Nueva España


En una pasada entrada en este blog me ocupé de los “familiares” de los obispos, virreyes y otras personalidades. Algunos de ellos se nombraban “criados”.  A veces ambas categorías se confunden; en otras se separan, sobre todo porque los criados son aquéllos que están (o estuvieron) en relación directa y personal con su patrón y sirvieron en su casa.

La palabra probablemente vino de la práctica común en el medioevo de enviar a los  niños nobles a “criarse” con un señor de mayor rango, servir primero como pajes, para luego ser ordenados caballeros y entrar a su servicio.  De esta manera, el señor venía a ser una figura paterna, que a la vez “se servía de” y “amparaba a” sus criados. Esto se extendió en sentido figurado a otras personas que no se habían criado junto a su señor, sino que entraron posteriormente a su servicio (como Diego Velázquez, quien era “pintor y criado del rey”). La idea de estrecha cercanía, lealtad y dependencia, permanece y es considerada como muy importante. En el caso del rey (que no es el único), el criado era parte de su “casa” y como tal gozaba de ciertos privilegios informales y formales (como la de ser solamente procesado por el juez de la corte y palacio, en teoría).

Como siempre ocurre con las instituciones de gobierno en esta época, hay ambigüedades y una buena dosis de casuística. La primera es la que salta a los ojos del lector contemporáneo, habituado a pensar en un “criado” como un sirviente. Y en efecto, en esta época eran “criados” tanto el mayordomo o el mozo de espuelas, como un gran noble que llegaba a ocupar importantes oficios públicos. Las cosas se complican todavía más en razón de que los Habsburgos introdujeron la práctica borgoñona de que quienes estaban a su servicio personal del monarca (incluyendo los gentilhombres que le ayudaban a vestirse) fuesen miembros de la nobleza. Así,  cuando una persona se designa como “criado” hay que ver siempre el contexto.

En todos los casos, ser “criado del rey” era una distinción altamente apreciada, porque el beneficiado estaba cerca de la real persona, de donde provenían  las decisiones, gracias y mercedes. Tenían lo que se llamaba “derecho de entrada” a la real recámara. La categoría llegó a trascender su función concreta y se convirtió en un título simbólico; se podía ser gentilhombre de cámara “sin ejercicio”, como fue muy común entre los virreyes.

También ocurría, por ejemplo, que los oidores o miembros de la Real Audiencia se llamaran a sí mismos “criados de su majestad”  para reivindicar su dignidad, aunque no hubieran tenido relación personal con la casa real. Incluso llegó a ser una forma de cortesía genérica para dirigirse a una persona de alto rango, de la misma forma que cuando un clérigo escribía a un dignatario firmándose como “su capellán”, sin serlo realmente. Se aprecia todavía este aspecto de cortesía rutinaria  en la fórmula para cerrar una carta, todavía existente hasta fechas recientes,  de “atentamente, su seguro servidor”.

La práctica de tener “criados” se extiende naturalmente a otros grandes señores, como los grandes nobles, los virreyes y los obispos indianos; eran respetados, pero a veces también muy detestados.  De esto me ocuparé la próxima semana.

Los estudios de la cultura política en el Imperio español se han interesado de tiempo atrás en la práctica del “disimulo”, en el sentido de “tolerar o disculpar algo, afectando ignorarlo o no dándole importancia”. Era adoptado por las autoridades frente a conductas y situaciones que eran en principio ilegales o al menos indeseables, pero que se consideraba conveniente o inevitable tolerar para mantener la tranquilidad del reino. Es un concepto que llegó a discutirse y elogiarse en las “artes del buen gobierno” que proliferaron en la época, y en las que puede entreverse la influencia del condenado (pero discretamente admirado) Nicolás de Maquiavelo.

Menos caso se ha hecho a una práctica que es prima hermana del disimulo, la del “por ahora”. Esto es, el rey (o más frecuentemente, sus representantes) decide suspender temporalmente o en parte la aplicación de un nuevo mandamiento que ha encontrado la resistencia de los súbditos. A veces se trata de asuntos de orden público (mercados, pulquerías, higiene urbana) pero muy frecuentemente es en materia fiscal, que siempre ha sido y es tema sensible para los gobernados. Lo he visto aplicado en los problemas para la introducción de la renta del papel sellado para todo tramite oficial, la recaudación de la alcabala entre los pequeños comerciantes y el cobro a los indios de una contribución por cada mata de maguey (sí, alguien tuvo esa genial idea).

En estos casos, ante las quejas, protestas e inconvenientes, se mandó que se cobraran los impuestos “suavemente”, “lo que buenamente se pudiera”, procurando que “con maña e inteligencia” los súbditos fuesen acostumbrándose poco a poco a la idea. Desde luego, esto sería “con calidad de por ahora”, dejando la norma en su completa existencia y validez.

A primera vista, podría parecer una muestra de debilidad del Estado, incapaz de aplicar de manera eficaz sus propios mandamientos.  Pero, por un lado, corresponde a un régimen político en el que las normas y ordenanzas no marcaban límites rígidos a la gobernación de los hombres, sino que eran marcos de referencia sobre los que el gobernante podía actuar según le pareciera conveniente. Por otro, se acomodaba bien a las realidades de un Imperio muy heterogéneo, donde pese al absolutismo nominal del monarca era necesario considerar los intereses de diversos grupos sociales y corporaciones para asegurar el orden y la tranquilidad públicas.

Los monarcas de la dinastía Borbón trataron sino de acabar, al menos de limitar lo más posible el recurso al “disimulo” y al “por ahorismo”. Hubo consecuencias, claro. De hecho, si se ve la historia de México en perspectiva, podría apreciarse que se ha dividido entre periodos en que las leyes se han aplicado “con suavidad” (dejando margen a negociaciones y tolerancias), y otras (por lo general cuando hay gobiernos entre autoritarios y reformistas) en que las reglas se han ejecutado con rigor y entusiasmo. Que unas actitudes sean mejores que las otras depende, desde luego, de diferentes circunstancias y opiniones.

Hace unos días en que revisaba por enésima vez uno de mis artículos, noté que repetía muchas veces el término “novohispano”, pero no hallaba un buen sinónimo. Puesto a pensar, caí en cuenta de que realmente no había encontrado el término en impresos o manuscritos  de la época. El asunto me dio curiosidad, de manera que hice una nota mental para volver sobre el tema cuando tuviera alguno de mis ocasionales ratos de ocio. Pues bien, aquí está lo que de momento puedo comentarles.

Efectivamente, en la Nueva España no se empleaba “novohispano”. En su lugar se referían a “mexicanos”, al menos para la parte  nuclear del  virreinato (que incluía también a Cuba y Filipinas).

Biblioteca hispanoamericana“Americano” también existía como gentilicio, pero se aplicaba a todos los reinos continentales (es una palabra que también tiene una curiosa historia que dejo para otra ocasión).

Como entidad geográfica, ocasionalmente se aludía a la “América septentrional”. Lo mismo ocurre con “Hispanoamérica”. Ambas opciones coincidían por ejemplo en la “Biblioteca Hispano-Americana Septentrional”, del arcediano José Mariano Beristáin.

“Indiano” existía para referirse por ejemplo al derecho, o a “los reinos de las Indias”. En cuanto a las personas, como decía el Tesoro de la lengua castellana, de Covarrubias, indiano era “el que ha ido a las Indias, que estos de ordinario vuelven ricos”.

¿Desde cuándo se emplea el adjetivo “novohispano”, que hoy nos parece tan usual? No consta ni en el  mencionado Tesoro…(de 1611) ni en los primeros diccionarios de la Real Academia (1726-1739). Buscando en tiempos modernos, tampoco aparece en la  versión de 1960-1966  de los reales diccionarios, aunque ya se sabe que la institución no destaca por su agilidad. Las versiones actuales, claro está, si lo contemplan, como “natural de la Nueva España” o “perteneciente o relativo a la Nueva España y los novohispanos”.

Buscando y rebuscando los antecedentes, encuentro que Enrique Olavarría y Ferrari, en sus Episodios nacionales mexicanos refiere que Beristáin (el mismo a quien cité arriba) construyó en su hacienda de Becerra (por el rumbo de Tacubaya) un arco triunfal en honor de los soldados realistas que habían combatido en el sitio de Cuautla, que rezaba  “Al victorioso ejercito novo-hispano. A su invicto general. A la formidable columna de granaderos”. Esto debió de ser entre 1812 y 1817, fecha en que pasó a mejor vida el ilustre bibliógrafo. Sospecho que el monumento no sobrevivió a la independencia, pero nunca se sabe.

En 1820 el Periódico de la Sociedad Médica-Quirúrgica de Cádiz describía al naturalista José Mociño y Sessé como “Novohispano”. Como falleció ese mismo año (después de un largo exilio por ser “afrancesado”), supongo que en cierta manera fue su epitafio.

Mociño

No he encontrado más referencias de la época colonial o del siglo XIX, aunque desde luego alguna puede aparecer.

En el siglo XX, después del violento intermedio revolucionario, vuelvo a encontrar las alusiones “novohispánicas” en un ensayo del maestro Luis Chávez Orozco sobre los gremios (1936), y notablemente en el Poetas novohispanos, del zamorano Alfonso Méndez Plancarte, publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1942.

Mediada la centuria, el adjetivo debía de ser de uso culterano pero bien conocido, sin que causara dudas o sorpresas.   De alguna manera cubrió una necesidad conceptual (ya dije que no hay buenos sinónimos),  y su empleo se difundió aceleradamente a partir de la década de 1980. Así puede verse en la gráfica siguiente, que expresa porcentajes de incidencia dentro del enorme corpus de Google Libros:

novohispano ngram

Fuente: Ngram Viewer, Google.

(Antes que me pregunten: no sé porqué puede haber un descenso del uso en los últimos veinte años, a no ser que se trate de alguna anomalía estadística).

¿Hay otras alternativas? Si de latinajos y latinismos hablamos, vale tanto “novohispano” como “neohispano” (como hablamos de “neogalaico” o “neogranadino”). El  empleo de “neohispano” también comienza hacia mediados del siglo pasado. Fue del agrado de algunos historiadores del arte, como Manuel Toussaint; pero ha sido de utilización esporádica, un poco por el gusto intelectual de jugar con las palabras. Tiene el inconveniente de que también se ha empleado para la arquitectura moderna inspirada por “lo español”, la que en México llamamos “neocolonial”, y que tuvo su cuarto de hora de prestigio público.

Si estos términos nos crean problemas (o divertimentos, según se vea) en español, lo mismo ocurre con otras lenguas. No existe “nouvel espagnol” en francés y sólo he notado alguna aparición muy rara de “New-spaniard” en inglés. En ambas lenguas se refieren a “México colonial”, lo cual en realidad no es muy preciso.

 

 

 

Acaba de salir de prensas el libro colectivo Los virreinatos de Nueva España y del Perú en el primer siglo XVII (1680-1740), editado por Bernard Lavallé,  en las bien cuidadas ediciones de la Casa de Velázquez. Como menciona el profesor Lavallé en la introducción, este volumen tuvo el propósito de comentar y comparar la historiografía reciente sobre la evolución de ambos virreinatos, con atención particular a un periodo relativamente poco estudiado y en el que ocurrieron cambios y transiciones que ciertamente merecen más atención. Los trabajos incluidos tienen como antecedente un coloquio realizado en el Instituto Mora, en 2013.

Participo en esta iniciativa con un texto que discute el concepto de “pacto colonial”, de empleo tan frecuente en la historiografía, que encuentro tiene sus ambigüedades. Propongo que en el caso particular de la sociedad indígena, ameritaría una consideración que lo trasladara del ámbito institucional al cultural.

Aparecen, asimismo, excelentes trabajos de varios reconocidos autores, como puede verse en el siguiente índice

INTRODUCCIÓN, Bernard Lavallé

LOS INDIOS Y EL IMPERIO, Felipe Castro Gutiérrez

EL MUNDO INDÍGENA EN MÉXICO Y EL PERÚ, Margarita Menegus Bornemann

LA RAZÓN DE LA PLATA, Frédérique Langue

LAS ÉLITES PERUANAS Y NOVOHISPANAS 1700-1730, Víctor Peralta

CONTROL TERRITORIAL Y ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA, Michel Bertrand

EL VIRREINATO PERUANO EN EL PRIMER SIGLO XVIII AMERICANO 16801750, José de la Puente Brunke

MENTALIDADES BARROCAS RELIGIÓN Y PODERES EN LOS VIRREINATOS, Nadine Béligand y Jaime Valenzuela Márquez

LA CIUDAD LETRADA EN EL VIRREINATO PERUANO 1680 – 1750, Pedro Guibovich Pérez

EN TORNO A LOS MERCADERES DE LA CIUDAD DE MÉXICO Y EL COMERCIO DE NUEVA ESPAÑA, Guillermina del Valle Pavón

LA MINERÍA EN LOS ANDES DURANTE EL PRIMER SIGLO XVIII, Carlos Contreras Carranza

REFLEXIONES PARA UN BALANCE, Bernard Lavallé

La ficha bibliográfica de mi artículo es la siguiente:

“Los indios y el Imperio: pactos, conflictos y rupturas en las transiciones del siglo XVII”, Los virreinatos de Nueva España y del Perú en el primer siglo XVII (1680-1740), editor Bernard Lavallé, Madrid, Casa de Velázquez, 2019, p. 7-22.

Acaba de aparecer mi artículo sobre “El Santo Desierto carmelita de México y los Leones: Carmelitasjusticia, conflictos laborales y honor en una sociedad de Antiguo Régimen”, en la revista Histórica, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Vol. 42, Núm. 1 (2018).

El texto parte de un litigio entre el teniente de ensayador de la Casa de Moneda, Joseph de León y los carmelitas del convento del Santo Desierto establecido en Cuajimalpa, en las serranías boscosas cercanas a la capital virreinal. Considera la peculiar vía por la cual una orden religiosa acabó siendo propietaria de un importante oficio de la ceca mexicana, la actitud de la Corona al respecto, las condiciones impuestas a los “tenientes” que en concreto desempeñaban el oficio, incluyendo la situación legal, derechos y formas de retribución. Además de los puntos contenciosos , me interesa comentar aspectos que aparecen en el expediente judicial, en particular el prestigio de un trabajador altamente calificado (perteneciente a todo un linaje de destacados ensayadores), y su derecho a ser tratado de manera honorable, todo ello en el contexto de una sociedad de Antiguo Régimen

Está disponible en línea aquí.

 

 

 

 

Acaba de aparecer en el número 55 (julio.-diciembre de 2016) de Estudios de EHN 55HistoriaNovohispana mi artículo sobre “La historia social en EHN”. Al final de esta nota puede verse el resumen de su contenido; el texto completo puede leerse aquí.

Este volumen de EHN está en parte dedicado al quincuagésimo aniversario de esta revista. Incluye asimismo una contribución de Juan Domingo Vidargas del Moral  quien en “Historias de una revista histórica”, rememora y comenta su experiencia como editor técnico, en que le tocó trabajar con varios editores desde el número 8, en 1995. Me consta, desde luego, porque tuve la responsabilidad y la satisfacción de ser editor entre 1991 y 1999. Lo recuerdo como una buena época; muchas gracias, Juan Domingo.

En este mismo propósito conmemorativo, Iván Escamilla González y Gerardo Lara Cisneros (actuales editor y editor asociado) publican con una breve introducción un conjunto de interesantes y curiosos documentos sobre los primeros años de lo que entonces se llamaba coloquialmente el “Anuario”.

Y, desde luego, pueden consultarse varios artículos en la sección general, de Francisco Quijano Velasco, David Carbajal López, Rossend Rovira Morgado y Anne Dubet, además de las tradicionales secciones de “Documentaria” y “Reseñas”.

……………….

Resumen de mi artículo

El artículo analiza el desarrollo de la historiografía social sobre el periodo colonial de México a partir de los artículos publicados en Estudios de Historia Novohispana. En su primera parte describe los primeros acercamientos al tema, reconstruye la manera en que sociedades científicas e instituciones académicas organizaron la producción y difusión de conocimientos, así como la vías de arribo y recepción de nuevas tendencias historiográficas. En la segunda comenta cuestiones relacionadas con las discusiones sobre los conceptos de resistencia, pacto social, vínculos sociales, historia sociológica e historia cultural de la sociedad y discute la manera en que diferentes autores han abordado estos temas.

Ciertamente,  puede verse una evolución en los temas y problemas. El empirismo erudito, el cuidado por el rigor, la exactitud y el detalle siguen siendo característicos, aunque su relevancia ya no sea la misma; el relativismo del historicismo, la afinidad por las ideas y por la «filosofía» de la historia llegan al presente; el interés por la estructura social, por los datos cuantitativos y los métodos sociológicos se mantienen como espacios válidos de investigación, y la más reciente historia cultural se sobrepone y mezcla a las experiencias precedentes. En realidad, no puede hablarse propiamente de «etapas» claras, nítidas y ordenadas. Como es característico en la historiografía mexicana, el progreso se ha dado por agregaciones a lo previamente existente. Viéndolo en esta forma, la presencia de una revista académica que permite todos los estratos y sedimentos intelectuales, sin restringirse a alguno en particular, ha resultado en un suelo fértil, y en una variada y fructífera cosecha.

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