Tengo el placer de poner en su conocimiento que mi último libro, Historia social de la Real Casa de Moneda de México, está  ahora disponible en línea de manera gratuita, aquí, gracias al encomiable progama de publicaciones digitales del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

HistCdeM en linea

Han pasado cuatro años desde la primera edición, y en el ínterin he proseguido con mis investigaciones sobre algunos aspectos laterales o particulares del tema. Como no podía ser de otra manera, hay algunos puntos (sobre todo técnicos y administrativos) que ahora me parece conozco con mayor detalle y precisión, pero no he querido modificar el texto original. Cada obra es producto del momento en que fue escrita. Solamente he incluido ahora una corrección que me pareció importante: se ubica el lugar de nacimiento del primer y único “director” de la Real Casa de Moneda,  Nicolás Peinado y Valenzuela, en el Obispado de Cuenca. Es un personaje que en su momento debería ser objeto de un estudio biográfico detallado, tanto por su papel en la introducción de la modernidad tecnológica en los reinos de España como por su peculiar personalidad, que en México le llevó a enemistarse incluso con el propio virrey.

Sólo me resta agradecer el apoyo dado a esta obra por sucesivas directoras de mi Instituto y la habitual eficiencia de su Departamento Editorial.

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Los historiadores (y las historiadoras, claro) solemos ser románticos en mayor o menor grado. No se trata de que hagamos promesas de amor eterno, atesoremos el retrato de nuestros amores y les llevemos flores cada San Valentín. No dudo que así ocurra, pero lo que aquí me interesa es el romanticismo en el sentido particular de la historia de cultura en general,  esto es, una actitud que se define por la búsqueda de lo extraño y exótico, la apología de la imaginación y la subjetividad, la idealización del objeto y la construcción de una narrativa orientada hacia las emociones.  Tiene sus aspectos literarios y artísticos, evidentemente, que en México nos han dado  desde los encantadores paisajes de José María Velasco, los folletinones de Vicente Riva Palacio (como “Monja, casada, virgen y mártir”) y los ingenuos dramas de Emilio “el Indio”  Fernández. En historia, podemos citar las obras de Manuel Payno y también las de un favorito personal, Eduardo Ruiz, quien recreó la historia michoacana agregando episodios como el de la Princesa Eréndira que solamente existieron en su fértil imaginación. Fue una corriente de gran importancia en el siglo XIX, pero desde luego la “actitud romántica” puede encontrarse, con distintos énfasis y matices, en el presente.

En la historiografía, el romanticismo ha estado muy frecuentemente asociado a la idea de nación y de comunidad nacional. Aparece con el interés por los orígenes legendarios, los héroes fundadores,  las antiguas tradiciones y  los grupos humanos que supuestamente son depositarios de sus mejores virtudes. Tiene su contraparte lógica en la desconfianza, sino es que la reprobación hacia el desarrollo de urbes anónimas, la modernidad económica, la centralización del Estado, el cosmopolitismo, o el arribo de influencias culturales tenidas por  ajenas.  Como se trata de procesos que difícilmente pueden revertirse, también proporcionan al romanticismo algo que le es muy apreciado: la melancólica nostalgia por lo que fue y ya no es. Y es que desde luego una buena historia romántica requiere de un drama y una narrativa moral.

Tengo que decir que veo con simpatía al romanticismo. El aprecio y el gusto por el pasado, por lo lejano y lo extraño muchas veces está en el origen de una vocación profesional. Y desde luego, apreciamos la preservación, cuidado y estudio de la herencia monumental y cultural. En este sentido, puede decirse que la del historiador es una profesión (a diferencia de otras, que no mencionaré….) en cierto modo romántica.

El problema del romanticismo es que es una de las formas de “colonización del pasado”, de conformarlo a nuestra imagen y semejanza, y adecuarlo sin darnos cuenta a nuestras necesidades y preferencias contemporáneas. De manera inconsciente podemos acabar por  “ver” el pretérito no como fue, sino como quisiéramos que hubiera sido. Es fácil, por ejemplo, llevar nuestras muy comprensibles simpatías por los perseguidos, los humillados, los pobres de la tierra hasta convertirlos en sujetos ideales, de una moralidad que se parece sospechosamente a la contemporánea.

Hoy día, desde luego, el historiador de oficio está advertido de estos riesgos y problemas; es algo que inculcamos empeñosamente en nuestros alumnos. Tal como es, nuestra disciplina se deriva del racionalismo ilustrado, con una crítica y análisis de fuentes, cuidado por la verificabilidad de la información, la sujeción de la imaginación a ciertas reglas, y la necesidad de una narrativa sobria, imparcial y objetiva, que evita juicios de valor y procura transmitir ante todo hechos y argumentos formales.

Sin embargo, lo peculiar del oficio del historiador es que no trabaja con “objetos”, sino con hombres y mujeres del pasado. En ocasiones, dedicamos años a reconstruir pacientemente la vida de una persona o un grupo humano, y comienzan a resultarnos muy cercanos. Que acabemos por sentir por ellos cierta empatía (o, aversión, que también sucede) es algo comprensible. Así, a veces consciente o inconscientemente se deslizan narrativas románticas (en el sentido arriba definido)  en nuestros estudios. Hay sus variaciones, desde luego, pero me parece que incluso en temas tan áridos como la historia fiscal o demográfica pueden encontrarse estas actitudes subyacentes. En mi propio caso, no lo había notado hasta que una lectora me dijo que la parte final de mi libro sobre Los tarascos y el Imperio español era muy melancólica. Y sí, en esa obra me ocupé de la formación de los pueblos de indios en Michoacán en la época colonial, la manera en que en condiciones difíciles lograron crear y preservar durante décadas un espacio propio de gobierno, recursos naturales y estilos de vida, hasta que distintos procesos anónimos fueron desgastándolos lentamente hasta convertirlos en muchos casos en cascarones vacíos, desprovistos de su anterior sentido comunitario. Tenía (y tengo) mis buenas razones para sostener que así fue, pero en perspectiva no me cabe duda de que fue un típico argumento romántico.

Ocurre cada tanto que hay una discusión acerca de un grupo profesional o una minoría cualquiera, sea religiosa, nacional, social o moral. Esto es, aparece el argumento que podríamos llamar “internalista”, de que hay  sentimientos, actitudes y comportamientos que no pueden comprenderse bien sin pertenecer a esa comunidad.

Es un punto de vista que tiene sus méritos, porque las personas que forman parte de esos grupos han pasado por una

Parámetros del campo de visión de binoculares. Fuente: Wikimedia

Parámetros del campo de visión de binoculares.
Fuente: Wikimedia

experiencia de educación, formación y trato que no puede “traducirse” fácilmente desde fuera. Un párroco no ve el mundo de la misma manera que un abogado o un militar. También, crecer o educarse en una minoría, conocer su lengua, convenciones y señales de identidad es algo muy personal. La pertenencia hace posible un conocimiento íntimo, cercano, de sensibilidades y emociones.

Por un lado, el estudio de la propia sociedad y cultura puede causar una especie de particular ceguera: no se “ve” ni explica  lo que es inmediato, porque se da como “obvio”, o “natural”. Para dejar de hacerlo así requerimos de una formación y una actitud que nos haga capaces retomar la curiosidad e inquisitividad que teníamos de niños  (en la “edad de los porqués” que tanto desespera a a los padres) que acabamos por perder con el decurso del tiempo, cuando nos habituamos a la realidad y la consideramos “normal”.

Por otro lado, la homogeneidad de un grupo humano cualquiera es casi siempre una ilusión óptica. Todos tienen subdivisiones e incluso fracturas; su uniformidad es sólo la manera en que se presentan a sí mismos ante el exterior, o el resultado de un análisis simplista. Para poner algunos ejemplos, la perspectiva “de género” tiene un punto a su favor cuando sostiene que la historia del sindicalismo no puede considerar a las esposas como un simple agregado doméstico de los obreros. Hay también diferencias étnicas en algunos grupos sociales, así como distancias sociales o religiosas en muchos grupos étnicos. Y desde luego, si lleváramos la visión “internalista” a su consecuencia lógica, el único género historiográfico posible sería el autobiográfico.

Hay un aspecto inverso cuando tratamos del “dentro” y el “fuera” en el conocimiento Justice by Insurancehistórico. Voy a poner un caso muy ilustrativo. Woodrow Borah relataba cómo vio delegaciones de campesinos esperando pacientemente en el patio del Palacio Nacional a que el presidente los recibiera y diera solución a sus problemas. Era (los tiempos han cambiado, claro) una visión cotidiana en la ciudad, que no despertaba mayor extrañeza ni ameritaba comentarios. Borah, en cambio, notó lo inusual que era que las personas no acudieran ante las autoridades inmediatas a su pueblo, las que por ley debían atender sus agravios, sino que viajaran hasta la capital para plantear su caso ante el “Supremo Gobierno”. Pensó que se trataba de la continuación de una práctica colonial, cuando el virrey presidía el Juzgado General de Naturales y resolvía casos “de plano y a verdad sabida” para consolidar su imagen como figura protectora y paternal. De ahí, de esa visión “externa”, salió un excelente libro, que aún consultamos con provecho.

Desde luego, “aprehender” una cultura ajena no es algo sencillo, porque tendemos a re-interpretar lo extraño en términos de lo conocido (al igual que los conquistadores españoles veían “mezquitas” en los pueblos mesoamericanos). Es algo que requiere paciencia, inteligencia y disposición para comprenderla en sus propios términos.  Pese a las dificultades, tenemos autores que escribieron obras muy notables sobre el pasado mexicano; para no citar a los actuales, mencionaré solamente a dos que me son muy cercanos: François Chevalier y Charles Gibson. Son historiadores que destacaron no solamente por su erudición, claridad y buena argumentación, sino también porque, provenientes de otro contexto cultural, pudieron apreciar lo extraordinario en lo que parece normal, y lo inusual de lo cotidiano.

En resumen, la historia “desde dentro” y la historia “desde fuera” no se excluyen, sino que se complementan necesariamente. Es sin duda muy importante que cada grupo humano tenga y escriba su propia historia; pero, a la vez es conveniente, incluso necesario, favorecer y bien recibir el interés externo en nosotros mismos. Y esto aplica no solamente para nacionalidades, sino también para oficios, géneros, etnicidades y religiones.

El día 22 y 23 de enero tendrá lugar en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM un homenaje a Gisela von Wobeser, con el título de De la historia económica a la historia social y cultural.

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No se trata propiamente de comentar su vasta obra, aunque sin duda aparecerá en muchos de los temas expuestos, porque el título refleja bien su evolución intelectual. La mesa relativa a religiosidad se ve muy atractiva, y quien esté en particular interesado en la historia del agro mexicano haría bien en asomarse a estas conferencias. En conjunto, las ponencias presentan un panorama muy completo e instructivo de la actual discusión historiográfica sobre haciendas, propiedad rural, fiscalidad y mecanismos crediticios.  Muchos de los autores tienen trabajos recientes sobre estos temas, que muestran por donde han ido sus inquietues desde sus primeras publicaciones, años ha. También, de una u otra manera, todos (y empleo el plural porque participo con una ponencia) hemos tenido alguna relación académica previa con la homenajeada, lo cual era de esperarse teniendo en cuenta que sus  contribuciones han sido muy relevantes, incluso indispensables en la configuración del estado actual de la cuestión. En este sentido, los organizadores han hecho una excelente labor de convocatoria.

Estas reuniones son propicias, en ocasiones, para referir algunas breves historias y recuerdos personales. No pienso adentrarme en este género (los comentarios informales no se me dan muy bien…), pero es apropiado mencionar aquí que conocí a Gisela en su seminario, cuando era estudiante de la maestría en historia de la UNAM. Tuve entonces ocasión de  comprobar sus amplios conocimientos en historia agraria, su capacidad de síntesis y didáctica exposición, así como apreciar posteriormente su interés continuado en el progreso profesional de sus antiguos alumnos; todavía de tiempo en tiempo me asomaba por su cubículo para consultarle algunos aspectos que no tenía claros (como los malhadados y omnipresentes censos enfitéuticos).  Viéndolo en perspectiva, dos características de mi estilo vienen de sus observaciones y críticas: que un artículo o un libro deben tener una coherencia argumental desde la primera página a la última, evitando innecesarias digresiones; y que la exposición debe ser clara y precisa,  sin excesos retóricos. Aún hoy día, la narración es para mí un medio, no un fin en sí mismo (aunque a veces incurra deliberadamente en algunas derivaciones barrocas….).

Es justo que los alumnos y colegas reconozcan, tanto en lo personal como en lo intelectual, a quienes  han dedicado su vida al progreso de los estudios históricos.  Una de las mejores formas, ciertamente, es continuar con el análisis y reflexión sobre los temas  que a lo largo de los años ocuparon su tiempo y esfuerzo. En estos sentidos, esta reunión promete bien.

 

El día de ayer recibí la noticia de que mi artículo sobre “El gran robo de la Real Casa de Moneda. La delincuencia y los límites de la justicia en la ciudad de México” había merecido el “premio al mejor artículo de historia social” del Comité Mexicano de Ciencias Históricas. Es, sin duda, una gran satisfacción, sobre todo viniendo como viene de una asociación que reúne a las instituciones vinculadas con la investigación, docencia, preservación y difusión de la historia de México. Esto es, de mis colegas.

Esta es la segunda vez que el CMCH me honra con un premio al mejor artículo; el previo fue en 2009, con una contribución sobre “Luis de Castilleja Puruata, un noble de ‘mano poderosa’ entre dos épocas del gobierno indígena”. Lo traigo a colación porque hay ciertos aspectos comunes entre los dos casos (además de haber sido publicados en la misma excelente revista, Estudios de Historia Novohispana). En ambos fueron trabajos que desarrollé después de haber concluido el libro que era el resultado principal de mi investigación. Estaba, pues, en la etapa en que abordo aspectos particulares o derivados que, por una u otra razón, habría sido inconveniente comentar más ampliamente antes, porque hubieran sido una digresión de la narrativa general. ¿Será que, sin la presión de la “gran obra”, el estilo resulta más libre y ameno?  Es posible, aunque desde luego, soy un pésimo lector analítico de mí mismo. Es cierto que, según recuerdo, disfruté más de la redacción de ambos ensayos que de los capítulos de los libros previos, muy ceñidos a presentar un vasto volumen de información y análisis en la forma más clara y breve posible.

Los dos artículos, también, tienen en común que presentan buenas historias personales, la una de un noble indígena que se las arregló con diversas maniobras para mantenerse en el poder en Pátzcuaro durante décadas, la otra de un grupo de marginados urbanos que se atrevieron a realizar un audaz robo a la ceca más rica del mundo. Son relatos que tienen una narrativa lineal, incluyen momentos de drama (o tragicomedia, en ocasiones) y se prestan para realizar un ejercicio de comprensión de las conductas, esperanzas, temores y creencias de los hombres y mujeres del pasado.

En fin, como alguna vez comentaba en la presentación de una obra, una vez publicados, los resultados  de la labor de un historiador en cierta manera dejan de pertenecerle. Los libros y artículos encuentran sus propios ecos en su recorrido por el mundo, algunos previsibles, otros inesperados, y a veces para sorpresa (y satisfacción, claro) de su autor.

 

 

El 13 de enero de 1771 el virrey marqués de Croix recorrió la corta distancia que separaba el palacio virreinal de la sala capitular de laVirrey Croix catedral para asistir , como vicepatrono de la Iglesia, a la sesión inaugural del IV Concilio Provincial Mexicano, la más importante reunión eclesiástica en muchos años, presidida por el arzobispo Francisco de Lorenzana. Contrariamente a lo que esperaba, se le hizo esperar en la antesala durante varios minutos, no lo recibieron con repique de campanas y ningún prelado salió a darle la bienvenida. El virrey, después de unos breves momentos ceremoniales y un corto discurso, se retiró muy molesto, no volvió a hacerse presente y elevó una indignada queja al rey. Las repercusiones de esta des-cortesía ocupan buena parte de la documentación existente sobre esta reunión en el Archivo General de Indias. De hecho, a partir de este episodio, las dos cabezas de la “república” mantuvieron relaciones muy tirantes, al punto de que fue uno de los elementos para que se decidiera el relevo del virrey.

Los historiadores que se han ocupado del incidente han mostrado siempre cierta perplejidad: o lo relegan a una anécdota menor (del estilo de las “curiosidades históricas”), lo consideran como expresión de vanidades desaforadas, o bien tratan de ir más allá de la anécdota, y lo presentan como un momento en el conflicto más amplio entre estos dos personajes, o incluso como episodio notable de las relaciones entre el poder civil y el clero. Más allá del mérito que puedan tener estas explicaciones, subsistiría en todo caso la razón por la cual estas disensiones se expresaban en cuestiones de etiqueta, y porqué, una vez ocurridas, tomaban una vida propia. Porque en efecto,  las repercusiones llegaron a opacar la discusión sobre los asuntos que a los autores contemporáneos les parecen “realmente importantes” discutidos en el Concilio, como la reforma de los conventos de monjas, los alcances de la jurisdicción eclesiástica, la erección de nuevos  obispados, las relativas a administración de los indios o la extinción final de los expulsos jesuitas.

No es un ejemplo aislado, por otro lado. Aunque este fue probablemente el ejemplo más notable por la jerarquía de las figuras participantes, hay en esta época múltiples conflictos enconados por asuntos de cortesía, precedencia y deferencia. Estos problemas eran tan frecuentes que llegaban a ser materia de consultas que arribaban al Consejo de Indias y distraían la ocupada atención del rey. De hecho, las determinaciones en este sentido ocupan varias páginas de la Recopilación de leyes de Indias y cada tanto se agregaban nuevas decisiones que surgían de controversias varias y trataban de establecer reglas fijas, cuya interpretación y aplicación, tarde o temprano, generaban a su vez nuevos y ásperos litigios.

Tampoco es que estas peculiares sensibilidades implicaran solamente a grandes personalidades. Así parecería en primera instancia, debido a que asociamos las formas elaboradas de cortesía y la ceremonialidad con personas de alto rango y su entorno social inmediato. Sin embargo, encontramos conflictos similares entre eclesiásticos, monjas, militares, artesanos, comerciantes, peones de las haciendas o indios de comunidad. Todos se se veían envueltos en mayor o menor grado en este tipo de situaciones a las que prestaban considerable importancia, y que en ocasiones derivaban en conflictos, desabrimientos,episodios escandalosos e incluso hechos de violencia.

La descortesía que sufrió (o creyó sufrir) el marqués de Croix es muy reveladora, porque muestra que existían formas esperadas y esperables de comunicación verbal y no verbal para mostrar la deferencia debida entre distintas personas. No son solamente expresiones como “su merced”, “beso las manos” y similares, sino la duración del saludo, el dónde y el cómo se recibe a una persona,  la actitud corporal. Son formas que expresaban valores implícitos: la jerarquía, la expectativa mutua del reconocimiento, o el respeto y la obediencia que, en las interacciones cotidianas configuraban, confirmaban o ponían en cuestión el rango de una persona. Y no se trataba solamente de diferencias sociales, sino también de género, profesión y de pertenencia a grupos corporativos (como el clero o el ejército) o estamentales (porque no se trataba de igual manera a un “español”, a un noble indígena, o a un jornalero mulato). Aun así, todos esperaban cierto trato acorde a su condición y dignidad. Si lo vemos así, la cortesía era (y es) una manera ritual y  codificada de expresar las relaciones sociales, y tenía como fin evitar los conflictos, brindando formas conocidas, rutinarias y seguras de interacción personal. Desde luego, en ocasiones funcionaba en sentido exactamente contrario, que es lo que primordialmente me interesa: servía para expresar menosprecio, animadversión o desafío de una manera lateral, sesgada, aunque no por ello menos evidente para quienes lo sufrían o presenciaban. En este sentido, era la parte cotidiana, a veces encubierta, de la rivalidad, la enemistad y el conflicto.

Este es un tema que tiene aspectos relacionados con la historia, la antropología, la sociología y la filología, y que ha llamado la atención de diversos autores, como comentaré en posteriores notas. Y me he referido al caso colonial, pero evidentemente puede extenderse a cualquier sociedad y época, aunque me atraiga en particular el desafío de estudiarlo en sociedades no contemporáneas, con sus inevitables distancias, limitaciones y problemas de método. Si usted tiene afinidades por esta temática, o ha encontrado algún ejemplo notable de “des-cortesía” que pueda ubicarse en este contexto analítico, no dude en comunicarse conmigo por e-mail o dejarme un mensaje en los comentarios de este blog. Algo quizás podamos llegar a hacer con este interés compartido.

Nikolaus Böttcher, Bernd Hausberger y Max Hering Torres (comps.),  El peso de la sangre. Limpios, mestizos y nobles en el mundo hispánico, México, El Colegio de México, 2011, 320 p.

La sangre, ese “humor rojo contenido en las arterias y venas”, como lo definía en sus inicios la Madre Academia, ha sido siempre asunto de Relaciones134fascinación, interés y, en ocasiones, temor. Es (entre muchas otras) sangre honrosa de las heridas en combate, sangre del linaje, que pasa de padres a hijos, sangre de los toros vertida en la arena, o Divina Sangre de Cristo, reverenciada en el vino consagrado. La sangre vale también, como nos recuerda el mismo diccionario, por “alcuña, linaje o parentesco”. En este sentido el medio se refiere al destino: honroso, ilustre, maculado o impuro. Tienen razón los editores en la introducción a este libro cuando dicen que la sangre pesa, incide en las relaciones sociales, determina jerarquías, y ha sido una representación, un vehículo retórico para establecer la cercanía o la distancia entre grupos humanos….

(Para leer el resto de la reseña, acuda al sitio web de la  revista Relaciones, de El Colegio de Michoacán, no. 134, primavera 2013, vol. XXXIV.