Acaba de aparecer mi artículo (en prensa durante buen tiempo) sobre “El cacique don Constantino Huitziméngari  y la adaptación de la nobleza nativa al orden colonial”, en el libro colectivo Portada Identidad en PalabrasIdentidad en palabras. Nobleza indígena colonial novohispana, editado por Patrick Lesbre y Katarzina Mikulska en el Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, con la colaboración de la Universidad de Varsovia – Universidad de Toulouse.

Don Constantino Bravo Huitzimengari es uno de los grandes personajes de la historia colonial tarasca. Fue un nieto del último rey o “cazonci”, mientras por el lado materno descendía de distinguidos linajes nahuas michoacanos. Fue cacique y gobernador de Pátzcuaro durante muchos años, así como juez “conservador” de las congregaciones de pueblos.

De manera muy inusual, tuvo un desempeño público fuera de la provincia: contrajo matrimonio con doña Agustina de Chilapa, cacica de Texcoco (o sea, la heredera de uno de los grandes reinos mesoamericanos), y fue en varias ocasiones gobernador de Coyoacán y Xochimilco, dos de las “repúblicas” más importantes del valle de México. Tuvo asimismo influencias en la corte virreinal y el favor de personalidades españolas, como el cronista y juez de congregaciones Baltasar Dorantes de Carranza. También tuvo trato frecuente con intelectuales como el historiador texcocano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. Se preocupó por dejar una gloriosa memoria de la extensión del antiguo reino michoacano, así como un ambiguo relato de la manera en que los españoles habían tratado a sus aliados nativos. También, a la manera de los grandes patronos y mecenas, financió la construcción y decoración de una capilla en la ciudad de México, donde reposaron los restos de sus descendientes.

Tuvo don Constantino un papel importante en la transición de la sociedad y el gobierno indígena hacia formas de organización propiamente coloniales, que dejaron atrás los remanentes de la tradición señorial que venía desde la época prehispánica. Todavía fue de los caciques que gozaron del derecho herdiatario de gobernar a los suyos, cosa que ya no pudieron conseguir sus sucesores en el cacicazgo. Quizás por esto en los documentos escritos en tarasco aun se le llama irecha, lo cual equivaldría en español “rey” o “señor” (aunque éste era un título que la Corona había expresamente prohibido para los nobles indígenas). En el Valle de México se le llamó con el nombre equivalente de tlatoani.

Constantino fue el último de los irecha; los sucesivos gobernadores de Pátzcuaro fueron llamados simplemente con el nombre español de su cargo.

Ficha hemerográfica: Felipe Castro Gutiérrez, “El cacique don Constantino Huitziméngari  y la adaptación de la nobleza nativa al orden colonial”, en Patrick Lesbre y Katarzina Mikulska (eds.) Identidad en palabras. Nobleza indígena colonial novohispana, México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM – Universidad de Varsovia – Universidad de Toulouse, 2015, p. 127-154.

En este mismo volumen aparecen trabajos de mucho interés, como puede verse en el índice

Introducción………………………………………………………………………………………9
Patrick Lesbre y Katarzyna Mikulska
Cholula, siglos xvi-xviii: ¿quién es un noble indígena?…………………………….15
Miguel Ángel Ruz Barrio
La nobleza del centro de México ante la amenaza a sus bultos sagrados……….45
María Castañeda de la Paz
Don Carlos Chichimecatecuhtli Ometochtzin, ¿último heredero de la
tradición tezcocana? Ensayo sobre la influencia ejercida por Tlalloc entre los
nobles acolhuas…………………………………………………………………………………75
José Contel
Discurso femenino, matrimonio y transferencia de poder: el proceso contra don
Carlos Chichimecatecuhtli………………………………………………………………..107
Carmen Espinosa Valdivia
El cacique don Constantino Huitzimengari y la adaptacion de la nobleza nativa
al orden colonial………………………………………………………………………………127
Felipe Castro Gutiérrez
Los anales mexica (1243-1562) de don Gabriel de Ayala: cultura acolhua
colonial………………………………………………………………………………………….155
Patrick Lesbre
La manifestación de la identidad de la nobleza indígena en los escritos de F. A.
Tezozomoc……………………………………………………………………………………..197
Sylvie Peperstraete
Don Juan Buenaventura Zapata y Mendoza y la identidad nahua…………….211
Camilla Townsend
Los difrasismos y la construcción de la identidad de la nobleza indígena……249
Mercedes Montes de Oca Vega
Más allá de la nobleza: el discurso nahuallatolli y sus usuarios………………….267
Katarzyna Mikulska
Nobles y mestizos como intérpretes de las autoridades en el México colonial
(ss. xvi-xvii)……………………………………………………………………………………303
Icíar Alonso Araguás
Un manuscrito con documentación de los siglos xvi y xviii sobre la familia
Ixtolinqui de Coyoacan conservada en el Archivo de la Real Chancillería
de Valladolid en España: presentación y transcripción paleográfica…………..323
Juan José Batalla Rosado

El libro puede adquirirse ya mismo en el mismo Instituto de Investigaciones Antropológicas; o bien en la red de librerías UNAM y el espacio en línea de estas librerías (aunque puede todavía tardar unos días para que haya ejemplares disponibles).

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Ileana Schmidt Díaz de León, El Colegio Seminario de indios de San Gregorio y el desarrollo de la indianidad en el centro de México, Schmidt Colegio Sn Gregorio1586-1856, México, Universidad de Guanajuato – Plaza y Valdés, 2012, 218 p.

Las instituciones de la capital novohispana dedicadas a los indios han sido objeto de mucho interés de parte de los historiadores, desde el Juzgado General de Indios y los gobiernos de las “parcialidades” de San Juan Tenochtitlan y Santiago Tlatelolco, pasando por el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, el convento de indias cacicas de Corpus Christi, el Hospital Real de Naturales, las muy numerosas cofradías, hasta el Colegio Seminario de Indios de San Gregorio, que es el tema de este interesante y muy pertinente libro. Hay antecedentes valiosos y atendibles en los estudios sobre esta institución fundada por los jesuitas, pero este es el primer libro que la abarca en extenso, desde su fundación en 1586….

(Véase el resto de la reseña en Nuevo Mundo –  Mundos Nuevos, octubre 2014.)

 

Las elecciones están cercanas, y como no podía ser de otra manera, los historiadores nos hemos puesto a revisar nuestras notas y lecturas sobre comicios en el pasado. Arno Burkholder se ha ocupado de las votaciones del México independiente, y David Carbajal nos ha recordado que existían precedentes coloniales de elecciones, en este caso de cofradías y de órdenes religiosas.

En la Nueva España también había votaciones para elegir a los integrantes de los ayuntamientos, pero no los de españoles (cuyos miembros obtenían el cargo gracias a un remate público).  Donde sí había verdaderos comicios era en los cabildos o “repúblicas” de indios, en los que cada año se elegían gobernador, alcaldes y regidores. Estas autoridades estaban a cargo de mantener el orden, atender asuntos judiciales de menor entidad, recaudar los tributos, organizar las “tandas” del trabajo obligatorio, administrar los recursos comunitarios (como las tierras, aguas y bosques), coadyuvar con el cura párroco y representar los intereses del pueblo frente a las autoridades. A  nivel local, eran asuntos de gran importancia, que afectaban a todos y cada uno de los pobladores. Por esta razón muchas veces aparecían intereses y ambiciones en pugna, que tenían el mayor interés en acomodar la elección a su manera.

Quienes participaban en la votación, como electores y elegibles, eran los hombres “nobles”, con exclusión de los indios “del común”.  A veces la votación  era aun más restringida, y solo votaban los “oficiales” de república salientes, el cacique y los “viejos”, esto es, quienes habían participado anteriormente en cargos de gobierno.

La elección se realizaba al  principio de cada año. Los electores se reunían en las casas de comunidad, sin que debieran estar presentes funcionarios, el cura párroco o ningún vecino español o de las “castas”.

El virrey Velasco entrega las varas de gobierno a los oficiales de república (Códice Osuna)

El virrey Velasco entrega las varas de gobierno a los oficiales de república (Códice Osuna)

La votación tenía que ser libre, ordenada, pacífica y “a mayores votos”.  Cuando concluía,  el escribano indígena levantaba un acta que se llevaba ante el alcalde mayor español. El magistrado entregaba provisionalmente las varas de gobierno a los electos y les concedía 30 días de plazo para acudir a la capital virreinal para confirmar su nombramiento. Si no parecía haber ninguna irregularidad, el virrey  hacía constar la aprobación al pie del acta electoral, tras lo cual los elegidos regresaban  a su pueblo para presentar el documento y jurar el buen uso de su oficio ante el alcalde mayor.

Como puede verse, existía una serie de normas y precauciones para asegurar la legalidad del proceso, que mucho nos recuerdan la complicada normativa contemporánea. Sin embargo, había varios procedimientos para que el gobernador saliente, o  incluso los curas párrocos y alcaldes mayores,  manipularan la jornada electoral o  recurrieran a distintas formas de fraude:

La coerción: los electores desafectos al gobernador saliente eran amenazados o encarcelados con diversos pretextos (deuda de tributos, maltratos a su esposa, embriaguez pública), y sólo eran liberados cuando comprometían su voto hacia los candidatos “oficiales”.

La descalificación: los candidatos podían ser acusados de no cumplir con el requisito de  ser “indio puro”, o bien se les tachaba de faltas a la moral, a los deberes de buen cristiano, o de ser pleitista y haber dejado deudas en algún periodo anterior de gobierno. En el momento previo a la elección, podían ser denunciados como inelegibles por estos motivos.

La manipulación del “padrón electoral”: como no había listas  formales de electores, quien tenía o no el derecho a votar podía ser objeto de dudas. A veces se impedía el acceso a la sala de cabildos de algunos electores, sobre todo cuando eran contrarios a las autoridades salientes, lo cual daba lugar empujones e insultos.

El madruguete: cuando los electores iban a presentar el acta de la elección ante el alcalde mayor, descubrían que se había hecho previamente una votación en secreto, y que incluso los conspiradores habían ya obtenido la confirmación virreinal.

La variante colonial de la “operación tamal”:  uno de los candidatos  reunía a los electores en su casa, varios días antes de la elección, y ahí permanecían, entre música, comida y bebida. De ahí partían a ejercer su voto, con los resultados previsibles.

Estas manipulaciones daban lugar a indignadas quejas que no se presentaban ante las autoridades españolas locales (muchas veces implicadas en el fraude) sino directamente ante el virrey, aunque fuese necesario acudir desde largas distancias a la ciudad de México. En esos casos, el alto funcionario iniciaba una averiguación, pedía informes al alcalde mayor, cura párroco o personalidades locales, y daba aviso a la parte contraria para que alegara su derecho. Si el asunto parecía grave, podía disponer la suspensión del gobernador electo, y que dirigiera interinamente el pueblo una persona respetada, a veces originaria de otro lugar, para calmar los ánimos. En ocasiones, los informes, contrainformes y alegatos se alargaban de tal manera que el conflicto por una elección se empataba con la votación siguiente, con las consecuencias que pueden imaginarse.

Desde luego, muchas elecciones transcurrían pacíficamente y sin conflictos, pero no hay mayor duda de que la tradición  de la manipulación y el fraude electoral no se originó en fechas recientes (como a veces se piensa), sino que tiene orígenes coloniales.

Uno de los aspectos más interesantes en  la “idea de América” es el de la representación europea de su población originaria.  Es un tema la que se han dedicado varios autores, y del que hace unas semanas leí con mucho interés un artículo de Jesús Bustamante sobre la manera en que se construyó una imagen arquetípica desde fechas tempranas.

Para el siglo XIX, evidentemente, había  más información sobre el tema, era posible viajar al Nuevo Mundo, y las obras de algunos grabadores con un buen ojo etnográfico, como Claudio Linati (Trajes civiles, militares y religiosos de México, publicada en Bélgica, en 1828) eran conocidas y apreciadas. Algunos estereotipos sin embargo nunca mueren, y en todo caso puede decirse que evolucionan en un sentido más “científico”, sobre todo cuando comienza a difundirse la teoría de que la evolución humana pasa por ciertos estadios más o menos inevitables: el salvajismo, la barbarie y la civilización.

El caso de la representación operística de esta población es curioso. En el siglo XIX en Francia tenían muy claro que al momento del contacto los que vendrían a convertirse en indios no eran todos “salvajes” semidesnudos, como los tupinamba de Brasil presentados por Theodor de Bry. Los “mexicanos” tenían un emperador, nobleza, ejércitos, grandes ciudades, artes y oficios y una religión organizada. Su estado de “barbarie” se manifestaba por la ausencia de un orden “político”, esto es, estaban dominados por un despotismo y se hallaban bajo el yugo de la superstición. También, aunque ciertos elementos muestran el conocimiento de la realidad etnográfica, todavía se adjudican a los mexicanos y “tlaxcaltêtes” características propias del “salvajismo”; como la tendencia a la desnudez y la omnipresencia del uso del arco y la flecha.

Véanse, por vía de ejemplo, las representaciones de los personajes indianos en la ópera “Fernand Cortez ou la Conquête du Mexique” de Gaspare Spontini, de cuyo contexto y argumento me he ocupado en una nota anterior.

En esta versión aparece Mademoiselle Grassari (1817?) en su papel de Amazily, o sea la Malinche,  con  un vestido muy “à la mode” parisina (con un corte inferior que escandalosamente muestra más arriba de la rodilla) , pero asimismo con la presencia casi obligatoria de las plumas como parte del atavío, ajorcas en los tobillos, arco en la mano y carcaj de flechas en la espalda, como si hubiera sido una amazona guerrera.

La prima donna Laure Cinti-Damoreau exhibió en 1826 una representación más “etnográfica”, que  mantiene la obligatoria corona de plumas e  incluye un vestido también con insinuaciones plumarias. En contraste con el aspecto refinado de su precedente, esta “princesa mexicana” acentúa su primitivismo al ir descalza. Muy notable, en este caso, es el trasfondo de un edificio con arcos que recuerdan al arte islámico, porque ya se sabe que todos los pueblos “bárbaros” acaban pareciéndose entre sí.

Telasco

Telasco

A Telasco, el “cacique de los otomíes”, no le va mucho mejor. En la gallarda presentación del barítono Henri-Bernard Dabadie, tiene una capa a la romana (pero con motivos recargados, porque la sobriedad es algo civilizado), sandalias del mismo origen, brazaletes, el imprescindible arco (que, en este caso, no estaría tan descaminado), sobre el fondo de un incongruente entorno tropical, con palmeras borrachas de sol.

De “Montezuma” y el “Gran Sacerdote” tenemos cierta idea por los bocetos para el vestuario de la versión de 1817. El gran emperador indiano aparece con una correcta corona real o copilli, pero con una vestimenta que incluye una especie de polainas  y  capa “a la romana”.  Respecto del amenazador Gran Sacerdote (el villano de la obra),  la tradición helénica/oriental parece haber sido demasiado dominante, y en la mano lleva lo que posiblemente debería interpretarse como un “hacha sacrificial”. Los otros dos personajes son, evidentemente, Telasco (con un decorativo arco compuesto, del tipo desconocido en Mesoamérica) y Amazily.

Desde luego, hay que tener en cuenta que una ópera no era lo que hoy llamamos un  documental. Su realidad era  operística, lo cual implicaba ciertas convenciones estéticas y el género siempre demanda una especie de complicidad entre el autor y su auditorio, que hace creíble lo que no lo es.  Aun con esta reserva, pueden verse ciertos estereotipos que son muy reveladores y que, desde luego, permanecen en el tiempo hasta llegar, en muchos casos, hasta el presente.

…………

Las ilustraciones de época corresponden a la biblioteca digital Gallica. Agradezco la imagen del vestuario de los personajes a Nina Lapazza, La tertulia del foyer, nota publicada el 14 de enero de 2010. El artículo citado de Jesús Bustamante es “El indio americano y su imagen. La construcción de un arquetipo: el salvaje emplumado”, en De la barbarie al orgullo nacional. Indígenas, diversidad cultural y exclusión, coordinado por Miguel Soto y Bárbara Hidalgo Pego, México, UNAM, 2009.

Acabo de recibir la noticia de que la historiadora Delfina López Sarrelangue falleció a sus 92 años.  Es un aviso que me retrotrae a mis primeras lecturas de tema michoacano, cuando comenzaba a interesarme por la historia indígena de la región e inicié la lectura de su indispensable La nobleza indígena de Pátzcuaro en la época virreinal (UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1965). Como muchos habían hecho antes y otros harían  después, tomé prolijas notas, apunté referencias documentales,  y observé varios asuntos que parecían ofrecer perspectivas interesantes de reflexión. Posteriormente publiqué un par de libros y varios artículos sobre etnohistoria de Michoacán, y en casi todos ellos aparecen citas de esta obra.  No era cuestión de cortesía ni un prurito de erudición historiográfica: ocurría, simplemente, que lo escrito por la autora seguía siendo una referencia importante, y un buen punto de partida para discutir diferentes problemas de interpretación.

No la conocía personalmente. Sabía que después de haber trabajado en el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la UNAM, se había jubilado. Años después, su principal libro (agotado de tiempo atrás), fue reeditado por la editorial moreliana Morevallado (1999), y el grupo Kw’anískuyarhani de Estudiosos del Pueblo Purepecha me pidió que hiciera algunos comentarios en una de sus reuniones, que como siempre tuvo lugar en el ex Colegio Jesuita de Pátzcuaro. Doña Delfina estuvo presente, y recuerdo bien la atención con que seguía y acompañaba las discusiones, y la vivacidad con que, acabada la parte formal de la reunión, nos narraba cómo había sido el ambiente de la vida académica en los años sesenta, con anécdotas sobre las variadas manías y aficiones de sus antiguos colegas, para ilustración (y también, ciertamente, algo de diversión) de los asistentes.

Los editores de Tzintzun, la excelente revista del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, me propusieron que convirtiera mis comentarios en una reseña, que  apareció publicada en su número 30 (2000). Espero no tomen a mal que, como modesto homenaje a la maestra, reproduzca aquí ese texto. He vuelto a revisarlo, y realmente no tendría mucho que corregir (excepto, en todo caso, alguna referencia cronológica) ni gran cosa que agregar, excepto que desde entonces han seguido apareciendo obras que discuten sus hipótesis. Para un historiador, no cabe mejor remembranza.

………

Delfina Esmeralda López Sarrelangue, La nobleza indígena de Pátzcuaro en la época virreinal, 2ª. ed., Morelia, Morevallado, 1999.

Este libro ha pasado la más dura de las pruebas: la del tiempo. Hay obras que tienen su cuarto de hora de fama por razones incidentales, ya sea porque se ocupan de temas que inquietan momentáneamente a la sociedad (como la amplia producción presente referida a Chiapas) o hasta cuestiones más incidentales, que tienen que ver con el prestigio de la editorial o la habilidad del autor para promoverse a sí mismo. Estas situaciones coyunturales tienden a desvanecerse y perder su importancia con el paso de las décadas; lo que queda al final, lo que se decanta, es la calidad, el peso específico de la investigación, que lleva a sucesivas generaciones de historiadores a consultarla y leerla con provecho y placer. Desde la primera edición de esta investigación han pasado 35 años. No resulta ocioso preguntarse cuál de las obras  de reciente aparición en librerías seguirá siendo leída en el año 2034.

En su momento, La nobleza indígena… fue un libro  casi aislado en el panorama historiográfico. Predominaban entonces los estudios sobre encomenderos, evangelizadores y hacendados; los indígenas aparecían en todo caso en el trasfondo, como el objeto sobre el cual recaían los proyectos y conductas de otros actores sociales. En contraste, esta obra colocó a los indígenas en primer plano, como protagonistas por derecho propio de la construcción de la sociedad colonial. Mostró, asimismo, que las reacciones frente a la conquista fueron tan variadas como los indígenas mismos. No ha sido su falta si un terco esencialismo al estilo lascasiano ha continuado refiriéndose a ellos como un todo homogéneo, siempre idéntico a su arcádica esencia.

Hay buenas razones para el continuado interés en esta obra. No es, ciertamente, de tema exclusivamente michoacano; por el contrario, contiene frecuentes alusiones a situaciones paralelas existentes en Oaxaca o el Valle de México, sustentadas tanto en una exhaustiva revisión de la documentación entonces disponible como en la revisión crítica de la bibliografía de aquellos tiempos. Por ello, ha continuando atrayendo la atención de los historiadores de muchas regiones.

Por otro lado, la autora realizó una meticulosa y pacientísima reconstrucción de las enredadas genealogías de los nobles indios de Michoacán. Solamente quien se ha adentrado en la maraña de documentos ambiguos, grafías variables, lagunas de información y deliberadas falsificaciones conoce el valor de este esfuerzo; el “catálogo diccionario” que aparece al final del texto es en verdad una guía de viajeros por el pasado. Esta analogía es particularmente pertinente, porque aunque su argumento mantiene una línea expositiva, siguiendo a la nobleza indígena cronológicamente, generación tras generación, no se limita a un simple listado de apellidos. Por el contrario, la discusión de los motivos de la evolución y decadencia de la nobleza toca, así sea brevemente, temas que siguen siendo objeto de la discusión contemporánea. Así, el caminante por el pretérito indígena michoacano recorre senderos una veces amplios y bien transitados, otros apenas reconocibles, pero que casi invariablemente fueron abiertos hace décadas por López Sarrelangue.

Varias hipótesis planteadas por la autora son actualmente de aceptación tan general que en ocasiones se olvida que fueron una novedad. En cierto modo, dejaron de ser conclusiones particulares para pasar a integrarse al saber común, a lo que ya por probado no se discute. Esto se refiere especialmente a las causas de la precipitada decadencia de la nobleza indígena: las quejas de los misioneros y funcionarios sobre la “tiranía” de los caciques, la desconfianza de la Corona hacia la existencia de un grupo con privilegios hereditarios, la adopción nobiliaria de un modo de vida “hidalgo”, más orientado al consumo que a la producción, la misma caída demográfica indígena, que debilitó su papel y su influencia como indispensables intermediarios, y en fin, la tendencia al mestizaje y la hispanización, que alejó a este grupo del entorno social que daba sentido a su existencia. La discusión posterior ha girado en torno a estos argumentos, corrigiendo aquí y agregando allá; pero el núcleo básico sigue siendo válido.

Hay, como es inevitable, aspectos donde el libro muestra el tiempo transcurrido. Uno de las cuestiones más notables tiene que ver con las fuentes: hace 25 años no existían las diversas instituciones e instancias que si por un lado nos acosan con sus obsesiones burocráticas,  por el otro nos proporcionan apoyos para visitar archivos y bibliotecas en el extranjero, como ocurre con el siempre inagotable Archivo General de Indias. Asimismo, del valioso Archivo Histórico del Ayuntamiento de Pátzcuaro la autora solamente pudo utilizar la selección microfilmada realizada por José Miranda y Jiménez Moreno, depositada posteriormente en el Museo Nacional de Antropología e Historia. En unos y otros acervos hay material extremadamente variado y útil sobre la composición, sucesión y conflictos de la nobleza indígena, que espera al investigador que se atreva a complementar y corregir el enorme esfuerzo realizado tiempo atrás con recursos más limitados.

En cuestiones más conceptuales, López Sarrelangue sigue siendo una autora contemporánea y se la sigue citando y discutiendo como si sus conclusiones hubieran aparecido recientemente. Gracias a este libro, sabemos quiénes eran “caciques”, esto es, un grupo privilegiado dentro del conjunto más amplio de los principales indígenas, incluyendo a los descendientes directos del cazonci, pero también los linajes nobles que en tiempos prehispánicos habían sido los “ayos” o consejeros del cazonci, los miembros de su corte, y los señores de comunidades sujetas. Conocemos también que privilegios y obligaciones tenían, cuáles eran las formas de herencia e incluso los procesos por los cuales fueron perdiendo poco a poco su inicial importancia. Sin embargo, hay aspectos que aun nos resultan obscuros y discutibles. Estos aspectos tienen principalmente que ver con el cacicazgo como forma de organización política, esto es, como un medio de agrupar, ordenar y controlar a la población; y con sus tierras “patrimoniales”, así como el carácter de la relación con sus “terrazgueros” o arrendatarios.

López Sarrelangue ubica caciques en poblaciones que eran “cabeceras” , como Acámbaro, Chilchota y Maravatío; pero asimismo los encuentra en lugares tan secundarios que su misma ubicación resulta hoy día dudosa, como Acareno (un sujeto de Tarímbaro), Chupinguapareo (una estancia de Turicato) o Guaracha (un sujeto de Jacona, que con el tiempo daría nombre a una gran hacienda). La lista es curiosa; los cacicazgos tienden a coincidir con las cabeceras, pero no siempre. Tal parecería que la distribución de cacicazgos parece tener una lógica histórica, más que funcional. Puede, también, que los españoles no comprendieran plenamente el sentido de la institución, e introdujeran una confusión que nos crea dificultades de interpretación.

Asimismo, en el siglo XVI la atribución de los cacicazgos tuvo una supervisión virreinal que se manifestaba en documentos formales y un elaborado ritual de posesión. En épocas posteriores, hay caciques de Pátzcuaro, pero también de cada uno de sus barrios; en otras cabeceras, como Cherán, a fines de la colonia había tres linajes que declaraban ser de caciques; el reconocimiento gubernamental se hizo más laxo, esporádico y en ocasiones  inexistente.  Esta multiplicación de caciques y esta informalidad  tienen que ver sin duda con la pérdida de sus privilegios gubernativos y con su  deterioro económico; pero la transición, el deslizamiento semántico que se oculta detrás de la permanencia de la misma voz, todavía queda por elucidar.

Los nobles, y en particular los descendientes del cazonci, argumentaron que la mayor y mejor parte de las tierras de Michoacán pertenecían a la nobleza y al cazonci, y que el tributo pagado había sido el equivalente de una renta de la tierra. Los pueblos solamente habrían poseído por derecho propio tierras en cerros y malpaíses. En otros términos, la nobleza había sido gran propietaria, y sobre esta propiedad se construían relaciones sociales de subordinación y dependencia con los pueblos y con los llamados “terrazgueros”. Es muy clara la insistencia en esta interpretación en las reiteradas historias fundacionales acerca de que la nobleza bajó a los macehuales de los cerros donde se habían refugiado dando así origen al orden colonial. Esta manera de ver las cosas fue parcialmente aceptada por la Corona, de manera tal que los descendientes del cazonci se convirtieron en los mayores latifundistas del siglo XVI michoacano. Es también, en términos generales, la interpretación que acepta López Sarrelangue.

Sin embargo, es también posible que la vinculación entre comuneros y nobles indígenas fuese en la época prehispánica de naturaleza personal, basada en el parentesco y los vínculos recíprocos de lealtad y protección. Hay ciertos elementos que señalan el carácter inmediato y familiar de lo que podríamos llamar, con cierta laxitud conceptual,  el Estado michoacano prehispánico. En la relación geográfica de Pátzcuaro, por ejemplo, hay una lista de pueblos sujetos que incluye varios que no están identificados como un lugar, un asentamiento, sino por un oficio o el nombre de un noble. También es notable la ausencia en Michoacán de un término equivalente al de altepetl en nahuatl, tan omnipresente en los documentos y en el imaginario colectivo del altiplano central. En fin, vale la pena señalar que cuando los nobles entablaban litigios contra los macehuales, no demandaban la tierra en sí, sino el tributo y los servicios personales (aunque éste se limitara, como llega a ocurrir,  a una “kanakua” o entrega de un presente de flores).

Si esto era así, entonces el tributo dado a los señores no constituía propiamente una renta de la tierra, sino el reconocimiento de una sujeción entre personas. Tanto Margarita Menegus como Bernardo García, en otros contextos, han insistido en esta distinción y en sus consecuencias. En efecto, a mediados del siglo XVI la Corona decidió “macehualizar” a los terrazgueros, incorporándolos a los pueblos y dándoles derecho a recibir tierras de comunidad. En este contexto, la abolición del tributo dado a los nobles indígenas puede haberse interpretado como una desaparición de las relaciones de dependencia. En otras palabras, los antiguos terrazgueros se consideraron como poseedores con plenos derechos, sujetos sólo a la autoridad del rey; y la “rebelión de los macehuales” que López Sarrelangue observa desde el siglo XVI, podría ser resultado indirecto e imprevisto de una política fiscal de la Corona. Pero es un tema en el cual hay que navegar con mucho cuidado.

En fin, cabe congratularse por la reedición de este clásico, y es de esperarse que reciba el mejor de los homenajes que pueda recibir: que los historiadores actuales continúen la paciente labor de compilación de la autora,  y que retomen y discutan con nuevos elementos sus hipótesis y conclusiones.

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Publicado en revista Tzintzun, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, 2000

ehn37.jpg* Este trabajo recibió el “premio al mejor artículo“, categoría “época colonial”, del Comité Mexicano de Ciencias Históricas.

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Ha aparecido  en Estudios de Historia Novohispana, vol. 37, y está disponible en línea mi artículo sobre “Luis de Castilleja, un noble indígena “de mano poderosa” entre dos épocas del gobierno indígena”.

Los nobles indios de la época temprana de Nueva España han atraído la reiterada atención de los historiadores. No obstante, el interés disminuye cuando aparecen los descendientes de estos personajes, que perdieron poco a poco sus bienes, prerrogativas y privilegios. Pese a todo, siguieron siendo relevantes en la sociedad y el gobierno y merecen ser estudiados con detenimiento.

En este trabajo se aborda la vida pública de Luis de Castilleja y Puruata, un bisnieto del cazonci o último “señor natural” de Michoacán que dominó la vida política de Pátzcuaro durante las primeras décadas del siglo XVII. Su autoridad nunca fue sin embargo del todo estable, dado que ya no podía apoyarse en las antiguas lealtades de linaje. Dependía más bien de su capacidad de obtener el apoyo y lealtad de los distintos pueblos, barrios y corporaciones que integraban la “república” de indios. No tuvo el título de “cacique”, lo cual es en sí interesante, porque con frecuencia se asume que cacicazgo y autoridad iban juntamente. En este sentido, se ubica, como menciona el título, en la transición hacia otras maneras de obtener y ejercer la autoridad en la sociedad nativa.

Si le interesa este tema, puede también consultar  otro artículo aparecido en Relaciones, vol. 23, no. 89, titulado Alborotos y siniestras relaciones: la república de indios de Pátzcuaro colonial.

tlatolli.jpgLa reciente legislación sobre la utilización y protección de las lenguas indígenas en México tienen para el historiador cierto aire de déjà vu. No es, realmente, una novedad. Retoma, sospecho que sin saberlo, la usualmente denostada y despreciada legislación colonial al respecto.

En efecto, los funcionarios y misioneros españoles encontraron al arribar a lo que sería la Nueva España una diversidad lingüística de la cual las 68 agrupaciones lingüísticas y 384 variantes reconocidas actualmente por el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas son sólo una limitada supervivencia contemporánea. Los problemas prácticos fueron apreciados inmediatamente por los religiosos, que se dieron a la tarea de aprender los idiomas nativs y redactar numerosas e inapreciables gramáticas.

Los funcionarios reales fueron más ambiguos frente a esta diversidad lingüística. Aunque en términos generales hubieran preferido que los indígenas hablaran español, en la práctica la legislación al respecto fue vacilante y contradictoria. No sería sino hasta el periodo borbónico que se daría un nuevo impulso al proceso de hispanización, cuando Carlos III en 1770 ordenó que el español fuese la lengua universal de las Indias para que los indios “tomen amor a la nación conquistadora, destierren la idolatría, se civilicen para el trato y comercio.” La real voluntad, a fin de cuentas, tuvo un éxito limitado.

La legislación de los tres siglos coloniales coloniales dio lugar a muchas innovaciones, soluciones transitorias, prácticas e instituciones. Una de las más interesantes fue la creación de la figura y cargo del intérprete. Las sucesivas disposiciones al respecto se hallan en la Recopilación de leyes de los reynos de las Indias, título 27, libro segundo. Las leyes preveían los requisitos para ser nombrados (entre ellos, la necesaria aprobación del cabildo o comunidad indígena), la forma en que debían proceder y los posibles abusos que podían darse en el ejercicio del cargo.

En México, el oficio de intérprete de nahuatl de la Real Audiencia fue desempeñado por algunos personajes notables, como el cronista Hernando de Alvarado Tezozomoc; hubo en esta tribunal asimismo intérpretes de tarasco y es de suponer que de otomí. Con el tiempo, estos cargos fueron ocupados habitualmente por españoles.

En Michoacán se dio una situación peculiar, porque el oficio de “intérprete general” de la provincia fue ocupado de manera hereditaria por miembros de familias nobles indígenas de Pátzcuaro. Estos funcionarios tenían la obligación y el derecho de intervenir en todas las declaraciones judiciales de indios, y al menos en teoría este privilegio se ejercía sobre toda la provincia. El cabildo indígena siempre defendió este monopolio en contra de los funcionarios españoles, que por comodidad o conveniencia preferían nombrar sus propios intérpretes.

El intérprete debía ser propuesto por el cabildo indígena y aprobado por el virrey. La designación era vitalicia y estaba dentro de los oficios considerados “vendibles y renunciables”, de manera que el titular tenía la “propiedad” del cargo y podía incluso cederlo (previa autorización) a un familiar. El cacique don Juan de Sotomayor fue intérprete desde 1676; le siguió su primo, el también cacique don Nicolás de Cáceres Huitziméngari en 1692. La línea hereditaria se interrumpió en 1724, cuando se nombró a don Pedro de la Cruz Nambo, a quien sucedió su hijo Nicolás hacia 1743. Se trataba de personajes distinguidos, porque don Juan fue gobernador de Pátzcuaro en 1682; don Nicolás tuvo este honor en 1678, 1681, 1682 y 1696; don Pedro cumplió su obligación en 1712, 1716 y 1719 y su hijo don Nicolás en 1752 y 1753.

El precedente es de interés en sí mismo, pero también porque bien puede tener ecos contemporáneos. En efecto, la ley 1 artículo 9 de la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas establece que “Es derecho de todo mexicano comunicarse en la lengua de la que sea hablante, sin restricciones en el ámbito público o privado, en forma oral o escrita, en todas sus actividades sociales, económicas, políticas, culturales, religiosas y cualesquiera otras.” Si esto pasa de la declaración abstracta de principios a medidas concretas, será necesario que los juzgados establecidos en zonas de población indígena (nativa del lugar o migrante) cuenten con intérpretes jurados. Existe una atendible experiencia histórica al respecto, que debería ser considerada por los legisladores.

Referencias

Felipe Castro Gutiérrez, Los tarascos y el imperio español, 1600-1740, México, UNAM – UMSNH, 2004.

Barbara Cifuentes, Letras sobre voces multilinguismo a traves de la historia, México, CIESAS- INI, 1998.

Eréndira Nansen, “La importancia de los documentos coloniales en lengua purhépecha y de los intérpretes jurados”, en Lengua y etnohistoria tarasca. Homenaje a Benedict Warren, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo CIESAS, 1997.

Respecto al funcionamiento cotidiano de la Real Audiencia y de los oficios vendibles y renunciables, véase el reciente libro de Víctor Gayol, Laberintos de justicia. Procuradores, escribanos y oficiales de la Real Audiencia de México (1750-1812)

Sobre los orígenes y evolución moderna de la figura del intérprete jurado en España, consúltese la página de la Asociación de Traductores e Intérpretes Jurados de Cataluña.