Uno de los aspectos notables de la Real Casa de Moneda de México fue su carácter de “matriz” respecto a las demás hispanoamericanas. No se trata solamente de que fuese la primera (1535), sino de que sus ordenanzas fueron adoptadas (con las pertinentes adecuaciones) por las demás cecas, y fue asimismo frecuente que diversas innovaciones tecnológicas se implementaran inicialmente en México y luego se trasladaran a otros dominios del rey.

El caso más notorio fue el de la casa de moneda guatemalteca, que pertenecía al mismo virreinato aunque estaba en la jurisdicción de otra audiencia. Es algo que ciertamente llama la atención, porque en general las oficiales de la ceca y las autoridades novohispanas habían resistido todo intento de establecer otras casas de moneda en lugares donde hubiera sido lógico que existieran (como las minas de Zacatecas o Guanajuato), para así mantener el más estricto control sobre la acuñación. Es de suponer que en el caso guatemalteco, la ceca estaría lo bastante lejos y la producción sería lo suficientemente limitada (ante la ausencia de grandes minas) para no generar inquietudes.

En Guatemala había existido una grave necesidad y una insistente demanda para el establecimiento de una casa de moneda,  dada la escasez de circulante, con intervención de destacadas personalidades, de la Real Audiencia y del obispo. Finalmente, Felipe V la autorizó por una real cédula de 17  de enero de 1731. Comenzó a producir  en 1733, con la técnica artesanal, de acuñación “a martillo” (no muy distinta a la del taller de un hojalatero) de la que resultaban las monedas irregulares conocidas como “macuquinas“. Lo que aquí particularmente me interesa es que el director nombrado, el presbítero bachiller José Eustaquio de León, estuvo en México antes de la inauguración del establecimiento dedicándose a familiarizarse con la técnica y procedimientos,  tramitando el envío de  una balanza de ensayador, pesas, dinerales,  matrices, troqueles y otras herramientas para la acuñación, así como reclutando un fundidor, tallador y operarios experimentados.

El superintendente de la ceca mexicana, Fernández de Echeverría y Veytia, también puso de sí para facilitar el nuevo establecimiento, por ejemplo para que León se familiarizara con los imprescindibles procedimientos contables. Todavía en fechas posteriores continuó esta ayuda y supervisión, con el envío de maquinaria, de materias primas como el cobre y aguafuerte, así como en la corrección de algunos defectos observadose en las emisiones guatemaltecas. Existía comunicación y consultas frecuentes entre las autoridades de ambas cecas, así como relaciones de colaboración que fueron particularmente evidentes entre 1750-54, cuando en Guatemala se introdujeron molinos y  prensas de volante, que permitían la acuñación mecánica y uniforme de monedas circulares; y en menor medida a principios de la década de 1770, cuando se decidió sustituir el antiguo modelo “de columnas” por la llamada “de busto”, por llevar el del monarca reinante.

La revolución de 1810 dificultó grandemente las comunicaciones, que se restablecieron brevemente a raíz de la proclamación del Imperio Mexicano en 1821. La caída de Iturbide y la independencia de Centroamérica, en 1823, cortaron definitivamente las relaciones de colaboración entre ambas cecas.

……….

Las ceremonias realizadas en ocasión de la inaguración del establecimiento y otros datos de interés pueden leerse en el cronista Domingo Juarros, Compendio de la historia de la ciudad de Guatemala (Guatemala, 1808).

Anuncios

Uno de los problemas de toda casa de moneda era mantener la exactitud  en el peso de las piezas acuñadas. No era tarea fácil, porque siempre era posible una degradación paulatina e inadvertida, que por infinitesimal que fuese podía irse acumulando insensiblemente con el tiempo.  O bien, podían ocurrir maniobras fraudulentas, en que la diferencia del peso, difícil de advertir a simple vista, quedaba en manos de  funcionarios desleales, como llegó a ocurrir en Potosí, en el virreinato peruano.

Eran problemas que podían tener graves consecuencias,  y provocar incluso la devaluación del circulante. Por esta razón, las ordenanzas preveían que hubiera siempre en las cecas una pesa con el marco castellano “tipo” (que, en términos modernos, era 230,0465 gramos), así como varios dinerales, que eran pesitas de pequeño tamaño, equivalentes a las distintas monedas. Unas y otras pesas servían como referencia exacta para “ajustar”, como se decía, las monedas,  y asegurarse de que la “talla” (o sea la cantidad de piezas que se extraía de un marco) fuesen las indicadas por las ordenanzas. Ni más, ni menos.

Estas pesas estaban hechas de bronce para evitar, en lo posible,  su deterioro. Las tenía a su cargo el  maestro de balanza o “balanzario”, quien entregaba copias numeradas a los capataces de cada hornaza (en la época “primitiva” de la ceca) y, desde 1732, al “fiel” de moneda, que supervisaba la formación de cospeles (los discos metálicos que conformarían la moneda) a partir de los rieles metálicos. Una vez concluida la ac uñación, algunas monedas escogidas al azar volvían a pesarse,  para comprobar que todo estuviera en orden, y sólo entonces se entregaban al público.

Dada su importancia, los marcos y dinerales originales se guardaban celosamente. En cierto sentido, estas piezas tenían también una función simbólica: representaban la autoridad del rey, que era el garante último de la moneda, así como el profesionalismo y fidelidad de los funcionarios de la ceca. Por esta razón, se conservaban en una caja hecha de materiales nobles,  y las piezas llevaban impresos motivos decorativos, así como la marca o señal del artesano o funcionario responsable de su buena hechura. Un raro y precioso ejemplar  de estas cajas, utilizada por un cambista, fue expuesto en 2007 el Museo de las Ferias, de Medina del Campo, y hay otra en el Museu de  Prehistòria de Valencia, al que pertenece la siguiente imagen:

Museu Valencia

En el caso de la ceca mexicana, tenemos afortunadamente una descripción de estas pesas y dinerales, hecha por el tesorero Joseph Diego de Medina y Saravia, en 1729.  Decía  que siempre había existido un marco original “guardado en un cajoncito de cedro por dentro, y por fuera de tapinziran a lo que parece, embutido de hueso blanco con su llave y cerradura, y en la tapa de dicho cajoncillo se hallan puestas las reales armas de Su Majestad en un escudo de plata, y debajo de él una tarja del mismo metal con su rótulo que dice así: Por mandado del excelentísimo Ilustrísimo señor don Juan de Palafox y Mendoza, del Consejo de Su Majestad y del Real de Indias, virrey y capitán general de esta Nueva España, obispo de la Puebla de los Angeles, visitador de este reino y Real Casa de Moneda, se hizo este caja en 4 de julio de 1645”.

Dentro se guardaba un marco de bronce  que tenía impresos una flor de lis y dos manojitos de flechas atados. Asimismo había otras dos cajitas, con las armas reales y una inscripción que decía  “siendo tesorero  Juan de Vera, en 1651, y su teniente capitán don Joseph de Quesada, se hicieron estos dinerales que corresponden al peso doble, de a cuatro, de a dos reales, medio, todos marcados con un castillo y un león”.  Existía también otra cajita, con las piezas de granos y dinerales utilizados por el ensayador, y finalmente una bolsita de brocato verde con otros dos juegos de dinerales de plata marcado con león, castillo y flor de lis; y otros sólo con puntos que denotaban el peso de la pieza.

La referencia a Palafox se debe a que este célebre y polémico personaje realizó una minuciosa visita a la Casa de Moneda en 1644, como parte de su labor en la inspección de la hacienda pública. Los castillos y leones, desde luego, eran las armas de Castilla. El tesorero se quedó muy intrigado con las marcas de lises y manojos  de flechas, y supuso que se trataría de la marca del ensayador, o bien del fiel contraste, un funcionario del ayuntamiento que tenía, entre sus funciones, velar por la exactitud de las pesas y medidas. Por lo que puede apreciarse de otros ejemplares de dinerales conservados, así debió de ser.

Acaba de salir publicado mi artículo “La justicia del rey y los falsificadores de moneda en la Nueva España en el siglo XVIII”, en la revista

Estampa de monedas falsas. Fuente: AGN

Estampa de monedas falsas. Fuente: AGN

Colonial Latin American Historical Review, vol. 17, 2008, no. 4.

La falsificación de la moneda siempre provocó la preocupación de las autoridades novohispanas. Este artículo describe el origen y composición social de los delincuentes, así como los recursos técnicos y los medios que utilizaban para fabricar y distribuir las monedas falsas. Se ocupa asimismo de la legislación existente, de los procedimientos empleados para combatir este delito, y comenta los cambios ocurridos a raíz del establecimiento de la administración estatal directa de la Real Casa de Moneda. Argumenta, finalmente, que los efectos económicos de la falsificación fueron escasos en la Nueva  España, y que para los funcionarios se trataba sobre todo de mantener el principio de autoridad y preservar uno de los símbolos más relevantes de la monarquía.

Este artículo forma parte de una “trilogía del crimen”, que incluye el publicado previamente en Estudios de Historia Novohispana (no. 46, 2012, p. 83-113) con el título de “El gran robo a la Real Casa de Moneda de México. La delincuencia y los límites de la justicia en la ciudad de México” y uno en preparación sobre “delitos de cuello blanco”, en este caso sobre el fraude masivo y continuo del que fueron acusados, en 1729, el tesorero, oficiales de la Casa de Moneda y los comerciantes de plata, en perjuicio del público y del rey.

En 1550 un orfebre alemán, Max Schwab, retomó un modelo anterior, utilizado solamente para acuñar

La prensa de volante en la "Enciclopedia" de Diderot

La prensa de volante en la “Enciclopedia” de Diderot

medallas de manera artesanal, y diseñó una prensa industrial para impresión de monedas: un  gran tornillo que subía y bajaba, con un eje o volante transversal en la parte superior y dos  bolas  de plomo en sus extremos. Los operarios hacían girar el eje para levantar el tornillo que luego caía para golpear el cuño, imprimiendo  el diseño de la moneda. El “rebote” consiguiente permitía repetir la acción de una manera continua, a respetable velocidad. Se le llamó en alemán “spindelpress”, en francés “balancier” y en español, “prensa de volante”.

Schwab consiguió el interés del rey  Enrique II de Francia, quien adquirió el diseño, y encargó al grabador Antoine Brucher que comenzara con las pruebas, hacia 1553. Sin embargo, la corporación de  monederos del rey,  que aun operaba con el antiguo sistema de acuñación a martillo, se opuso enconadamente a esta innovación, temiendo por sus fuentes de trabajo. También, ciertament, el modelo presentaba todavía dificultades  e imperfecciones técnicas.

El grabador e ingeniero Nicholas Briot (1579-1646) realizó varias mejoras a esta prensa, pero no pudo convencer al gobierno de ponerla en obra. No obstante, Briot encontró mejor acogida en Inglaterra, donde el rey Carlos I de Inglaterra lo contrató para  acuñar monedas y medallas en la Royal Mint.

En Francia, no sería sino hasta que Jean Varin se convirtió en grabador general de monedas del reino  que se implantaría la nueva tecnología, utilizada para acuñar los bellos  escudos o “luises de oro” a partir de 1640. El sistema, con variaciones menores, se mantuvo durante décadas, y fue el adoptado en España (y luego, tardíamente, en Hispanoamérica) con el ascenso de la dinastía borbónica.

Las prensas de Boulton en perspectiva: Fuente: SohoMint

Las prensas de Boulton en perspectiva: Fuente: SohoMint

La aparición de la revolución industrial y la introducción de la máquina de vapor de James Watt trajo naturalmente la idea de aplicar esta nueva fuerza motriz al antiguo mecanismo.  En 1789  un empresario innovador, Matthew Boulton estableció en su Soho Manufactory, en Birmingham, un sistema de acuñación a vapor que utilizaba una gran rueda, que impulsaba los brazos de las prensas de tornillo.  El mecanismo era complicado, propenso a sufrir desperfectos, y muy ruidoso, pero podía acuñar más de cuarenta piezas por minuto.

La prensa de Boulton.Detalle

La prensa de Boulton.Detalle

La máquina sirvió inicialmente para imprimir fichas metálicas, pero en 1881 fue  adoptado por la Royal Mint. Fue luego exportada a varios países, entre ellos  México, donde uno de estos ingenios fue adquirido por la ceca de Guanajuato, manejada entonces por una compañía privada. Hacia 1826 hubo tratativas para comprar otra para la antigua ceca oficial,  en la capital, pero las negociaciones no llegaron a buen fin, seguramente por la incertidumbre política y las dificultades financieras de los nuevos gobiernos independientes.

La imagen de la prensa de Boulter (reconstruida posteriormente en otra fábrica, a mediados del XIX)  muestra una estructura básica que no varía demasiado del antiguo volante o tornillo, siendo la innovación el  mecanismo y la fuerza de vapor.  Posteriormente este diseño pasaría por innovaciones y adecuaciones, notablemente gracias a Dietrich Uhlhorn y (hacia 1833) Pierre-Antoine Thonnelier.

Onza de 1949. Fuente: WikiCoins

Onza de 1949. Fuente: WikiCoins

Lo que me interesa aquí es que esta evolución técnica tuvo una memoria numismática. En efecto, en 1949 el gobierno mexicano decidió la acuñación de una onza troy de plata,  que tenía precisamente en el anverso una prensa de tornillo.  Podría pensarse que se trata de una versión del “balancier”, pero la forma de campana de la estructura y los característicos extremos del eje son los de la prensa de Boutler. El diseñador, aparentemente, utilizó un modelo que no había conservado la gran rueda motriz, o bien consideró que por su tamaño era poco “numismática”. La idea de honrar a los antiguos inventores y acuñadores es ciertamente muy adecuada, y podría tener su espacio en algún museo o centro cultural.

Una nota periodística ha anunciado la apertura del Museo Casa de la Moneda de México a fines del presente año. De hecho, allí ha estado desde 1992 el Museo Numismático Nacional, pero hasta el presente sus puertas permanecían cerradas, y la visita requería de la concertación de una cita previa (que, por otro lado, puede obtenerse fácilmente).

El edificio fue inicialmente sede del Apartado General del Oro, concesionado a particulares (notablemente, miembros de la familia Fagoaga)  hasta 1778, en que fue retomado por la Corona. Custodia actualmente una notable colección numismática (incluyendo algunas raras macuquinas de los dos primeros siglos coloniales), el archivo histórico de la Casa de Moneda (ordenado hace algunos años por un equipo del INAH, coordinado por Inés Herrera) y gran parte de la maquinaria utilizada a principios del siglo XX.

El proyecto al parecer es continuar la restauración y adecuación del edificio, agregar una biblioteca, tienda de monedas y abrir una nueva puerta sobre la calle de Bolívar (la actual y original, sobre la calle del Apartado, se halla casi bloqueada por comerciantes ambulantes, y por lo visto las autoridades capitalinas no pueden obtener su deseable reubicación). Hay varios interesantes precedentes consultables para un museo de este género, notablemente el del excelente Museo  Casa de Moneda de Madrid, que cuenta asimismo con librería, espacio para reuniones académicas,  exposiciones temporales y conciertos. Ciertamente, la posible conversión del edificio del Apartado en un centro cultural y científico contribuiría a devolverle su dignidad a un barrio de antigua tradición.

Se trata sin duda de una gran noticia para quienes aprecian el patrimonio histórico, los entusiastas de la numismática y los interesados en la ilustre historia de nuestra Casa de Moneda. Una breve historia, la explicación de la tecnología monetaria y un fascinante vistazo al edificio y a las colecciones que custodia pueden apreciarse en este video.

Hace pocos días se presentó y abrió al público la restauración del edificio de la antigua ceca segoviana, a orilla del río Eresma. Es una noticia muy grata para los segovianos, para los aficionados e historiadores de las casas de moneda, y desde luego para todos aquellos que durante muchos años pugnaron tenazmente por la recuperación de este valioso ejemplo del patrimonio histórico industrial.

El edificio fue uno de los primeros específicamente construidos para su función monetaria, según el elegante y sobrio diseño del arquitecto Juan de Herrera y con el auspicio del rey Felipe II. En 1586 comenzó a producir de manera regular, utilizando para ello lo que entonces era “tecnología de punta”, con ingenios laminadores de rodillo, según el modelo de la casa de moneda de Hall, cerca de Innsbruck.  Aquí se acuñaron algunos de los ejemplos más notables y bellos de moneda española, hasta que en 1730 la acuñación de metales nobles pasó a Sevilla y Madrid, dejando a Segovia solamente las monedas de cobre. Fue este el inicio de la decadencia de la ceca, cerrada definitivamente en 1868. El edificio fue vendido a particulares y con el tiempo acabó en el abandono, derivando hacia un estado de lamentable y penoso deterioro.

Antes de la restauración. Foto: Asociación de Amigos de la Casa de Moneda de Segovia

Antes de la restauración. Foto: Asociación de Amigos de la Casa de Moneda de Segovia

Muchas voces se alzaron para clamar por la recuperación de este histórico edificio, en particular las agrupadas en la  Asociación de Amigos de la Casa de la Moneda de Segovia. En 1998 los gobiernos municipal, regional y nacional firmaron un convenio para la rehabilitación, y se aceptó un proyecto apoyado en los estudios anteriormente realizados por  Glenn Murray (véanse aquí las fotos de la reconstrucción).

La obra comenzó en 2007 para llegar, después de algunos contratiempos, al encomiable resultado actual. Aun faltan, ciertamente, el previsto establecimiento de un museo (por ahora,  los visitantes solamente pueden apreciar el funcionamiento de una rueda hidráulica), biblioteca,  estancias para investigadores, un espacio para actividades culturales y una cafetería-restaurante.

Como a veces ocurre con la restauración de un edificio histórico, logrado el primer objetivo no es claro que puede hacerse con él. Una propuesta plausible sería la de organizar reuniones periódicas de estudiosos de las casas de moneda, que remarcaría el carácter primordial y de importancia mundial de la ceca segoviana. Por lo pronto, cabe bien felicitar a todos aquellos que hicieron posible este gran logro.

Uno de los oficios de la Real Casa de Moneda de la ciudad de México era el de ensayador, quien se ocupaba de “ensayar” o comprobar con varios procesos técnicos la ley o porcentaje de plata y oro del metal que traían los productores, así como certificar la moneda posteriormente acuñada.

La labor era importante tanto para el introductor de la plata como para el gobierno y el público, que requerían de una moneda confiable, con una ley siempre uniforme. Por esta razón, todas las monedas debían incluir la inicial o signo del ensayador, para que en todo momento pudiera comprobarse el buen desempeño de su oficio. El cargo implicaba conocimientos técnicos (requería el equivalente de un examen profesional para recibir el título) y conllevaba una gran responsabilidad, porque un error podía tener

Portada de la Casa de Moneda (hoy Museo Nacional de las Culturas)

Portada de la Casa de Moneda (hoy Museo Nacional de las Culturas)

gravísimas consecuencias fiscales y comerciales. Por esta razón, aunque técnicamente era un trabajador manual, era considerado como persona de alta jerarquía. Es por tanto un caso muy inusual, en una cultura que colocaba por encima de todo el trabajo puramente intelectual.

Antes de 1732, el ensayador no fue un funcionario asalariado del rey. Por el contrario, el  oficio era parte de los cargos “vendibles y renunciables”, que cualquier persona podía adquirir en remate público. El provecho consistía en un porcentaje de los derechos de “braceaje” o procesamiento de la moneda que debía pagar el introductor. Las sumas necesarias para adquirir el oficio podían ser muy elevadas, pero también lo eran los beneficios que, además, bajo ciertas condiciones podían heredarse o aun venderse a terceros.

Un caso muy claro es el de Melchor de Cuéllar, un oriundo de Cádiz que casó con una acaudalada sevillana, Mariana de Aguilar Niño. En México se dedicó al comercio de la grana y otros productos en Veracruz, prosperó y llegó a participar en el lucrativo tráfico de la “Nao” o Galeón de Manila, que llevaba mercancías a Filipinas y, por vía de esta colonia española, a los distintos mercados del Lejano Oriente. Adquirió un cargo de regidor en el ayuntamiento de Puebla y en 1610 compró los oficios de ensayador y fundidor de la Casa de Moneda (que por entonces iban juntos) en 140 000 pesos. De aquí obtuvo ingresos que iban de los 10 a los 14000 pesos anuales, de manera que podría decirse que había sido una buena inversión. En 1622, el conjunto de su fortuna ascendía a 400.300 pesos, lo cual lo colocaba en el selecto grupo de la oligarquía novohispana.

Junto con su esposa, Cuéllar fue patrono del Colegio Seminario de Nuestra Señora de Santa Ana, de la Compañía de Jesús, en la ciudad de México, con un fondo de 100 000 pesos. Era muy devoto de los carmelitas, lo cual lo llevó a ser asimismo el patrono de la fundación del convento de esta orden en el Santo Desierto de los Leones, cerca de la capital virreinal. Con el fin de dejarles una renta segura, en 1636 les hizo cesión de los oficios de ensayador y fundidor. Los carmelitas los tuvieron en posesión, ejerciéndolo mediante “tenientes” o sustitutos con lo cuales hacían arreglos particulares, hasta 1732.

En justo agradecimiento, los religiosos dieron sepultura a Cuéllar en su convento. Cuando en 1801 decidieron trasladarse a Tenancingo, se llevaron los restos fúnebres de su fundador. Una escultura de madera estofada que lo representa, en actitud orante, se encuentra en el frontón de una capilla lateral. Esto permite conocer que llevaba coraza y gorguera de encaje, además de un gran bigote y barbita, muy a la moda de la época. El mismo agradecimiento puede apreciarse en la obra de  fray Juan de Jesús María, Epistolario espiritual para personas de diferentes estados, compuesto por el padre prior del sagrado yermo de Nuestra Señora del Carmen de los descalzos de la Nueva España (Uclés, 1623), dedicada a Cuéllar.

Don Melchor tampoco se olvidó de Cádiz, su tierra natal, donde fundó un patronato para jóvenes doncellas.  Fue este patronato el que financió la construcción de una suntuosa custodia de plata destinada a la catedral, que se sacaba solo una vez al año, en la procesión de Corpus Christi.

………..

Referencias:

Nicolás León. El Santo Desierto de Cuajimalpa o Desierto de los Leones, México, Imp. Manuel León Sánchez, 1922

Manuel Toussaint, “La escultura funeraria en la Nueva ESpaña”, en Anales, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 1944.

Manuel Bustos Rodríguez, Cádiz en el sistema atlántico: la ciudad, sus comerciantes y su actividad mercantil (1650-1830), Cádiz, Universidad de Cádiz, Silex Ediciones, 2005.

Louisa Hoberman Schell, Mexico’s Merchant Elite, 1590-1660: Silver, State, and Society, Durham, Duke University, 1991.