La reciente discusión en México sobre la propuesta de Ley General de Archivos ha tenido muchos lados interesantes (y algunos más bien inquietantes), que ameritan una discusión. Uno de ellos es el concepto mismo de lo que son las fuentes documentales que merecen preservarse en un repositorio público por su importancia para el conocimiento del pasado.

baja-documental

Tradicionalmente, la historia “importante” era la política, militar, diplomática y eclesiástica. Por consiguiente. las fuentes eran reales cédulas, decretos, informes presidenciales, partes de batalla, tratados, constituciones, estadísticas gubernamentales y, a lo sumo, la correspondencia particular de las grandes personalidades. Eran lo que se consideraba (y todavía se considera, al parecer) “documentos relevantes”.

docs-relevantes.

Sin embargo, esto no es del todo correcto. A mediados del pasado siglo llegó una gran renovación historiográfica, con un interés por lo que que Eric Wolf llamó “gente sin historia”. Esto es, por personas que por lo común pasaban por la vida sin hacer nada más notable que sobrevivir como buenamente podían, y por lo mismo no dejaban mayor huella documental; el historiador solamente puede acercarse a ellos por medios indirectos. A ello se debió el súbito interés por padrones de bautizos, listas de precios y salarios, registros penales, actas notariales, juicios de divorcio y toda la pléyade de minucias burocráticas (muchas de ellas de carácter “privado”) que solamente cobran sentido cuando se ven en conjunto. Es muy ilustrativo al respecto el libro de William B. Taylor, Embriaguez, homicidio y rebelión en las poblaciones coloniales mexicanas, porque se ocupó de documentos que a primera vista parecen puramente anecdóticos (los informes sobre consumo desmedido de pulque, las riñas en mercados, tumultos menores sin mayor trascendencia) para ver “a través” de ellos y encontrar ciertos patrones que muestran creencias, actitudes y prejuicios de los habitantes del mundo rural.

Algunos desarrollos posteriores, como la historia “de género” (porque las mujeres no pueden comprenderse simplemente como hijas o esposas) nos llevaron a examinar con otros ojos documentos que nos habían pasado desapercibidos, como las memorias de monjas, programas de colegios de niñas, cartas y fotografías. Recientemente, la filología histórica, que busca la evolución de las formas lingüísticas (pongamos por caso el sincretismo entre nahuatl y español) y la aparición de la “minería de datos”, que busca mediante procedimientos cibernéticos ciertos patrones lingüísticos en documentos históricos digitalizados (por ejemplo, desde cuándo comienza a hablarse de “lépero” o aparece el término “neoliberal”) , nos han mostrado que pueden hallarse datos valiosos incluso en textos que parecen rutinarios e intrascendentes.La manera de hacer historia cambia continuamente, y con ella evoluciona el interés por distintas fuentes. En realidad, no sabemos qué documentos públicos resultarán “relevantes” para los historiadores dentro de una generación, y no digamos dentro de un siglo. Y un archivo, claro, aspira o debería aspirar al “largo tiempo” y no solamente a los requerimientos de corto plazo.

¿Significa esto que todo debe preservarse? Estaría tentado a decir que sí, pero evidentemente no es posible del punto de vista práctico. Lo que en lo inmediato resulta indispensable es que haya historiadores que asesoren y propongan criterios a los indispensables archivistas y a los organismos públicos que proceden a la depuración y baja administrativa de sus documentos, antes de remitir los que son pertinentes a un archivo histórico. De lo contrario, corremos el riesgo de que buena parte de la historia de las últimas décadas, sin mencionar nuestros conflictivos y complejos tiempos actuales, acabe como papel reciclado.

Siempre he encontrado algo ilógico en el común dicho de que la historia es la ciencia o disciplina que se dedica a estudiar el pasado humano. El problema se encuentra en el mismo centro de la definición y afecta la materia misma del trabajo de los historiadores. En pocas palabras, lo que aquí quiero sostener es que el pasado no existe.

The Time Machine, de H.G. Wells (1895)

The Time Machine, de H.G. Wells (1895)

En alguna ocasión que he comentado esta idea a mis estudiantes, la han encontrado en el mejor de los casos paradójica y en el peor simplemente absurda. Va en contra de lo que llamamos “sentido común” y de nuestros hábitos de pensamiento. Al cabo, nosotros como personas somos la suma de nuestros antecesores, y el pasado de nuestra sociedad explica y hace comprensible el presente. Las huellas evidentes de lo que fue se hallan dondequiera: en nuestras ciudades, manera de vestir, hábitos, costumbres, leyes, e incluso en nuestro lenguaje. El pretérito parece tener una existencia material evidente, objetiva e indiscutible. Sin embargo, como espero aquí demostrar, esto es solamente una ilusión óptica.

En términos estrictos, la proposición de que el pasado no existe se prueba a sí misma. El pasado es lo que fue y ya no es. Esto parecería un artificio retórico, pero la cuestión es que lo que apreciamos hoy día en archivos, bibliotecas o instituciones, o simplemente caminando por la calle, no es el pretérito en sí, sino lo que de él ha llegado hasta nosotros. Y estos vestigios o testimonios son inevitablemente incompletos, fragmentarios y dispersos. Aun con la proliferación contemporánea de recursos tenemos que resignarnos a la idea de que nunca dispondremos de ciertos datos faltantes que podrían haber completado nuestro estudio y dado mayor sustento a nuestras hipótesis. Esta es, sin embargo, una dificultad puramente práctica, que no afectaría la naturaleza de nuestro quehacer. Pero aun si dispusiéramos de algo equivalente a lo que no sé si sería el paraíso o el infierno de un historiador, es decir, un archivo infinito donde absolutamente todo estuviera fiel y cuidadosamente documentado hasta el menor detalle, tendríamos serios problemas subsistentes.

Cualquier sociedad del pasado o del presente es una masa informe de sucesos, acontecimientos y situaciones. Al mismo tiempo que se leía una proclama, se consagraba el triunfo de un candidato en una elección o nacía un futuro prócer, ocurrían miles de sucesos que a veces podemos rastrear en los documentos: una pareja se encontraba secretamente en una esquina obscura, alguien moría en la casa junto a la parroquia, un campesino encontraba que el chahuistle había invadido sus maizales, el cura párroco disfrutaba su chocolate. Que unos acontecimientos fuesen más relevantes que otros depende de los intereses y del punto de vista.

Aunque a veces los historiadores hemos alimentado la fantasía de hacer una “historia total”, es imposible (y probablemente inútil) decirlo todo sobre todo. El conocimiento histórico no se encuentra en los documentos y testimonios materiales ni siquiera en forma potencial; estos son solamente su materia prima, de la misma manera que la arcilla no contiene en sí la vasija que el alfarero va a construir. Es el historiador quien introduce una racionalidad y un sentido en el inconmensurable e inabarcable caos del pasado. Todo suceso es neutro en sí mismo; es el historiador quien lo convierte en lo que llamamos un “hecho” de la historia. Aunque parezca paradójico, construimos el pasado al decidir lo que es y no es relevante.

Lo cual me lleva a mi afirmación inicial: el pasado no tiene una existencia propia, sino en la mente y la imaginación de quien lo rememora. Desde luego, la rememoración que hace el historiador no es arbitraria, sino que está sujeta a reglas, pero eso tendrá que ser asunto de otra nota.