacción, sobre todo viniendo como viene de una asociación que reúne a las instituciones vinculadas con la investigación, docencia, preservación y difusión de la historia de México. Esto es, de mis colegas.

Esta es la segunda vez que el CMCH me honra con un premio al mejor artículo; el previo fue en 2009, con una contribución sobre “Luis de Castilleja Puruata, un noble de ‘mano poderosa’ entre dos épocas del gobierno indígena”. Lo traigo a colación porque hay ciertos aspectos comunes entre los dos casos (además de haber sido publicados en la misma excelente revista, Estudios de Historia Novohispana). En ambos fueron trabajos que desarrollé después de haber concluido el libro que era el resultado principal de mi investigación. Estaba, pues, en la etapa en que abordo aspectos particulares o derivados que, por una u otra razón, habría sido inconveniente comentar más ampliamente antes, porque hubieran sido una digresión de la narrativa general. ¿Será que, sin la presión de la “gran obra”, el estilo resulta más libre y ameno?  Es posible, aunque desde luego, soy un pésimo lector analítico de mí mismo. Es cierto que, según recuerdo, disfruté más de la redacción de ambos ensayos que de los capítulos de los libros previos, muy ceñidos a presentar un vasto volumen de información y análisis en la forma más clara y breve posible.

Los dos artículos, también, tienen en común que presentan buenas historias personales, la una de un noble indígena que se las arregló con diversas maniobras para mantenerse en el poder en Pátzcuaro durante décadas, la otra de un grupo de marginados urbanos que se atrevieron a realizar un audaz robo a la ceca más rica del mundo. Son relatos que tienen una narrativa lineal, incluyen momentos de drama (o tragicomedia, en ocasiones) y se prestan para realizar un ejercicio de comprensión de las conductas, esperanzas, temores y creencias de los hombres y mujeres del pasado.

En fin, como alguna vez comentaba en la presentación de una obra, una vez publicados, los resultados  de la labor de un historiador en cierta manera dejan de pertenecerle. Los libros y artículos encuentran sus propios ecos en su recorrido por el mundo, algunos previsibles, otros inesperados, y a veces para sorpresa (y satisfacción, claro) de su autor.

 

 

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