Este es un libro que resulta de una minuciosa investigación, cuidadoso en el manejo de los documentos, atento a las continuidades y a las rupturas, que reconstruye los sucesos de forma atractiva y se adentra con inteligencia en muchas de las discusiones sobre la organización social y política de la Nueva España.

Su asunto es la historia de un grupo que hablaba nahuatl, recibió la fe de los misioneros, se regía por las leyes previstas para las “repúblicas” indígenas y tenía en sus pueblos a personas apellidadas Xicotencatl, Aquiahualcatecuhtli o Cacahuatzin. El tema parecería ser, como señala el título, de historia india, y habría que leerlo en el contexto de la vasta producción etnohistórica de tema mexicano.

Sin embargo, es posible que pueda ser considerado de otra manera. En realidad, la existencia de una historia indígena en el México colonial es algo que, aunque parezca paradójico, no puede darse como obvio y evidente…

(véase el texto completo de esta reseña en la revista virtual Nuevo Mundo – Mundos Nuevos, haciendo click aquí )

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Entre los muchos “privilegios” dados por la Corona a los  indios estuvo el de que no pudieran vivir en sus pueblos los españoles, mestizos o negros. Sin embargo, con cierta frecuencia puede encontrarse a algunos españoles “avecindados” en estas poblaciones. Lo hacían por motivos muy diversos: algunos, porque no habían logrado en la sociedad española un lugar del tamaño de sus ambiciones, otros porque tenían intereses mercantiles o agrícolas en o cerca de los pueblos, y desde luego estaban los que se encontraban más a gusto con los indios que entre los suyos.


Un caso muy interesante de una familia española que decidió vivir en un pueblo de indios es el de los Díaz Barriga, de Tzintzuntzan. El primero que consta es Álvaro Díaz Barriga, quien hacia 1630 adquirió la mediana hacienda de El Molino. En 1694 su descendiente, Juan Díaz Barriga, compró la hacienda de San Antonio Tacupan. También arrendaba a los jesuitas la vecina hacienda de La Tareta y adquirió un solar en Tzintzuntzan, donde construyó una casa con una tienda adjunta. Después hizo un préstamo a los oficiales de república, que se cobró ocupando durante 11 años las tierras del hospital de los naturales. Posteriormente aparece haciendo varias transacciones con principales indígenas y declarando a favor de Tzintzuntzan en un pleito de tierras. Se ve que tenía buenas relaciones con los indios, lo cual lleva a pensar que el siguiente personaje de su mismo nombre no era él, sino acaso algún otro familiar.


En efecto, en 1717 un Juan Díaz Barriga era teniente de alcalde (esto es, un representante local del alcalde mayor español) y se le acusó de aprehender arbitrariamente al gobernador y al cacique de Tzintzuntzan. Al año siguiente impuso a un gobernador a su gusto, y los indios se quejaron ante el virrey de que les obligaba a trabajar en sus propiedades, pretendía apropiarse de las tierras de comunidad y realizar “repartimientos” o venta forzosa de mercancías entre los indios. El asunto llegó a tal grado que los indígenas tomaron por asalto la cárcel, armados con piedras, palos y barras de hierro. Las autoridades virreinales, en general muy celosas del orden público y del principio de autoridad, justificaron implícitamente el tumulto y mandaron liberar a los presos. Poco después, Díaz Barriga fue depuesto de su cargo.


En contraste, uno de sus descendientes, Francisco Barriga fue en 1807 el apoderado o representante legal (y según algunos, el instigador) de los indios en un pleito contra el ayuntamiento de Pátzcuaro, que derivó en escándalos y hechos violentos. El alcalde ordinario de la capital lacustre mandó aprehenderlo, pero se dejó la ejecución de la orden en suspenso, porque “indispensablemente se suscitara el tumulto que han anunciado”, y debido a que los indios de Tzintzuntzan eran “fáciles a cualquier sublevación”. No es por demás mencionar que en estos años la familia Díaz Barriga tenía también una rama indígena entre los suyos.

Como puede apreciarse, con el tiempo la familia Díaz Barriga acabó por ser parte de la vida social de Tzintzuntzan; ya no eran extraños en el lugar. Sus relaciones con los indios no pueden reducirse a una fórmula simple; en algunos casos eran amistosas, en otras no. Pero en todos los ejemplos, puede apreciarse que, seguramente sin proponérselo, cumplieron un papel importante: la de intermediarios entre la economía novohispana y la agricultura local, entre las autoridades virreinales y las comunitarias, entre el mundo español y el indígena,

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Este artículo se deriva de algunos de mis trabajos previos sobre etnohistoria de Michoacán, particularmente los de Tzintzuntzan: la autonomía indígena y el orden político en Nueva España”, en Carlos Paredes y Martha Terán (coord.), Autoridad y gobierno indígena en Michoacán, México, El Colegio de Michoacán – CIESAS – UMSNH, 2000, e “Indeseables e indispensables: los vecinos españoles, mestizos y mulatos en los pueblos de indios de Michoacán”, en Estudios de Historia Novohispana, no.25, 2001.

Los Sánchez de Armas aparecen en Pátzcuaro a principios del siglo XVIII. Eran varios hermanos, de los cuales el más notable era un Antonio, quien fue arrendatario de los jesuitas de Pátzcuaro. Los religiosos lo consideraban hombre de confianza e incluso le encargaron la defensa de sus intereses en 1714, en ocasión de una conflictiva medición de tierras solicitada por los indios de Cuanajo. Este patronazgo permitió que don Antonio prosperara, porque hacia 1735 se convirtió en dueño de Quirínguaro (hoy una pequeña población, dependiente de Huiramba). Aunque esta propiedad recibía el título de “hacienda”, en realidad era entonces un conjunto de tierras montuosas, propias sólo para corte de tejamanil y crianza de ganados. Es bueno comentar que los Sánchez de Armas residían en su propiedad, en condiciones materiales que debían ser muy modestas. Los grandes hacendados, en cambio, preferían las comodidades de Pátzcuaro.

Los Sánchez de Armas siempre tuvieron tuvieron relaciones conflictivas con los pueblos de indios vecinos. Los de Tupátaro se quejaban en 1735 de que los rebaños de Quirínguaro se comían sus siembras. Cuando se apoderaron de los animales y los metieron en un corral para exigir el pago de los daños, Antonio Sánchez de Armas se presentó en el pueblo a recuperarlos, con palabras violentas y armado con un trabuco. El incidente estuvo a poco de acabar en heridas y muertes.

Pueblos y haciendas de Pátzcuaro

Pueblos y haciendas de Pátzcuaro

En 1741, los indios de Tupátaro volvieron a quejarse, esta vez porque los hermanos Juan y Nicolás Sánchez de Armas habían  “desollado” a azotes a uno de sus peones, por un problema de deudas impagas. Los acusados se defendieron con un argumento que hoy día nos parece brutal, pero que no era tan inusual en la época. Dijeron que “ya se sabe que los amos pueden con bastante autoridad corregir y castigar con unos azotes a sus sirvientes aunque sean libres”, y que de todos modos “este daño es muy leve en la persona de un indio, y tanto que ni aun injuria se puede decir porque según la costumbre y experiencia los indios no entienden de otra manera”. El juez se limitó a colocar al peón con otro propietario, para que desquitara su deuda, y a los Sánchez se les apercibió a que no se propasasen a castigar a sus criados sin intervención previa de la justicia.

En 1765 Juan Sánchez de Armas fue acusado por los naturales de Cuanajo de haberse apoderado de un rancho que les pertenecía, y de ser “inquieto y provocador”. Como era costumbre en esta familia, Juan tenía un “valedor”: el regidor de Valladolid, Joaquín de Mauleón. El regidor interponía su influencia parar lograr decisiones favorables del alcalde mayor de Pátzcuaro, en provecho de su protegido. El asunto se complicó porque los indios, a su vez, tenían el auspicio del regidor y procurador del ayuntamiento patzcuarense, Ignacio de Sagazola. Los autos del litigio después de muchas vueltas acabaron en la Real Audiencia, donde se pierde su rastro.

La familia Sánchez de Armas es uno de los muchos ejemplos de los numerosos españoles de mediano vivir, que no eran grandes propietarios, ricos comerciantes, influyentes eclesiásticos ni poderosos funcionarios. Su existencia dependía de tres cosas: su carácter de “españoles”, que les daba cierta dignidad y privilegio legales; la posesión de algunos bienes y, sobre todo, lo que podríamos llamar un capital social , esto es, una red de personas que los consideraban como hombres de valía y de confianza. Más allá de sus mayores o menores éxitos empresariales en una propiedad montuosa, dependían del apoyo de prohombres locales y de corporaciones como la Compañía de Jesús. Fuese por inclinación personal o por exceso de confianza, tuvieron malas relaciones con los pueblos de indios inmediatos. No era, en realidad, una buena idea, porque los indios podían defenderse con bastante éxito y hostigar a las malas vecindades con continuas demandas judiciales.

Vale la pena señalar que el caso de los conflictos y agitaciones provocadas por los Sánchez de Armas es peculiar, porque otros propietarios españoles procuraban y tenían relaciones amistosas, de mutua colaboración, con los pueblos indios vecinos. Sin ir más lejos, eso era lo que ocurría con otra rama de la misma familia, también de rancheros, establecida en la región de Tajimaroa, cuyos miembros aparecen declarando en defensa de las tierras comunales de los pueblos de Queréndaro, Cuitareo y San Pedro.
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Las referencias documentales que sustentan este artículo se encuentran en Archivo Histórico del Ayuntamiento de Pátzcuaro (AHAP) caja 33B-6, Juan Matias y Joseph Matheo, naturales de Tupátaro, contra los hermanos Juan y Nicolás Sánchez., 1741; AHAP, caja 28-5, 14 f, el alcalde, oficiales y común de Tupátaro contra Antonio Sánchez de Armas, 1735;  AHAP, caja 44A-6, los oficiales de república de Cuanajo contra Juan Sánchez de Armas, 1765.

espanolLa historiografía sobre los españoles en el México colonial se ha dedicado mayormente a las grandes personalidades: hacendados, comerciantes, obispos y virreyes. Esto es comprensible, pero proporciona la falsa imagen de que todo “español” (es decir, descendiente de padres tenidos por españoles, con independencia de haber nacido en Sevilla o Iztapalapa) tenia una posición privilegiada. Esto era así, pero sólo en cierta manera. Muchos sobrevivían de una manera bastante precaria, como arrieros, mercachifles, artesanos, auxiliares de curas párrocos o alcaldes mayores, capataces, arrendatarios de tierras, rancheros, dependientes de comercio o cualquiera de los mil y un oficios ocasionales que con penas y angustias les permitían pagar su casa, vestimenta y comida. En ocasiones su nivel de vida no difería mucho de la plebe mestiza o mulata, o incluso de los indios; pero, en todos los casos, defendían su “honra” y privilegios como españoles, y exigían ser tratados con el debido respeto.

Este numeroso y heterogéneo grupo es importante no sólo del punto de vista demográfico, sino también porque constituían un vínculo entre los sectores privilegiados, los dueños del poder, de la fe y la riqueza, con los grupos más pobres. Estaban en contacto con unos por ser españoles, y con los otros porque con ellos convivían a diario, en plazas, calles, mercados y lugares de trabajo. Por lo mismo, su papel era tan indispensable como ambiguo. A veces representaban el rostro más concreto  de la autoridad y la expoliación coloniales (cuando actuaban, por ejemplo, como mercaderes, funcionarios locales, recaudadores de impuestos, informantes de la Inquisición o auxiliares armados de la justicia civil) pero en otros participaban o incluso dirigían las inquietudes de los indios y demás “castas”. No era raro verlos, por ejemplo, como procuradores o gestores de los litigios de tierras de las comunidades indígenas y con cierta frecuencia las autoridades sospechaban que detrás de algunas inquietudes  populares estaba la mano oculta de personas “de otra esfera”. Voy, en mis siguientes artículos, a ilustrar este argumento con la vida y milagros de varios de estos peculiares personajes.

Desde hace algunos años me he dedicado a lo que habitualmente se denomina historia indígena del México colonial y he acabado por reunir dos que tres publicaciones al respecto. He mantenido este interés aun cuando no estoy seguro de que exista realmente algo que pueda llamarse “Historia indígena”. En realidad, no es algo que pueda darse como obvio y evidente.

Indio gentil, según Miguel de Cabrera

Indio gentil, según Miguel de Cabrera

En México se considera “indígena” como sinónimo culterano de “indio”, y el uso se ha traslado al mundo académico cuando en realidad se trata de términos distintos. Los “indios” son los habitantes de la India, a la que Cristóbal Colón creyó haber llegado, y la confusión terminológica acabó por arraigar y llegó a nuestros días. Los indígenas, en cambio, son los nativos de un lugar, sea éste Beijing, Xochimilco o París.  Existen variantes contemporáneas poco difundidas, como “pueblos originarios”, “amerindios” o “aborígenes” (éste último, no obstante, es de uso frecuente en inglés).

Desde luego, no había “indios” (o “indígenas” en el sentido habitual que en México hoy le damos) antes de la llegada de los españoles. En el territorio que hoy es México había una enorme variedad de grupos, desde las altas culturas agrícolas que nos dejaron soberbias zonas arqueológicas, pasando por los que vivían en asentamientos dispersos en montañas y junglas, hasta los cazadores y recolectores de los desiertos del norte. Lo que tuvieron en común estos diferentes grupos fue haber sido conquistados y reducidos a una condición común, la de “indios”, en función de las necesidades y conveniencias del Imperio español (más o menos como hoy días tanto mexicanos como peruanos son convertidos en “hispanics” en Estados Unidos)

Es cierto que el mismo hecho colonial, con la evangelización, la introducción de herramientas, cultivos y formas de gobierno europeas, acabó con el tiempo por crear una nueva realidad. Los “indios” inventados por el Imperio acabaron por tener existencia real, en la medida que sus diferencias particulares iban desapareciendo. Es algo que se aprecia muy bien donde convivían y se confundían poblaciones  de diverso origen, como en los reales de minas o en las grandes ciudades. Como demostraron hace algún tiempo John Chance y William Taylor para el caso de Oaxaca, para estos indios su lengua o etnicidad de origen eran cada vez menos importantes.

Si lo vemos de esta manera, el objeto particular de la “historia indígena” es un producto tardío del desarrollo histórico novohispano. Hablando con propiedad, difícilmente podría existir en el siglo XVI, o aun en fechas posteriores, en las zonas rurales del virreinato. Sucede lo mismo que con la “historia universal”: antes de la expansión europea y la primera globalización no hay realmente más que el agregado de distintos pueblos y culturas con escasa relación entre sí.

La mayor parte de los indíos de la Nueva España vivían en pueblos o incluso en asentamientos menores, los llamados “sujetillos” o “estancias”. Por contra, los españoles habitaban generalmente en villas y ciudades. De aquí viene nuestra idea de que campesino e indígena eran conceptos casi sinónimos.

Sin embargo, algunas poblaciones de indios no eran pueblos o aldeas, sino que tenían título de ciudad. Esto fue así porque la Corona española encontró inevitable o conveniente reconocer la primacía que tenían los lugares que habían sido capitales de los llamados “reinos” nativos.  También sucedió que los indios adoptaron desde fechas muy tempranas, como en su momento observó Charles Gibson, las ideas españolas sobre las jerarquías urbanas. Como consecuencia, comenzaron a presentar informaciones de méritos para solicitar y obtener el título de ciudad,  como ocurrió con Huejotzingo (1533), Tlaxcala (1535), Tzintzuntzan (1534 y 1593), Cholula (1535), Texcoco (1543) y Xochimilco (1559). Podría aquí también incluirse a Mexico Tenochtitlan y a Pátzcuaro, aunque ambas desde sus inicios fueron ciudades mixtas, de españoles e indios.

Pátzcuaro en 1764, según el P. Francisco Ajofrin

Pátzcuaro en 1764, según el P. Francisco Ajofrín

El asunto tenía su importancia, porque las ciudades tenían derechos y privilegios particulares, como la posibilidad de contar  con “propios” o ejidos, un ayuntamiento con regidores (entre seis y doce, según su jerarquía), alcaldes ordinarios y  alguaciles, cárcel, alhóndiga para el acopio de maíz, su propio mercado y un “rollo” o picota de justicia. También disfrutaban del derecho de celebrar de manera independiente las festividades tanto religiosas (la de Corpus, notablemente) como civiles (por ejemplo, las proclamaciones de la coronación de nuevos monarcas) y podían gozar de ciertos beneficios más concretos, como la exención de servicios personales obligatorios. Por estas razones, los cabildos indígenas siempre ambicionaron y defendieron empeñosamente los privilegios anexos al título de ciudad.

La historiografía mexicana ha dedicado mucha atención a los pueblos de indios. En contraste, con algunas excepciones (como Tlaxcala y Pátzcuaro) nos hemos ocupado de las ciudades nativas sólo de manera parcial o incidental. Es un tema de gran interés, que aun resta por ser debidamente explorado, tanto en lo particular como desde una perspectiva comparativa.

Nota: Las ponencias de este coloquio se publicarán en un libro colectivo, que esperamos esté en prensas a mediados del próximo año. Daremos aquí el correspondiente aviso.

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Coloquio

Traslado de la imagen de la virgen de Guadalupe, anónimo, siglo XVII

Los indios y las ciudades de la Nueva España

Proyecto PAPIIT IN402708-2

30 y 31 de octubre de 2008

Salón de actos

Instituto de Investigaciones Históricas
Universidad Nacional Autónoma de México

Circuito Mario de la Cueva, Ciudad Universitaria, 04510 México D.F

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PROGRAMA

JUEVES 30

9:30 hs.
Inauguración
Alicia Mayer González, directora, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM

1. CIUDADES, BARRIOS Y REPÚBLICAS DE INDIOS

10:00 – 11:00 hs.

Felipe Castro Gutiérrez (Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM):
“Los indios y la ciudad. Panorama y perspectivas de investigación”

Carlos Paredes Martínez
(Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social):
“Convivencia y conflictos: la ciudad de Valladolid y sus barrios de indios, 1541-1809″

Marcela Dávalos (Dirección de Estudios Históricas, INAH):
“Prácticas culturales en los barrios de indios del sureste de la ciudad de México. 1770-1810″

Moderador y comentarista: Francisco González-Hermosillo Adams
(Dirección de Estudios Históricos, INAH)

Discusión, 11:00 – 11:45 hs.

(Receso)

2. LA OCUPACION DEL ESPACIO URBANO

12:00 – 13:00 hs.

Dorothy Tanck (Centro de Estudios Históricos, El Colegio de México):
“Gobiernos indios dentro de ciudades y villas: Un acercamiento geográfico”

Tomás Jalpa Flores (Instituto Nacional de Antropología e Historia):
“Migrantes y extravagantes. Indios de la periferia en la ciudad de México durante los siglos XVI-XVII.”

Rosalva Loreto (Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla):
“Los artífices de una ciudad. Los indios y sus territorialidades. Puebla de los Ángeles, 1777.”

Moderadora y comentarista: Andrea Martínez Baracs
(Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social)

Discusión: 13:00 – 14:00 hs

3. LAS CASAS, LA TIERRA Y EL AGUA

16:00 – 17:30 hs.

Margarita Vargas Betancourt (Tulane University):
“Santiago Tlatelolco en el valle de México: Los conflictos por la tierra y por el agua durante el siglo XVI y las primeras décadas del XVII”

Rebeca López Mora (Facultad de Estudios Superiores Acatlán, UNAM):
“Entre dos mundos. Los indios de los barrios de la ciudad de México: 1550-1600.”

Sergio Miranda Pacheco (Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM):
“Indios de La Piedad: entre la ciudadanía y la servidumbre, 1823-1825″

Moderador y comentarista: Antonio Escobar Ohmstede
(Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social)

Discusión: 17:30 – 18:00 hs.

VIERNES 31

4. LOS INDIOS, EL VIRREY Y EL AYUNTAMIENTO

10:00 – 11:00 hs.

Luis Fernando Granados (University of Chicago):
“Pasaportes neoclásicos: El cobro del tributo indígena en la ciudad de México a fines del siglo XVIII”

Jesús Gómez Serrano (Universidad Autónoma de Aguascalientes):
“El pueblo de San Marcos y la villa de Aguascalientes”

Gibran I. I. Bautista y Lugo (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM):
“Los indios de la ciudad de México y la rebelión de 1624″

Moderador y comentarista: Felipe Castro Gutiérrez
(Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM)

Discusión: 11:00 – 11:45 hs.

(Receso)

5. INDIOS, ESPAÑOLES Y CASTAS

12:00 – 13:00 hs.

Teresa Lozano Armendares (Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM):
“Las comunidades domésticas de los indios de la capital novohispana. Siglo XVIII”

Mark Lentz (Tulane University):
“Criados, Caciques, and Artisans: Yucatan’s Urban Mayas in the Late Eighteenth Century”

Margarita Ochoa (University of New Mexico):
“Urban Indian Families: Power, Identity, and Community in Late Colonial, Early National Mexico City, 1692-1829,”

Moderador y comentarista: Luis Fernando Granados (University of Chicago)

Discusión: 13:00- 14:00 hs.

6. LOS INDIOS Y LA SALVACIÓN DEL ALMA

Presentaciones: 16:00 – 17:30 hs.

Gerardo Lara Cisneros (Universidad Autónoma de Tamaulipas):
“Religiosidad e identidades indígenas en contextos urbanos. Nueva España, siglo XVIII”

María Teresa Álvarez Icaza Longoria (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM):
“El proceso de secularización de doctrinas en la ciudad de México”

Lidia Gómez (Colegio de Historia, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla):
“Las fiscalías en la ciudad de los Ángeles, siglo XVII.”

Moderador y comentarista: Juan Pedro Viqueira (El Colegio de México)

Discusión: 17:30 – 18:00 hs

Clausura

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Felipe Castro Gutiérrez, fcastro@servidor.unam.mx