El próximo jueves 8, a partir de las 10:00 hs,  tendrá lugar en el Archivo General de la Nación un coloquio (que abre una exposición) sobre La Grandeza del México Virreinal: Nueva España, la América Septentrional y las Filipinas.   Bajo ese título general hay varias conferencias que  tienen que ver con la presencia y proyección de la Nueva España en otros dominios imperiales, y en particular con la Real Casa de Moneda y su producción, que es lo que en particular me interesa.  Estarán presentes varios investigadores que bien conocen estos temas, como abajo puede verse. A primera vista, algunas ponencias continúan trabajos  previos,  mientras otras presentan  interesantes novedades. El programa promete, y habrá que ir a verlo.

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La Grandeza del México Virreinal: Nueva España, la América Septentrional y las Filipinas

Coloquio y Exposición

8 de noviembre 2012

10:00 – 10:30 INAUGURACIÓN

10:30 – 12:00 Mesa I “Los Mares del Mundo Colonial”

Matilde Souto – Las flotas de la Nueva España

Carmen Yuste – El Galeón de Manila y el Comercio Mexicano con Filipinas

Yovana Celaya – La Armada de Barlovento en el Gran Caribe en los siglos XVII y XVIII

Preguntas y respuestas

12:10 – 13:50 Mesa II “Pesos de Oro y Plata en México y el Mundo”

Inés Herrera – La defensa del monopolio de acuñación por la Casa de Moneda de México durante la Independencia

Alma Parra – El tránsito hacia la permanencia: Un ensayo regional para la acuñación de la moneda en Guanajuato

Ernest Sánchez Santiró – Las minas y las casas de moneda durante la guerra de independencia

Eduardo Flores Clair – No todo lo que brilla es plata: Historia del oro mexicano

Preguntas y Respuestas

14:00 – 15:30 COMIDA LIBRE

15:30 – 16:30 Mesa III “Nueva España y la defensa del imperio”

Carlos Marichal – Los Situados Mexicanos y las Guerras Interimperiales en el Caribe en el siglo XVIII

Johanna Von Grafenstein – Los Situados Mexicanos para Santo Domingo en el siglo XVIII

Preguntas y Respuestas

16:30 – 18:00 Mesa IV “Aspectos religiosos y sociales en la Nueva España”

Fernando Ciaramitaro – Los clérigos italianos en la Nueva España en los siglos XVI y XVII

Dorothy Tanck de Estrada – La vida cotidiana de los indios según sus mapas pictográficos del siglo XVIII

Clara García Ayluardo – Antes del espacio público. Ceremonia y salvación en la ciudad de México en el siglo XVIII

Preguntas y Respuestas

18:30 Clausura del coloquio e inauguración de la exposición

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Al Congreso de la Unión

El Comité Mexicano de Ciencias Históricas, que representa a la comunidad académica de historiadores de país, exige al Congreso y a las autoridades del gobierno federal que se otorgue el apoyo económico necesario al Archivo General de la Nación (AGN), para lograr un incremento en su presupuesto para el año 2011. Es demostrable el rezago frente a otros gobiernos que sí están interesados en conservar su memoria histórica (véase el cuadro 1). Ustedes, como nuestros representantes políticos, deben comprender las necesidades y recursos que requiere el AGN y son vitales para iniciar el trabajo del nuevo edificio, necesario para la conservación de los documentos fundamentales de la historia de México, que forma parte de nuestra identidad y por lo tanto, de nuestra democracia.

El Archivo General de la Nación resguarda el acervo patrimonial e histórico más valioso del país. En este sentido, el AGN es “la casa de la historia” de todos los mexicanos. Es considerado patrimonio de la humanidad por la inmensa cantidad de estudiosos del país y del extranjero que lo visitan y que se han beneficiado de la consulta de sus fondos, los cuales incluyen documentos escritos a lo largo de cinco siglos y valiosísimos acervos fotográficos, de audio, video y digitales.

La aprobación de los fondos públicos que requiere el AGN para su necesaria renovación, es una muestra de la celebración del legado más duradero de este año bicentenario de México.

Cuadro 1: Presupuestos de archivos en el mundo

2007 mdd % PIB
México 3.5 0.000002
Chile 21 0.000088
Australia 90.9 0.000111
EUA 359.2 0.000025

Firme la petición en: http://www.petitiononline.com/agnapoyo/petition.html

Por favor envíe esta carta directamente a los diputados Kenia López (kenia.lopez@congreso.gob.mx), Armando Báez (armando.baez@congreso.gob.mx), Trino Padilla (trino.padilla@congreso.gob.mx), Javier Corral (javier.corral@congreso.gob.mx) y Luis Videgaray (luis.videgaray@congreso.gob.mx).

Parecía que no, pero este año nuestras instituciones al fin y al cabo van a dejarnos algo reconocidamente útil. Bueno, exagero un poco, pero el motivo de esta nota es que hoy sábado se inaugura una librería del Fondo de Cultura Económica (con café e internet de libre acceso) en el Archivo General de la Nación. La librería es bienvenida ciertamente, pero casi tanto o más lo es una sala de café. Aunque parezca algo menor,  casi una frivolidad, no lo es tanto para quien acude a consultar viejos papelotes en las salas de esta venerable institución. Después de varias horas de descifrar la escritura de los notarios y escribanos de hace tres o cuatro siglos, uno comienza a ver bizco. Y aunque desde luego, no es la función del Archivo, sus salas también son el punto de encuentro de muchos historiadores, y siempre se ofrece tener un espacio apropiado para cambiar impresiones, datos, recomendaciones o saber cuáles son los intereses más recientes de los colegas.

El FCE y el AGN han tenido el buen gusto de no caer en el frenesí (bi)centenarial, y han decidido honrar a esta librería con el nombre de don Edmundo O´Gorman, quien durante casi dos décadas encontró ámbito propicio para sus  innovadoras inquietudes en este venerable acervo documental.

HHace unos días el Instituto Federal de Acceso a la Información Pública (más conocido como IFAI) aprobó una resolución que es de interés para los historiadores. En efecto, un particular había solicitado al Archivo General de la Nación, al amparo de la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental , que se le remitiera copia certificada y legible del acta de matrimonio del primer matrimonio de  Porfirio Díaz, celebrado con Delfina Ortega en 1867, con fines no especificados.

En respuesta, el AGN hizo entrega de una copia digital del acta del segundo matrimonio del general (el realizado con Carmen Romero Rubio),  y de otro documento descrito como “ilegible”, donde se alcanza a distinguir el nombre de doña Delfina. El solicitante presentó un recurso, alegando que no era lo pedido y que en todo caso debería habérsele entregado una versión legible del segundo documento. El IFAI le ha dado la razón.

El asunto es de interés por la discusión a que dio lugar en el IFAI. La comisionada María Marván Laborde presentó un voto de desacuerdo, argumentando que “esta ley no es para conseguir información de un archivo histórico, creo que el propósito no es convertir a las dependencias y entidades, ni aun al AGN, en ayudantes de investigador”. Agregó que el 30% de más de un millón de consultas y de 539 solicitudes de información actualmente realizadas corresponden a académicos e investigadores, y por ello “la respuesta a estas solicitudes debe ser, venga a buscarla o búsquela en internet, porque si no, no acabaríamos nunca”.    La comisionada presidente, Jacqueline Peschard, replicó que “por supuesto que respeto el voto disidente, pero no estoy pidiéndole (al AGN) que haga una investigación, ni que haga una búsqueda”, aunque no explicó cómo el Archivo se las arreglaría para dar obedecimiento a este mandato y otros similares.

¿Significa esta resolución que los cientos de historiadores del país pueden omitir el viaje y las horas de búsqueda en cualquier archivo público, más el costo de las copias necesarias para su investigación? Tomada literalmente, la resolución parecería indicar que podríamos solicitar los documentos necesarios para un artículo o un libro a través del sistema Infomex, y esperar cómodamente a que el archivo nos los envíe en versión digital. Y, para mayor comodidad, convenientemente paleografiados, en caso de que sea necesario.

Cabe anotar que el asunto no es nuevo, y que las instituciones implicadas no han tenido una política bien definida al respecto. Aunque la mayoría de las solicitudes presentadas al IFAI se han referido a asuntos contemporáneos, , hay varias que son “históricas” en el sentido tradicional del término, como un requerimiento acerca de la existencia de algún decreto, orden o instrucción presidencial emitida por Lázaro Cárdenas por medio de la cual se otorgaba un centavo por cada venta de un barril de crudo a sí mismo y a toda su descendencia (lo cual nunca se encontró).

Otra solicitud  fue la que pidió información sobre “contenidos históricos” en documentos, fotografias, películas, discos, objetos materiales, libros, revistas, entre otras cosas, que se refirieran al Estado de Morelos, su gente, su gobierno y su historia. La respuesta de la Unidad de Enlace del AGN fue que en sus acervos se hallaron 26 expedientes de instituciones coloniales, otros 26 de época moderna y contemporánea, y 22 de archivos particulares.  Asimismo, en la biblioteca se localizaron diversas referencias bibliohemerográficas. Por esta razón,  podían ser consultados “in situ”.

El solicitante presentó un recurso de revisión, alegando que “la información que se me otorga de acuerdo a mi solicitud, es muy genérica, ambigua y simple, ya que mi solicitud especifica el poder detallar los contenidos de todas la obras que contengan alguna reseña sobre el Estado de Morelos”. Este recurso fue rechazado por razones formales (aunque no por las dificultades prácticas que hubiera implicado su aceptación). La disímil respuesta institucional parece haber dependido de lo que se describe como “la naturaleza de la documentación” solicitada o, en otros términos, si se trata de documentos aislados y bien definidos o por el contrario, de peticiones vagas y que implicarían cientos de copias. La distinción, por ahora, no es evidente.

Más allá de estos problemas prácticos (que para una institución pueden llegar a ser muy serios) existe una cuestión conceptual, ya insinuada por Marván. ¿Es dable recurrir a las leyes sobre transparencia para solicitar la ubicación y entrega de documentos históricos? ¿Contribuye en algo a la democracia mexicana que sea posible conseguir fácilmente la información existente, digamos, sobre la descendencia de Hernán Cortés en el siglo XVI?

El asunto no ha escapado al IFAI, y hace algún tiempo el comisionado Alonso Gómez Robledo coordinó un estudio sobre la situación prevaleciente en los archivos de Australia, Canadá, Estados Unidos, Francia, Irlanda, Reino Unido y Portugal. Las conclusiones establecieron que había una gran diversidad al respecto, pues si bien en algunos países los documentos históricos son accesibles en términos de las leyes sobre transparencia e información gubernamental, en otros esto se limita a documentos administrativos (lo cual, supongo, quiere decir “recientes”)  En general, la moratoria o plazo que debe transcurrir para que un documento sea considerado “histórico” en estos países es de 30 años , aunque hay variaciones que dependen de la procedencia y confidencialidad. Sin embargo, este interesante estudio no parece haber dado lugar a un criterio claro y coherente sobre el tema. Habrá que estar atentos a nuevas decisiones  del IFAI sobre peticiones similares. El asunto, por otro lado, tiene varias connotaciones laterales para los historiadores, que comentaré más adelante.

esta ley no es para conseguir información de un archivo histórico, creo que el propósito no es convertir a las dependencias y entidades, ni aun al AGN, en ayudantes de investigador”,

En medio de noticias duras y preocupantes, una nota de importancia para los historiadores corre el riesgo de pasar  a_gomezinadvertida. Aurora Gómez-Galvarriato Freer ha sido designada como nueva directora del Archivo General de la Nación. Parece, en principio, una excelente decisión. Gómez Galvarriato es egresada del ITAM (en Políticas Públicas) y de la Universidad de Harvard (en Historia), donde presentó una tesis sobre “The Impact of Revolution: Business and Labor in the Mexican Textile Industry, Orizaba, Veracruz”. Se ha dedicado a la historia económica, sobre lo cual tiene varias publicaciones, y estaba últimamente adscrita al prestigioso Centro de Investigaciones y Docencia Económica

La nueva directora conoce, pues, los archivos y la  labor de los historiadores, lo cual sin duda es algo bienvenido. Representa también el arribo de otra generación (nació en 1965) a la dirección de nuestros archivos. Y ciertamente que se requiere alguien con energía y con ideas al frente de esta venerable institución, porque tendrá que encargarse de la difícil y delicada tarea de concretar el prometido nuevo edificio.  Agregaría que no estaría de más que comenzara a pensarse seriamente en poner los fondos “en línea”, siguiendo el buen precedente de muchos grandes repositorios nacionales  (véase por ejemplo el envidiable sistema español PARES).  Cabe tener esperanzas al respecto, porque algunas de sus pasadas actividades muestran que está  bien dispuesta hacia la innovación y los empeños digitales.

Los historiadores han sido reticentes en aventurarse en los estudios genealógicos, en buena medida porque abundaban los sitios dedicados a vender genealogías a gusto del cliente, que casi siempre  descubrían antepasados ilustres con su correspondiente escudo de armas. Sin embargo, no hay razón para que la genealogía no sea considerada como una rama auxiliar de la historia, con el mismo título que la numismática o  la filatelia. Los apellidos también son historia; y aunque su utilización requiere cierta precaución, también pueden proporcionar datos interesantes para el conocimiento del pasado.

La referencia a las precauciones tiene su razón de ser. Sobre todo en la época colonial, lo que podríamos llamar técnicamente como  “patrones de uso nominativos” (o sea, la forma en que alguien identificaba su ascendencia) era bastante flexible. Una persona podía preferir el apellido materno y no era raro que dos hermanos  no se apellidaran igual. La representación gráfica podía variar (por ejemplo, entre “Avila” y “Dávila”). Peor aún, una persona podía adoptar un apellido que no le venía de familia; esto era bastante común entre los nobles indios,que en el siglo XVI hicieron propio frecuentemente el apellido de sus padrinos de bautizo españoles, por lo cual hay ramas nativas de los Cortés, los Mendoza (por el primer virrey) o los Alvarado (en honor al conquistador de Guatemala).  El común de los  indios carecía de apellido, con el resultado de que Pedro Santiago resultaba ser hijo de Francisco Hipólito; cuando se introdujo el registro civil, algunos de estos nombres fueron arbitrariamente convertidos en apellidos por los jueces. Y en fin, cabe sospechar que la herencia del apellido y la  genética no siempre iban juntos.

Desde luego, saber quién era hijo de quién es algo muy necesario para un historiador, dado que en aquella época (ysospecho que en la presente) junto con un apellido iban anexos recursos materiales, afinidades e influencias. Esto es lo que ha llevado a muchos historiadores a realizar prosopografías (es decir, biografías de grupos enteros, por oficio, origen o rango social) e interpretar estos datos en términos de redes sociales.

(Antes de que me pregunten…no, no hago búsquedas genealógicas. Por favor, no me envíe consultas; utilice  los links aquí incluidos a los sitios dedicados a estos servicios).

El historiador intersado en la genealogía colonial (ya sea en sí misma o para otros fines analíticos) encuentra un recurso invaluable en los estudios de Peter Boyd-Bowman, Cristóbal Bermúdez Plata y de otros autores que con encomiable paciencia se dedicaron a recopilar la información de todos los españoles que pasaban a Indias en los tres siglos coloniales, y que debían contar con la correspondiente “licencia” o permiso de la Casa de Contratación. Asimismo, aunque la historia no era su propósito,  The Genealogical Society of  Utah, fundada en 1894 por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, ha reunido una enorme colección de microfilmes procedentes de antiguos registros parroquiales y civiles, algunos de ellos ya desaparecidos. Una copia, realizada por la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica, se halla  en el Archivo General de la Nacion.

La aparición de Internet, la fácil comunicación y la digitalización de muchos archivos y recursos estadísticos  ha dado nuevo auge a los empeños genealógicos, y a su posible utilización por el historiador. Asimismo, muchos sitios genealógicos han ido poco a poco haciendo propios el rigor, los criterios y los métodos de los historiadores. También se han acercado en ocasiones a un propósito más cientìfico: la creación de un mapa genético mundial, como el propuesto por la National Geographic Society.

Esta introducción viene a cuento de un recurso que acabo de descubrir gracias al siempte útil blog Genbeta, dedicado a rastrear las innovaciones de interés en la red de redes. Se trata de Mi parentela.com. que es un servicio que permite (de manera gratuita) crear árboles genealógicos y que todos sus integrantes, muy a la manera de las “redes sociales virtuales”, contribuyan a corregirlo o ampliarlo. Miparentela tiene otra prestación de particular interés: un mapa interactivo de la frecuencia total (el número de integrantes) y relativa, así como la distribución geográfica de los apellidos. La información se basa en el caso español en los censos gubernamentales, y para otros países en recursos públicos equivalentes, como los directorios telefónicos. También existen versiones nacionales que pueden ser de alguna utilidad para nosotros: los de  Alemania, FranciaItalia y Estados Unidos. Lo que nos proporcionan estos mapas y cuadros, aparte de datos curiosos e intereses genealógicos personales, es un mapa de las migraciones de cada apellido, y cómo fueron “colonizando” diferentes países. Espero que este servicio se extienda algún día a los países hispanoamericanos.

Desde hace un par de años comencé a notar una curiosa evolución en el debate político y en la imaginación pública: agn-2algo es cierto e indiscutible porque hay documentos que lo demuestran en el Archivo General de la Nación. Anteriormente la mayor parte de las personas no tenían más que una vaga idea de la existencia de esta venerable institución, o bien no mostraban mayor interés por un vasto repositorio de papeles viejos. Solamente los historiadores, campesinos en busca de sus títulos agrarios y algún ocasional genealogista compartían pacientemente la media luz de las galerías del ex “palacio negro”  de Lecumberri.

Creo que este inesperado interés se originó cuando el presidente Vicente Fox decidió en 2002 enviar al AGN todos los documentos del Centro de Investigación y Seguridad Nacional sobre los años de la “guerra sucia”, que muchos esperaban que revelarían “toda la verdad” sobre la represión de los movimientos populares de las últimas décadas. En algo deben haber contribuido, asimismo, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado y el Instituto Federal de Acceso a la Información, que con diverso éxito demostraron la importancia del acceso a los registros públicos. Como quiera que haya sido, desde entonces no han cesado los artículos periodísticos de denuncia, las “revelaciones” sensacionales” sobre el papel desempeñado por conocidas personalidades del mundo artístico y político, los libros, las novelas e incluso -lo cual supongo que representa una especie de consagración- películas de suspenso,  donde los documentos del archivo tiene un papel primordial.

No me he puesto a revisar el fundamento documental de las diversas revelaciones que han merecido titulares de diverso grosor, pero tengo la sospecha de que buena parte de ellas no resistirían un análisis detenido. Un historiador conoce muy bien que algo no es necesariamente cierto por el simple hecho de ser enunciado en documentos de un archivo.  Esto es así porque,  aunque es raro, algunos documentos pretenden ser lo que no son; es decir son “falsos”, aunque la falsificación en sí sea algo de interés. Asimismo, quienes redactaban informes, actas o cualquier otro tipo de documentos tenían inevitablemente limitaciones (a veces estaban presentes, en otras hablaban de oídas), prejuicios (veían lo que querían ver) o intereses (resaltaban algunos hechos, ocultaban otros) que afectaban su testimonio. Los documentos nos dicen muchas cosas, pero no siempre lo que dicen es verdadero.

Desde luego, también hay historiadores que realizan investigaciones en el AGN y publican artículos o libros sobre el pasado reciente. Sin embargo, no han mostrado las mismas habilidades o intereses mercadotécnicos, ni han atraído tanto la atención publica. En parte se debe a que es difícil para un historiador arribar a conclusiones terminantes y plenamente probatorias. Por lo común se contenta con  hacer argumentos más o menos sólidos, convincentes y bien fundamentados, pero acepta a priori que no son “la verdad” definitiva. También ocurre que los detalles concretos de un suceso (quien dio una orden, estuvo presente, participó, persiguió, huyó, etcétera) pueden ser muy importantes para un juez o para la opinión pública, pero para un historiador importan menos que la interpretación general (el sentido, propósito, lugar en un proceso histórico de larga duración, etcétera). Las sentencias breves, sonoras y terminantes, aptas para ser recordadas y reproducidas en los noticieros, no son nuestro fuerte.

Por estas razones, los trabajos de los historiadores por lo común no pasan de los rincones perdidos de las secciones culturales de los periódicos. Lo cual, como todas las cosas, tiene sus lados indeseables pero también convenientes.