Uno de los problemas de toda casa de moneda era mantener la exactitud  en el peso de las piezas acuñadas. No era tarea fácil, porque siempre era posible una degradación paulatina e inadvertida, que por infinitesimal que fuese podía irse acumulando insensiblemente con el tiempo.  O bien, podían ocurrir maniobras fraudulentas, en que la diferencia del peso, difícil de advertir a simple vista, quedaba en manos de  funcionarios desleales, como llegó a ocurrir en Potosí, en el virreinato peruano.

Eran problemas que podían tener graves consecuencias,  y provocar incluso la devaluación del circulante. Por esta razón, las ordenanzas preveían que hubiera siempre en las cecas una pesa con el marco castellano “tipo” (que, en términos modernos, era 230,0465 gramos), así como varios dinerales, que eran pesitas de pequeño tamaño, equivalentes a las distintas monedas. Unas y otras pesas servían como referencia exacta para “ajustar”, como se decía, las monedas,  y asegurarse de que la “talla” (o sea la cantidad de piezas que se extraía de un marco) fuesen las indicadas por las ordenanzas. Ni más, ni menos.

Estas pesas estaban hechas de bronce para evitar, en lo posible,  su deterioro. Las tenía a su cargo el  maestro de balanza o “balanzario”, quien entregaba copias numeradas a los capataces de cada hornaza (en la época “primitiva” de la ceca) y, desde 1732, al “fiel” de moneda, que supervisaba la formación de cospeles (los discos metálicos que conformarían la moneda) a partir de los rieles metálicos. Una vez concluida la ac uñación, algunas monedas escogidas al azar volvían a pesarse,  para comprobar que todo estuviera en orden, y sólo entonces se entregaban al público.

Dada su importancia, los marcos y dinerales originales se guardaban celosamente. En cierto sentido, estas piezas tenían también una función simbólica: representaban la autoridad del rey, que era el garante último de la moneda, así como el profesionalismo y fidelidad de los funcionarios de la ceca. Por esta razón, se conservaban en una caja hecha de materiales nobles,  y las piezas llevaban impresos motivos decorativos, así como la marca o señal del artesano o funcionario responsable de su buena hechura. Un raro y precioso ejemplar  de estas cajas, utilizada por un cambista, fue expuesto en 2007 el Museo de las Ferias, de Medina del Campo, y hay otra en el Museu de  Prehistòria de Valencia, al que pertenece la siguiente imagen:

Museu Valencia

En el caso de la ceca mexicana, tenemos afortunadamente una descripción de estas pesas y dinerales, hecha por el tesorero Joseph Diego de Medina y Saravia, en 1729.  Decía  que siempre había existido un marco original “guardado en un cajoncito de cedro por dentro, y por fuera de tapinziran a lo que parece, embutido de hueso blanco con su llave y cerradura, y en la tapa de dicho cajoncillo se hallan puestas las reales armas de Su Majestad en un escudo de plata, y debajo de él una tarja del mismo metal con su rótulo que dice así: Por mandado del excelentísimo Ilustrísimo señor don Juan de Palafox y Mendoza, del Consejo de Su Majestad y del Real de Indias, virrey y capitán general de esta Nueva España, obispo de la Puebla de los Angeles, visitador de este reino y Real Casa de Moneda, se hizo este caja en 4 de julio de 1645”.

Dentro se guardaba un marco de bronce  que tenía impresos una flor de lis y dos manojitos de flechas atados. Asimismo había otras dos cajitas, con las armas reales y una inscripción que decía  “siendo tesorero  Juan de Vera, en 1651, y su teniente capitán don Joseph de Quesada, se hicieron estos dinerales que corresponden al peso doble, de a cuatro, de a dos reales, medio, todos marcados con un castillo y un león”.  Existía también otra cajita, con las piezas de granos y dinerales utilizados por el ensayador, y finalmente una bolsita de brocato verde con otros dos juegos de dinerales de plata marcado con león, castillo y flor de lis; y otros sólo con puntos que denotaban el peso de la pieza.

La referencia a Palafox se debe a que este célebre y polémico personaje realizó una minuciosa visita a la Casa de Moneda en 1644, como parte de su labor en la inspección de la hacienda pública. Los castillos y leones, desde luego, eran las armas de Castilla. El tesorero se quedó muy intrigado con las marcas de lises y manojos  de flechas, y supuso que se trataría de la marca del ensayador, o bien del fiel contraste, un funcionario del ayuntamiento que tenía, entre sus funciones, velar por la exactitud de las pesas y medidas. Por lo que puede apreciarse de otros ejemplares de dinerales conservados, así debió de ser.

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En el muy adecuado marco del Museo Numismático Nacional (en el edificio del antiguo Apartado del Oro) se realizará la presentación del libro, el próximo viernes 26 de octubre, a las 19:00 hs

Participarán Raúl Montalvo Ferráez, Iván Escamilla y Salvador García Lima.

El Museo se halla en la calle Apartado número 13, entre Argentina y el Carmen, colonia Centro,  México D.F., a unas tres cuadras y pocos pasos más del edificio de la Secretaría de Educación Pública.  La estación más cercana del metro es Zócalo.

Ahí los espero

Cordialmente,
Felipe Castro

Tal parecería que el interés por la muy añeja  e interesante historia de la Casa de Moneda está llegando a un buen momento. El próximo miércoles 26 habrá dos actividades, muy cerca una de otra, en horas casi consecutivas.

Primero, a las 17 hs., la siempre amena y bien informada cronista Ángeles González Gamio hablará sobre “Historias, anécdotas y personajes de la vieja Casa de Moneda” en el muy apropiado marco del Museo Nacional de las Culturas (en el edificio de la antigua ceca mexicana), en Moneda 13, a pocos pasos del Zócalo. Un adelanto de esta conferencia puede verse en este video:

Alcanza bien para un breve paseo por el centro a la luz del atardecer, y luego a caminar unas pocas cuadras para ir a las 20:00 hs. al Museo Numismático Nacional (calle de Apartado, 13), donde en el contexto de la Noche de Museos se presentará el proyecto de “Historia Oral de los trabajadores de la Casa de Moneda de México”, seguida de un recorrido por las antiguas instalaciones donde estuvo primero el Apartado del Oro y luego la ceca mexicana.

Para los interesados en el patrimonio industrial, en la numismática y el pasado de nuestro centro histórico, es una jornada que no hay que perderse.

Una nota periodística ha anunciado la apertura del Museo Casa de la Moneda de México a fines del presente año. De hecho, allí ha estado desde 1992 el Museo Numismático Nacional, pero hasta el presente sus puertas permanecían cerradas, y la visita requería de la concertación de una cita previa (que, por otro lado, puede obtenerse fácilmente).

El edificio fue inicialmente sede del Apartado General del Oro, concesionado a particulares (notablemente, miembros de la familia Fagoaga)  hasta 1778, en que fue retomado por la Corona. Custodia actualmente una notable colección numismática (incluyendo algunas raras macuquinas de los dos primeros siglos coloniales), el archivo histórico de la Casa de Moneda (ordenado hace algunos años por un equipo del INAH, coordinado por Inés Herrera) y gran parte de la maquinaria utilizada a principios del siglo XX.

El proyecto al parecer es continuar la restauración y adecuación del edificio, agregar una biblioteca, tienda de monedas y abrir una nueva puerta sobre la calle de Bolívar (la actual y original, sobre la calle del Apartado, se halla casi bloqueada por comerciantes ambulantes, y por lo visto las autoridades capitalinas no pueden obtener su deseable reubicación). Hay varios interesantes precedentes consultables para un museo de este género, notablemente el del excelente Museo  Casa de Moneda de Madrid, que cuenta asimismo con librería, espacio para reuniones académicas,  exposiciones temporales y conciertos. Ciertamente, la posible conversión del edificio del Apartado en un centro cultural y científico contribuiría a devolverle su dignidad a un barrio de antigua tradición.

Se trata sin duda de una gran noticia para quienes aprecian el patrimonio histórico, los entusiastas de la numismática y los interesados en la ilustre historia de nuestra Casa de Moneda. Una breve historia, la explicación de la tecnología monetaria y un fascinante vistazo al edificio y a las colecciones que custodia pueden apreciarse en este video.

U n reciente comunicado del Instituto Nacional de Antropología e Historia da cuenta de la restauración y renovación del Museo de Artes e Industrias Populares de Pátzcuaro, ubicado en el antiguo edificio que fue en el siglo XVI la sede del Colegio de San Nicolás.

El recinto tendrá ahora un nuevo guión museográfico (esto es, el “argumento” que determina la inclusión,

distribución y presentación de las obras) , que tendrá como centro el trabajo y producción de los pueblos purépechas. El objetivo, según este documento, es “mostrar el trabajo como un factor que dinamiza la vida social y dota de identidad a los pobladores, de tal suerte que se detallan formas de trabajo que datan desde la época prehispánica hasta nuevos sistemas y oficios que se incorporaron durante la Colonia.” , y tengo gran aprecio y respeto por el conocimiento, el buen criterio y la labor realizada previamente por las curadoras. La curaduría estuvo a cargo de de Aída Castilleja, investigadora del Centro INAH-Michoacán, y Catalina Rodríguez Lazcano, de la Subdirección de Etnografía del Museo Nacional de Antropología y curadora de la Sala Puréecherio del mismo recinto. El conocimiento, buen criterio y  trayectoria previa de las responsables augura ciertamente una exposición bien cuidada y atractiva para el público.

Bienvenida como es esta restauración y renovación, el proyecto abre ciertas  interrogantes. Había una razón por la cual este museo se llamó “de Artes e Industrias Populares” desde su fundación y durante las varias décadas en que estuvo bajo la dirección de la recordada María Teresa Dávalos de Lufft. La propuesta actual parece ser no solamente una remodelación, sino un cambio de propósitos.  Desde luego, en los breves términos de un comunicado institucional no puede apreciarse debidamente los contenidos de un museo.  Habrá que ir a verlo, y estoy seguro que será una experiencia del mayor interés.

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Foto: cortesía de la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo.

Hace pocos días se presentó y abrió al público la restauración del edificio de la antigua ceca segoviana, a orilla del río Eresma. Es una noticia muy grata para los segovianos, para los aficionados e historiadores de las casas de moneda, y desde luego para todos aquellos que durante muchos años pugnaron tenazmente por la recuperación de este valioso ejemplo del patrimonio histórico industrial.

El edificio fue uno de los primeros específicamente construidos para su función monetaria, según el elegante y sobrio diseño del arquitecto Juan de Herrera y con el auspicio del rey Felipe II. En 1586 comenzó a producir de manera regular, utilizando para ello lo que entonces era “tecnología de punta”, con ingenios laminadores de rodillo, según el modelo de la casa de moneda de Hall, cerca de Innsbruck.  Aquí se acuñaron algunos de los ejemplos más notables y bellos de moneda española, hasta que en 1730 la acuñación de metales nobles pasó a Sevilla y Madrid, dejando a Segovia solamente las monedas de cobre. Fue este el inicio de la decadencia de la ceca, cerrada definitivamente en 1868. El edificio fue vendido a particulares y con el tiempo acabó en el abandono, derivando hacia un estado de lamentable y penoso deterioro.

Antes de la restauración. Foto: Asociación de Amigos de la Casa de Moneda de Segovia

Antes de la restauración. Foto: Asociación de Amigos de la Casa de Moneda de Segovia

Muchas voces se alzaron para clamar por la recuperación de este histórico edificio, en particular las agrupadas en la  Asociación de Amigos de la Casa de la Moneda de Segovia. En 1998 los gobiernos municipal, regional y nacional firmaron un convenio para la rehabilitación, y se aceptó un proyecto apoyado en los estudios anteriormente realizados por  Glenn Murray (véanse aquí las fotos de la reconstrucción).

La obra comenzó en 2007 para llegar, después de algunos contratiempos, al encomiable resultado actual. Aun faltan, ciertamente, el previsto establecimiento de un museo (por ahora,  los visitantes solamente pueden apreciar el funcionamiento de una rueda hidráulica), biblioteca,  estancias para investigadores, un espacio para actividades culturales y una cafetería-restaurante.

Como a veces ocurre con la restauración de un edificio histórico, logrado el primer objetivo no es claro que puede hacerse con él. Una propuesta plausible sería la de organizar reuniones periódicas de estudiosos de las casas de moneda, que remarcaría el carácter primordial y de importancia mundial de la ceca segoviana. Por lo pronto, cabe bien felicitar a todos aquellos que hicieron posible este gran logro.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia ha anunciado la reapertura del Museo Nacional de las Culturas, restaurado y transformado en un museo con nuevos espacios  dotados con tecnología avanzada, espacios interactivos para los visitantes, una mediateca, así como la restauración de los acervos (dedicados, como siempre, a las culturas del mundo), con  actualización de las guías y del discurso museográfico. Hay actualmente una interesante exposición temporal sobre “Primeros pueblos del Canadá”, con piezas procedentes del Museo Canadiense de las Civilizaciones.

La nota hace una mención al pretérito del edificio, que fue parte de las “Casas Nuevas” de Moctezuma, y posteriormente sede de la primera Casa de Moneda del continente, para citar sólo los episodios más notables. Sería de esperar que un museo de esta naturaleza fuese atento a su propia historia, y ciertamente en México hace mucha falta un espacio que recree y comente el interesante pasado tecnológico  social de lo que fue en su tiempo el mayor establecimiento productor de monedas del mundo.