En 2011 concluí mi libro sobre Historia social de la Real Casa de Moneda de México, que tras las inevitables dilaciones salió de prensas el siguiente año. En el ínterin, han aparecido varias novedades de interés sobre el tema de las cecas indianas, que aquí reseño brevemente sólo para dar noticia de ellas. Incluyo el “vínculo” cuando están disponibles en línea.
Tengo la intención de actualizar periódicamente esta compilación; iré añadiendo recursos de interés y suprimiendo los que ya tienen algunos años.

Ordenanzas de la casa de moneda en la capital del estado libre federado de los Zacatecas, Zacatecas, Imp. de Pedro Piña, 1827.
Esta ordenanza evidentemente no es una “novedad”, sino más bien un texto nuevamente disponible.  Aunque pertenece al periodo “nacional”, la incluyo aquí porque por su fecha es muy razonable suponer que describe mucho de la experiencia en la acuñación colonial, con las inevitables adecuaciones al nuevo marco político.

Diana Bonnet Vélez, ” Oficios, rangos y parentesco. Los trabajadores de la Casa de la Moneda de Santafé. 1620- 1816″, Historia y memoria, no. 6a, año 2013, p. 103 – 141.
Un muy buen estudio de la ceca bogotana, que muestra una organización administrativa y laboral muy similar a la mexicana, con prácticas sociales también afines. Como dice la autora “La edad de los trabajadores oscilaba entre 40 y 60 años. La mayoría de los trabajadores estaban casados. Existía por parentesco, de generación en generación una especialización en un oficio determinado. Dentro de la misma Casa de la Moneda se podrían alcanzar posiciones más altas. Es decir, se podía hacer una especie de carrera en torno a las actividades relacionadas con la ejecución de la moneda. Inicialmente se adquiría el cargo en interinidad y luego en propiedad. Algunos trabajadores no cobraban sueldo, sino que aprendían el oficio para luego ser nombrados en propiedad.” La autora señala la relevancia de las relaciones de parentesco y la monopolización de los cargos en manos de determinadas familias, así como las diferencias que presentaba una ceca con una producción mucho más limitada que la de sus pares en México o Lima.

Kris Lane, “Corrupción y Dominación Colonial: El Gran Fraude a la Casa de la Moneda de Potosí en 1649”, en  Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”,  núm. 43, 2015, p. 94-130.
El gran fraude desarticulado por un visitador en la ceca potosina (en el virreinato peruano y la actual Bolivia) ha atraído la atención de varios historiadores. El autor ha dado un interesante giro a la discusión: en efecto, hubo una conspiración criminal, pero por otro lado la sistemática devaluación oculta de la moneda respondía a una situación que iba más allá de las mayores o menores virtudes morales de los oficiales que gobernaban la ceca. Esto es, la crisis de la minería, los muchos años de laxa supervisión gubernamental, la venta de oficios y las facilidades que brindaba la proliferación del trabajo esclavo.

Mª Teresa Muñoz Serrulla, “Legislación monetaria: la moneda de los reinos de Indias en época moderna”, en La moneda: Investigación numismática y fuentes archivísticas, Mª Teresa Muñoz Serrulla (comp., ed.,), Madrid, Asociación de Amigos del Archivo Histórico Nacional, 2012, p.
Existe en España una muy envidiable tradición sobre investigación numismática, notablemente en la Cátedra de Epigrafía y Numismática de la Universidad Complutense de Madrid.  Un muy buen ejemplo lo proporciona este libro colectivo. El capítulo que aquí especifico revisa una legislación que en términos generales es bien conocida, pero de la que la autora hace pertinentes comentarios. Adiciona, además, algunas fuentes de interés para el estudioso de los aspectos jurídicos e institucionales de este tema. En particular, llama la atención sobre las “consultas”  que hacían los consejos reales de (de Hacienda,  de Castilla y de Indias), que eran los responsables de la política monetaria, que usualmente incluyen opiniones y dictámenes sobre distintos asuntos. Parece un recurso muy revisable, del que he tomado debida nota.

Thomas Hillerkuss y Georgina Indira Quiñones Flores han publicado en Relaciones no. 142, 2015, con notas y comentarios, el testamento de Luis Núñez Pérez de Meñaca, quien fue tesorero de Santa Cruzada y después ensayador de la Casa de Moneda de México entre 1584 y 1610. El texto es muy interesante porque se refiere a un periodo poco documentado y por lo mismo escasamente conocido de la historia de la ceca. También nos permite acceder a informaciones, habitualmente muy escasas, sobre la vida, desempeño e intereses de quienes que en esta época adquirían el oficio en remate público. El artículo refiere su origen en una próspera familia de judíos conversos, las vías por las que pudo adquirir el cargo, su enlace en segundas nupcias con una influyente familia de la oligarquía novohispana y su fallido intento por convertir su oficio en hereditario.

Luis Javier Cuesta Hernández,  “Algunas reflexiones sobre la Casa de Moneda de la ciudad de México y Luis Díez Navarro”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, vol. XXXVI, núm. 104, 2014, pp. 189-205.
El artículo estudia el carácter de la sobria portada de la ceca mexicana, diseñada por el ingeniero militar Díez Navarro y propone que retoma el diseño de los reales “columnarios” de a ocho reales. Hace notar que, precisamente, la puerta tuvo el real emblema y las fajas de la portada llevaban originalmente los lemas “Utraque unum” y “A Solis Ortu Usque ad Occasum’”, lo cual la acercaba al diseño monetario. Estas alusiones debieron ser borradas con la damnatio memoriae que sobrevino con  la independencia. El autor hace también reflexiones sobre un frecuentemente reproducido plano de la ceca de 1737, que atribuye al mismo Díez Navarro, comparándolo con otros del mismo autor.

Áurea quersoneso: estudios sobre la plata iberoamericana: siglos XVI-XIX, coord. por Gonçalo de Vasconcelos e Sousa, Jesús Paniagua Pérez, Núria Salazar Simarro; Lisboa, Universidade Católica Portuguesa – Instituto de Humanismo y Tradición Clásica – CONACULTA – INAH, 2014.
Este libro tiene contenidos de desigual interés. Varias contribuciones son textos breves, afines al antiguo género de “noticias sobre…”. Por otro lado, hay otros textos que ameritan una visita a la biblioteca. En particular:

Alma Parra, “Los molinos y la molienda en los procesos de producción minera en México”, Aurea quersoneso: estudios sobre la plata iberoamericana: siglos XVI-XIX, p. 47-60.
Aunque se ocupa de la molienda en los reales de minas, es también aplicable a las casas de moneda, donde las cizallas debían procesarse por este método para recuperar la plata.

Alma Montero Alarcón, “Los ensayadores Lince, Arance, Forcada y Dávila en archivos mexicanos”, p. 144-192.
El trabajo se ocupa de los ensayadores mayores de la Nueva España/México que estuvieron activos entre 1779  y 1823. Tiene mucha razón al decir que pese a su importancia, se conoce poco de ellos. Hay datos y comentarios sobre su trayectoria administrativa y el contexto (en particular la guerra de independencia) en que ejercieron su oficio.

Juan Manuel Blanco Sosa, “La moneda columnaria en tiempos de Felipe V. Los avatares de su acuñación en la Real Casa de Moneda de México” p. 141-154
Tiene detalles sobre las vicisitudes del grabado de esta moneda.

Santiago Nicolás Blanco, “Nicolás Moncayo: su desempeño como jefe de talla en la Ceca de Potosí”, Historia digital, XV, 25, 2015.
Datos sobre este grabador. que se formó en México como discípulo de Gerónimo Antonio Gil y luego se desempeñó en la ceca potosina como jefe de talla desde 1797 hasta 1825. Fue el responsable de varias medallas conmemorativas de hechos militares realistas.

Robert I. Nesmith, La acuñación de la primera Casa de Moneda de las Américas en la ciudad de México. 1536-1572. Ensayo numismático, trad. y pról. de  Elsa Lizalde Chávez,  México, Banco de México, 2014.
El Banco de México ha editado en español la clásica obra de Robert I. Nesmith, The coinage of the First Mint of Americas at Mexico city,  cuya primera edición data de 1955.
La primera parte es una historia de la ceca en su época inicial, apoyándose en la visita de Tello de Sandoval a la ceca mexicana, así como en las compilaciones documentales y  estudios históricos disponibles hace medio siglo. La parte iconográfica, con reproducciones de monedas, es obra de consulta y referencia obligada para los numismáticos.

Jorge A. Proctor, “Los ensayadores de la casa de moneda de Potosí durante el reinado del Rey Felipe III (1598-1621)”, en  Gaceta Numismática, no. 189, junio 2015, p.87-102. Es una noticia de los oficiales de esta renombrada ceca, con detalles de interés sobre las formas y condiciones de adjudicación del oficio, así como algo que siempre apasiona a los numismáticos: las posibles señales o marcas que cada ensayador debía cuidar que se imprimiera en las monedas a su cargo.

En la misma Gaceta numismática, Pedro Damián Cano Borrego ha publicado varios artículos de interés. Algunos están repartidos en números consecutivos, lo cual hace complicada la lectura. Es más fácil verlos en su espacio en academia.edu

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La historia de la Real Casa de Moneda de México nunca deja  de ofrecer ángulos inesperados y sorprendentes. Uno de ellos, que en el pasado exploré  sumariamente, porque no era mi asunto principal, es el de las repercusiones literarias de las actividades de sus oficiales (en la época primitiva, desde 1535) y sus funcionarios (cuando pasó, en 1732, a la administración real directa).

Uno de los personajes más llamativos es Melchor de Cuéllar,  un gaditano que hizo fortuna en México gracias a la grana cochinilla y el comercio con Filipinas. Para dar mayor sustento y brillo a sus riquezas, compró un oficio (sí, estos puestos se compraban) de regidor en Puebla, e hizo lo mismo para convertirse en ensayador de la ceca mexicana (un cargo que, obviamente, no desempeñaba por sí mismo).  Cuéllar patrocinó la fundación del jesuítico Colegio Seminario de Nuestra Señora de Santa Ana, en la ciudad de México, y en su tierra natal fundó una obra pía para dotar a jóvenes doncellas. Era muy devoto de la Virgen del Carmen, y los frailes de esta orden consiguieron que fuese  también patrono de la construcción del convento del Santo Desierto, que con el tiempo fue llamado de “los Leones”, en los ásperos montes cercanos a la capital virreinal. Para dejarles una renta segura, Cuéllar les cedió en 1636 el oficio de ensayador, que los religiosos detentaron hasta 1732, cuando la Corona confiscó todos estos cargos anteriormente cedidos a particulares (lateralmente, esta es la razón por la cual algunas monedas acuñadas en este periodo llevan una “D”, por “Desierto”, que tanto ha intrigado a los numismáticos).

El agradecimiento de los carmelitas fue grande.  A su muerte en 1633, le dieron sepultura en el conventEpistolarioo del Desierto de los Leones, en cuyo atrio existe una inscripción a su memoria. Y cuando en 1801 los frailes se trasladaron a Tenancingo, se llevaron los despojos fúnebres de su protector. Allá puede verse una estatua orante de Cuéllar, que como hizo notar el maestro Manuel Toussaint, es uno de los raros ejemplos novohispanos de este género de imaginería funeraria.

No quedó aquí el carmelitano agradecimiento. En 1624 salió de prensas del convento de Uclés (en la provincia de Cuenca, España) el Epistolario espiritual para personas de diferentes estados, compuesto por el P. Iuan de Iesus Maria, prior del Sagrado Yermo de Nuestra Señora del Carmen de Descalços de la Nueva España,  dirigido a Melchor de Cuéllar, ensayador mayor de la Casa de Moneda de México, y fundador y patrón de dicho sagrado yermo. Del autor sabemos, gracias a Dolores Bieñko, que era sevillano, vivió entre 1560 y 1644, fue autor prolífico, prior provincial, fundador del desértico convento leonino y confesor del obispo Juan de Palafox (a quien no parece haberle aprovechado mucho la epístola XX, que trata de cómo un prelado ha de haberse en el gobierno de los suyos, para  así ser amado y respetado de todos).

Algo tendré que decir acerca de la sentida “Dedicatoria” inicial a Cuéllar, así como de la epístola que a él está dedicada, la XXXIX, donde le aconseja todo lo necesario para el sustento de los religiosos,  recordándole que si Dios le pide de su hacienda, es para tener ocasión de darle aun más mercedes y logros. Desde luego, lo obvio es la “sutil apelación” a su generosidad, pero entre las recargadas anáforas, sinécdoques y elipsis de la retórica barroca hay muchas claves, insinuaciones y subtextos a las culales  bien valdrá dedicar algún rato.

En el¡ grabado de la portada del libro , de construcción arquitectónica, aparecen Santa Teresa, San Juan de la Cruz y los emblemas carmelitanos, con dos angelotes a modo de tenantes. Todo de muy buena factura, pero bastante previsible. Sin embargo, debajo del motivo principal también se alcanza a ver una muy discreta línea que dice  “J W Schorquens faciebat”. Este Schorquens fue un prestigiado (y  muy cotizado) grabador flamenco, activo en Madrid en esos años. La indecisa y ambigua expresión latina faciebat (en imperfecto, en  lugar del habitual fecit) deja la impresión de un acto de modestia del grabador, quizás ante lo solemne del asunto. O de algo que no acabó de satisfacerle del todo. Ya se sabe, estos viejos libros a veces ocultan curiosos enigmas.

faciebat

 BIBLIOGRAFÍA

Epistolario espiritual para personas de diferentes estados compuesto por el P. Iuan de Iesus Maria, prior del Sagrado Yermo de Nuestra Señora del Carmen de Descalços de la Nueva España, Uclés, Convento de San Ioseph, por Domingo de la Iglesia, 1624.

Manuel Toussaint, “La escultura funeraria en la Nueva España”, en Anales, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, no, 3, 1944,

Dolores Bieñko de Peralta, “La autobiografía de un carmelita novohispano, fray Juan de Jesús María: prior, fundador del Desierto de los Leones y confesor de Palafox”, en Memoria. XVIII Encuentro de investigadores del pensamiento novohispano, Abraham Sánchez Flores, comp., San Luis Potosí, 2005.

Sobre la propiedad agraria en Yucatán teníamos un panorama bastante satisfactorio, pero incompleto. Gracias a la historiografía previa conocíamos Laura Machuca-librorazonablemente bien su extensión, nivel de endeudamiento, relaciones de trabajo, así como las relaciones conflictivas que tuvo con las tierras comunales. Lo que falta nos hacía era considerar con detenimiento a sus propietarios. Es de lo que se ocupa en este libro Laura Machuca, bien conocida por los lectores del pasado colonial por sus trabajos previos sobre el comercio de la sal, el cacicazgo y, ciertamente, la propiedad de la tierra….

Hay  en este libro datos, narrativas y argumentos del mayor interés para nuestra comprensión del pasado agrario yucateco. Y como sucede con las buenas obras, deja preguntas y abre perspectivas sobre las que bien valdría regresar en algún futuro cercano.

Véase el texto completo de esta reseña en

sobre Laura Machuca, Los hacendados de Yucatán (1785-1847). Un aporte valioso al estudio del mundo agrario de la península yucateca en la época colonial.

en Boletín de la AFEHC,  Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica, 2013.

Acabo de recibir la noticia de que la historiadora Delfina López Sarrelangue falleció a sus 92 años.  Es un aviso que me retrotrae a mis primeras lecturas de tema michoacano, cuando comenzaba a interesarme por la historia indígena de la región e inicié la lectura de su indispensable La nobleza indígena de Pátzcuaro en la época virreinal (UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1965). Como muchos habían hecho antes y otros harían  después, tomé prolijas notas, apunté referencias documentales,  y observé varios asuntos que parecían ofrecer perspectivas interesantes de reflexión. Posteriormente publiqué un par de libros y varios artículos sobre etnohistoria de Michoacán, y en casi todos ellos aparecen citas de esta obra.  No era cuestión de cortesía ni un prurito de erudición historiográfica: ocurría, simplemente, que lo escrito por la autora seguía siendo una referencia importante, y un buen punto de partida para discutir diferentes problemas de interpretación.

No la conocía personalmente. Sabía que después de haber trabajado en el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la UNAM, se había jubilado. Años después, su principal libro (agotado de tiempo atrás), fue reeditado por la editorial moreliana Morevallado (1999), y el grupo Kw’anískuyarhani de Estudiosos del Pueblo Purepecha me pidió que hiciera algunos comentarios en una de sus reuniones, que como siempre tuvo lugar en el ex Colegio Jesuita de Pátzcuaro. Doña Delfina estuvo presente, y recuerdo bien la atención con que seguía y acompañaba las discusiones, y la vivacidad con que, acabada la parte formal de la reunión, nos narraba cómo había sido el ambiente de la vida académica en los años sesenta, con anécdotas sobre las variadas manías y aficiones de sus antiguos colegas, para ilustración (y también, ciertamente, algo de diversión) de los asistentes.

Los editores de Tzintzun, la excelente revista del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, me propusieron que convirtiera mis comentarios en una reseña, que  apareció publicada en su número 30 (2000). Espero no tomen a mal que, como modesto homenaje a la maestra, reproduzca aquí ese texto. He vuelto a revisarlo, y realmente no tendría mucho que corregir (excepto, en todo caso, alguna referencia cronológica) ni gran cosa que agregar, excepto que desde entonces han seguido apareciendo obras que discuten sus hipótesis. Para un historiador, no cabe mejor remembranza.

………

Delfina Esmeralda López Sarrelangue, La nobleza indígena de Pátzcuaro en la época virreinal, 2ª. ed., Morelia, Morevallado, 1999.

Este libro ha pasado la más dura de las pruebas: la del tiempo. Hay obras que tienen su cuarto de hora de fama por razones incidentales, ya sea porque se ocupan de temas que inquietan momentáneamente a la sociedad (como la amplia producción presente referida a Chiapas) o hasta cuestiones más incidentales, que tienen que ver con el prestigio de la editorial o la habilidad del autor para promoverse a sí mismo. Estas situaciones coyunturales tienden a desvanecerse y perder su importancia con el paso de las décadas; lo que queda al final, lo que se decanta, es la calidad, el peso específico de la investigación, que lleva a sucesivas generaciones de historiadores a consultarla y leerla con provecho y placer. Desde la primera edición de esta investigación han pasado 35 años. No resulta ocioso preguntarse cuál de las obras  de reciente aparición en librerías seguirá siendo leída en el año 2034.

En su momento, La nobleza indígena… fue un libro  casi aislado en el panorama historiográfico. Predominaban entonces los estudios sobre encomenderos, evangelizadores y hacendados; los indígenas aparecían en todo caso en el trasfondo, como el objeto sobre el cual recaían los proyectos y conductas de otros actores sociales. En contraste, esta obra colocó a los indígenas en primer plano, como protagonistas por derecho propio de la construcción de la sociedad colonial. Mostró, asimismo, que las reacciones frente a la conquista fueron tan variadas como los indígenas mismos. No ha sido su falta si un terco esencialismo al estilo lascasiano ha continuado refiriéndose a ellos como un todo homogéneo, siempre idéntico a su arcádica esencia.

Hay buenas razones para el continuado interés en esta obra. No es, ciertamente, de tema exclusivamente michoacano; por el contrario, contiene frecuentes alusiones a situaciones paralelas existentes en Oaxaca o el Valle de México, sustentadas tanto en una exhaustiva revisión de la documentación entonces disponible como en la revisión crítica de la bibliografía de aquellos tiempos. Por ello, ha continuando atrayendo la atención de los historiadores de muchas regiones.

Por otro lado, la autora realizó una meticulosa y pacientísima reconstrucción de las enredadas genealogías de los nobles indios de Michoacán. Solamente quien se ha adentrado en la maraña de documentos ambiguos, grafías variables, lagunas de información y deliberadas falsificaciones conoce el valor de este esfuerzo; el “catálogo diccionario” que aparece al final del texto es en verdad una guía de viajeros por el pasado. Esta analogía es particularmente pertinente, porque aunque su argumento mantiene una línea expositiva, siguiendo a la nobleza indígena cronológicamente, generación tras generación, no se limita a un simple listado de apellidos. Por el contrario, la discusión de los motivos de la evolución y decadencia de la nobleza toca, así sea brevemente, temas que siguen siendo objeto de la discusión contemporánea. Así, el caminante por el pretérito indígena michoacano recorre senderos una veces amplios y bien transitados, otros apenas reconocibles, pero que casi invariablemente fueron abiertos hace décadas por López Sarrelangue.

Varias hipótesis planteadas por la autora son actualmente de aceptación tan general que en ocasiones se olvida que fueron una novedad. En cierto modo, dejaron de ser conclusiones particulares para pasar a integrarse al saber común, a lo que ya por probado no se discute. Esto se refiere especialmente a las causas de la precipitada decadencia de la nobleza indígena: las quejas de los misioneros y funcionarios sobre la “tiranía” de los caciques, la desconfianza de la Corona hacia la existencia de un grupo con privilegios hereditarios, la adopción nobiliaria de un modo de vida “hidalgo”, más orientado al consumo que a la producción, la misma caída demográfica indígena, que debilitó su papel y su influencia como indispensables intermediarios, y en fin, la tendencia al mestizaje y la hispanización, que alejó a este grupo del entorno social que daba sentido a su existencia. La discusión posterior ha girado en torno a estos argumentos, corrigiendo aquí y agregando allá; pero el núcleo básico sigue siendo válido.

Hay, como es inevitable, aspectos donde el libro muestra el tiempo transcurrido. Uno de las cuestiones más notables tiene que ver con las fuentes: hace 25 años no existían las diversas instituciones e instancias que si por un lado nos acosan con sus obsesiones burocráticas,  por el otro nos proporcionan apoyos para visitar archivos y bibliotecas en el extranjero, como ocurre con el siempre inagotable Archivo General de Indias. Asimismo, del valioso Archivo Histórico del Ayuntamiento de Pátzcuaro la autora solamente pudo utilizar la selección microfilmada realizada por José Miranda y Jiménez Moreno, depositada posteriormente en el Museo Nacional de Antropología e Historia. En unos y otros acervos hay material extremadamente variado y útil sobre la composición, sucesión y conflictos de la nobleza indígena, que espera al investigador que se atreva a complementar y corregir el enorme esfuerzo realizado tiempo atrás con recursos más limitados.

En cuestiones más conceptuales, López Sarrelangue sigue siendo una autora contemporánea y se la sigue citando y discutiendo como si sus conclusiones hubieran aparecido recientemente. Gracias a este libro, sabemos quiénes eran “caciques”, esto es, un grupo privilegiado dentro del conjunto más amplio de los principales indígenas, incluyendo a los descendientes directos del cazonci, pero también los linajes nobles que en tiempos prehispánicos habían sido los “ayos” o consejeros del cazonci, los miembros de su corte, y los señores de comunidades sujetas. Conocemos también que privilegios y obligaciones tenían, cuáles eran las formas de herencia e incluso los procesos por los cuales fueron perdiendo poco a poco su inicial importancia. Sin embargo, hay aspectos que aun nos resultan obscuros y discutibles. Estos aspectos tienen principalmente que ver con el cacicazgo como forma de organización política, esto es, como un medio de agrupar, ordenar y controlar a la población; y con sus tierras “patrimoniales”, así como el carácter de la relación con sus “terrazgueros” o arrendatarios.

López Sarrelangue ubica caciques en poblaciones que eran “cabeceras” , como Acámbaro, Chilchota y Maravatío; pero asimismo los encuentra en lugares tan secundarios que su misma ubicación resulta hoy día dudosa, como Acareno (un sujeto de Tarímbaro), Chupinguapareo (una estancia de Turicato) o Guaracha (un sujeto de Jacona, que con el tiempo daría nombre a una gran hacienda). La lista es curiosa; los cacicazgos tienden a coincidir con las cabeceras, pero no siempre. Tal parecería que la distribución de cacicazgos parece tener una lógica histórica, más que funcional. Puede, también, que los españoles no comprendieran plenamente el sentido de la institución, e introdujeran una confusión que nos crea dificultades de interpretación.

Asimismo, en el siglo XVI la atribución de los cacicazgos tuvo una supervisión virreinal que se manifestaba en documentos formales y un elaborado ritual de posesión. En épocas posteriores, hay caciques de Pátzcuaro, pero también de cada uno de sus barrios; en otras cabeceras, como Cherán, a fines de la colonia había tres linajes que declaraban ser de caciques; el reconocimiento gubernamental se hizo más laxo, esporádico y en ocasiones  inexistente.  Esta multiplicación de caciques y esta informalidad  tienen que ver sin duda con la pérdida de sus privilegios gubernativos y con su  deterioro económico; pero la transición, el deslizamiento semántico que se oculta detrás de la permanencia de la misma voz, todavía queda por elucidar.

Los nobles, y en particular los descendientes del cazonci, argumentaron que la mayor y mejor parte de las tierras de Michoacán pertenecían a la nobleza y al cazonci, y que el tributo pagado había sido el equivalente de una renta de la tierra. Los pueblos solamente habrían poseído por derecho propio tierras en cerros y malpaíses. En otros términos, la nobleza había sido gran propietaria, y sobre esta propiedad se construían relaciones sociales de subordinación y dependencia con los pueblos y con los llamados “terrazgueros”. Es muy clara la insistencia en esta interpretación en las reiteradas historias fundacionales acerca de que la nobleza bajó a los macehuales de los cerros donde se habían refugiado dando así origen al orden colonial. Esta manera de ver las cosas fue parcialmente aceptada por la Corona, de manera tal que los descendientes del cazonci se convirtieron en los mayores latifundistas del siglo XVI michoacano. Es también, en términos generales, la interpretación que acepta López Sarrelangue.

Sin embargo, es también posible que la vinculación entre comuneros y nobles indígenas fuese en la época prehispánica de naturaleza personal, basada en el parentesco y los vínculos recíprocos de lealtad y protección. Hay ciertos elementos que señalan el carácter inmediato y familiar de lo que podríamos llamar, con cierta laxitud conceptual,  el Estado michoacano prehispánico. En la relación geográfica de Pátzcuaro, por ejemplo, hay una lista de pueblos sujetos que incluye varios que no están identificados como un lugar, un asentamiento, sino por un oficio o el nombre de un noble. También es notable la ausencia en Michoacán de un término equivalente al de altepetl en nahuatl, tan omnipresente en los documentos y en el imaginario colectivo del altiplano central. En fin, vale la pena señalar que cuando los nobles entablaban litigios contra los macehuales, no demandaban la tierra en sí, sino el tributo y los servicios personales (aunque éste se limitara, como llega a ocurrir,  a una “kanakua” o entrega de un presente de flores).

Si esto era así, entonces el tributo dado a los señores no constituía propiamente una renta de la tierra, sino el reconocimiento de una sujeción entre personas. Tanto Margarita Menegus como Bernardo García, en otros contextos, han insistido en esta distinción y en sus consecuencias. En efecto, a mediados del siglo XVI la Corona decidió “macehualizar” a los terrazgueros, incorporándolos a los pueblos y dándoles derecho a recibir tierras de comunidad. En este contexto, la abolición del tributo dado a los nobles indígenas puede haberse interpretado como una desaparición de las relaciones de dependencia. En otras palabras, los antiguos terrazgueros se consideraron como poseedores con plenos derechos, sujetos sólo a la autoridad del rey; y la “rebelión de los macehuales” que López Sarrelangue observa desde el siglo XVI, podría ser resultado indirecto e imprevisto de una política fiscal de la Corona. Pero es un tema en el cual hay que navegar con mucho cuidado.

En fin, cabe congratularse por la reedición de este clásico, y es de esperarse que reciba el mejor de los homenajes que pueda recibir: que los historiadores actuales continúen la paciente labor de compilación de la autora,  y que retomen y discutan con nuevos elementos sus hipótesis y conclusiones.

…………

Publicado en revista Tzintzun, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, 2000

Navegando en la red en ratos ociosos (los que rondan la medianoche son muy a propósito) a veces doy con un blog que no había descubierto. En este caso es Bibliofilia novohispana, de Marco Fabrizio Ramírez Padilla. Está activo desde diciembre de 2007, lo cual (en México y en este contexto) lo ubica entre los blogueros “veteranos”. También se cuenta Bibliofiliaentre los más persistentes, porque desde entonces ha mantenido una presentación continua de notas.

El autor dedica este blog a la noble afición (que fácilmente, como me consta, puede volverse obsesión) por los libros raros y antiguos. Esto le da materia para comentarios originales, derivados de sus investigaciones, sobre  ediciones, editores, encuadernaciones y marcas de agua. Aprovecha adecuadamente, con oportunidad y sin excesos, las posibilidades de representación gráfica que el medio ofrece, lo cual lo hace visualmente muy interesante. Este blog es asimismo  una puerta abierta a los espacios bibliofílicos, a través de su blogroll o lista de blogs favoritos del menú lateral.

El autor colabora también con Palabra de Clío, una asociación civil de historiadores mexicanos que publicó en 2007 dos revistas “virtuales”, Palabra de Clío y Diacronías.

inali_catA  raíz de un comentario sobre la nueva clasificación de las lenguas indígenas del INALI, he recibido varias preguntas sobre el tema, y también consultas sobre dónde pueden aprenderse estos idiomas. Respecto de lo primero, adjunto abajo una serie de referencias. Sobre la enseñanza de las lenguas nativas sólo puedo decir que lamentablemente no existe un sistema escolarizado formal (excepto, claro, en las escuelas de antropología, y a veces las universidades públicas). Más bien hay cursos organizados por distintas instituciones, con entusiasmo pero frecuentemente sin continuidad. Pregunte en su universidad, Casa de Cultura municipal o en la agencia más cercana de la CNDPI (ver abajo).

INALI. El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, de reciente creación, presenta el catálogo de lenguas, marco legal de su uso en México, y ofrece cursos para traductores e intérpretes.

La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (antes Instituto Nacional Indigenista) ofrece en línea 54 monografías descargables de los pueblos indígenas (con capítulos sobre lenguas), y presenta el PINALI, Programa de Revitalización, Fortalecimiento y Desarrollo de las Lenguas Indígenas Nacionales.

El Instituto Lingüístico de Verano de larga (y controvertida) historia, tiene en su sitio gran cantidad de materiales (diccionarios, publicaciones, catálogos, obras de referencia) sobre el tema.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía tiene un sencillo sitio de difusión con cuadros y mapas. Datos estadísticos más precisos y detallados pueden encontrase aquí

Y dado que no todo puede resolverse con la consulta de páginas web, es conveniente ver dos obras dedicadas a los aspectos históricos y políticas gubernamentales sobre el tema:

Gonzalo Aguirre Beltrán, Lenguas vernáculas: Su uso y desuso en la enseñanza. La experiencia de México, México, Universidad Veracruzana, 1993, 476 pcifuentes

Barbara Cifuentes, Letras sobre voces. Multilingüismo a través de la historia, México, CIESAS – Instituto Nacional Indigenista, 1998, 340 p.

Si tiene usted algún otro recurso que pueda ser de interés, déjeme una nota. Habrá muchos alumnos de enseñanza media que se lo agradezcan.