Tengo el placer de poner en su conocimiento que mi último libro, Historia social de la Real Casa de Moneda de México, está  ahora disponible en línea de manera gratuita, aquí, gracias al encomiable progama de publicaciones digitales del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

HistCdeM en linea

Han pasado cuatro años desde la primera edición, y en el ínterin he proseguido con mis investigaciones sobre algunos aspectos laterales o particulares del tema. Como no podía ser de otra manera, hay algunos puntos (sobre todo técnicos y administrativos) que ahora me parece conozco con mayor detalle y precisión, pero no he querido modificar el texto original. Cada obra es producto del momento en que fue escrita. Solamente he incluido ahora una corrección que me pareció importante: se ubica el lugar de nacimiento del primer y único “director” de la Real Casa de Moneda,  Nicolás Peinado y Valenzuela, en el Obispado de Cuenca. Es un personaje que en su momento debería ser objeto de un estudio biográfico detallado, tanto por su papel en la introducción de la modernidad tecnológica en los reinos de España como por su peculiar personalidad, que en México le llevó a enemistarse incluso con el propio virrey.

Sólo me resta agradecer el apoyo dado a esta obra por sucesivas directoras de mi Instituto y la habitual eficiencia de su Departamento Editorial.

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Acaba de aparecer:

El impacto local de una producción global. La Real Casa de Moneda de México y sus proveedores, 1732-1821ALHE
América Latina en la Historia Económica, vol 22, núm. 1 , 2015.

Este artículo aborda el efecto de “derrama” o impacto de los gastos de la Real Casa de Moneda en la capital de Nueva España, en razón de la construcción de instalaciones, adquisición de maquinaria y compra de insumos tales como combustible, animales de tiro y refinación de minerales no preciosos como el cobre.  Describe la manera en que el establecimiento de la administración gubernamental directa, a partir de 1732, implicó la introducción de principios racionales en la contratación y supervisión de proveedores. Finalmente, se propone que el estudio del efecto local del gasto público es un tema que podría abrir perspectivas de interés en la historia de la economía de sociedades premodernas.

Está disponible en línea aquí

El día de ayer recibí la noticia de que mi artículo sobre “El gran robo de la Real Casa de Moneda. La delincuencia y los límites de la justicia en la ciudad de México” había merecido el “premio al mejor artículo de historia social” del Comité Mexicano de Ciencias Históricas. Es, sin duda, una gran satisfacción, sobre todo viniendo como viene de una asociación que reúne a las instituciones vinculadas con la investigación, docencia, preservación y difusión de la historia de México. Esto es, de mis colegas.

Esta es la segunda vez que el CMCH me honra con un premio al mejor artículo; el previo fue en 2009, con una contribución sobre “Luis de Castilleja Puruata, un noble de ‘mano poderosa’ entre dos épocas del gobierno indígena”. Lo traigo a colación porque hay ciertos aspectos comunes entre los dos casos (además de haber sido publicados en la misma excelente revista, Estudios de Historia Novohispana). En ambos fueron trabajos que desarrollé después de haber concluido el libro que era el resultado principal de mi investigación. Estaba, pues, en la etapa en que abordo aspectos particulares o derivados que, por una u otra razón, habría sido inconveniente comentar más ampliamente antes, porque hubieran sido una digresión de la narrativa general. ¿Será que, sin la presión de la “gran obra”, el estilo resulta más libre y ameno?  Es posible, aunque desde luego, soy un pésimo lector analítico de mí mismo. Es cierto que, según recuerdo, disfruté más de la redacción de ambos ensayos que de los capítulos de los libros previos, muy ceñidos a presentar un vasto volumen de información y análisis en la forma más clara y breve posible.

Los dos artículos, también, tienen en común que presentan buenas historias personales, la una de un noble indígena que se las arregló con diversas maniobras para mantenerse en el poder en Pátzcuaro durante décadas, la otra de un grupo de marginados urbanos que se atrevieron a realizar un audaz robo a la ceca más rica del mundo. Son relatos que tienen una narrativa lineal, incluyen momentos de drama (o tragicomedia, en ocasiones) y se prestan para realizar un ejercicio de comprensión de las conductas, esperanzas, temores y creencias de los hombres y mujeres del pasado.

En fin, como alguna vez comentaba en la presentación de una obra, una vez publicados, los resultados  de la labor de un historiador en cierta manera dejan de pertenecerle. Los libros y artículos encuentran sus propios ecos en su recorrido por el mundo, algunos previsibles, otros inesperados, y a veces para sorpresa (y satisfacción, claro) de su autor.

 

 

Ileana Schmidt Díaz de León, El Colegio Seminario de indios de San Gregorio y el desarrollo de la indianidad en el centro de México, Schmidt Colegio Sn Gregorio1586-1856, México, Universidad de Guanajuato – Plaza y Valdés, 2012, 218 p.

Las instituciones de la capital novohispana dedicadas a los indios han sido objeto de mucho interés de parte de los historiadores, desde el Juzgado General de Indios y los gobiernos de las “parcialidades” de San Juan Tenochtitlan y Santiago Tlatelolco, pasando por el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, el convento de indias cacicas de Corpus Christi, el Hospital Real de Naturales, las muy numerosas cofradías, hasta el Colegio Seminario de Indios de San Gregorio, que es el tema de este interesante y muy pertinente libro. Hay antecedentes valiosos y atendibles en los estudios sobre esta institución fundada por los jesuitas, pero este es el primer libro que la abarca en extenso, desde su fundación en 1586….

(Véase el resto de la reseña en Nuevo Mundo –  Mundos Nuevos, octubre 2014.)

 

Recorrer las ciudades mexicanas es frecuentemente un paseo por la historia. Y no me refiero a antiguos edificios,  sino a que la nomenclatura nos recuerda constantemente a los grandes personajes o las notables fechas conmemorables. Es parte de una didáctica pública, de la historia como alusión a  virtudes heroicas o (menos frecuentemente) logros filantrópicos, científicos o líterarios (por ahí, incluso, aparecen algunos historiadores). No hay ciudad, pueblo o villa sin una calle Francisco I. Madero, o alguna Benito Juárez (de hecho, en la caótica ciudad de México, hay decenas de ellas, para desconcierto de los pobres turistas).  Hay casos muy ilustrativos, y otros simplemente curiosos, como puede verse en una reciente nota sobre la nomenclatura tijuanense, publicada en una interesante revista estudiantil.

Como el presente cambia, el pasado se reconstruye a su imagen y semejanza, y no es raro que un nuevo régimen o gobernante decida la renovación de la geografía urbana. Las ciudades son, en este sentido, metáforas del pretérito.  También son declaraciones de principios y señales identitarias, como puede verse cuando alguien se refiere a una de nuestras más bellas ciudades como Puebla de Zaragoza o Puebla de los Ángeles.

Inversamente, hay personajes que no tienen (casi) ninguna posibilidad de aparecer en la nomenclatura urbana. Ya se sabe, la memoria también está hecha de olvidos.  Pero siempre hay excepciones, provenientes de algún orgullo localista o iniciativa particular, que nos recuerda que lo que llamamos “historia oficial” no es un todo monolítico.   A veces estas propuestas son muy discretas, como las calles de la colonia Lomas de Virreyes, donde se conmemora a los gobernantes de lo que es oficialmente una especie de “no-historia”, en un coqueto barrio de vecinos de altos ingresos. Hay, incluso, en un barrio residencial de Monterrey, una arbolada calle “Hernán Cortés”, en la buena (o mala, según se vea) compañía de Francisco Pizarro y, aún más insólito, de Nuño de Guzmán.

Calle de Hernán Cortés, Monterrey

Calle de Hernán Cortés, Monterrey

El caso de Porfirio Díaz es más complicado. En la ciudad de México hay una calle astutamente llamada “coronel Porfirio Díaz”, lo cual alude al héroe novelesco de la lucha contra la intervención francesa (y no al futuro general y sempiterno presidente). En Oaxaca el orgullo neoporfirista por uno de sus hijos más connotados es menos embozado: hay muchas calles que llevan su nombre e incluso una población que lo porta orgullosamente desde 1948, Miahuatlán de Porfirio Díaz, que fue escenario de una de sus más famosas batallas.

Hay  también esquinas muy llamativas: en Tacubaya (ciudad de México) confluyen las calles de “Primero de mayo” y “Avenida Revolución”, lo cual seguramente no fue (en su momento) una casualidad. Y otras que son paradójicas: otra vez en San Luis Potosí coinciden las calles de Victoriano Huerta (sí, hay una con su nombre) con la Avenida Libertad. Y juro que no me lo estoy inventando. Para colmo de ironías, en la esquina hubo  (o hay, eso no lo sé) una funeraria.

La esquina de Victoriano Huerta y Av. Libertad, S.L.P

La esquina de Victoriano Huerta y Av. Libertad, S.L.P

No he hallado ninguna calle “Maximiliano de Habsburgo”, pero han tenido mejor suerte sus últimos camaradas. Tomás Mejía tiene su calle en Atizapán de Zaragoza, y hay una “General Miguel Miramón”, en la colonia Martín Carrera, México D.F.

Resultaría excesivo ver en todas estas toponimias un propósito. A veces pueden haber sido resultado de la falta de conocimiento o de imaginación de la pertinente oficina municipal (ya se sabe, son demasiadas calles, y algunas acaban quedándose con nombres tales como “calle 4” o “norte 33”).  Pero en la mayoría hubo una intención detrás, que se sobrepone a otras previas sobre el pasado conmemorable, a modo de una estratigrafía de la memoria. Es algo en donde un historiador bien podría realizar sus excavaciones.

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Las imágenes  provienen del siempre indispensable Google Street View.

Este artículo (publicado en francés) estudia los orígenes, características y situación social de los negros y mulatos que trabajaban en la Real Casa

Mulato (fragmento de pintura, Museo Nacional del Virreinato)

Mulato (fragmento de pintura, Museo Nacional del Virreinato)

de Moneda de la ciudad de México.  Se trata de un grupo importante tanto por su número como porque de su labor  (sobre todo en la fundición, donde eran mayoría) dependía la buena ley de la moneda que alimentaba las finanzas del Imperio español y era utilizada como medio primordial de cambio en el comercio internacional de aquel entonces.

El texto describe la larga historia de estos trabajadores de la ceca, ocupados de alguna de las labores más duras e insalubres de la producción. Como podrá apreciarse, es un devenir que no puede reducirse a la descripción de su condición de esclavos. Por el contrario, estos hombres buscaron y lograron aprovechar todos los recursos y medios disponibles a su alcance, algunos legales y otros no tanto, para conseguir y defender un espacio propio bajo muy difíciles circunstancias. A principios del siglo XVIII, de hecho, los administradores de la ceca decían que los esclavos negros tenían “una manera de vivir muy alejada de la que debia ser propia de la esclavitud”, lo cual entre otras cosas explica la preferencia posterior por el trabajo asalariado libre.

Esta contribución aparece dentro de la obra colectiva Les esclavages en Amérique coloniale, editada por Bernard Grunberg, Paris, Éditions L’Harmattan, 2013, 233p. ISBN : 978-2-336-29183-3

Hay también otros capítulos del mayor interés, como puede verse en el siguiente índice de la obra:

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Présentation

L’esclavage en Espagne et Nouvelle-Espagne. Continuité et adaptation (XVIe-XVIIe siècles) – J. Montemayor

Noirs et Mulâtres à l’Hôtel Royal des Monnaies de Mexico. Histoires d’une discrimination et d’une survie au quotidien – F. Castro Gutiérrez

Negros, Mulatos, Pardos, Jarochos : Chemins et représentations du métissage des Noirs dans la région de Veracruz – A. Stella

La production de yerba mate et l’exploitation de la main-d’oeuvre indigène dans le Paraguay colonial (XVIe-XVIIIe siècles) – P. Domingo

“De l’instruction des Nègres”. Le jésuite Pelleprat et l’éducation religieuse des esclaves dans les Petites Antilles françaises au milieu du XVIIe siècle – É. Roulet

Les Pays-Bas et le commencement de la traite vers les Antilles anglaises et françaises, 1640-1700 – P. Emmer

De la catégorisation des populations coloniales à leur racialisation : l’exemple des colonies des Antilles françaises – F. Régent

La mer, espace de liberté ? Marrons maritimes aux Caraïbes (1750-1802) – M. Lienhard

Masques noirs, murs blancs – É. Noël

L’esclavage à l’époque coloniale : contribution de l’archéologie funéraire. Le cimetière d’Anse Sainte-Marguerite (Guadeloupe) – P. Courtaud

L’esclavage dans les premiers guides touristiques des Antilles françaises (1913, 1931) – D. Bégot

L’histoire de la traite négrière et de l’esclavage au lycée : ouverture des programmes et ambiguïtés nouvelles – M.A. de Suremain

Documents : Lettre au roi de l’archevêque de Mexico sur l’esclavage des Noirs (Mexico, 30 juin 1560) ;

Les Indiens caraïbes, acteurs et objets de traite aux Antilles françaises (XVIIe-XVIIIe siècle)

Varia

La conquête des Itza – V. Testa

Documents : Les missionnaires espagnols face au dernier “royaume maya”

Comptes rendus : Susan Schroeder, Stafford Poole [Éd.], Religion in New Spain, 2007 (É. Roulet) ; Patrick Saurin, Les fleurs de l’Intérieur du ciel. Chants de l’ancien Mexique, 2009 (É. Roulet) ; Hélène Vignaux, Esclavage et rébellion. La construction sociale des Noirs et des Mulâtres (Nouvelle Grenade, XVIIe siècle), 2007 (M. Fouchart) ; Hélène Vignaux, Esclavage, traite et évangélisation des Noirs dans le Nouveau Royaume de Grenade au XVIIe siècle, 2008 (M. Fouchart)

La obra está disponible en el sitio web de ediciones L’ Harmattan.

Uno de los problemas de toda casa de moneda era mantener la exactitud  en el peso de las piezas acuñadas. No era tarea fácil, porque siempre era posible una degradación paulatina e inadvertida, que por infinitesimal que fuese podía irse acumulando insensiblemente con el tiempo.  O bien, podían ocurrir maniobras fraudulentas, en que la diferencia del peso, difícil de advertir a simple vista, quedaba en manos de  funcionarios desleales, como llegó a ocurrir en Potosí, en el virreinato peruano.

Eran problemas que podían tener graves consecuencias,  y provocar incluso la devaluación del circulante. Por esta razón, las ordenanzas preveían que hubiera siempre en las cecas una pesa con el marco castellano “tipo” (que, en términos modernos, era 230,0465 gramos), así como varios dinerales, que eran pesitas de pequeño tamaño, equivalentes a las distintas monedas. Unas y otras pesas servían como referencia exacta para “ajustar”, como se decía, las monedas,  y asegurarse de que la “talla” (o sea la cantidad de piezas que se extraía de un marco) fuesen las indicadas por las ordenanzas. Ni más, ni menos.

Estas pesas estaban hechas de bronce para evitar, en lo posible,  su deterioro. Las tenía a su cargo el  maestro de balanza o “balanzario”, quien entregaba copias numeradas a los capataces de cada hornaza (en la época “primitiva” de la ceca) y, desde 1732, al “fiel” de moneda, que supervisaba la formación de cospeles (los discos metálicos que conformarían la moneda) a partir de los rieles metálicos. Una vez concluida la ac uñación, algunas monedas escogidas al azar volvían a pesarse,  para comprobar que todo estuviera en orden, y sólo entonces se entregaban al público.

Dada su importancia, los marcos y dinerales originales se guardaban celosamente. En cierto sentido, estas piezas tenían también una función simbólica: representaban la autoridad del rey, que era el garante último de la moneda, así como el profesionalismo y fidelidad de los funcionarios de la ceca. Por esta razón, se conservaban en una caja hecha de materiales nobles,  y las piezas llevaban impresos motivos decorativos, así como la marca o señal del artesano o funcionario responsable de su buena hechura. Un raro y precioso ejemplar  de estas cajas, utilizada por un cambista, fue expuesto en 2007 el Museo de las Ferias, de Medina del Campo, y hay otra en el Museu de  Prehistòria de Valencia, al que pertenece la siguiente imagen:

Museu Valencia

En el caso de la ceca mexicana, tenemos afortunadamente una descripción de estas pesas y dinerales, hecha por el tesorero Joseph Diego de Medina y Saravia, en 1729.  Decía  que siempre había existido un marco original “guardado en un cajoncito de cedro por dentro, y por fuera de tapinziran a lo que parece, embutido de hueso blanco con su llave y cerradura, y en la tapa de dicho cajoncillo se hallan puestas las reales armas de Su Majestad en un escudo de plata, y debajo de él una tarja del mismo metal con su rótulo que dice así: Por mandado del excelentísimo Ilustrísimo señor don Juan de Palafox y Mendoza, del Consejo de Su Majestad y del Real de Indias, virrey y capitán general de esta Nueva España, obispo de la Puebla de los Angeles, visitador de este reino y Real Casa de Moneda, se hizo este caja en 4 de julio de 1645”.

Dentro se guardaba un marco de bronce  que tenía impresos una flor de lis y dos manojitos de flechas atados. Asimismo había otras dos cajitas, con las armas reales y una inscripción que decía  “siendo tesorero  Juan de Vera, en 1651, y su teniente capitán don Joseph de Quesada, se hicieron estos dinerales que corresponden al peso doble, de a cuatro, de a dos reales, medio, todos marcados con un castillo y un león”.  Existía también otra cajita, con las piezas de granos y dinerales utilizados por el ensayador, y finalmente una bolsita de brocato verde con otros dos juegos de dinerales de plata marcado con león, castillo y flor de lis; y otros sólo con puntos que denotaban el peso de la pieza.

La referencia a Palafox se debe a que este célebre y polémico personaje realizó una minuciosa visita a la Casa de Moneda en 1644, como parte de su labor en la inspección de la hacienda pública. Los castillos y leones, desde luego, eran las armas de Castilla. El tesorero se quedó muy intrigado con las marcas de lises y manojos  de flechas, y supuso que se trataría de la marca del ensayador, o bien del fiel contraste, un funcionario del ayuntamiento que tenía, entre sus funciones, velar por la exactitud de las pesas y medidas. Por lo que puede apreciarse de otros ejemplares de dinerales conservados, así debió de ser.